16 de septiembre de 2014

Invitados #4: Carlos González Fuertes, Obreros y siervos.

Telemadrid es la única cadena de televisión —que yo conozca— que, antes incluso de que se eligiera presidente a Mariano Rajoy, ya era perfectamente reconocible sin mirar gracias a su a veces desconcertante discurso —ahora pasa un poco lo mismo con TVE—. No había ni hay semana en la que no se haga noticia de cosas que no lo son, como cuando algún universitario perroflauta hace alguna tontería propia de un universitario perroflauta y se le convierte en ejemplo de una generación viciada para el regocijo en la maledicencia de algún lector del diario Expansión, o se emite un reportaje en el que se propone una visión de la realidad que no es del todo objetiva, que  evita información respecto a temas que podrían poner en evidencia al partido que controla la cadena.
Una expresión habitual en sus noticiarios es «las amplias clases medias» para referirse a lo que en otro contexto se podría llamar «mainstream».
Es lógico considerar que para entender lo que son «las amplias clases medias» hace falta pasar por el aro de ese discurso que versa: «todos somos clase media», entendiéndose, caritativamente, que ni el neoliberal más acérrimo cree en serio que todos seamos clase media, sino que, al menos, la mayoría lo somos.
Yo no creo esto de la misma manera que tampoco creo en otros discursos semejantes porque, aun considerándome yo una persona de derechas, no estoy lo suficientemente ciego como para no ver que este discurso es ideológico aunque, al igual que en otros casos como el del «discurso heroico», podría considerar positivo, y es por eso por lo que soy de derechas. Sin embargo, fomentar que todo el mundo crea que todo el mundo es de clase media no me parece tan positivo; sobre todo, al mezclarse con la católica y vanidosa cultura española.
El padre del fan medio de Melendi recogiendo
excrementos de asno para elaborar abono.
Deleitosa, Cáceres, 1951.
Yo me considero a duras penas de clase media, y hasta me gustaría poder declarar de clase obrera (de clase baja), porque sí que me he criado en un ambiente de clase baja con muchos amigos (casi todos) de clase baja, y la cultura de clase baja es, en muchos aspectos, mi cultura (aunque el hecho de que mis padres tuvieran estudios universitarios me convertía en mi entorno en una pequeña minoría).
Esta declaración que acabo de hacer podría considerarse extraña o hasta ofensiva, sobre todo si esto lo lee alguien de un país en el que, al contrario que en España, la mayoría de la gente, ya sean de clase baja, media o hasta alta, no vive en pisos, lo que ha condicionado municipios en los que, al contrario que aquí donde no es poco habitual que las clases medias y bajas vivan mezcladas, sí hay guetos; en una sociedad como la nuestra, claro, es más fácil hacer calar el discurso del «todos somos clase media».
El sociólogo Sam Richards nació en un ambiente de clase obrera sin prácticamente opciones de ir a la Universidad. Cuando consiguió entrar, fue, en un principio, un alumno mediocre. Ahora es profesor de Sociología en una universidad de la Ivy League. Lleva pendientes, un collar de hippie y gafas de John Lennon. Se hizo famoso con un vídeo publicado por TED en el que daba una charla sobre la empatía con maneras que podrían recordar a Steve Jobs. En el vídeo explica un ejercicio mental para hacer al público desarrollar cierta empatía con, por ejemplo, los insurgentes de Oriente Próximo. Es por estas cosas por lo que se le tiene como a  uno de los «101 Most Dangerous Academics in America», el título de un libro en el que se criticaba la preponderancia del pensamiento progresista en las universidades americanas.
Es un concepto recurrente en la sociología funcionalista (de ahí la charla de Richards, muy influido, como es normal entre los académicos americanos, por las concepciones analíticas de Mead o Whitehead) que el entorno de la persona es lo que construye su concepto de sociedad.
Sin llegar a tanto, va contra el sentido común que, en un ambiente de clases medias y bajas mezcladas, se decante un grupo, ya sea de clase media o baja, que, para defender sus propios intereses de clase, perjudique sus propias relaciones con el entorno.
De hecho, cuando en ciertos estudios sociológicos se habla, por ejemplo, de la relación entre el altruismo de ciertas especies animales y entre los humanos, no se suele comentar que el sentido de la sociedad de los animales se resume a los individuos con los que interactúan. Con los seres humanos pasa exactamente lo mismo (teniendo en cuenta cómo interactúan los humanos, sobre todo con las tecnologías modernas), y ésta es probablemente la razón de, por ejemplo, esa anécdota de la que habla Owen Jones en Chavs, en la que le llama la atención que en un grupúsculo de la gauche caviar británica, entre los que se encontraban personas que no eran británicos de raza blanca y homosexuales que se declaraban de izquierdas, no se tuviera reparos en hacer escarnio de las clases menos favorecidas con el uso del estereotipo de clase obrera que da nombre al libro: el chav.
Las razones por las que a Jones le afecta tanto algo así no son difíciles de discernir: en otras partes del libro se pone como ejemplo de chavtown a Stockport, en el norte de Inglaterra, de la que Jones es oriundo. ¿Cómo no le va a afectar, entonces, que cuando él, criado en un ambiente de clase obrera con amigos y familiares de clase obrera, se moviliza junto a partidos de izquierdas defendiendo los derechos de sus familiares y amigos: la gente que le rodea; y siendo conocedor, además, de los prejuicios de la clase obrera hacia las clases más afortunadas, prejuicios en los que se acusa a la burguesía de ser desconsiderada y déspota, están esos burgueses, delante de él, cumpliendo a la perfección esos prejuicios? ¿Cómo va a soportar alguien de clase obrera que se deshumanice y ridiculice al entorno en el que se ha criado de semejante manera, sobre todo por parte de personas que, encima, se consideran los verdaderos defensores de la moral y la izquierda?
Reconozco que en esto no puedo evitar identificarme con él; sólo que yo no soy tan tenaz, y si ser de izquierdas es ser un chico pudiente con una moral sacada de Los Lunnies que no es capaz de comprender que ser de izquierdas no es decir «soy de izquierdas», sino comportarse en consecuencia a ello aunque no se diga, entonces yo no puedo ser otra cosa que, otra vez, de derechas. Y Sam Richards, sociólogo funcionalista de origen humilde, debe estar de acuerdo, porque es conocido por libertario (aunque se le meta en listas de progresistas por estridente y llevar pendientes).
Lo más kafkiano de todo este asunto, sin embargo, es que, como he apuntado en otras ocasiones, la burguesía parece estar defendiendo sus privilegios apoyando a partidos y concepciones políticas que son, en teoría, herederas de movimientos obreros, pero que hace largo tiempo que dejaron de serlo, como es el caso que comenta Owen Jones en su libro, del New Labour británico, de gran influencia en las agrupaciones socialistas internacionales.
Hace poco apareció en la televisión un diputado del PSOE del parlamento de la Comunidad de Madrid hablando sobre cómo el PP estaba recortando los derechos de la clase media. Este discurso es el mismo que el del núcleo perroflauta de DRY/JSF (tiempo después de que haya pasado de moda manifestarse contra la crisis, éstos, que ya estaban ahí mucho antes de que se pusiera de moda, siguen «luchando» en la UCM). Pero ¿no sería lo propio que un diputado del PSOE defendiera los valores obreros con o como la de «partido socialista obrero español» en lugar de perder el culo por la clase media, que ya es, de por sí, una clase privilegiada? Y, peor aún: ¿por qué un movimiento tan pretendidamente revolucionario como el 15-M defiende lo mismo?
Lógicamente, porque al referirse a «la clase media» se refiere, en realidad, a las personas con un nivel adquisitivo cercano a la moda estadística (los que no son ni pobres ni ricos). Y de esto tienen la culpa, según Owen Jones, la neoliberal Margaret Thatcher y su antes referido discurso.
«¿El Barrio? ¿Flamenquito? ¿DJ Nano? Menudo facha eres, maricón.
Eres como un taxista. Lo que tienes que escuchar es Crystal Castles en
el Primavera. Y devuelve esa camiseta de la Selección, que pareces imbécil».
De los ejemplos que estoy dando, se deduce que esto que critica Jones en su libro se da tanto en España como en el Reino Unido, y  que se debe a aquello a lo que Jones culpa: el thatcherismo, que ha sido un movimiento de referencia en Europa y, por lo tanto, su influencia ha marcado la política española.
Se define a los chavs como una subcultura de clase obrera, y no es ésta la definición de un académico, sino una definición dada por alumnos de grammar schools en una encuesta.
¿Se imagina esto en España? ¿Qué los alumnos de instituto definan a los canis, a las chonis o a los pokeros como «subculturas de clase obrera»?
En el mismo libro de Jones aparece una cita que podría dar una pista de por qué esto sí pasa en Inglaterra:

To say that class doesn’t matter in Britain is like saying wine doesn’t matter in France; or whether you’re a man or a woman in Saudi Arabia.

The making of the English working class es uno de los libros que más han influido la obra de Jones. Y esto no es de extrañar siendo como es una obra capital en las universidades británicas y americanas.
Para empezar, en su prefacio, al igual que en otros ensayos (nunca en los españoles; eso significaría rendirse al plan Bolonia, y entonces las universidades españolas dejarían de ganar tantos premios Nobel, como todo el mundo sabe) en los que se hace un invasivo análisis histórico de lo que sea, E.P. Thompson da bastantes justificaciones sobre cualquier falta a la sociología o a la ciencia en general que pueda tener su ensayo. [1]
En todo lo demás, The making… es heredero, como es natural, de la sociología y las concepciones weberianas. Weber es, como es sabido, un autor capital de la sociología con teorías sobre la cultura que se suelen utilizar como base para estudios que luego, en España, suelen deformarse para esquivar algo que está en ellos y en Talcott Parsons, y ese algo es que no tiene nada que ver ser de cultura católica que de cultura protestante. La religión cobra bastante importancia en cómo se formó la clase obrera en Inglaterra. En los primeros capítulos se nos cuenta la correspondencia de un pastor calvinista; se nos habla de cómo las concepciones religiosas influyeron tal proceso, cómo surgieron los sindicatos ingleses en forma de asociaciones ajenas al estado que defendían los derechos de un colectivo: como instituciones de naturaleza liberal.
De hecho, si yo siempre he sacado algo en claro de ver muchos talk-shows en prime time, de lo que dice la gente en el INEM (SEPE) de Alcobendas y de las conversaciones con mis amigotes de clase obrera, es que la gente humilde odia al estado, al gobierno, al que culpan de la situación, y el 15-M fue la sublimación de ese sentir general; situación similar a la de la formación de la clase obrera en Inglaterra, las clases de arriba como enemigos auténticos, que cuando son derrocadas, como dicen en Dr. Zhivago: «ya no hay zares», ya no hay enemigos, pero en una democracia, aún parlamentaria, ¿quién es el enemigo?
Como dice E.P. Thompson, la clase obrera inglesa estuvo presente en su propio nacimiento, y ese estado de conciencia colectivo fue la razón de que esa masa subyugada a la oligarquía, al poder que ostentaba el estado, con el rey a la cabeza, decidiera que no tenía ningún sentido que, cuando ellos son los que mueven la economía de verdad con su fuerza de trabajo, otras personas en absoluto productivas disfruten de la riqueza que ellos generan. Cuando entendieron que toda la economía dependía de ellos, fue cuando entendieron el inmenso poder que podrían tener unidos, como un colectivo de clase.
Existe un extraño discurso, que es independiente de la clase social (aunque el «todos somos de clase media» también es independiente de la clase social por las mismas razones que éste) que versa de esta manera: «el problema de España (o de los españoles) es [inserte aquí la primera tontería que se le ocurra]». Lo mejor de este discurso es que, puesto que se habla de un problema, que es algo negativo, que incluye al que lo dice, como él también es español, nadie le acusaría de, y por eso no parece plantearse, que lo que está diciendo puede ser una gilipollez como un piano; aunque sea muy evidente que él no se considera causa de los problemas de España, como buen conocedor de la respuesta, porque, lógicamente, España es un país en el que todo el mundo tiene razón en que la culpa de todo la tienen los demás. La versión más habitual de este discurso vendría a ser así: «el problema de España es la envidia (los envidiosos)». Hasta se puede justificar esto ad verecundiam bajo la autoridad de un argentino ciego (que, por otro lado, no tenía ni idea de lo que es España). De hecho, invito a quien quiera a hacer un drinking game viendo, por ejemplo, La Noria o 59 Segundos, en el que se beba un chupito cada vez que se oiga en la televisión: «los españoles somos envidiosos» o algo por el estilo. No me responsabilizo de los comas etílicos.
Sin embargo, no se me viene a la cabeza ninguna justificación de esto derivada de mi experiencia (y eso que yo sí me considero un auténtico envidioso; pero soy de los pocos). Si, por ejemplo, tuviera que escribir una ficción costumbrista sobre Madrid, difícilmente pondría a un personaje envidioso, pero seguramente pondría a alguien quejándose de toda la envidia que hay a su alrededor, aunque no la haya (lo que sí hay es fanfarronería y vanidad). De hecho, en esas indignantes opiniones de taxista centroeuropeo que se pueden leer en Der Spiegel, por ejemplo, jamás se dice que los españoles seamos envidiosos, sino que hablan del «orgullo español»  con argumentos como «si los españoles lo hacen todo tan bien, ¿por qué su economía va tan mal y la nuestra tan bien?». Catolicismo contra protestantismo: el «la culpa el de los fuertes por abusar de los débiles» contra el «la culpa es de los débiles por ser débiles».
Yo siempre he interpretado esa apología de la humildad que hacen tanto, por ejemplo, ciertos jugadores del Barça, como un residuo católico, pero lo mejor es que es un argumento puramente conservador que favorece el mantenimiento del status de las clases dominantes.
La clase obrera inglesa luchó por sus derechos porque ellos eran la mayoría que movía el mercado. No le pidieron nada a nadie. Lo cogieron porque les pertenecía, porque era lo justo y lo lógico, y las clases dirigentes no pudieron hacer nada. Los individuos que formaron la clase obrera se rebelaron contra un estado que permitía su maltrato.
En un programa de televisión en la época de Zapatero, aparecía el hijo de un aristócrata enseñando a los españoles su gran casa en Andalucía, creo. Era un hombre de hacia la mitad de la treintena, indudablemente guapo, pijo, Grande de España y con un doctorado en Economía de una universidad norteamericana. Un hombre privilegiado que, como tantos otros privilegiados, hace uso de sus privilegios sin ningún atisbo de culpabilidad, quizás porque, viviendo en un ambiente privilegiado, no se considera un privilegiado, sino una persona perfectamente normal  que ha conseguido sus privilegios gracias a su esfuerzo y, supongo, todos los que están por debajo de él (el 90% por ciento de la población) son una gentuza. Aunque esto pueda parecer una conjetura, según va avanzando el programa, pasa algo muy interesante. Delante de su palacio en Andalucía aparecen unos manifestantes que piden el expropio de las tierras del latifundio y la entrega al estado del palacio. Cuando la reportera del programa le pregunta al marqués qué opina de esto, él responde con bastante suficiencia: «lo que quieren es quitarme el palacio para quedárselo ellos». Como si no fuera exactamente eso lo que quieren, explícitamente.
Las palabras fueron éstas, pero fácilmente pueden sustituirse por «esta gente es una envidiosa». Es muy fácil imaginárselo, como al señorito Iván de Los santos inocentes, hablando sobre jerarquías y cómo el que la gente vaya a manifestarse delante de su casa es producto de lo mal que está el país. A mí no me cuesta imaginarlo donando dinero a los pobres, votando al PSOE o, como cuenta Owen Jones, formando parte de esa clase alta y media-alta que se declara de clase trabajadora porque trabaja. («Todos somos de clase trabajadora» es lo mismo que «todos somos de clase media»).
A mí me cabrea mucho ese discurso de «todos los que se meten conmigo es porque me envidian», aunque es verdad, sin pensar en por qué les envidian: por su talento o por la posición que ocupan a pesar de su falta de él.
Durante la última Eurocopa, con motivo de alguna de las muchas salidas de tono del polémico Balotelli, se publicó en El País un elogio del jugador que no es nada habitual en la prensa española. En el escrito se articulaba el típico discurso del chico incomprendido que triunfa a pesar de las muchas dificultades, que es un discurso que nos permitiría remitirnos a Sam Richards y su idea de la empatía, y es un discurso común en los medios norteamericanos: se trata de la idea, muy protestante, del sueño americano.
Cuando apareció este artículo, me llamó la atención que en un periódico como El País se publicara algo tan adverso a lo que acostumbran los medios españoles (en oposición a los americanos) y, lógicamente, lo retwiteé. Antonio J. Rodríguez, que parece vivir en una realidad alternativa donde todo el mundo lee el Babelia, escribió una entrada creyéndose muy perspicaz por ver que este  «discurso heroico» es ideológico y burdo, también dando a entender que es convencional.
Sin embargo, como estoy diciendo, no lo es, y menos en la prensa de izquierdas. Un claro caso de esto es el trato mediático de Cristiano Ronaldo (muy diferente, a pesar de ser un caso muy similar, al que le dan a Mario Balotelli en ese artículo), razón principal aquélla por la que yo siempre he considerado que estaba triste (si yo fuera él, también lo estaría).
Cristiano está triste… ¿Qué tendrá Cristiano?
Lógicamente, que la concepción helénica del heroísmo
que mamó en la Premier choca con la católica moral española.
Poco antes de que se le fichara, la prensa británica decía cosas como que la gente iba a Old Trafford sólo para ver a Cristiano. De la misma manera que es inconcebible que unos chavales de instituto definan a los pokeros como «una subcultura de clase obrera», es inconcebible que un medio británico (protestante y, por lo tanto, inclinado al individualismo) acuse a Cristiano de ser alguien del que avergonzarse, cuando en todos los aspectos exhibe valores admirables (excepto en el vestir, por supuesto, en lo que es un repulsivo obrerete). Ronaldo es, por si hace falta decirlo, un chav como una catedral. De familia muy humilde, no ha recibido precisamente una educación muy esmerada. Lo raro sería que no fuera, como es, un hortera. Por otro lado, no sólo es un jugador buenísimo, sino que, además, es guapo y tiene un cuerpo digno de un Madelman. Desde muy temprano en su carrera ha participado en campañas publicitarias en las que aparece enseñando palmito. Sus pendientitos y pintas de Dolce & Gabanna de barriada son comunes entre el canon estético en el que se debaten los jóvenes y millonarios futbolistas de origen humilde. Ronaldo no lleva tatuajes porque, si no, no podría donar sangre.
Sin embargo, es uno de los jugadores más odiados por los medios en España, donde se le acusa de ser un chulo y un maleducado, pero, ¿de verdad ha hecho algo para que se le acuse de esto más allá de, simplemente, parecer serlo (según los medios de clase media)?
Como digo más arriba, algunos podrían pensar que es por envidia (eso tan español, ¿no?), porque a la gente le gustaría tener un cuerpo como el suyo, o jugar al fútbol tan bien como él (tener su éxito profesional), o ganar tanto dinero como él, y le critican porque consideran injusto que alguien así gane tanto dinero.
Sin embargo, es evidente que ésta no es la razón porque, si lo fuera, a los envidiosos les afectaría el constante discurso de la envidia, y no es habitual que una mayoría se rebele al mismo tiempo contra el mismo discurso que ensalzan.
Cristiano exhibe con orgullo valores que la prensa española considera inmorales. Prueba de esto es cuando se pone de ejemplo de conducta a Rafa Nadal. A Cristiano Ronaldo no se le envidia en absoluto; se le desprecia con absoluta sinceridad, y él lo sabe. Owen Jones diría que se le desprecia porque es un puto chav, y Rafa Nadal es el chico bueno y limpio; Cristiano es el hortera malo; no tuvo la suerte de nacer en una familia con dinero como la de Nadal, con todos sus privilegios.
Sam Richards habla de la empatía como base de la sociología porque la empatía es, realmente, la base de la psicología. Y la sociología se basa en la psicología. A mí me parece profundamente desagradable toda esa especie de sociología postmoderna, esas extrañas teorías de género que niegan la psicología, como explico en «Paradigma, cosmovisión, cultura, complot». Por eso, considero que es muy evidente que si Xavi, Messi o Iniesta no son como Cristiano, siendo de ambientes similares, tal cosa se debe a que meramente están dentro de las limitaciones psicológicas que su mediocridad física les permite; son bajitos y no especialmente guapos ni fuertes, sin embargo, son tan buenos jugadores como él, y están muy cómodos dentro de una cultura de herencia católica que castiga a todo aquél que trate de erigirse sobre el resto, aunque lo merezca.
El bloguero Popy Blasco, por ejemplo, es muy dado a esgrimir un argumento, de raíz schopenhauriana, que es que él no se fía mucho de la gente que «no está buena». [2] No se le puede culpar: está en la estela de ese principio en el que los feos acaban proyectando sus complejos sobre todo lo que tocan, con un carácter moldeado por la incapacidad de conseguir ciertas cosas de ciertas maneras, que acaba por convertirse en ellos en una forma de ver la vida esquiva y ruin. [3]
Nietzsche, de hecho, asocia esto a la cultura judeocristiana: dualista, abstracta y defensora de los débiles, y es aquí donde se ve que Cristiano Ronaldo sólo ha cometido el pecado de ir con la cabeza alta, entrenándose a diario lo más fuerte que puede para llevar, con más o menos éxito, su equipo a la victoria, en constante defensa de sus valores de clase obrera (que a los pijos de los periodistas tan desagradables les parecen), dar dinero a fundaciones, utilizar los insultos como motivación, siendo un jugador que, en realidad, siempre juega limpio y que no le falta al respeto a nadie: Messi, acostumbrado a ganar en un equipo que juega para él —en su selección no hace tanto—, en uno de los pocos partidos que perdió, le lanzó un balonazo al público; Iniesta, cuando va perdiendo, no le sobra tiempo para ponerse a dar patadas; es muy fácil ser buena persona cuando te va bien, pero Cristiano lo sigue siendo hasta cuando le va mal, porque Cristiano es un monista magnánimo que está, como diría Nietzsche, del lado de la vida, y eso se valoraba cuando estaba en la protestante Inglaterra, pero en la católica España, es un ser despreciable: tiene que pedir perdón por ser guapo y de origen humilde; no vaya a ir contra la cultura que durante siglos ha mandado, no vaya querer erigirse sobre los demás (sobre todo sobre los que mandan: un puto chav), aún magnánimamente, justamente, sin engañar a nadie.
¡Mirad! ¡Unos pobres! XD
Al principio del documental de Michael Moore Capitalism: a love story se nos muestra en tiempo real un desahucio. En España, últimamente, tal cosa es, desgraciadamente, el pan de cada día. Pero en este desahucio pasa algo muy peculiar. Los desahuciados (de raza negra: esto me parece relevante), cuando se acerca el carpintero para sellar las puertas del inmueble desahuciado, le preguntan si no se siente mal al hacer esto. «Es mi trabajo» responde. «Pero usted también es de clase trabajadora» observa una de los miembros de la familia. «A la gente que paga no se la echa de casa» finaliza el carpintero.
Hay dos cosas que encuentro fascinantes en esta situación: la primera es la conciencia de clase de la desahuciada; la segunda es la total impiedad por parte del carpintero: dos ejemplos de cultura protestante inconcebibles en España.
Las mejores universidades del mundo fueron fundadas, en su mayoría, por calvinistas. En la entrada titulada «Epílogo: el espectro político en España» hablo sobre la extraña paradoja que me parece que gente que se declara de izquierdas sean a su vez unos grandes admiradores de la cultura nortemaricana. Curiosamente, la impresión que yo siempre he tenido es que la cultura americana no es que esté influida por el capitalismo, sino que está deformada por él. Y esto lo digo yo, que amo el capitalismo. ¿No sería lo lógico que alguien que se declara de izquierdas no entrara al trapo de la maquinaria propagandística del capitalismo que ensalza valores que benefician a autores como David Foster Wallace, Pynchon o Franzen?
El mismo Owen Jones es un claro ejemplo de cómo las sociedades protestantes, además de, como exponían Weber o Talcott Parsons, ser mejores a la hora de entrar en la dinámica del capitalismo, también crean mejores izquierdistas que sociedades no tan buenas en el juego del libremercado. ¿Sería Owen Jones tan bueno si no hubiera estudiado en una universidad como Oxford? ¿Por qué no traducen a Eloy Fernández Porta y a Beatriz Preciado al inglés? ¿Complot del capitalismo? ¿De la cultura anglosajona?
Yo creo que no, porque hasta leer a Owen Jones, ni  yo ni nadie a mi alrededor siquiera llamaba «clase media» a la burguesía, o «clase baja» al proletariado, ¡ni siquiera había pensado en qué era la clase baja! Aunque Owen Jones podría aportar muchas ideas nuevas a la izquierda, irónicamente, creo que si hubiera nacido en España, sí que se quejaría por algo, y se quejaría en su casa, porque, hijo de nadie, en un país donde ser inteligente no sirve de nada si eres pobre, ¿a dónde iba a llegar? ¿A licenciarse mediocremente en Historia en la UCM porque el sistema educativo público dedicó todo su tiempo a conseguir que la medianía sacara la mejor nota posible en lugar de apoyar a los más aptos, y después, a los que lo tienen más fácil, les mandan al Bachillerato de Excelencia, que todo el mundo considera insultante, o al Bachillerato Europeo, que es un eufemismo del anterior? ¿Y luego? ¿A meterse en un sindicato corrupto como UGT? ¿Cómo iba a atreverse, encima, un puto chav de Stockport (o de Móstoles), a querer ir a Oxford a erigirse sobre los demás, como ese hortera de Cristiano?
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[1] Sobre las diferencias entre la intelectualidad española y las anglosajonas hablo en las entradas «Paradigma, cosmovisión, cultura, complot» y «Reflexión».

[2] «La gente estúpida es generalmente maliciosa, por la misma razón que los feos y deformes».  (Arthur Schopenhauer, Sobre la naturaleza humana.)


[3] «We find that unattractive individuals commit more crime in comparison to average-looking ones, and beautiful individuals commit less crime in comparison to those who are average-looking». (Naci Mocan, Erdal Tekin, Ugly Criminal.)

10 de septiembre de 2014

¡Cultiva con energía! Un egipcio del siglo XXI a.C. replica a Karl Polanyi.

      Según Douglas North, el desafío que Karl Polanyi presenta ante la nueva escuela de historia económica consiste en afirmar que los mercados solo han sido el principal mecanismo de asignación de recursos durante un margen de tiempo y de espacio que —si me apuran— se limita al siglo XIX británico. Según Polanyi, los “modos de transacción dominantes” anteriores y posteriores a esa fecha son la reciprocidad (véase la economía del don socialmente obligatorio) y la redistribución (véase la economía dirigida por los servicios estatales). Esta hipótesis tiene la ventaja de coincidir con la noción marxiana de formación económica pre-capitalista y con las críticas que plantean algunos antropólogos (Louis Dumont), historiadores (Moses Finley) y psicólogos (Dan Ariely) a los presupuestos intencionales que harían del homo oeconomicus —según los economistas neoclásicos— un modelo de conducta universal. Los modelos de mercado que Polanyi estudia (el circuito Kula en las islas Trobiand y el intercambio en la Babilonia de Hammurabi) carecían de un sistema de fluctuación de precios según la oferta y la demanda porque el riesgo de obtener beneficios o pérdidas gracias a la transacción económica estaba limitado por acuerdos sociales previos, de modo que el fetiche del comercio debería explicarse apelando a criterios distintos de la maximización puramente crematística. En suma: «Karl Polanyi cannot be so lightly dismissed, and if his spirit does not haunt the new economic historians, it is only because they probably are not even aware that the ghost exists»[1].
      Según North, la nueva escuela de historia económica puede explicar la persistencia de la redistribución y de la reciprocidad (incluso en el siglo XIX) apelando a los costes de transacción que conlleva estipular derechos de propiedad bien definidos, sinónimo de privados y sagrados, condición de posibilidad para un mercado donde los precios fluctuan. Esta explicación en términos de coste/beneficio no es sino la extensión al conjunto de la sociedad de las ideas de Ronald Coase sobre la naturaleza de la empresa. Según Coase, una empresa no se organiza según criterios puramente capitalistas, pues en ella el poder tiene valor pero casi nunca precio: una secretaria no puede comprar el puesto de mando a su jefe con el dinero con que compra la ropa en el H&M por la sencilla razón de que —como dice Spiderman— un gran poder conlleva una gran responsabilidad, entendiendo por responsabilidad una información confidencial o un savoir faire cuya transmisión a la secretaria supondría más costes que beneficios.[2] Esta sería la reconstrucción racional de por qué la división del trabajo y la promoción a ciertos cargos dentro de las empresas responden a una lógica feudal o patriarcal, basada en la honra de la esposa, la lealtad del vasallo y la virtud del princeps, por la misma razón que la reciprocidad y la redistribución han sido formas de transacción dominantes tanto tiempo según North: porque es más barato mantener ciertos equilibrios sociales que garantizan el carácter previsible del intercambio económico a introducir el cash nexus como única forma de informar y negociar sobre sus condiciones.
      El problema de esta propuesta es que la transición a la economía de mercado de buena parte del globo no puede explicarse como una mejora paulatina de condiciones tecnológicas que facilitasen la coordinación entre agentes económicos, abaratando la negociación del intercambio una vez informadas ambas partes sobre la oferta y la demanda realmente existente. Por el contrario, la mayor parte de las infraestructuras que facilitaron la llegada del capitalismo se construyeron en un momento económicamente inapropiado, cuando todavía distaban mucho de ser inversiones rentables, razón por la cual fueron realizadas por el Estado, porque nadie en su sano juicio arriesgaría su propio capital en una empresa tan ruinosa como el imperialismo occidental o los ferrocariles americanos. Salvo que uno realice el cálculo a largo plazo, momento en que el análisis coste/beneficio deja de funcionar como guía para la acción atomizada propia de los agentes del mercado, pues aquí quien carga con los costes del despegue capitalista no es la misma persona (o clase social) que percibe los beneficios, como demuestra la necesaria intervención manu militari del Estado, el capitalismo —según la nueva escuela de historia económica— no debería haber surgido entonces. Tal vez nunca.
      No obstante, la hipótesis de Polanyi sobre el carácter puramente novecentista de la economía de mercado es tan débil que podría refutarse acudiendo en exclusiva a ejemplos previos a Homero de comercio (en ocasiones intensivo) de las llamadas mercancías ficticias: la tierra, el dinero y el trabajo; productos cuya compra/venta según precios de mercado genera —según Polanyi— un doble movimiento de protección contra la propia noción de mercado. La gestión de la tierra según el principio de la oferta y la demanda comienza, dice Ponlanyi, con los fisiócratas y tiene como respuesta defensiva la Revolución Francesa, entendida como un movimiento de pequeños campesinos que buscan una salida colectiva a la expropiación de la comunidad rural originaria: el reparto del terreno en parcelas modestas.[3] Pero resulta que la compra/venta de los terrenos agrarios fue bastante común en todos los periodos de Mesopotamia con la salvedad de la tercera dinastía de Ur (2112-2004), donde la transacción de derechos de propiedad se realizaba en presencia de testigos, como registran hasta 40 papeles del archivo real de Ugarit, y el regimen comunal agrario fue una respuesta bastante tardía a la imposición de una fiscalidad compartida por parte del Estado.[4]
      Polanyi sostiene que la conversión del trabajo en una mercancía tuvo lugar con las Poor Laws de 1834, que eliminaron el sistema Speenhamland (1795) que garantizaba un ingreso mínimo a trabajadores y desempleados por igual, financiado sobre todo por la clase media y ajustado a la inflacción de salarios y precios. Un ensayo del Impuesto Negativo Sobre la Renta (muchos pequeños burgueses quebraron por culpa del subsidio y pasaron de pagarlo a recibirlo) que La gran transformación tacha de «paraiso para idiotas» porque conlleva un círculo vicioso de vagancia y productividad laboral decreciente que conduce en última instancia a perder el respeto por uno mismo, viviendo de la caridad estatal en lugar del esfuerzo propio. El fiasco de esta Renta Básica del Pobre tuvo como resultado la demonización (hasta 1914, militarismo obliga) de la ayuda estatal como panacea universal aparente por parte de un proletariado que «casi pierde su forma humana en el intento» de tener un derecho pagado a la vida.[5] Pero Polanyi confunde, como señala Yann Moulier Boutang, la causa y el efecto en su propia teoría: la única forma de entender Speenhamland es como reacción (o doble movimiento) ante un mercado de trabajo cuyo origen Polanyi debería situar, como poco, antes de 1834.[6]
¿Cuándo? Volvamos a Babilonia: en las leyes de Eshnunna se estipula que los precios del mercado de alquiler de esclavos deben reflejar el coste de oportunidad, o como solía decirse en el segundo milenio a.C.: «Si un hombre no tiene poder sobre otro, pero retiene a su esclava, el dueño de la esclava ha de jurar por [algún] dios: “No tienes poder sobre mi”; y debe darle tanta plata como [cueste] emplear a la esclava»[7]. Resulta curioso que Polanyi diga que la libertad de contratación amenaza la reproducción y el mantenimiento de la fuerza de trabajo, ¿acaso la esclavitud o la servidumbre era mas benigna con las amas de casa? Es el problema de concebir la sociedad como un todo cerrado orgánico, que no contempla la posibilidad históricamente acontecida de una casta de esclavistas que repongan cada generación de mano de obra mediante el saqueo de poblaciones limítrofes. He aquí una situación de equilibrio, sin necesidad de doble movimiento.
      En cuanto a la tercera mercancía ficticia, el dinero, Polanyi retrasa la aparición de la moneda acuñada con propósitos comerciales hasta el siglo VI a. C., porque se supone que antes cumplía una función meramente simbólica de representación del valor ligado a una autoridad política. Sin embargo, los documentos atestiguan que durante un periodo de cincuenta años Assur, una ciudad del 1800 a.C., llegaba a transportar en burro 80 toneladas de estaño, que combinadas con 720 toneladas de cobre según la ratio habitual (9:1) habrían dado para 800 toneladas de bronce.[8] Resulta ilusorio pensar que tanto dinero carecía de una función monetaria autónoma de la autoridad política que la acuñaba, como atestigua la presencia del mismo metal como moneda de cambio en Capadocia, Mesopotamia y hasta el Génesis 23: 12-18, donde Abraham adquiere un lote de tierra a cambio de plata.[9]
      La lista de enunciados refutables de Polanyi podría ampliarse sin término. Por ejemplo: pensaba que el intercambio de mercancías, igual que la fundación de las colonías, fue primero un negocio de larga distancia, quizás porque el mercado interno parece más facilmente controlable por la autoridad política fuerte que el austriaco tenía en mente cuando pensaba en Hammurabi. Sin embargo, el estudio en paralelo de la contabilidad de tres mercaderes que hicieron sus balances comerciales en la misma ciudad de Mesopotamia revela que, en términos de plata contante y sonante, el 89,6% de los bienes adquiridos eran de origen local.[10] También resulta ilusorio imaginar que los mercaderes eran empleados de los monarcas que comerciaban sobre seguro en base a acuerdos precios sobre los precios, cuando existen cartas de reyes asirios molestos por el coste en estaño que implica comprar un caballo (siglo XVII a. C.) y el papir Lansing distingue claramente entre los empleados del faraón que recaudan impuestos (modelo de economía redistributiva) y los maestros del comercio que «descienden la corriente y están tan ocupados como el cobre, llevando bienes [de] una ciudad a otra, ofreciendo a cada quien lo que no tiene»[11].
      Para no extenderme más, quisiera terminar copiando dos cartas que un campesino egipcio llamado Hekanakht escribió a su familia en algún momento del siglo XXI a.C., porque cuestionan muy bien el prejuicio sobre la solidaridad mecánica de los antiguos, la idea de una economía basada en el status social, por completo ajena a los cálculos marginales de utilidad, el individualismo propietario y el culto al esfuerzo individual que, según algunos, sería una simple ficción inventada por cuatro filósofos británicos:

Carta I.
¡Cultiva con energía! ¡Ten cuidado! Mi siembra debe ser conservada; toda mi propiedad debe ser conservada. [...] Tienes que enviar a Nakht y Snebnut, los hijos de Heti, a Perhaa a cultivar x arouras de tierra alquilada. Habrán de tomar su alquiler de la tela que está tejida donde estás. Pero si se ha vendido el farro que está en Perhaa, deben pagar [la renta] con el pago del grano, para que así no tengas que preocuparte con la tela de la cual digo: "Téjela, y habrán de llevarla para venderla en Nebesit, y habrán de alquilar tierra por su precio." [...] A cambio de las cosas que los hijos de Heti harán para mi en Perhaa, les he asignado una ración para no más de un mes, en total h3r de cebada norteña, y también he asignado una segunda ración de 5 hk3t de cebada norteña a entregar a sus dependientes el primer día del mes. Si superas este límite, se considerará una malversación por tu parte.

Carta II.
Solo habrás de darle esta comida a mi gente mientras trabajen. ¡Ten cuidado! Sacha todos mis campos, tamiza (¿el grano sembrado?) con el tamiz y el hacha, pon tu nariz en el trabajo. Si lo hacen con energía, darás gracias porque no tendré que regañarte. [...] ¡Con energía! Estás comiendo mi comida. [...] He generado 24 deben de cobre con el alquiler de la tierra que Sihator te llevará. Tengo 20 (?) arouras de tierra cultivada para nosotros en Perhaa junto a Hau el Joven por (el pago) del alquiler con cobre, ropas, cebada norteña o cualquier cosa, pero solo cuando hayas vendido el aceite y todo lo demás.[12]





[1] North, D. (1977), “Markets and Other Allocation Systems in History: The Challenge of Karl Polanyi”, Journal of European Economic History, 6 (3), p. 704.
[2] Coase, R. H. (1937). “The Nature of the Firm”, Economica 4 (16), pp. 386–405.
[3] Polanyi, K. (1977), The Livelihood of Man. Nueva York: Academic Press, pp. 6-7.
[4] Gelb, I.J. (1971), “On the Alleged Temple and State Economics in Ancient Mesopotamia”, Studi in Onore di Eduardo Volterra, 6, pp. 137-54; Leemans, W.F. (1975), “The Role of Land Lease in Mesopotamia in the Early Second Millenium”, Journal of the Economic and Social History of the Orient, 18, pp. 137-38; Yaron, R. (1958), "On Defension Clauses of Some Oriental Deeds of Sale and Lease from Mesopotamia and Egypt”, Bibliotheca Orientalis, 15, pp. 15-22.
[5] Polanyi, K (1992), La gran transformación, México DF: FCE, pp. 128-164.
[6] Moulier-Boutang, Y. (2006), De la esclavitud al trabajo asalariado, Madrid: Akal, pp. 486-534.
[7] Yaron, R. (1969), The Laws of Eshunna, Jerusalén: Magnes Press, pp. 183-85
[8] Larsen, T. (1976), The Old Assyrian City-State and Its Colonies, Copenhage: Akademisk Forlag , p. 89.
[9] Smith, S. (1922), “A Pre-Greek Coinage in the Near East?”, The Numismatic Chronicle, 2, 176-185; Oppenheim, A.L (1954), “The Seafaring Merchants od Ur”, Journal of the American Oriental Society, 74, p. 10; Lipinsky, E (1979), “Les temples néo-assyriens et les origines du monnayage”, State and Temple in the Ancient Near East, Leuven: Departament Orientalistiek, p. 568.
[10] Snell, D.C. (1982), Ledgers and Prices: Early Mesopotamian Merchan Accounts, New Haven: Yale University Press, p. 49.
[11] Blackman, M.A. & Peet, T.E (1925), “Papyrus Lansing: A Translation with Notes”, Journal of Egyptian Archaeology, 11, p. 290.
[12] Baer, K. (1963), “An Eleventh Dynasty Farmer's Letters To His Family”, Journal of the American Oriental Society, 83, pp. 2-9.

[Publicado originalmente en Encrucijadas. Septiembre 2014.]

6 de septiembre de 2014

Invitados #3: Cyril Connolly, Noventa años reseñando novelas.

 
La crítica de novelas es la tumba del periodismo; es el equivalente, en el mundo de las letras, a construir puentes en algún clima tropical imposible. Es un trabajo duro, poco saludable y mal pagado, y por cada palmo de espesa vegetación que se logra desbrozar con arduo trabajo, la selva avanza el doble durante la noche. Un crítico de novelas a los treinta años ya es demasiado viejo y la jubilación temprana resulta inevitable, «les femmes soignent ces infirmes féroces au retour des pays chauds», y todos sus escritos posteriores exhiben una amarga y malhumorada brillantez, cuyo secreto sólo se puede aprender por medio de los estragos hepáticos que causa esta terrible escuela. ¡Qué carácter, qué aire congoleño transmite su agriado romanticismo! De baja por invalidez desde febrero, todavía me acuerdo de la última expansión de los prolíficos y uniformes arbustos y matorrales. Esas correosas malas hierbas, tan difíciles de exterminar, primero atacan a través de la belleza de sus flores; la propaganda o bombo, «ostentando—tal como lo describió un botánico—su enorme trompetilla que asoma del chillón envoltorio». Nervudas aunque insípidas, sin carácter aunque brillantes, estas floraciones primerizas de Girtonia o Ballioli[1] resultan más opresivas por su profesión —la mayoría de los críticos me darán la razón— que los gigantes del bosque, los Galsworthy y Walpole, cuyos troncos cubiertos de enredaderas desafían cualquier intento de echarlos abajo.
            Una de las visiones más desagradables en la selva es la del crítico que acaba convertido en indígena. En lugar de luchar contra la vegetación, sucumbe a ella y, correteando sin pausa de flor en flor, da la bienvenida a cada una con gritos de «¡Genial!». «¡Qué elegancia, qué ironía y distinción, qué apasionada sinceridad!», exclama mientras las radiantes obras maestras se reproducen rápidamente a sí mismas, y sólo aparta la mirada de los proscritos, faloamorosos, «desagradables, secos y difíciles, indignos de un inglés».
            Otra visión que debe afrontar el cínico es la aparición del novato, que llega verde de la universidad y con la determinación, «por encima de todo, de ser justo, de juzgar cada libro por sus méritos, de no dejarse extraviar por los melindres y finuras de la escritura, ni por la tentación de destrozar un libro en la reseña, sino básicamente de intentar ayudar al autor al mismo tiempo que se aconseja al lector». «Lo importante —empieza a decir— es no olvidar nunca el nivel de exigencia que uno se marca, y no acabar enmohecido.» Recuerdo perfectamente una noche en que nos sentamos alrededor de la hoguera del campamento cuando Novato y Untuoso (que por entonces ya se estaba convirtiendo en indígena) estaban «trabajando» un libro. No podría decir la fecha exacta, pero sería fácil dar con ella, porque recuerdo que se comentaba que el Mercury se hundía y Criterion resultaba cada vez más aburrida.
—Este libro —dijo Untuoso— rebosa genialidad, y no sólo es un trabajo genial, de una sinceridad intelectual apasionada, sino que está muy cerca de ser la mejor novela de este mes, o al menos del final del mes.
—De buena gana me mostraría efusivo —interrumpió Novato—, ya que en esta primera novela la señorita Culodeviolín parece una escritora con vocación de exquisita, y ha aportado tal dominio y distinción a un tema tan difícil que, en mi opinión, convierte Enredaderas o trepadoras en un libro notable no sólo como novela; si bien quizá no llega a ser de primerísimo orden (recuerde mi nivel de exigencia), al menos logra plasmar las inevitables reacciones de una mujer joven con una sensibilidad a flor de piel y una apariencia más vulnerable que la mayoría, al enfrentarse al conflicto entre el genio (uso la palabra con total circunspección) y lo que, a falta de una definición mejor, debemos llamar vida. Me gustaría, sin embargo, sugerirle a la señorita Culodeviolín con todo respeto…
—Enredaderas o trepadoras —intervino Untuoso, sonriendo como un borracho— es moderna, tal como indica el título, tan moderna como Matisse o Murasaki. Es audaz y confronta al crítico con todos esos perecederos fuegos de artificio de la juventud, de la juventud de la posguerra ardiendo por completo en su incandescente fogosidad. Tomemos por ejemplo la escena en la que Alimony deja a sus padres:

A medio camino entre la primaveraverano y veranotoño cae ese mes pasado de moda que es agosto-tras-julio, época de enormes lunas amarillas, hierba seca y horribles anhelos. Alimony estaba echada pero despierta, contando los listones de la persiana, que parecían formar una espesa costra en el rico caldo de la luz del atardecer, como si fueran los dedos extendidos de un semidiós, un Marsias desollado. Detestaba estar en la cama durante el día. A través de las ventanas se colaba el ruido de la fiesta y las voces de sus padres.
—Ahora trata de pasar la roja por la siguiente argolla; con un poco de suerte quizás lo consigas. ¡Oh, cariño! Tendrías que haberle dado más fuerte.
—Pero si le he dado fuerte.
Alimony se en encogió involuntariamente. Penesar que ella sería uno de esos desgarbados adultos, ¡y mañana era su cumpleaños! El día era caluroso y sofocante, quizá en los campos… Abrió una novela que tenía junto a ella por las páginas de la introducción: «Hace algún tiempo un amigo puso en mis manos un objeto que tuve ciertas dificultades en reconocer. Sir James Buchan y el señor John Barrie, a quienes consulté, enseguida me lo confirmaron. “Sí —me dijeron—, es un libro, pero sólo unas pocas personas son capaces de identificarlo como tal”». Alimony pasó las páginas ociosamente. «Una ceñida capa de nubes se cernía sobre el lago… Weaver, estoy consumida de amor por ti, aunque en el pueblo dicen que soy una mujer dura.» «Oh, escribir, escribir así —pensó Alimony—, escribir como Mary Webb.[2] Pero ¿cómo, sin experiencia? Quizá en los campos…» Se levantó y recogió unas pocas pertenencias desparramadas. Mientras bajaba de puntillas por la escalera vio que todavía no eran las siete. De pronto se imaginó a sí misma caminando de puntillas por la vida, un tallo roto y embalsamado de las rosas de este día, como su propia ambigua juventud, ahora dejada atrás para siempre.
—¡Alimony!, vuelve a la cama. —Era la voz de su madre.
Algo en el interior de Alimony pareció estallar. Volvió su rostro transfigurado.
—Me cago en la leche, mama, déjame en paz. No voy a dejar que nadie me diga lo que tengo que hacer. Durante toda mi vida la gente no ha dejado de decirme lo que tenía que hacer y durante toda mi vida he estado huyendo de eso. Y continuaré haciéndolo. Supongo que mi vida es mía, aunque sea un caos, ¿no es así? Y tú pretendes darme lecciones cuando yo tengo que oír cómo papá y tú os peleáis en el jardín como un par de gatos callejeros. Todo me aprisiona, creo que voy a acabar vomitando.
—Querida, cariñito, corazoncito.
—Oh, mamá, déjame en paz. ¿No ves que ya estoy harta? Salió a toda velocidad, cruzó la puerta, que lucía un atractivo llamador, y salió al camino de grava junto a las ventanas del comedor. Se volvió para mirar a través de ellas. Sus regalos de cumpleaños estaban allí desde primera hora de la mañana; sobre la mesa había un solemne pastel con once velas. Desde el jardín se oía a lo lejos el golpeteo de las bolas de críquet.
—Weaver —suspiró de nuevo; y algo le dijo que la vieja Alimony estaba muriéndose, quizá estaría muerta antes de que acabase la noche, incluso antes de que la luna de Metroland se hubiese levantado en las estaciones de servicio.

—Un libro poderoso —resumió Untuoso—. No es una novela para los que prefieren…
—Sin duda hay que mantenerse en guardia —dijo Novato— para no mostrar demasiada simpatía por un escritor simplemente porque nos obsequia con un nuevo planteamiento de nuestros propios problemas.
—Una de las pocas obras maestras modernas —continuó el otro—, un libro para la biblioteca más que para el ropero, para aquellos a quienes les gusta encontrar, entre un Bradshaw[3] y un breviario, entre el oro y el brillo, una bagatela antiguo-moderna que cumpla con la definición que dio Milton de la novela como algo lento, sinuoso y sensual. Un trabajo, de hecho, un trabajo de… Pero no seré yo quien desfigure nuestro querido hábito enfatizando esa lamentable palabra. Tan sólo diré, lenta, sinuosa, aunque espero que no sensualmente: «¡Bienvenida, señorita Culodeviolín! ¡Bienvenida, Alimony!».
Y sin embargo, al rememorar esas tardes en que los destinos de tantos libros ilegibles y de otros tantos no leídos se decidían brillantemente, no puedo evitar sentir pesar y ternura más que felicidad por haberme librado de ellas. Es fácil olvidar la tensión nerviosa y la sensación de náusea, la cínica desesperanza con la que nos afanábamos por enfriar el entusiasmo de los infatigables autores. Hay algo tan limpio y sorprendente en un paquete de ejemplares para la prensa que no puede sino sentirse el placer de abrirlo. La sensación de recibir algo a cambio de nada, aunque breve, es gratificante mientras dura, y las tempranas expectativas que uno tenía de descubrir a un nuevo autor son quizá un placer menos gozoso que las esperanzas posteriores de poder desacreditar a un viejo escritor. El verdadero problema de la narrativa inglesa es que ha dejado de ser legible. Con tal de que las novelas cumplieran ese requisito, importaría mucho menos que fueran malas. Los escritores norteamericanos son legibles; por regla general, un libro norteamericano de segunda fila arrastra al lector. Después éste quizá constatará que se trata de un libro menor, pero mientras lo está leyendo disfrutará. La novela inglesa, en cambio, no tiene esta virtud, y no consiste más que en una autobiografía emocional retocada o en una descripción cuidadosamente distanciada de gente estúpida, que demuestra que el autor es demasiado inteligente para ser inteligente. Pero me estoy volviendo a acelerar. Entretanto, una nueva generación de críticos se está formando, y esto me hace pensar en la verdadera tragedia de la profesión de crítico, en esa irónica e irrevocable ley de justicia poética que ennoblece el trabajo tedioso y permite al periodista derrotado sentir en su propia ruina algo sublime. Por todas las novelas que frustra, la novela a la larga le acabará frustrando; al igual que el rey de Nemi, el asesino debe morir asesinado. Valiente y ágil, el crítico sube al ring. Se precipita ciegamente sobre las sobrecubiertas encarnadas. Destripa a algunos viejos gacetilleros. Pero sus arremetidas finalmente resultan fútiles y sus armas tienen las puntas romas, sus palabras son rancias. Puede fracasar noblemente, como Croker[4] ante su Keats; puede, simplemente, consumirse alabando o denostando (lo uno o lo otro poco importa) el incesante flujo de novedades verdaderamente interesantes y de segunda fila, pero finalmente la selva le reclama.
            ¿Qué consejo puedo, entonces, dar a alguien que se ve forzado —porque nadie puede hacerlo voluntariamente— a convertirse en crítico? En primer lugar, nunca elogies; los elogios quedan anticuados. Al hacer la crítica de un libro que te gusta, escribe para el autor; al hacer la crítica de cualquier otro, escribe para el público. Lee los libros que reseñas, pero no ojees más de una página para decidir si merecen ser reseñados. Jamás toques novelas escritas por tus amigos. Recuerda que el objetivo del crítico es vengarse del creador, y su método debe estar en función de si el libro es bueno o malo, si debe condenarlo o debe quedarse quieto y dejar que pase al olvido. Todo buen crítico tiene un tema predilecto. Se especializa en ese tema sobre el que ha sido incapaz de escribir un libro y su meta es comprobar que ninguna otra persona lo logra. Se planta en la cola para sacar las entradas a la fama y se dedica a propinar estacazos en la cabeza a sus rivales cuando éstos se inclinan ante la taquilla. Cuando ha dejado fuera de combate a un número suficiente, se convierte en una gran autoridad, que es más de lo que ellos lograrán. ¡Y si yo hubiera aguantado el clima, me habría convertido en eso! El problema de la edad de jubilación ha inquietado a los economistas desde hace mucho tiempo. Paseándote, tal como hago ahora, entre otros críticos acabados, con la salud y el temperamento quebrados por los rigores de la profesión o por los reproches de los autores, los editores y el público, no puedo evitar preguntarme, en los puebluchos de veraneo en la costa, los petits trous pas chers cerca de Portsmouth o de la Riviera donde habitan los jubilados, si estamos realmente acabados. ¿Puede volver atrás un crítico? ¿Es demasiado viejo a los veinticinco años? ¿Puede encontrar un sitio, junto a gente más joven, en la línea de fuego donde retienen las novelas del otoño, y morir con las botas puestas? Sé que es una locura soñar, pensar en estas posibilidades. Debería afrontar los hechos con el mismo coraje con que en otra época afronté la ficción.

            miser Cyrille, desinas ineptire
            et quod vides perisse  perditum ducas…[5]

Y, sin embargo, estas secretas añoranzas son humanas. El otro día, mientras languidecía entre números atrasados de una revista en un hotel francés, recibí una carta de Nueva York que casi me devolvió las esperanzas. «¿Cuándo? —me preguntaba quien la escribía—, ¿cuándo le dirá usted al público que el señor Compton Mackenzie, en sus tres últimas novelas, no sólo ha atrapado el estilo de la prosa de Congreve, sino también la actitud ante la vida de Congreve?» «¿Cuándo? —suspiré, y tenía lágrimas en los ojos—, ¿cuándo lo haré?»
           
[Traducción de Miguel Aguilar, Mauricio Bach o Jordi Fibla.]




[1] Alusión a dos famosos Colleges: el Gritón, College femenino de Cambridge, y el Balliol, del que fue alumno el propio Connolly en sus años de estudio en Oxford. (N. del T.)
[2] Mary Webb (1881-1927), autora de novelas ambientadas en el medio rural y cargadas de romanticismo, morbidez, pasión e ingenuidad. (N. del T.)
[3] Henry Bradshaw (1831-1886) fue un prestigioso bibliógrafo y bibliotecario de la Universidad de Cambridge, autor de tratados sobre tipografía y sobre libros antiguos. (N. del T.)
[4] John Wilson Croker (1780-1857), político conservador y crítico literario que atacaba con ferocidad a los jóvenes poetas, hasta el punto de que llegó a decirse que su crítica al Endymion de Kyats aceleró la muerte de éste. (N. del T.)
[5] Mísero Cyrille, deja de hacer tonterías, / y lo que ves que ha perecido considéralo perdido.