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28 de febrero de 2015

Haya paz entre galeristas.

Se calcula que Leibniz escribía a caballo y dormía una media de tres horas del mismo modo que se calcula que Santo Tomás rellenó diez folios diarios desde el momento mismo de su nacimiento hasta el de su defunción: a ojo de buen cubero. Siguiendo el mismo criterio de vaguedad, Jacobo Siruela[1] ha bautizado ‘Casa Leibniz’ a una exposición paralela a ARCO donde las galerías están agitadas pero no revueltas, compartiendo espacio pero no negocio, primero paz y después gloria, aunque Leibniz, el filósofo de la mathesis universalis, que escribió prácticamente sobre todo, que tiene hasta unos tratados de cocina muy sabrosos, no escribiera ni una sola línea de valor sobre arte. Ni falta que hace. Una serie de chicos de los recados teóricos (Germán Huici, Marcos Giralt Torrente, Javier Montes, Oscar Alonso Molina, Estrella de Diego y Enrique Vila-Matas) se han encargado de confeccionar el nuevo traje del conde de Siruela: las cartelas de la exposición.

Unos (Montes, Alonso Molina) salen por peteneras hablando de galaxias y callando de galerías; otros (Giralt Torrente, Vila-Matas) cumplen satisfactoriamente su papel y otros, los redactores de catálogos de a duro la página, emborronan caracteres con espacios repitiendo el primum vivere deinde philosophari de toda la vida del Señor (Huici: “Frente a la labor del crítico archivista que organiza el arte en estilos, esquemas y rankings, seriándolo, difuminando la experiencia, se levanta la obra ofreciendo resistencia, esperándonos, pidiéndonos que posemos sobre ella nuestros ojos, que dejemos inundar por su presencia”; de Diego: “Gastar y malgastar el tiempo otra vez, de una manera del todo inusitada, porque tiempo es el mayor regalo para uno mismo y los demás. Gastar el tiempo como si sobrara”).

Con estas premisas afronta el público las dos plantas del palacio que el nieto de Cayetana de Alba ha alquilado en Madrid para hacer realidad el sueño de la armonía preestablecida leibniziana, que según Norbert Wiener, el padre de la cibernética, es un modelo del fascismo, aunque también puede serlo del mercado perfecto de Walras, donde los individuos están perfectamente informados y coordinados sin necesidad de interacción. Y es que el diálogo entre las obras se aproxima a cero. Casa Leibniz quiere ser una mónada sin puertas ni ventanas, como una especie de microcosmos que refleje en su interior el conjunto del arte actual español, una idea sin lugar a dudas más atractiva que la de ARCO, ese mercadillo malebrancheano de la ocasión donde ni Dios puede reconciliar lo que la res cogitans y la res extensa, el capitalismo y la inteligencia han separado.

Pero no es verdad en todos los casos que quien reparte se lleva la mejor parte, como lo demuestra la participación de Espacio Valverde en Casa Leibniz, la galería del noble organizador, que tiene una noticia buena y una mala que darnos. La mala es el cuadro de Lluis Vassallo sobre la historia de Zeuxis, que según Platón pintaba tan bien las uvas que engañaba a los pájaros; por desgracia, no puede decirse lo mismo de Vassallo. La buena es la pintura entre geométrica y metafísica de Elena Alonso y el gran bodegón de Jorge Diezma, dominado por una trompa cuya abertura central es una invitación a asomarse a una dimensión desconocida. Esta pieza forma un dueto interesante con la naturaleza no menos muerta que presenta el Espai Tactel: la pintura de un jarron azul volcado sobre la chimenea de Ana Barriga. Y es que la decoración interior del propio palacio interfiere muchas veces con las obras, como sucede especialmente en el caso de Diego Delas, cuya instalación Todas las posibilidades es un intento curioso pero fallido de crear una pieza site specific, utilizando la omnipresente chimenea como una suerte de doble diminuto de este mundo. El resultado, según el artista, puede analizarse desde un punto de vista sintáctico. Hagan la prueba y me lo cuentan.

Igualmente fallida es la sala a oscuras de Felipe Talo, cortesía de la galería Alegría, con unas velas puestas sobre unos paneles de pintura medio intuida, que aspiran a la condición de espacio místico y no llegan a la de pasaje del terror. Mucho más relevante es la dialéctica de la oscuridad y lo luminoso que establecen las dos obras situadas en la escalera del edificio: El último resplandor, de Antonio Fernández Alvira, y Las mil y una noches, de Ignacio Bautista. Ambos artistas comparten con Xavier Mañosa, artífice de una fuente de cerámica que parece hormigón, una preocupación formalista por el trompe d’oeil de los materiales (en el caso de Fernández Alvira y Bautista: el papel que simula ser madera) que no por canónico, más aún después de Jeff Koons, deja de ser interesante. En la misma línea el Salim Malla y su poliedro irregular compuesto de capturas de Google Maps, avalado por la galería Silva, que quiere plantear una reflexión sobre la geometría del urbanismo cuya superficialidad no está reñida con el mérito estético.


Con todo, la aportación más decisiva a Casa Leibniz viene de parte de la galería Ángeles Baños, que contribuye con una serie de fotografías rescatadas de los archivos etnológicos por Andrés Pachón, donde los soldados coloniales son reducidos a una escala ridícula comparada con la aparición de las manchas de la humedad y del tiempo sobre las imágenes. Pero sobre todo destacan los dibujos que ha realizado Manuel Antonio Domínguez sobre unos tratados de botánica donde se habla de ciertas flores hermafroditas, sobre las cuales ha dibujado Domínguez una conjunto de retratos bastante personales. Véase la presencia de individuos de sexualidad indefinida situados ante objetos de madera. En conclusión, Casa Leibniz no deja de ser sintomática respecto de la apropiación del nombre de filósofos de todo tipo de pelaje por parte de una industria del arte cuyo desinterés por la filosofía de tales personajes no desmerece ni mucho menos la calidad del proyecto, en este caso infinitamente superior y digerible por encima de la alternativa puramente comercial de ARCO y sus mini-yoes. 

[1] Copiamos y pegamos, a modo de fe erratas, la corrección que nos ha hecho Inka Martí en Facebook sobre la identidad nominal del comisario de Casa Leibniz: "Jacobo Fitz James Stuart o Jacobo Siruela es el editor (fundador y durante 30 años de Siruela, que vendió para fundar hace diez años Atalanta); es también autor ("El mundo bajo los párpados"); también conocido como Conde de Siruela -el titulo lo utilizó para firmar su Antologia de Vampiros. Es padre de Jacobo Fitz James Stuart, galerista de Espacio Valverde y comisario de Casa Leibniz. Es el clásico enredo producido por llevar el mismo nombre".

[Publicado originalmente en Eldiario.es. 27 de febrero de 2015.]

3 de septiembre de 2013

La alienación. Sobrevalorada.



Hay tanto escrito acerca de la alienación que cualquier publicación adicional sobre el asunto no puede sino incrementar la sensación sobre la que dice versar el texto. Virtudes performativas tienen estas lecturas veraniegas sobre algunos, los menos de muchos, que hemos abierto las páginas de El hombre sin atributos y hemos insistido en el empeño. Y es que la alienación tiene un problema: carece por completo de atractivo, resulta más interesante como toque lateral de estilo —aquí el maestro no sería Musil sino Beckett— que como temática a desarrollar en 600 páginas. Joseph Heller asumió, como escritor, ese desafío. He ahí la osadía en Algo ha pasado. Heller escribe sobre nada, pero no se regodea en ello. Poco o nada tiene que ver el anonadamiento de este narrador con, por ejemplo, la reflexividad onanista de un Vila-Matas. La vida desobrada del escritor puede resultar morbosa para unos lectores cuyo objetivo existencial consiste en hacerse pasar por artistas o diletantes de si mismos. No despiertan tantas pasiones entre los enemigos del mainstream, por el contrario, la ausencia de aventuras del burócrata funcional, a no ser que vengan comprimidas en alguna catchphrase memorable, digno resumen de cualquier micro-relato. ¿Quién no recuerda en tiempos de subidas impositivas realizadas por un gobierno conservador y de derechas el I would prefer not to bartlebyano? 


Más difícil resulta memorizar el argumento de esta novela, una suerte de Bartleby desde dentro, que Heller expande durante páginas y páginas. Cualquiera diría que Algo ha pasado tiene si quiera una cosa tan romántica como un argumento. El tiempo se congela ante los detalles intrascendentes del protagonista, Bob Slocum, una persona descrita en la contratapa como alguien aparentemente envidiable, cuando desde el primer momento, desde la primera línea sabemos todo lo contrario. Las apariencias no engañan. Slocum no alcanza la categoría de despendolao houllebecquiano, ese berberecho que llega a tiburón y luego regresa a su situación social de berberecho. No, los personajes desarrollados por Heller nunca abandonan ese régimen crustáceo. Sus temores y sus sueños conforman una doble negación. Andan pegados esa insignificancia intransferible. Se cancelan como incógnitas de signo opuesto pero equivalentes en una ecuación de segundo grado.

Ahí me he pasado. Mis amigos matemáticos van a matarme por esa última analogía. Los críticos, siempre forzando la maquinaria, me reprobarán. Es más, ya veo cómo entre el público letrado levanta la mano (¿o quizá el puño?) esa mezcla entre narrador aristotélico y reportero gonzo tan común en nuestro tiempo. ¿Qué pasa —me pregunta— que los burócratas no follan? No hacen otra cosa, desde luego, las anodinas figuras de Algo ha pasado. Aunque para fornicio semejante, enajenante y rutinario, más valen las hojas de Excel que los preservativos. Para que se hagan a la idea, así de protocolarias son las pasiones que atraviesan los cuerpos de Tom Johnson y Marie Jencks, quienes buscan la oscuridad del almacén o el silencio de una escalera, entre otros tantos sitios, con el secreto objetivo de acumular papeletas para un divorcio tan inminente como previsible; y así lo describe Slocum cuando contempla las transparencias de Jane, aplicando el funcionalismo sobre las maneras de desvestirse:

(Con frecuencia mis dedos quieren acariciar y tirar de los pezones de esos senos menudos con igual perfección, pero sé, por experiencia que mi deseo no se detendría mucho tiempo en ellos. No son más que un punto conveniente opor el cual empezar).

Los paréntesis, por cierto, no son añadido alguno. Entre las marcas del streaming solipsista que sostiene el narrador en primera persona destaca —claro que sí— la dualidad del aparte teatral, la bicameralidad de quien corrige en directo sus dichos y sus hechos, la esquizofrenia del pequeñoburgués que ama y no ama a la policía —por ejemplo. Y aquí podemos insertar nuestra primera crítica negativa. ¿A santo de qué tanta corrección?, nos preguntamos, cuando se trata de una figura atonal y sin contrapunto. Estas confesiones privadas no aportan nada a una novela con un desarrollo lineal donde las naderías de la historia y el hastío del lector, lejos de acentuarse y apuntalarse, quizá deberían rebajarse con algo de acción. A todo esto, los diálogos tecleados por chimpancés —disculpen la hipérbole— tampoco contribuyen a ralentizar una lectura que desde la página 296 avanza en diagonal y a toda vela. Yo, desde luego, comienzo me calzo las botas de siete leguas cuando vislumbro por el retrovisor tomaduras de pelo como esta:

—¿Todavía estás enojado conmigo?
—Me enojo cada vez que tienes que irte.
—¿Estás enojado conmigo ahora?
—¿Tienes que volver a irte?
—¿Estarás enojado?
—¿Tendrás que irte?
—Sí.
—Supongo que no. Puede que no lo esté.
—Te extraño cuando estoy lejos.

La alienación, pace algunos intelectuales afrancesados, tiene su fecha de caducidad. Y 1974, fecha de publicación de Algo ha pasado, resulta estar en tierra de nadie. Muy tarde para los dramas weberianos sobre la jaula de hierro estatal y el desencantamiento del Lebenswelt, inapropiados para un periodo histórico marcado por el retroceso del funcionariado tradicional ante el próximo triunfo electoral de los neocon y los neolib, los diálogos reiterativos de Algo ha pasado llegan muy pronto para los nativos digitales, sus pérdidas de tiempo y sus conversaciones intranscendentes (¡Tao Lin nos asista!). Mediante este patinazo en términos literarios, el autor de Trampa-22 se anticipa de nuevo a su propio tiempo. Si entonces, en 1974, la versión en ficción de la II GM permitía comprender simbólicamente Vietnam, esta novela tan floja —13 años mas tarde— deviene pertinente y muy actual. ¿O tempora o mores?