El triste caso del
Polizone.
Hay barcos que solo valen para
estar en tierra. Es el caso del Vasa, el buque de guerra mandado fabricar entre
1621 y 1625 por órdenes de Gustavo II Adolfo de Suecia, quien buscaba añadir en
su flota el mayor galeón jamás hecho, armado con 64 cañones y una dotación de
30 marineros y 300 soldados, siendo su
triste destino escorarse y hundirse durante su bautismo a escasos metros del
puerto de Estocolmo. ¿El motivo? Llevaba demasiada carga. Los ingenieros
calcularon adecuadamente las magnitudes para un puente de cañones; Gustavo tuvo que pedir doble ración para
enviar esta mala bestia a pique. Si hoy quieres verlo en acción, procede a
revisar Piratas del Caribe II (el
Holandés Errante que lleva el mitad hombre, mitad pulpo es igualito) antes de
volar hasta el Vasamuseet; un museo de barcos es un crimen en el altar del savoir faire.
Lo mismo podría decirse de Polizone, la instalación interactiva con
que culmina la iniciativa Huesped,
propuesta por INTACT Project y alojada en Medialab-Prado, cuyo objetivo
consiste en utilizar la tecnología para simular una travesía marítima. Los
creadores advirtieron a la concurrencia que asistieran listos para contribuir
activamente en una experiencia metacreativa que involucraba la participación
semipresencial del Matralab (Montreal, Quebec) y del Arteleku (Donostia, Euskal
Herria). Según Roberta Bosco y Stefano
Caldana, teníamos ante nosotros «una apuesta muy atrevida y quizás la obra
basada en técnicas de telepresencia más compleja que nunca se haya realizado».
Fui a ver con mis ojos aquello tomando por bandera el espíritu del naufragio
con espectador según cuenta Lucrecio:
Es suave mirar
cuánto trabajan otros desde tierra
cuánto les
sacude el viento la superficie del mar;
no porque la
agitación ajena sea contenta y alegre,
sino aún más
suave discernir los males que no tienes.
Una vez allí, veo que el
propósito de la interacción comienza a fracasar una vez el público, tras
esperar quince minutos de retraso como ovejas en un corral, es incapaz de
entender las repetitivas indicaciones de la organización, quienes insisten por
favor sitúense detrás del proyector, en ningún caso delante. Podría traer aquí a colación la llamada Ley
de Zinc de las Masas, según la cual dos cráneos piensan juntos mejor que solo
uno, pero a partir de veinte la cosa se hace como nadie, como nadie piensa en
absoluto; adquirimos un encefalograma plano común. Sería cruel, sin
embargo, llamar tontos a un público que me incluye a mi en compañía de multitud
de ingleses y alemanes, símbolos vivientes de la distinción internacional y de
no entender media papa también. Peor para ellos: pudimos escuchar por Skype a
los contertulios euskaldunes y quebequenses quejarse en perfecto castellano de
«Los fallos de último momento», suponiendo entonces que programa requería
saltarse las diferencias idiomáticas, esto es, contar cuentos de buques en el
idioma de Miguel de Cervantes, quien seguro los odiaba a muerte porque perdió
un brazo a bordo de uno.
Y así fue. La orquesta rasgaba la
banda sonora de alguna película de terror, instrumentos de cuerda columpiando
notas agudísimas, la percusión que oscila entre lo repentino y lo monótono,
mientras una voz desgrana una narración cargada de lirismo y la segunda persona
del verbo. Nada de Unai Velasco o Miqui Otero, cuyos En este lugar (Papel de Fumar, 2012) y La cápsula del tiempo (Blackie Books, 2013) considero respectivos
referentes, auténticos tótems de la poesía y del tuteo. Lejos de estos, Polizone
gasta un estilo Carne Cruda, el programa de Radio 3 que tantas
veces ha decidido tirarse a la piscina del simbolismo de cantimpalo atravesado
por invocaciones de ¡Vive al límite!
que cualquiera juzgaría saqueadas del Twitter del poeta argentino Carlos Salem,
quien además satisface un requisito para nada baladí: calzarse el pañuelo del
Capitán Sparrow a sus sesenta años de edad
Los videos que pretendían
reproducir las luces del oleaje, todo sea dicho en favor de Polizone, estaban hasta tal punto
conseguidos que hacían recordar los versos de Juan Ramón Jiménez sobre la alta
mar como una sábana blanca que los muertos empujan desde abajo. Pero esta vez
sin el como: una sábana blanca arrugada fue todo lo cerca que los artífices de Polizone estuvieron de alcanzar su objetivo
mimético. Supongo que el grueso de la financiación estuvo destinado a construir
el faro, un foco de luz que —según parece— controlaba un personaje en streaming
desde vete tú a saber dónde. O si no expliquen que estaba haciendo ese tipo
acercándose a una webcam con el parche del malo de Waterworld (Kevin Reynolds, 1995) en el ojo. La gente estaba
confusa. A la orquesta les faltaba la guitarra y parchearon el asunto con una batukada. Como oyen: en mala hora
aceptamos los palillos chinos que los ujieres del Medialab amablemente
repartieron entre el público. En principio solo valían para hacer que remabas,
pero ahora que tocaba seguir el ritmo golpeando unos pasamanos de acero hasta
los cabeza de familia, que iban con niños y tenían que reforzar el entusiasmo,
quedaron helados cuando su prole entre cinco y nueve años dijo pero papa, ¿dónde está el barco?
Publicado originalmente en A*Desk. 1 de febrero de 2014.

