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15 de julio de 2013

Desde el Puesto de Telégrafos

Unos rounds con Diego Zúñiga.



I.
[Reseña.]

Como a todo estudiante de filosofía, a mi me gusta llamar a las cosas por su nombre. En mi pueblo una novela que apenas supera el centenar de páginas es una nouvelle con todas las de la ley. Teniendo en mente estos dogmas, no gustándome los gatos dados por liebres, ya se pueden imaginar las reticencias despertadas por Patricio Pron en mi persona cuando el argentino dijo que «Diego Zúñiga es el autor de una primera novela extraordinaria», haciendo referencia a Camanchaca, un libro cuya edición en Random House Mondadori ocupa 120 páginas de fragmentos cuya extensión varía desde 30 líneas bien apretadas hasta el «Todo es mentira, dijo mi mamá» que puebla en solitario la página 52. Una vez leído el libro, tengo que decir que quizá Pron errara sobre el formato del texto, más próximo a la prosa poética que cualquier otra cosa, pero desde luego acertó con la calidad del mismo: Camanchaca, a falta de otro término, resulta extraordinaria.

Y repito este adjetivo porque todo en esta narración está fuera de madre: un tío materno raptado por los ovnis o por los militares, dependiendo de la versión de la historia; una abuela creyente con creencias confusas (mezcla el fin del mundo y la destrucción de Babilonia; lee la Biblia pero habla de Jehová; ¿cristianismo, judaísmo o totum revolutum?; testigo del Mismísimo, en realidad); un padre cuyo fantasma se aparece en sueños transmutado en una ballena blanca voladora arponeada sobre los Andes (¡ríase Ud. de Hamlet!); y personajes a cada cual más estrafalario pueblan el microcosmos de Camanchaca. Forzando los límites del sentimentalismo, Zuñiga provoca el distanciamiento del lector, utilizando una combinación de elementos literarios que encontramos presentes en algunos coetáneos suyos (evitaré los nombres propios porque, entre los escritores más jóvenes, los paralelismos tan son odiosos como inevitables las identificaciones); la estrategia consiste en mezclar una escena trágica (el entierro de la abuela: «tuvieron que reducir los restos de mi tío para que entraran en el mismo nicho») y un espectador desapasionado («Mi papá no quiso verlo [...] Mi papá no dijo nada»), generando una sensación de incomodidad notable.

Retratada de memoria, mediante fragmentos y saltos temporales, la familia del protagonista parece siempre construida en el borde de la inverosimilitud, como si el narrador en primera persona no estuviera recordando una historia personal, sino un continente propio, o como si el autor tuviera por segundo apellido Márquez y Camanchaca estuviera compuesto por los recortables de un manuscrito primigenio de 600 folios o más.  De ahí la expresión prosa poética que he escogido para catalogar las emanaciones del estilo más interesante de Diego Zúñiga. Puesto el caso:

Era un camión largo. De pronto, una silueta al costado del camión, mirando a la carretera. Luego saltando. El hombre del auto frenó. Se quedó un momento quieto, como si alguien hubiera presionado stop. La imagen congelada. El desierto. El fuego. Play. El hombre que volvió a acelerar. Llegó a Iquique. Mi familia. Todo el mundo subiendo hacia el desierto. El sonido de las ambulancias. El fuego.

Más que las referencias pasajeras a Super Nintendo y a Bola de Dragón Z, intuyo que el estilo sincopado de este pasaje constituye la principal marca generacional en la escritura de Zuñiga, influido él también por el nuevo estilo internacional impuesto desde la blogosfera, donde la muchachada encadena frases sin adjetivación y sin subordinadas, como dictadas sin piedad desde un puesto de telégrafos. Salvo por alguna «lonja de jamón», algún «pendejo culiao» y cierto «lo llamó y le dijo», que vienen a colorear un poco los anodinos enunciados en sujeto-verbo-predicado de Zúñiga, cualquiera diría que estamos leyendo una traducción realizada por un amante de los puntos y seguidos, en lugar de un texto escrito de directo en castellano. 


II.
[Entrevista.]

Ernesto Castro (EC). En primer lugar, ¿qué es Camanchaca? Patricio Pron, desde la solapa de tu edición en Random House Mondadori, nos dice que estamos ante una novela. Sin embargo, en mi pueblo (donde hablamos francés muy bien en la intimidad) llamamos nouvelle a un texto de ficción de esta extensión. Por si fuera poco, cuando un lee el texto comienza a descubrir tonos líricos aquí y allá, hasta el punto de pensar: ¿no serán prosas poéticas? Así que dime, ¿qué taxonomía prefieres?

Diego Zúñiga (DZ). En Chile sucede algo particular: es muy grande la importancia de la poesía. Ignoro si muchos narradores leen poesía; todavía tengo esa duda. Desde luego Bolaño —quien espero haya influido para bien a los más jóvenes— reivindicó siempre a muchos poetas. Tenemos un poeta chileno, muerto hace ya más de veinte años, llamado Juan Luis Martínez, cuyo primer libro se titula La Nueva Novela. Es un poemario, finalmente, pero no está en verso, sino que tiene preguntas filosóficas, dibujos, etcétera. Es una suerte de collage con gran fondo, muy influido por los surrealistas, más allá de lo técnico y la pirotecnia. Tengo un amigo que dice que tras La Nueva Novela ya podíamos hacer cualquier cosa, como quien destroza los géneros para hacer algo nuevo. A estas alturas resulta muy difícil que las cosas no se mezclen. Los géneros, digo. Me pone muy contento cuando alguien descubre poesía en el texto, porque yo no me siento capacitado para escribirla, no solo por el tema del país y su tradición, sino porque no tengo el talento o la paciencia para hacerlo. Mario Levrero decía que una novela es cualquier cosa entre una tapa y una contratapa. Yo escribí Camanchaca pensando, siempre, que era una novela. Un año antes de escribir el libro publiqué un relato, unas cinco o cuatro páginas por encargo, para un diario donde se pagaba bastante bien. Y pronto me di cuenta que no era eso.  Aunque Camanchaca sean unas pocas páginas, formalmente sucede que yo solo cuento una parte. Es una historia familiar. De haberla contado de forma tradicional, digamos, tendría un volumen de 300 páginas. Me fascinaban los personajes poderosos de las novelas rusas y francesas, pero sabía que la historia tenía que ver con el narrador; su mirada está como así, finalmente, tiene problemas para expresarse. ¿Puede un libro de 400 páginas hablar de la falta de comunicación? Yo creo que no.

EC. Siguiendo con Rusia y los rusos, no se me caen los anillos cuando te digo que he confundido en varias ocasiones el título de tu libro con Kamchatka, la península situada en el extremo oriental de Siberia, cuyo nombre recuerdo gracias a un juego de mesa. En el Risk, Kamchatka es una región crucial para hacerse con Asia y para abordar América del Norte. Entre las ventajas del Risk para esta entrevista se cuenta su fidelidad para con la concepción occidental del mundo. Según el juego, América del Sur es la región menos interesante de todas, seguida muy cerca por Oceanía. Está dividida en tres zonas: la Gran Colombia, Brasil y el Cono Sur. La pregunta, por tanto, es la siguiente: ¿crees que a los lectores españoles nos gusta amalgamar la literatura latinoamericana o sois vosotros mismos los culpables de nuestra concepción riskeana de la realidad? En otras palabras, ¿hay en Camanchaca una pretensión de representar la realidad del subcontinente en el microcosmos familiar de la narración?

DZ. Hay esa pretensión, claro. Resulta inevitable cuando uno escribe sobre la familia. La novela está ambientada en el Norte de Chile, pegando con la frontera peruana y el desierto de Atacama: todo eso determina tu vinculación con el mundo, y cuando escribo mis libros, tanto este como el nuevo, pienso finalmente en el lugar. Cuando uno deja reposar los textos luego descubre que estas cosas pueden pasar en otros sitios: el norte de México o Perú, por caso. Si bien todos estos países son muy distintos entre sí, empezando por el idioma y los tonos, también hay algo que (paradojas de la vida) nos une: nuestras familias son un poco raras. En Camanchaca no hay nada de realismo mágico; todo está centrado en la familia; hay sucesos extraños y uno intenta medio normalizarlos. Considero que el hablar de la familia universaliza la historia. Hace unos años, igual ya no tanto, marcaba mucho ser hijo de padres separados. En Chile somos muy fijados con estas cosas. Camanchaca trata sobre una familia de clase media, que se dice en Chile, pero todo es bien frágil y precario. El libro muestra esa inquietud. Todo se puede extrapolar, igual.


EC. Ahora que mencionas el elemento de lo inhóspito, tan presente en la tradición narrativa europea, como nos recuerdan a todas horas los críticos literarios y sus monsergas freudianas, ¿crees que hay una obsesión europea por conocebir a los escritores latinoaméricos como kafkianos en el exilio? Confiesas que tu escritura se aleja del realismo mágico. Yo, desde luego, situaría Camanchaca sobre otros railes completamente distintos. Aunque la sensación de distanciamiento que genera tu composición de las escenas dramáticas sea digna de nota (y yo piense que hay un componente generacional en ello), me llama más la atención tu trabajo de la memoria histórica, tan personal, intimista y hasta familiar. Creo que hay muchos puntos en contacto con El espíritu de mis padres de Patricio Pron. Aunque quizás estemos ante una nueva misunderstanding inflaccionaria típicamente eurocéntrica. No hay casualidad alguna en que los mismos editores franceses, ingleses e italianos que en el pasado tuvieran reticencias en traducir a Pron se lanzaran hace unos años como hienas en cuanto escucharon el dulce canto de sirena de la dictadura y de los desaparecidos que emiten las páginas valientemente escritas por Patricio. Así que dime, ¿crees que los europeos tenemos alguna suerte de obsesión con encuadrar la alta cultura latina bajo la categoría de la memoria histórica?

DZ. Mira, tengo la sensación que sí. Medio en broma medio en serio la gente dice que Herralde dictaba a sus autores argentinos que pusieran por algún lugar la palabra desaparecido en los libros que publicaban con Anagrama. Algo así me pasó con la traducción de Camanchaca al italiano: ellos la miraron como una novela de posdictadura. El traductor hizo un epílogo donde rastreaba todas las marcas; las reseñas que aparecieron allá también ahondaban en ello, aunque todas se centraban más en la familia y la intimidad. Hicieron una lectura política, que no es que se la hayan inventado, pues el libro muestra las marcas, aunque el tema me parezca demasiado complejo. Ya pasamos por la novela del militante: generalmente un fracaso. Ahora pasamos por la novela de los hijos: Pron y su libro, que me gusta mucho; Zambra escribió Formas de volver a casa, que también trata este tema. A diferencia de ellos, yo no viví la dictadura. Nací en el 87, cuando ya estaba terminando. Nuestra labor como generación, de haber alguna, sería abordar este problema desde una perspectiva novedosa. Entre los argentinos, quienes siempre parecen en especial talentosos a la hora de narrar distintamente estas cosas, se cuenta un escritor jóven, Félix Bruzzone, que tiene un libro de relatos titulado 76. Siendo él hijo de desaparecidos, narra el asunto desde una perspectiva delirante, abandonando el llanto que suele acompañar estas exposiciones. Hay un gesto entre la indiferencia y el compromiso muy nuevo, muy fresco: me parece el modelo para abordar el asunto. Escribir desde Chile y no abordar el tema me parece (inevitablemente) difícil. Hay opciones, claro. Mucha gente quiere alejarse y me parece muy bien. En Chile el tema de la dictadura es algo que no... finaliza bien. En Argentina hubo gestos de reparación: Videla muere en la Cárcel; Pinochet, en un hospital militar, con todas las comodidades. Es un tema pendiente. Super pendiente, finalmente: el presidente en estos momentos es un hombre que dice no haber apoyado a la dictadura, pese a estar rodeado de gente cercana a Pinochet. En el Norte hubo campos de concentración enormes. En Atacama hubo uno. Pisagua, cerca de la frontera, tiene un campo desde la guerra chileno-peruana; es un lugar horrible. El Norte está ahí. No hacerse cargo me parece extraño. Yo he nacido allí, he crecido allí. Los relatos están como en el aire. Iquique, como cuento en la próxima novela, era la ciudad favorita de Pinochet. Cuando fue el plebiscito, cuando terminaron sacándoselo, él sólo pregunto: ¿Cómo me fue en Iquique? Perdió, por supuesto.

EC. Para cerrar, quisiera hacerte una pregunta sobre el estilo del párrafo y la sintaxis que utilizas. Salvo algún juego entre el complemento indirecto y el complemento directo, algún localismo inconsciente que te sale, y alguna expresión cariñosa para designar a los miembros de tu familia, Camanchaca está escrito en un estilo plano y uniforme. ¿Qué pasa con los jóvenes? ¿Han olvidado la hipotaxis y la adjetivación? ¿Acaso escribes desde un puesto de telégrafo?


DZ. Yo no escribo así, digamos, en la vida real. En la novela encontré una voz. Fui dándole forma. Alguien me dijo que Camanchaca es una novela sin estilo, porque el narrador -como tú dices- escribe pam-pam-pam, desde el telégrafo. La voz exigía eso. Pero yo no escribo así. Por el contrario, disfruto mucho con las frases subordinadas. Pensándolo generacionalmente, quizá estemos muy influenciados por las traducciones desde el inglés. Hay que luchar contra eso, cuestionarlo, darle un giro. Mi nueva novela se aproxima más a mi escritura ideal, cómo me gustaría escribir, en este sentido: un narrador en tercera persona, una historia más normal, etcétera. En Latinoamérica han pegado mucho las traducciones. Me genera una situación contradictoria, porque me encanta leer a Carver y a Cheever, pero luego uno descubre que todo el mundo anda leyendo igual, y piensas: «Cierra la puerta y andate por otro lado». Cuando estuve escribiendo Camanchaca, andaba muy pegado a Cheever y a ese estilo. De ahí el epígrafe de Richard Ford. Entiendo el libro como una huella del periodo que estuve buscando sintetizar la idea yanqui de la frase corta en un narrador muy puntual y concreto. De todas formas, no toda la literatura norteamericana es igual: Richard Brautigan no escribe como Carver. Para desmarcarme, hace tiempo que leo otras literaturas o poesía, incluso la yanqui, una tradición muy rica y variada. Y cuando he venido a España, ahora estos días, he comprado muchos libros europeos, tanto en las librerías de Madrid como aquí, en Barcelona. De pronto descubro que me estoy llevando todo franceses, húngaros y cosas así, cuando allá solo llegan cosas, por así decir, mainstream. Supongo que esto refleja mi cambio de intereses.


Publicado originalmente en Zafarranchos Merulanos. 11 de julio de 2013.

26 de junio de 2013

Realismo Mágico Desde Arganzuela


En mi distrito madrileño la muchachada se pega —como siempre— por pura pereza. Las mujeres y el territorio, los detonantes principales del conflicto entre machitos, llevan siendo subterfugios mucho tiempo. Y es que resulta más sencillo matarse a palos en mitad de Extremadura por un conflicto de lindes, como hiciera cierto antepasado campesino mío, que ponerse a pensar, en plan burgués académico, sobre el origen de las fronteras terrestres; maldito Juan Jacobo Rousseau, nunca estás cuando más se te necesita. Así, sin pensárselo demasiado, se han rajado los jóvenes las vestiduras a navaja, se han tentado algunos órganos internos y se han saldado las noches con guarnición de cadáveres, como he visto yo suceder en Arganzuela, el barrio mío de mis amores, durante el periodo de conflicto incipiente entre Ñetas y Latin Kings (2003-06) en España. Entonces los hijos de Cronos se devoraban entre sí; cómo no iban a hacerlo, si unos se saludaban haciendo el tridente, mientras los otros preferían el cruzamiento del índice y el anular; razones adicionales para hacerse la vida más difícil, si uno las busca, así las encuentra a pares. Y en medio del desaguisado aquél entre segundas generaciones de inmigrantes estábamos nosotros, los españolitos del montón. Llevábamos la ropa ancha, pero era distinto. Hacíamos skate, como podíamos, pero era distinto. Algunos, como un servidor, nunca entramos en el juego. En mi caso bastaron, para perder todo pundonor, unas amenazas de Joaquín El Negro. ¿Anduve yo enredado entonces con su novia? No recuerdo bien el lance. Pillastre de mi, amante bandido, asaltalcobas. Nunca más, desde luego, tras las amenazas de Joaquín El Negro. No tenía noticia entonces de Arquíloco, pero ya andaba yo emulando la vergüenza del ejército griego, saliendo de rositas de un duelo como aquél, sin quebranto o sin defensa por mi parte:
Algún sayo se ufana con mi escudo, un escudo irreprochable que abandoné contra mi voluntad en un matorral. Mas con ello salvé mi vida. ¡Qué me importa aquel escudo! Ya me compraré otro que no sea peor. 
 
 

Sí, nosotros también vimos a Jarabo armado hasta los dientes, el cuchillo jamonero atado a la pierna como si fuera un pirata de pata de palo, mientras atracaba a los pijos del centro o fardaba simplemente como un parguela. Yo andaba medio vinculado con la mejor generación de escritores (mero sentarme junto a ellos en el colegio) que hayan visto los muros madrileños entre la Puerta de Toledo y el Manzanares. Y los pintamuros siempre tuvieron cierto halo de huevito. Conque nadie se pegaba con ellos. Pese a todo, el armisticio montado sobre los botes de pintura, auténtico pacto de honor entre caballeros, no hacía sino emular una venerable tradición de pacifismo tribal neoyorquino. Entonces no teníamos tampoco zorra idea del asunto. Menos mal que Capitán Swing vino a ilustrar nuestras andanzas. Hace un año publicaron en esa editorial Getting Up, una crónica sobre el arranque del grafiti en NYC, que tiene como protagonistas principales a los Fab Five, el segundo grupo de escritores en pintar un tren entero: 10 vagones enteritos. El libro (en realidad una nueva edición de una traducción ochentera, perdida y recuperada: las expresiones nos delatan) entra a describir con minuciosidad el factor social impreso en el hecho de cruzar líneas imaginarias, barrios y calles, con el objetivo de decorar las paredes de la ciudad, sin importar la adscripción de clase o la zona donde vives. Entre las mil batallas narradas destaca el momento de asunción hegeliana (es un decir) que experimentan los Vandals. En pleno pase grupal de modelos, mientras se ufanan por el malecón, mostrando una coreografía colectiva ensayada, los Vandals se encuentran cara a cara (tatatachán) con los más malos de la zona:
                                
Nos paramos en seco; no dimos ni un paso más. «¿Qué va a pasar?» La gente nos miraba intentando adivinar lo que iba a suceder. Pero delante de todos estaba la división que habíamos visto en el metro, y, bueno, no te puedes imaginar qué alivio sentimos al verlos. «¿Qué pasa, troncos? ¿Cómo os lo estáis haciendo?» Con esto distendimos un poco el ambiente, porque en el metro ellos nos habían preguntado de qué íbamos, si nos peleábamos con las otras bandas o qué. Pero nosotros les habíamos explicado que éramos sólo una banda de escritores de grafiti, que lo nuestro era pintar nuestro nombre y el de la banda por todas partes y que no buscábamos pelea. Nos llevó algún tiempo explicárselo, pero ahora veíamos que había valido la pena.



El mismo truco, por desgracia, no les funcionó a los Wanderers. La narración canónica de Richard Price, posterior guionista de The Wire, arranca con un recuento de tropas para la batalla; no en balde, se trata de una conflagración suscitada por un grafiti: «Los negratas apestan, Richie Gennaro», reza la manzana de la discordia; así pues, tenemos de un lado a los italianos, a los polacos y a los irlandeses, asociados contra los injuriados negratas, que han recibido el inesperado apoyo de una temible agrupación china, portadores todos ellos del apellido Wong, caminantes uniformados por los pasillos del instituto, y presuntos expertos en artes marciales. Todo un espectáculo, vaya. Sobre el final del asunto, mejor no digo nada. Tiene su miga y no merece el spoiler. Una historia que, por contra, sí amerita ser contada, pues contiene la esencia del orgullo pandillero, y su peculiar relación con las fuerzas de seguridad del Estado, se encuentra hacia el final del libro, donde nos cuentan una violación en tercera persona, desde el punto de vista del chico de violada, quien tiene que decidir, en cuestión de segundos, si llamar a la policía o defender a sus seres queridos. Habiendo optado por la primera opción, dentro del marco de la legalidad y del Estado de derecho, conforme a una interpretación no privatizada de la violencia, cuyo detentor legítimo en última instancia son ellos, los hombres de uniforme, Eugene Caputo, nuestro protagonista, no puede evitar el tormento interior. Gracias a su falta de cojones, Nina está viva y él también; el asaltante en fuga, perseguido por el timbre de las sirenas, no podía tomar demora en degollarles; pero, según el código de honor del barrio, más vale la deontología del outsider que el utilitarismo del buen ciudadano; esto es, no por mucho salvar vidas deja uno su condición de cobarde; o como dice la madre de Eugene:
-Algún día, hijo mío, aprenderás que los dos mayores goces de ser hombre son darle una buena paliza a alguien y recibir una paliza de alguien. Buenas noches.

En su reseña de The Wanderers (Mondadori, 2013), Kiko Amat encuadra este libro, el debut de Richard Price eso de hacer novelas, dentro de la categoría de Realismo Emocional o Novelas Vivenciales. Las claves del estilo las revela el propio autor: «la reminiscencia deformada por el alcohol, el realismo mágico [sic], la nostalgia, el pasado reinventado. Ese tipo de magia [sic] todavía perdura en mis libros, pero creo que se muestra exclusivamente mediante el lenguaje. En todo lo demás, me concentro en lo que de veras [sic] está sucediendo.» A falta de un conocimiento más de profundis sobre la obra de Richard Price, estas declaraciones no pueden sino epatarme en mi conciencia de barroco sin causa, especialmente en los apartados «somos-escritores-realistas-mágicos» y «hablamos-de-cosas-que-no-están-pasando». O sea —pienso— que The Wanderes, una narración sin subordinadas sobre la juventud del Bronx, cuyos apartes más señalados son cuatro descripciones psicológicas folletinescas, es un libro que no se atiene a los hechos. Ya me imagino el cartel: «Que se quite Cien años de soledad, que viene con fuerza The Wanderers», ¿se imaginan? Gracias a los chamanes, el hábil crítico literario de Kiko Amat, quien conoce mejor la obra de Richard Price que el propio que la hizo, consigue encarrilar la procesión del realismo hasta la Iglesia del Bendito Atraso. El término es suyo. Los devotos de esta religión practican el sujeto-verbo-predicado; su santoral, según Kiko Amat: «sencillez, excitación, mito, épica, ruido, contención, arrebato». Estas son las claves correctas para la lectura de The Wanderers. Un libro que me recuerda a mi mismo. Y la identificación, aún contenida, no puede ser buena.


Publicado originalmente en SigueLeyendo. 19 de junio de 2013.

9 de junio de 2013

¿Cuántos editores se necesitan para apagar una bombilla?

La calma antes de la tempestad.

La primera adivinanza tiene su aquél: ¿cuántos editores se necesitan para terminar con la posibilidad de hacer dinero vendiendo libros? Ignoro el número exacto. Pero imagino que el nutrido puñado de editoriales que se meten el codo hasta los higadillos por hacerse con un hueco en el panorama literario español se aproxima bastante a la cifra imaginaria. Yo diría —si me permiten el detalle económico— que en condiciones ideales de competencia —de ser cierta la teoría del equilibrio— los precios expresarían los costes marginales de producción, los beneficios se reducirían a mínimos históricos, el mercado de los libros no sería inflacionario, como nos parece a todos los que conocemos un poco (no mucho) sus entresijos, sino competitivo en grado sumo. La joya de la corona española, el orgullo de Don Mariano, el baluarte de la eficiencia: todos esos epítetos se ganaría el sector editorial patrio si la susodicha teoría fuera aplicable a este caso. Desgraciadamente, los economistas tienen tantos problemas como los editores en cuanto a adecuación empírica y a realismo metodológico se refiere. Total, que en la burbuja que desborda la mesa de novedades de La Central —día sí, día también— se han juntado el empacho y las desganas de comer, por cuenta de los de los consumidores, con el entusiasmo y el wannabismo de los productores. Lectores hastiados ante la nonagésina edición (¡ahora ilustrada!) de El Gran Gatsby. Editores wannabes que quieren meterte la cuchara hasta la traquea. Y allá va el avión: tapa dura (+5€), dibujitos (+5€), epílogo crítico de Alejandro Magno (+5€). Suma y sigue, amigo. Y date con un canto en los dientes, que Los enanos también empezaron pequeños, como titulara en una memorable ocasión Wener Herzog. Y claro, la falta de dinero por ambas partes ha hecho estragos. La segunda adivinanza también tiene su aquél: ¿cuantos leuros mensuales necesita un omnilector (prosa, poesía y ensayo) para garantizar una ración saludable de alimento espiritual no pirata y en papel? Vuelvo a ignorar that figure, pero me juego la mano derecha —tan seguro ando— a que roza los cuatro dígitos. Así pues, Mileuristas, ¡vuestro es el mundo para tomarlo!

A todo esto Random House Mondadori publica Condenada de Chuch Palahniuk. A falta de tiradas que superen los 5.000 ejemplares por barba, entiendo que la diferencia entre ser diminuto y haber alcanzado la mayoría de edad en el negocio de encuadernar folios estriba en detalles como tener el monopolio en castellano de escritores como Palahniuk, narrador de sandalias doradas y autor del Club de la lucha (que nunca falte ese epíteto en la portada). Cuando hablamos de Condenada, por tanto, hablamos en realidad de un libro mesiánico y necesario: no solo salvará el balance de negocios trimestral del sello en cuestión (crucemos los dedos) sino que además financiará la publicación en papel de todos esos narradores patrios y ajenos que no se comen un colín entre los lectores, todos esos modernos que, además de contar historias entre semana, ejercen de críticos algunos findes y muerden la mano que les alimenta, vaya si la muerden, soltando que Palahniuk es un escritor mainstream («¿Habráse visto?»), un narrador acartonado («¡Noooo!»), que sus libros se venden en aeropuertos, que las versiones en pantalla y a color son mejores que los originales en negro sobre blanco. Todo muy cierto, claro. Pero ello no quita que el americano sea un artesano de la narración que nunca falla a la cita con los lectores. Esta última es una frase convencional para un narrador convencional. Y es que en Palahniuk todo está correcto y bien ordenado. Lo cual no es poco.



Condenada pertenece a una raza mestiza de novelas a caballo entre el cuestionamiento del arquetipo y la novela de aventuras. El libro narra el descensus ad inferos de una joven recién muerta de trece años. Alicia en el País de Satanás se encargará de desmontar algunas cosas que todos dábamos por sentado sobre el más allá de los malos: en lugar de ríos de lava tenemos lagos de esperma; la Ciudadela de Belcebú ha sido sustituida por un proyecto urbanístico en constante expansión desde el periodo sumerio hasta Frank Gehry; y un largo etcétera. Hay algo que sin embargo no cambia entre los muertos. Los cadáveres interesantes siguen condenados a vagar penantes por toda la eternidad bajo nuestros pies, en lugar de encontrar descanso infinito sobre nuestras cabezas. Desde Virgilio a Dante, el Infierno ha estado a reventar de famosos: basta con pasearse por los mille plateux de Telecinco (bocata de salchichón en malo) para intuir tal cosa. En esta ocasión, no falta en el catálogo de vanidades el propio Charles Darwin, quien viene a reconocer sus errores y otorgar la razón a los creacionistas de Kansas; momento previsible donde los haya en un relato satírico con más lugares comunes que un mitin político, todo sea dicho. Más interesante resulta, en términos de crítica sociológica, las lanzadas a moro muerto que amaga Palahniuk contra la generación de sus padres. Se ha convertido en un lugar común el mofarse de los adláteres del sesentayochismo. Y Palahniuk no está tan servido de mano como para no hacer leña del árbol caído. Vaya como muestra la siguiente descripción de una fiesta de cumpleaños donde la piñata contiene golosinas placer adulto:

Algunas de las imágenes más atroces del infierno resultan directamente risibles cuando se las compara con la imagen de una generación entera de adultos desnudos y peleándose en el suelo, jadeando y forcejeando en plena refriega frenética por quedarse con un puñado de cápsulas desparramadas de codeína de efecto retardado.

A todo esto Madison, la protagonista, ha muerto de sobredosis de marihuana en un internado. Entre las claves del relato se cuenta la conciencia de clase mostrada por la muy madura Madison, quien declara: «NI DE COÑA lamento no llegar a adulta y que me salga sangre todos los meses del potorro y tener que aprender a conducir un vehículo de combustión interna de combustible fósil y ver películas espantosas de esas que no se pueden ver sin un padre o tutor legal, para después beber cerveza en jarras y sacarme una licenciatura con beca deportiva en historia del arte antes de que un chaval me rocíe de semen por dentro y a mí me toque cargar con un bebé gordinflón en la tripa durante casi un año». Asimismo destaca el amplio léxico que puede llegar a exhibir una persona de esa edad, para sorpresa de unos despistados lectores que se reconocen en su sabiduría inopinada: ellos (nosotros) también conocen (conocemos) esas palabras esdrújulas. De este modo, la narración está punteada por apartes de la narradora, quien nos recuerda cada poco, como si estuviéramos ante un examen de lengua en primera persona, los términos raros que saltean la sintaxis de Palahniuk. El arranque de cada capítulo con una suerte de misiva a Satanás refuerza la ilusión de intimidad, el efecto de dietario. Los comentarios sobre Jonathan Swift y los Viajes de Gulliver en el capítulo décimo, por el contrario, apuntan hacia la hipótesis de la evaluación continua. Y aquí encontramos otro de los elementos que caracterizan la narración palahniukista: la presencia de elementos de sabiduría universitaria diluidos entre la asequible papilla del relato de aventuras. La presencia de un personaje sabelotodo en materias teologales garantiza, como quien no quiere la cosa, que nuestras entendederas enfilen la cama un poco —solo un poco— más llenas de saber. Lo dicho, no te acostarás sin saber algo nuevo.