16 de septiembre de 2013

Antigona en Irán

Todo aquel que ha visto cine iraní se ha preguntado en algún momento si las películas que tanto se celebran en los festivales internacionales son productos culturales de consumo interno o solo funcionan como material exportable. Habrá casos y casos, supongo. En el caso de Irán, no olvidemos, la sensibilidad estética de la mayoría no solo está acotada por criterios de rentabilidad económica, como en todas partes, sino también por una censura estatal que ejerce sus labores sociales con mucho celo: garantizar, perpetuar y reproducir la ignorancia son básicamente la tarea de estos señores. Con la Iglesia hemos topado: Jafar Panahi y Mohammad Rasoulof, dos realizadores del país, fueron condenados hace poco a seis años entre rejas por conspiración y propaganda. Atrás quedan los días dorados de Muhammed Jatami. En los últimos años han llegado a un punto muerto el acercamiento y el entendimiento hacia el séptimo arte promovido por este Obama de Persia desde el Ministerio de Cultura y la Fundación Farabi. Las propuestas de Jatami, igual que las iniciativas reformistas de su homólogo americano, fueron entonces un bluff para los más jóvenes, pero dieron pingües resultados mediáticos. Gracias a la financiación pública se llegó a proyectar en las salas Nobat-e Asheghi (1990), de Mohsen Makhmalbaf, la primera cinta oficialista importante construida sobre una trama amorosa. ¿Los mártires de la Revolución in love? La idea caló hondo. Al carro del intimismo subvencionado muchos se sumaron, incluido Abbas Kiarostami en los 90, hasta que lo personal devino político y las actrices sin velo aparecieron como hongos en pantalla. Las autoridades censuraron Copia certificada (2010), su antepenúltima grabación. Dictaron como castigo dos años sin grabar en Irán. Uno nunca será profeta —está claro— en su propia tierra.

Hay una película, entre las permitidas por el Régimen, que parece muy inofensiva pero en verdad constituye una amenaza mortal larvada; cualquier censurador con cierta sesera la hubiera prohibido de inmediato. Hablamos de Nader y Simin. Una Separación (2011). El título no parece presagiar ningún componente subversivo, cierto. De cajón fue además el modelo de distribución: una vez estrenada en Teherán, comenzó a rular por los festivales, recibiendo los parabienes tanto de los Carlos Losilla (cosa cantada) como de los Carlos Boyero (sorpresa inesperada) de la crítica fílmica. El solapamiento entre los reseñistas de gacetilla y los teóricos de Cahiers no solo supuso la firma de un armisticio entre enemigos mortales de necesidad, muy divididos hasta entonces en sus juicios sobre el cine iraní, sino que además propició que la indudable calidad estética de la película fuera premiada tanto en el Festival de Berlín como en los Globos de Oro. Cierto es que Asghar Farhadi, el realizador de la película, no recibió subvención estatal alguna, tuvo problemas con motivo de unas declaraciones en apoyo de los represaliados y a punto estuvo de no poder rodar nada, pero finalmente la cinta fue distribuida por Filmirán sin problemas. He aquí el error fatal de la censura.


Un error difícil de percibir. En efecto, si el título se presta a una lectura conservadora, pues parece presagiar un drama familiar y hasta una crítica de las costumbres modernas, tomando como trama central la separación de un matrimonio y los males que dimanan de esta situación, el argumento no hace sino apuntalar ese prejuicio —la Modernidad, cosa malísima— con una variante importante, a saber: la punta de lanza de Occidente en la República Islámica de Irán son los propios aparatos estatales. No puede haber crítica más certera hacia un sistema político que señalarle como su propio enterrador, aunque eso nunca sea cierto del todo. Implica minar las bases sociales que hasta el momento han respaldado la continuidad y que, cuando llegue el momento del cambio, si todos esos mártires no miran el pasado inmediato con buenos ojos, quizá no estén dispuestos tampoco a entregar la bolsa y la vida por un modelo político que, para empezar, se hace la competencia a sí mismo. Algo similar sucede, por establecer una analogía, en el Reino de España con los críticos liberales de Mariano Rajoy. Le bailan el agua a los zurdos cuando tachan de socialista el gobierno actual. Cometen el mismo error que los comunistas alemanes bautizando como socialfascistas a los militantes del SPD en lugar de llamar por su nombre a quien-tú-sabes. Cuando llegue el momento de cerrar filas, ¿quién estará enfrente entonces? That’s the question.

Pero volvamos a Nader y Simin.

Y también contemos, con ánimo de espoilear, el arranque de la historia. Simin quiere emigrar pero Nader tiene que cuidar de su padre vegetal, en estado de alzheimer avanzado, y acuerdan el divorcio. Termeh, la hija de 11 años tiene que tomar la decisión, pospuesta durante toda la película, de conceder su custodia a uno de ambos. Como sabemos más adelante, ora vive con su padre (durante tres cuartos de la cinta) ora se marcha con su madre (momento importante donde marcharse significa respaldar la versión paterna de los hechos) siguiendo siempre el objetivo de no separarlos. Para cubrir las labores del hogar, Nader contrata a Razieh, una casada cuya silueta está siempre oculta tras el chador, la vestimenta tradicional en Irán. La señora tiene que trabajar porque su esposo, Hodjat, está hasta las cejas de deudas y tiene un carácter compulsivo. Por cierto, la forma que tiene Hodjat de golpearse la cabeza ante el infortunio será, junto con las escapaditas del abuelo gagá en plena mañana, uno de los detalles memorables de la película: el punctum de actuaciones impecables en ambos casos.

 
Hasta aquí una historia familiar convencional. En cualquier producción mainstream, la moderna Simin, con su alocado intento de promoción social, podría haber sido una bruja; sus hiyab de colores habría sido la diana de todas las chadoristas que vieran la cinta con mala cara, mientras se compadecen del mísero destino de Razieh. La justicia divina tiene senderos impenetrables, pero el arte de hacer cine también. En lugar de forzar la antítesis entre la divorciada y la sacrificada por su marido, para más tarde decantar la balanza de las emociones hacia uno de los bandos contendientes, el desarrollo del argumento otorga a cada personaje un espacio moral propio, una legitimidad particular sobre sus actos, por muy errados que sean. Así, Leila Hatami encarna con especial calidez el personaje de Simin, el rival más débil del planteamiento argumental, mientras que la entrega de Razieh hacia su familia no se acentúa sino que queda oculta tras una religiosa y necesitada pobreza. En primer plano quedan los personajes masculinos debatiéndose entre las mentirijillas por una buena causa de Nader y lo impulsivo de Hodjat contra su propio bien. Mientras tanto, Asghar Farhadi realiza una elipsis magistral, eliminando todos los detalles sobre la primera estancia de Simin en el extranjero, recuperando la figura y el origen de toda la trama, la separación de un matrimonio bien avenido, cuando la película ha cambiado de género. Una hora más tarde, el asunto no es la familia moderna, sino un presunto asesinato. Farhadi nos ahorra así unos conflictos de pareja donde ambos tienen mucho que perder ante un público cuya identificación simbólica con todos los personajes, cuya imparcialidad hacia los diversos conflictos suscitados, cuya comprensión de las situaciones complejas resulta crucial para sostener la atención durante 120 minutos sobre seis actores (dos matrimonios y dos hijas) y sobre dos escenarios (la casa y el tribunal).

—¿El tribunal?

En efecto, el tribunal. Y es que el film salta en un momento del dilema privado a la trama policial. Allí donde el espectador pensaba estar asistiendo a unos detalles curiosos de la vida iraní, un retrato de costumbres donde las devotas no pueden trabajar como asistentas de los ancianos seniles porque la religión sanciona la presencia desnuda del hombre y la bajada de pantalones resulta inevitable debido a la incontinencia urinaria de los mayores; allí donde las niñas pequeñas juegan con la bombona de oxígeno de los ancianos y esos mismos ancianos bajan —nadie sabe cómo— a comprar el periódico, a ser atropellados y rescatados; allí mismo, sobre esas mismas escenas apenas recordadas se instala durante la segunda hora de visionado la sospecha, el suspense y el misterio. Que venga Hitchcock y lo vea. No conozco mejor MacGuffin que este. Hacer que el espectador gafapasta se relaje, que piense que está entre los suyos, que los próximos minutos seguirán siendo intrascendentes, que el cámara tirará a la steadycam y a los planos largos, que podremos continuar medio aburridos hasta el final. Y entonces sucede: Nader llega a casa, halla a su padre atado a la cama y medio muerto; Razieh se ha marchado en horario de trabajo y regresa unas horas más tarde; Nader la despide acusándola en falso de haber robado, y ante la negativa de marcharse, la empuja escaleras abajo; Razieh tiene un aborto, estaba preñada de 16 meses. ¿Infanticidio o nada de eso?

De repente entra en juego el estatus moral del feto, cuestión delicada en los países de herencia católica y no digamos ya en el Golfo. De fondo tenemos, no olviden, el asunto de la autoridad y el respeto que dimanan los mayores. ¿Por qué vincular el destino del matrimonio Simin-Nader con la supervivencia de ese vegetal inerte y mudo que todos llamamos Abuelo? Desde una perspectiva cerebralmente antropocéntrica, solo los seres con conciencia avanzada tienen valor moral, y por tanto, las acusaciones que se lanzan Simin-Nader y Razieh-Hodjat («Casi matas al abuelo» versus «Mataste a mi hijo») carecen de sentido. Dicho crudamente, los fetos de cuatro meses y los abuelos sin memoria, según esta posición, son pura carne para hacer chóped. Algo errado habrá en este punto de vista —digo yo— cuando juzgamos hasta cierto punto válidas las razones de ambos bandos. El dilema está sobre la mesa. Pero está, como todo aquí, hecho papilla por los sucesos. Nos tragamos con cuchara, como si fuera un thriller, una reflexión teórica sobre la justicia y la verdad. Si los agraviados demuestran ante el juez que el empujador (Nader) tenía noticia del estado de la empujada (Razieh) la pena puede oscilar entre los tres años entre rejas o los 40 millones de riales. Hodjat considera el embarazo como una realidad evidente, cuya Verdad se descubre a plena vista, y reclama que Nader jure sobre el Corán su ignorancia. De poco valen estas tretas del Ancien Régime, que apelan a cierto sentido del miedo divino y de la evidencia presencial metafísica, ante una judicatura comprometida con la verosimilitud procedimental. El imputado es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Nader, por si fuera poco, no teme mentir con tal de salvar el pellejo. Y vaya si lo hace.


Hay una escena que captura, en una sola imagen, esta oposición entre la inminencia y el procedimiento, contrapunto desarrollado durante toda la parte final, donde las pruebas, los juramentos y las declaraciones van estrechando el cerco sobre Nader; claro que sabía del embarazo, pero nadie se acuerda del todo, y menos aún el espectador. La escena en cuestión se produce mientras Nader y Termeh esperan en el pasillo que antecede a la sala del juicio, un tórrido cuartucho donde los interrogatorios se producen a medio metro de distancia. Típica apariencia de un imputado: Nader tiene esposada su muñeca con la muñeca de un policía/soldado (los policías iraníes, haciendo honor a la verdad, tienen pinta de soldado). Termeh, aunque no secunde con ganas ningún credo, parece apreciar muy mucho el valor de la sinceridad, ese sustituto moderno del honor, y todavía tendremos tiempo de verla llorar cuando la falsedad se imponga, en variadas y repetidas ocasiones, sobre el decir las cosas abiertamente. Total, que la hija reclama la promesa del padre. El padre accede y, en señal de verdad de la buena, levanta la mano derecha, arrastrando la muñeca del policia/soldado y quedando ambos con las falanges en vertical.

—¿Tú también?— pregunta Nader.



Tu quoque, que dicen en otra lengua, no sé muy bien cual. Magnífico interrogante para subrayar el conflicto entre los dioses del hogar y los de la ciudad. Esta es la crítica invertida potente que avanzaba más arriba. No tienen por qué coincidir, dice Sófocles en iraní, el Alá de estar por casa y la religión oficial de Estado. En el caso de Antígona el problema era el espíritu revanchista de las leyes en relación a los traidores, cuyos cadáveres quedarán sin sepultura en el exterior de la polis, mientras que el caso inverso resulta cierto para Nader y Simin. La imparcialidad del proceso judicial propicia, en una situación nada kafkiana, que la inocencia de quien se sabe culpable pueda continuar hasta mañana. Y de ahí la poderosa crítica contra un sistema político donde el Corán sostiene la Constitución, la Constitución sostiene el Código Civil, el Código Civil permite que los fieles salgan en ocasiones perdiendo.

[Publicado originalmente en Libro de Notas. 10 de septiembre de 2013.]

12 de septiembre de 2013

«Tío, cómprate un perro.»

«Las páginas de tendencia de los grandes medios publicitan hasta la náusea las tendencias de los grandes medios, aunque su recepción en nuestra país sea muy minoritaria. [...] Estilos musicales apreciados por los inmigrantes como el raeggaetón, el kuduro o la cumbia, son considerados por los críticos como un pozo de degradación estética y sexismo. Es comprensible que a los aficionados a la música abstracta, digamos Stockhausen, les parezca que la música popular contemporánea es chusca y poco elaborada. No es el caso de la mayor parte de los críticos musicales, siempre receptivos a obras de aspiraciones irónicas poco innovadoras y mal tocadas si vienen avaladas por el New Musical Express. La mayor parte de la música que el occidente rico odia se baila en pareja y extremadamente pegado. Una pista de baile de raeggaetón es una especia de consumación de la pesadilla simbólica occidental: una masa sudorosa, apretada y sin ilustrar, coreando letras de alto voltaje sexual y proclive a la violencia.»

Al habla Cesar Rendueles, autor de Sociofobia, el libro de ensayo que todo simio con tableta debería consultar este otoño. Sociofobia es una arremetida contra el fetichismo cibernético, esto es, contra pensar que todo lo digital es oro. De Rendueles dirán que tiene el bagaje cultural de un Slavoj Zizek y la cadencia viejuna de un Jaron Lanier, pero con ambos comparte sobre todo su ironía y, hasta cierto punto, su retorcido sentido común. Para algo estamos ante el joven que abrevió la última antología de El Capital, haciendo de ese tochaco apolillado otro superventas de Alianza, y de Marx alguien cuya barba quieres tener como funda del móvil. Pero Rendueles también es humano y —nos atrevemos a señalar— algo moderno incluso. Y cuan Oscar Broc, sospecha de su propia tribu urbana. «Cuando leí La distinción de Bourdieu me quedé perplejo al comprobar que a todos los idiotas con estudios universitarios nos gustaba exactamente lo mismo: la fotografía en blanco y negro, los paisajes industriales, las disonancias musicales», señala el sociólogo madrileño. De ahí su apología del mainstream cultural plebeyo como reducto estético en la estela de Victor Lenore. Rendueles se interesa en la música y el deporte como fenómenos comunitarios, tengan componentes clasistas o de ningún modo. Así menciona, por ejemplo, las comunidades alternativas generadas por el northen soul o el hardcotre. Considera que las redes de intercambio de archivos audiovisuales en Internet parasitan de las escenas locales. Habrá quien discrepe, yo mismo dado el caso, pensando en Resident Advisor y mil sitios web que generan comunidad sin localización tangible alguna. Sea como fuere, la reciente prohibición de capturar imágenes en algunos festivales parece conceder la razón a los escépticos que juzgan excesiva la rémora de los smartphones en los conciertos. Para todos ellos, los enemigos del parásito digital, está escrita Sociofobia.

Miento. Rendueles tiene en verdad poco de ludita. «No tengo nada en contra de Internet —declara— ni de ninguna máquina en particular, salvo los todoterreno, algunas armas y el vocoder.» Su bestia negra, como hemos dicho, es la tecnofilia fetichista desligada de los problemas cotidianos que preocupan a millones de personas o deberían hacerlo según apagan la pantallita del consumo digital. Como nos dice Rendueles, «hoy mucha gente cree que la salida a los distintos dilemas a los que nos enfrentamos pasa por alguna clase de transformación tecnológica o cognitiva: producir software en vez de carbón, hackear en vez de sindicarse, ligar en Badoo en vez de en un bar», cuando en realidad las mejoras sustanciales de nuestra calidad de vida, aquellas que nos permiten vivir hasta los 90 y no morir en epidemias como mosquitos, vienen ligadas a innovaciones tan recientes como el motor de combustión. Como dijo hace poco Rendueles en su blog: «Históricamente, la tecnología que ha tenido efectos más explosivos en el incremento de la esperanza de vida y la reducción de la mortalidad infantil ha sido el alcantarillado, muy por encima de cualquier innovación biomédica. La recombinación genética y los robotitos son muy cool, pero sirven de poco si vives enterrado en tu propia mierda.» De hecho, incluso en las economías avanzadas la incidencia de las nuevas tecnologías sobre la productividad del trabajo viene a ser casi nula. Y, para más inri, «a pesar de las monsergas buenrollistas sobre la brecha digital, la verdad es que los pobres pasan más tiempo delante de la pantalla del ordenador que los ricos.» Cualquiera que haya enviado un curriculum por mail sabe la importancia de las relaciones cara a cara. O en otras palabras, ¿dónde están tus followers cuando tienes que buscar trabajo?

El ciberfetichismo también supone imaginar comunidades formadas por individuos que solo comparten las preferencias fugaces del momento. Esto es imposible, por supuesto, ya que ningún sistema de apoyo mutuo puede subsistir si depende en exclusiva de la motivación individual. El altruismo o la maternidad, entendidos como opciones de gusto entre otras, hacen peligrar el sustrato material de nuestra existencia. «Si los bebés tuvieran que esperar a que a sus padres les apeteciera cambiar sus pañales o darles la papilla, no sobrevivirían ni una semana», sentencia el padre Rendueles. (Por cierto, la pareja de Rendueles, Carolina del Olmo, acaba de publicar otro libro crucial sobre el cuidado y la maternidad, ¿Dónde está mi tribu?, donde desmantela la propaganda consumista para mamas y analiza la importancia de la socialización comunitaria durante los primeros meses del recién nacido en este mundo.) En verdad, tanto Cesar como Carolina apuestan por la fraternidad como modelo político. Ambos pertenecen a la primera generación española educada sobre bases puramente consumistas. Y ambos descubrieron tarde, gracias a la experiencia compartida de tener hijos, el carácter satisfactorio que puede tener la experiencia de la dependencia, el cuidar de alguien vulnerable. «Nos ha pasado un poco lo que al Fausto de Goethe. Ya sabes, Fausto busca satisfacer su ambición con conocimiento, sexo, experiencias vitales, transformando el mundo… Pero nada, sigue igual de insatisfecho. Dan ganas de gritarle: “tío, cómprate un perro”.»

[Publicado originalmente en PlayGround. 9 de Septiembre de 2013.]

3 de septiembre de 2013

La alienación. Sobrevalorada.



Hay tanto escrito acerca de la alienación que cualquier publicación adicional sobre el asunto no puede sino incrementar la sensación sobre la que dice versar el texto. Virtudes performativas tienen estas lecturas veraniegas sobre algunos, los menos de muchos, que hemos abierto las páginas de El hombre sin atributos y hemos insistido en el empeño. Y es que la alienación tiene un problema: carece por completo de atractivo, resulta más interesante como toque lateral de estilo —aquí el maestro no sería Musil sino Beckett— que como temática a desarrollar en 600 páginas. Joseph Heller asumió, como escritor, ese desafío. He ahí la osadía en Algo ha pasado. Heller escribe sobre nada, pero no se regodea en ello. Poco o nada tiene que ver el anonadamiento de este narrador con, por ejemplo, la reflexividad onanista de un Vila-Matas. La vida desobrada del escritor puede resultar morbosa para unos lectores cuyo objetivo existencial consiste en hacerse pasar por artistas o diletantes de si mismos. No despiertan tantas pasiones entre los enemigos del mainstream, por el contrario, la ausencia de aventuras del burócrata funcional, a no ser que vengan comprimidas en alguna catchphrase memorable, digno resumen de cualquier micro-relato. ¿Quién no recuerda en tiempos de subidas impositivas realizadas por un gobierno conservador y de derechas el I would prefer not to bartlebyano? 


Más difícil resulta memorizar el argumento de esta novela, una suerte de Bartleby desde dentro, que Heller expande durante páginas y páginas. Cualquiera diría que Algo ha pasado tiene si quiera una cosa tan romántica como un argumento. El tiempo se congela ante los detalles intrascendentes del protagonista, Bob Slocum, una persona descrita en la contratapa como alguien aparentemente envidiable, cuando desde el primer momento, desde la primera línea sabemos todo lo contrario. Las apariencias no engañan. Slocum no alcanza la categoría de despendolao houllebecquiano, ese berberecho que llega a tiburón y luego regresa a su situación social de berberecho. No, los personajes desarrollados por Heller nunca abandonan ese régimen crustáceo. Sus temores y sus sueños conforman una doble negación. Andan pegados esa insignificancia intransferible. Se cancelan como incógnitas de signo opuesto pero equivalentes en una ecuación de segundo grado.

Ahí me he pasado. Mis amigos matemáticos van a matarme por esa última analogía. Los críticos, siempre forzando la maquinaria, me reprobarán. Es más, ya veo cómo entre el público letrado levanta la mano (¿o quizá el puño?) esa mezcla entre narrador aristotélico y reportero gonzo tan común en nuestro tiempo. ¿Qué pasa —me pregunta— que los burócratas no follan? No hacen otra cosa, desde luego, las anodinas figuras de Algo ha pasado. Aunque para fornicio semejante, enajenante y rutinario, más valen las hojas de Excel que los preservativos. Para que se hagan a la idea, así de protocolarias son las pasiones que atraviesan los cuerpos de Tom Johnson y Marie Jencks, quienes buscan la oscuridad del almacén o el silencio de una escalera, entre otros tantos sitios, con el secreto objetivo de acumular papeletas para un divorcio tan inminente como previsible; y así lo describe Slocum cuando contempla las transparencias de Jane, aplicando el funcionalismo sobre las maneras de desvestirse:

(Con frecuencia mis dedos quieren acariciar y tirar de los pezones de esos senos menudos con igual perfección, pero sé, por experiencia que mi deseo no se detendría mucho tiempo en ellos. No son más que un punto conveniente opor el cual empezar).

Los paréntesis, por cierto, no son añadido alguno. Entre las marcas del streaming solipsista que sostiene el narrador en primera persona destaca —claro que sí— la dualidad del aparte teatral, la bicameralidad de quien corrige en directo sus dichos y sus hechos, la esquizofrenia del pequeñoburgués que ama y no ama a la policía —por ejemplo. Y aquí podemos insertar nuestra primera crítica negativa. ¿A santo de qué tanta corrección?, nos preguntamos, cuando se trata de una figura atonal y sin contrapunto. Estas confesiones privadas no aportan nada a una novela con un desarrollo lineal donde las naderías de la historia y el hastío del lector, lejos de acentuarse y apuntalarse, quizá deberían rebajarse con algo de acción. A todo esto, los diálogos tecleados por chimpancés —disculpen la hipérbole— tampoco contribuyen a ralentizar una lectura que desde la página 296 avanza en diagonal y a toda vela. Yo, desde luego, comienzo me calzo las botas de siete leguas cuando vislumbro por el retrovisor tomaduras de pelo como esta:

—¿Todavía estás enojado conmigo?
—Me enojo cada vez que tienes que irte.
—¿Estás enojado conmigo ahora?
—¿Tienes que volver a irte?
—¿Estarás enojado?
—¿Tendrás que irte?
—Sí.
—Supongo que no. Puede que no lo esté.
—Te extraño cuando estoy lejos.

La alienación, pace algunos intelectuales afrancesados, tiene su fecha de caducidad. Y 1974, fecha de publicación de Algo ha pasado, resulta estar en tierra de nadie. Muy tarde para los dramas weberianos sobre la jaula de hierro estatal y el desencantamiento del Lebenswelt, inapropiados para un periodo histórico marcado por el retroceso del funcionariado tradicional ante el próximo triunfo electoral de los neocon y los neolib, los diálogos reiterativos de Algo ha pasado llegan muy pronto para los nativos digitales, sus pérdidas de tiempo y sus conversaciones intranscendentes (¡Tao Lin nos asista!). Mediante este patinazo en términos literarios, el autor de Trampa-22 se anticipa de nuevo a su propio tiempo. Si entonces, en 1974, la versión en ficción de la II GM permitía comprender simbólicamente Vietnam, esta novela tan floja —13 años mas tarde— deviene pertinente y muy actual. ¿O tempora o mores?

26 de agosto de 2013

Los De En Medio.


Los desgraciados son egoístas, malvados, injustos, crueles y menos capaces de comprenderse entre sí que los tontos. La desgracia no une, sino que separa a los hombres; e incluso en aquellos casos en que, al parecer, los seres humanos deberían estar ligados por un dolor análogo, se cometen muchas más injusticias y crueldades que entre gentes relativamente satisfechas. (Anton Chéjov.)

Stupid bourgeois people, like the ones who write in newspapers, say that four million unemployed means an angry, assertive workforce. It doesn’t. It means at least four million other very frightened people. (Neil Kinnock.)

Resulta curioso que el debate veraniego sobre la composición de la clase obrera en España (iniciado por Pablo Iglesias y el Nega) esté guiado por la lectura de un librito tan británico como es Chavs. El editor de Capitán Swing me transmitió hace tiempo la estupefacción de los presentadores anglosajones ante el rotundo exitazo de la publicación. «La presentación fue muy bien. Los ejemplares se vendieron como rosquillas. El corresponsal de The Guardian no daba crédito.» Y es que Owen Jones retrata una realidad muy suya. Chavs versa sobre la guerra cultural de clases desde la perspectiva de quienes llevan perdiendo la batalla por el reparto de lo sensible desde los años 80, esto es, de lo visible y de lo audible en los mass media: los pobres que ni quieren ni pueden pertenecer a la middle class. Gran Bretaña siempre ha tenido una sociedad clasista y una cultura elitista, pero nunca ha habido un discurso que haya triunfado tanto como la peculiar combinación tatcherista, que primero bautiza a todo quisqui como clase media, luego desbarata los mecanismos de defensa colectiva y por último responsabiliza a las comunidades de los delitos individuales. Un triángulo ideológico definitivo.

La novedad de Margaret Tatcher estriba en pasar a la ofensiva desde arriba, renunciando al elitismo conservador tradicional, colonizando la mentalidad de los subalternos, reforzando la apariencia mediática del «We Are All Born Equal» mientras el gobierno garantiza la perpetuación de las desigualdades existentes. Una estrategia política que comienza a penetrar en España con Felipe González, cuya reconversión industrial anticipa la acomodación neolaborista de Tony Blair & co., con una importante diferencia: la sociedad franquista nunca tuvo apariencia de clase (he aquí una tesis discutible: hablo de la forma, no del fondo). De hecho, los discursos clasistas estaban combinados con los discursos nacionales hasta tal punto que la Segunda Restauración Borbónica termina vendiéndose más como reconciliación de las Españas que como oportunidad política para la clase media, cuyo liberalismo se supone fuera de duda. La Transición no tuvo necesidad de unas Malvinas para garantizar la unidad nacional, no solo porque el ejército tuviera cara de pocos amigos y el Sahara Occidental no valiera un mísero maravedí, sino también porque no necesita más derrotas un pueblo vencido por las armas para permanecer juntos en el miedo.

¿Tuvo Franco cara de clase? De ningún modo. No fue elitista la cultura oficial del Régimen. A fin de cuentas, un gobierno despótico no tiene necesidad de aparentar, dada la cruda verdad de su dominio, a diferencia de las clases dominantes en los países democráticos, cuya superioridad política y cultural está siempre puesta en jaque por la irremediable plebeyización de los productos de consumo, necesitando por tanto dosis añadidas de distinción. La tarea cultural del franquismo consistió, por el contrario, en convencer a media nación vencida. Podemos contemplar los resultados en programas como Cine de Barrio: elevar el lumpen gitano hasta la condición de estandarte musical de una sociedad civil enredada en amoríos y despolitizada hasta la medula, así como sublimar las pasiones cainitas a través de los partidos de fútbol o de las corridas de toros, y un infinito etcétera demagógico fueron las políticas culturales aplicadas por nuestros queridos verdugos, más necesitados de populismo que de modales caballerescos.

Que este imaginario gitano, ibérico y taurino perviva sobre todo entre los canis no resulta nada extraño teniendo en cuenta que el PSOE y su tecnocracia felipista dieron por ganada la batalla por la hegemonía ideológica de centro-izquierda, que quizá nunca fuera con ellos, concentrando sus esfuerzos culturales en reformar la escuela hacia el laicismo, sin llegar a conseguir mucho, y en promover a golpe de talonario que cada Comunidad Autónoma tuviera su Museo de Arte Contemporáneo («Nada más escuchar la palabra cultura extienden un cheque en blanco al portador», que denunciara Rafael Sánchez Ferlosio). Entre los frutos del elitismo subvencionado de extremo centro se cuenta la pervivencia de una mentalidad autóctona impermeable ante las exposiciones del MNCARS cuyos valores culturales entroncan con las tonadillas de mis abuelos, las cuales hablan de un modelo familiar muy definido, solo que con Rafa Mora y el Tuenti de por medio. No será hasta la década de los 2000, con la conversión de La Movida en genuina religión secular, que los poqueros devienen el objetivo del escarnio mediático, vistos como gente sin futuro que hace el tonto ante las cámaras de Cuatro, por contraposición a la elite cultural hipster, cuyos valores culinarios, ecológicos y musicales nadie toma en serio, pero pintan mejor en pantalla.  

Hasta aquí las consideraciones que podemos realizar en la estela de Owen Jones. Que todo esto tenga la más mínima relevancia política resulta bastante dudoso, máxime sabiendo que la dinámica electoral de izquierdas y multitud de movimientos sociales no descansan sobre alguna suerte de retórica clasista, sino más bien sobre el concepto de justicia social que manejan —hasta el límite del engaño propio— aquellos estratos medios que prefieren socializar sus ganancias vía impuestos estatales, manu militari y todos por igual, antes que recurrir a una caridad de dudoso tufillo redentor. Ahí están la mayoría de los votantes de ERC, ICV y CUP que también vendrían a pertenecer, según los cajones de sastre del CIS, a la dichosa clase media que todos somos. Así pues, quizá sea el momento de debatir menos sobre la clase obrera y su composición sociológica, un problema escolástico en muchas ocasiones, y desmentir con mayor énfasis algunos juicios exportados sin cuidado desde Londres sobre los de en medio.

Los de en medio quizá sean clasistas en Inglaterra. En España, por el contrario, el problema de la mayoría intersticial quizá consista en pensar como los de abajo y actuar como los de arriba, como manda la envidia cochina colectiva hispana, cuando en verdad vendría bien hallar un término medio, aunque sea para acabar de una vez por todas con la farsa del mileurista que se piensa pobre y se quiere rico, si es que quedan todavía salarios de 1.000 euros; no las tengo todas conmigo.
Originalmente publicado en Culturamas. 23 de agosto de 2013.

23 de agosto de 2013

La Naranja

In Memoriam Burgess

Para bien o para mal, Anthony Burgess sigue siendo el autor de La naranja mecánica. Ésta sigue siendo, dos décadas tras su muerte, la única novela suya disponible en las principales librerías españolas. Si exceptuamos Poderes terrenales, las 1000 páginas republicadas con valentía por Aleph Editores y doctamente prologadas —que nunca falte— por Rodrigo Fresán, la herencia literaria de Burgess parece olvidada, condenada y marcada por un terrible pecado: la prolijidad del escritor mercenario. En un oficio como el narrativo, a caballo entre lo elitista y lo artesano, incurre en grandes errores quien mucho engorda el curriculum, quizá buscando el contrapunto de su propia flaqueza. Y Burgess adulteró hasta los márgenes la página entera. Como a él, la posteridad termina pasando factura a los juntapalabras con una treintena de volúmenes reventando los anaqueles de las bibliotecas; un servidor se confiesa: fue imposible (para mi) leer todo Burgess. Por el contrario, un historial discreto en libros, una trayectoria exigua en trabajos, una imagen de lánguida indolencia, son las mejores amistades del estudiante universitario, lector cruel de todos ustedes, destino último de los escritores sobrevalorados, que son la mayoría de los autores muertos actuales. Quemar los escritos cosa buena será, pues nos hace parecer más vagos; tenemos muy trabajada esa vagancia algunos, pero no todos. En los márgenes del canon habitan, mientras tanto, quienes llenaron folios por hambre, ambición o aburrimiento: los tres vicios que Juán Rulfo —par excellence— nunca tuvo.

Burgess fue, según se vea, menos listo o más corajudo. Narrador tardío y avieso en intenciones, deviene un profesional de las letras porque quiere dejar algo, pero no un legado —desde luego— para la posteridad y los lectores futuros. Corría el año 1960. Le había diagnosticado una enfermedad mortal. Según los médicos, la esperanza de vida resulta ser muy corta, apenas 12 meses. Terminará existiendo, para riqueza de editores y regocijo de críticos, otros 33 años extra. Azuzado por una muerte inminente, escribiendo tres libros y medio cada docena mensual, la facilidad de este cuarentañero, nacido en 1917, ya quisiera tenerla cualquier principiante. Burgess comienza así el segundo volumen de sus memorias, contando cómo introdujo en la máquina de escribir la primera cuartilla, cómo inició su andadura profesional, cómo se desvirgó en el asunto. No tiene el menor interés, claro. Tenía en mente dejar los derechos de autor a su viuda. El objetivo era rellenar, mientras estuviera de servicio, cinco folios limpios diarios. Más prosaico, imposible.

Algunos advenedizos, cabe puntualizar, consideran esta narración de enfermedades y superaciones una pura fábula inventada como Palas Atenea por alguien con demasiadas historias buenas en la cabeza. El tumor cerebral de Burgess: un simpático atrezzo, como mucho. Sabemos por el final de Los Soprano que los médicos yerran las muertes súbitas a posta para que los enfermos puedan colgarse los galones de haber combatido y eventualmente vencido a su propio destino. Hablo —cómo no— de Junior Soprano. Pero la longevidad de Anthony se sale de madre. Cosa segura, empero, es que Lynne Burgess, la beneficiaria última de tanto libro junto, terminará palmando de cirrosis a la década, tras algunas anécdotas graciosas de intento de suicidio, aperturas de cráneo contra el bidé y cosas así, legando a Anthony una frenética dinámica de trabajo, su única huella visible sobre el mundo. Muy agradecidos estamos sus lectores.

La mujer de Burgess resulta crucial, como todo quisqui debe saber, para el planteamiento argumental de La naranja. Lynne fue asaltada con nocturnidad y alevosía por unos desertores americanos durante los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial. Este suceso decantará la localización espacio-temporal de la novela. Alex y sus drugos violentan alguna suerte de futuro próximo pospunk, en lugar de propiciar una revuelta misógina y plebeya en la Inglaterra de Isabel I. Sita en la última década del siglo XVI, Burgess tenía un episodio histórico pendiente de ficción: un levantamiento estudiantil contra la carestía de algunos productos de consumo de primera necesidad. Parece que los teddy boys del momento se entretuvieron apaleando a las polleras (terminado en as) y a las comerciantes en general que alzaron los precios de la mantequilla y los huevos. Un crimen, vaya. Burgess pensaba retratar a William Shakespeare (¿o debería decir mejor Christopher Marlowe?) rollo adolescente, zascadileando por las higiénicas callejuelas, salpicado por la sangre de mujer, arrejuntado con sus cofrades en fragrante delito. Ya tendrá oportunidad de retratar ese intrigante ambiente en otras ocasiones. Un hombre muerto en Deptford, su versión de la (presunta) defunción de Marlowe, cuenta como una. Nothing Like the Sun, sobre la sífilis del dramaturgo, redactada de improviso para el cuatricentenario del nacimiento, cuenta como otra. A falta de isabelinos in love, buenos fueron los Edwardian Strutters, y manos a la obra que Burgess se puso. Para los despistados, han de saber que «Pavoneante Eduardiano» —traducción libre y propia— era la etiqueta que endiñaron los periodistas sobre los jóvenes sin futuro de la decadente potencia británica. Niños bien, bien vistos: Alex solo pierde la compostura durante la comisión. Ya saben cual: la comisión del crimen.

No hubo conflicto —by the way— entre Estados Unidos y Gran Bretaña, como malamente predijera Trotski, tras la Segunda Guerra Mundial: la supremacía comercial abandonó la Pérfida Albión y cruzó el charco. Buenas fueron desde entonces las special relationships, una vez perdido y abandonado el primer puesto de la carrera mundial del capital hacia la infamia. Burgess sabía del tema: desde los años setenta tenía la vista y la zarpa sobre el mercado yanqui. Y pelillos a la mar: unos yanquis violaron a su mujer; esto fue el trasfondo histórico de la mejor conocida de sus novelas. No hay mal que por bien no venga.

¿Y el trasfondo teórico? Huelga decirlo, era católico. Los americanos hicieron de la película una apología de salvajismo; los franceses, como siempre, peroraron hasta tarde con Nietzsche en una mano y Foucault en la otra. La sociedad del espectáculo, el nihilismo reactivo y su violencia alienada, los dispositivos panópticos: Burgess pensaba en términos más sencillos. Y quizá más profundos: «Dios hazme puro, pero aún no», que rezara Agustín de Hipona. La vida del santo no tiene nada que envidiar a los malandrines de Kubrick. Es la historia del católico disoluto: pecar a escroto lleno y luego hacerse el arrepentido. Ello permite una interpretación teleológica de la autobiografía. Excusatio non petita: vistos en retrospectiva, los pecados del pasado, hasta parecen tentaciones del Supremo y todo. Incluso el robo de la fruta, castigado con la ley del Talión por aquél entonces, era visto por San Agustín como una premonición de su conversión posterior. O mejor dicho, como el capital salvífico acumulado por el Hijo Pródigo, el saldo negativo de la balanza celestial de pagos, la promesa de felicidad eterna del converso. Burgess buscaba encarnar las tribulaciones asociadas con el liberum arbitrium, la capacidad de elegir el mal que conlleva el mandato divino y su imposición, esa dualidad que persigue a la Humanidad desde que Eva se tomara en serio —para mal de todos— lo de las cinco piezas diarias de fruta. De mal en peor desde entonces.

La naranja termina, por tanto, redención mediante. Alex, Vuestro Humilde Narrador, cumple 18 años y abandona la ultraviolencia. Se siente atraído por las cafeterías, rollo Starbucks más o menos, donde las parejas disfrutan de la tarde. Quiere sentar la cabeza, ¿qué batallas contará de entonces? Que los jóvenes avanzan en línea recta como los juguetes eléctricos, que la juventud también pasa, como todo, que las generaciones siempre rellenan su cuota de desfase, no puede hacerse nada para evitarlo, antes de la llegada de la vejez: estas y otras historias aguardan a los hijos de Alex. En el ínterin, los gustos musicales del protagonista se refinan. Mejor dicho, se amariconan: donde antaño estuvieran las grandes composiciones orquestales con mucho ruido de fondo, muchos tambores y timbales, muchas ganas de invadir Polonia, ahora solo quedan los Lieder y sus románticas guedejas de violines. Y por si fuera poco, entra en escena el espíritu ahorrador, los planes a largo plazo, las inversiones a tanto por 100 del TAE, la racanería financiera —genuino ritual de paso— que marca el final de la adolescencia. Ante la expectativa de invitar a unas gachilillas (una palabra del idioma de Umbral que en nadstad significa ptitsas y en castellano, muchachas), Friedrich Hakey habla por boca de Alex: 
—Ah, al demonio. Que se lo paguen ellas. —No sabía por qué, pero en aquellos últimos tiempos me había vuelto algo tacaño. Se me había metido en la golvá el deseo de guardar todos esos preciosos billetes para mi, de atesorarlos por alguna razón.


Ahijada de la necesidad financiera y del virtuosismo sin complejos, La naranja —ahora mismo— bien podría estar criando malvas. Las partes del libro revelan las prisas de la confección. Tres apartados, a siete capítulos por apartado, hacen un total de 21 capítulos. Me juego el dedo corazón que el libro tiene una concepción mensual acelerada. Tres semanas de escritura y una de revisión: las cuentas salen redondas. El propio Burgess, adversario acérrimo de las mutilaciones literarias, consintió y permitió que cercenaran la última sección por unos $$$. Entre todas las prostituciones que tuvo que realizar, esta fue la peor. Los lectores de Estados Unidos no llegaron a conocer hasta los años 80 el cierre inicial de La naranja. Ya era demasiado tarde entonces. Desde 1971, la novela daba igual. Los enterados pueden silenciar a los jóvenes locuaces, los profesores de literatura pueden cantar y elogiar con la boquilla, los cinéfilos pueden colorear sus hogares y sus estantes, que lo importante seguirá siendo la película. Dada una votación, ¿cuántos elegirían el cierre católico de Burgess, condonación de los pecados juveniles incluida, en lugar del cínico cierre de la cinta: «Sin lugar a dudas, me había curado»? Yo desde luego no.


Publicado originalmente en Hermano Cerdo. 7 de Agosto de 2013.

19 de agosto de 2013

Mission Accomplished

Lo Prometido Es Deuda 


Cosas que uno encuentra
buscando a Victor Balcells
en la selva de Google Images.
Ignoro si era una crítica, supongo que sí, cuando Benet sostuvo que Baroja era, nada más y nada menos, el primer narrador castellano en alcanzar sus objetivos. Ibidem puede decirse de Victor Balcells. Sus historias son redondas; sus personajes, tópicos y cucos, también. Lo anecdótico y lo entrañable dominan una escritura, la suya propia, que cumple en todo momento con las promesas contraídas: libros con atmósfera y cadencia que —¡albricias!— en las librerías se venden a pares. Su carta de presentación en suciedad, el libro de relatos Yo mataré monstruos por tí (Delirio, 2010), ha llegado hasta la tercera edición; nunca una imagen de portada fue tan certera: la nuda efigie del autor sacando molla. Un gesto de fuerza en la superficie que acompaña el contenido de las entrañas: los cuentecitos que componen YMMPT son una cartografía adolescente en clave de humor que ya quisiera cualquier cronista de nuestro tiempo en su haber de retratos costumbristas.

Y para rematar la faena, que no ha hecho sino comenzar, Balcells regresa en formato maxi. Acaba de llegar a nuestras librerías su último trabajo de artesanía, un tocho de 500 páginas bajo el rótulo Hijos Apócrifos (Alfabia, 2013), ante el cual solo cabe entonar, nuevamente, el mission accomplished. Misión cumplida en los diálogos, que vuelven a delinear con naturalidad el ambiente de la narración. Misión cumplida también en el tempo, que salta hacia atrás, el espacio de la memoria, mediante una sencillas cursivas. Misión cumplida, en suma, en el interés narrativo: Victor Balcells es el primer narrador español rozando a la baja la treintena cuyos libros se dejan leer desde la primera anécdota hasta el último párrafo; lo que no quita el placer adulto de abrir al tuntún, picotear 10 páginas y volver a cerrar las tapas. Tanto en la consulta fragmentaria, último recurso del crítico literario curtido en mil batallas, como en la ingesta paciente y reposada, pasando con la lengua cada página, Hijos apócrifos lo que (quiera que) se propone. Y los editores se forran a su costa, pues el lector aprecia (compra y paga) esa tensión constante.

Desde un punto de vista estilístico, destaca en Hijos apócrifos la frase corta, con algún taconazo simbólico, siempre alguno por párrafo, pero sin grandes algaradas de puntuación y subordinadas, salvo algún aparte enjuto entre puntos y comas, todo embridado en vistas de la lectura distendida, amén del entretenimiento. Les copio más abajo un ejemplo, que apenas alcanza relevancia ensayística o valor para el relato, pero que no obstante ilustra el modelo de prosa funcional entre la constatación impersonal de los objetos y la reflexión coloreada por la subjetividad del narrador, aderezada por algún guiño a los lectores más avanzados; una forma de escritura que Victor Balcells practica siguiendo la norma de las dos i griegas; ya saben, la norma propugnada por los guionistas de series, la receta de la abuela para conseguir el resultado deseado en materia de ficción: «Un producto cultura óptimo tiene que resultar inteligible tanto para el intelectual de Yale (primera i griega) como para la señora de limpieza de Yalta (segunda i griega)»; y el fragmento dice así:
Las mujeres salían con sus vestidos a la calle. Pausadamente fru fru de piernas rozando, destellos. Había bolsos en los hombros, como ahorcados, y galanes esperando junto a los surtidores de calor en los cafés de París. Había un fluctuar de placeres al acecho; extrañas promesas nostálgicas en el aire y por el suelo, arrastrándose, la agonía. Y entre todo ese desamparo de vez en cuando la apoteosis de dos que se encontraban y se iban juntos, o de tres, o de uno solo que paseaba meditabundo pensando quizá sobre la cuestión de la carne: Dios hazme puro, pero aún no.
Hablando sobre Victor Balcells con un colega de profesión, un escritor que ha tenido la suerte de consultar algunas versiones previas del manuscrito (por cierto, ver el entramado inicial en bruto de Hijos Apócrifos debe ser un espectáculo innombrable: algo así como el soterramiento en directo de la M-30), él me decía que el libro está muy bien, aunque podamos echarle dos cosas en cara: la falta de sentido espacial (en la primera parte, Pablo Scarpa entra en Varsovia y sale, durante la Polonia de 1985, sin rastro de la URSS o de Solidarność) y la plantilla absurda de personajes: «Parecen los Looney Toons», me dice. Y yo pienso de inmediato en la secretaria de la editorial Archimboldi chutándose en la tercera parte del libro una raya delante de un escritor potencial de la casa mientras piensa «¿No ves que vamos a rechazar tu manuscrito, no ves que no sabes nada, ni siquiera sumar, y que la coca, aquí, es nuestra gasolina?», y tengo que darle la razón a mi camarada. ¿Drogas en el mundillo editorial? Algo imposible, inverosímil, lo jamas visto. Ahora en serio, y sin ánimo de espoilear, ¿cadáveres encamados en hoteles parisinos?, ¿hamletianos suicidas acéfalos en cabo Sunion?, ¿tórridos encuentros erótico-festivos con travelos? No me lo puedo de creer. Pero funciona. Háganme caso: funciona.

13 de agosto de 2013

¿III República 2015?

I

Las cosas mejoran, pero bastante poco; Cristobal Montoro parece un superhéroe con los brotes verdes en la mirada y los gallumbos por fuera; la gente del común ya habla del próximo gobierno de España. Este último, el que todavía padecemos, desde luego ha hecho de su capa (electoral) un sayo (antidisturbios) y hasta un sudario en cuanto a previsión de voto se refiere. Gajes del oficio, supongo, cuando uno actualiza a la jerga de los wannabes empresariales el lema del Espadón de Lieja: «La gobernanza es la resistencia», pensará don Mariano entre decretos, cordones policiales y pompas de jabón. ¿Recibe Ud. muchas críticas?, pregunta la Forbes a Luis de Guindos; como ministro de Economía, ¿Ud. sabe qué piensa la peña? La respuesta es antológica: «Los ministros nos aislamos bastante del contacto con la gente, por razones evidentes, incluso de seguridad. Yo intento mantener ese contacto a través de mis colaboradores que sí están [sic] en contacto con la realidad, como es el departamento de Comunicación.» A diferencia de Lehman Brothers, donde una oficina de finanzas ignoraba, según contaron en los tribunales, que el vecino de arriba estaba apostando contra sus propias inversiones, parece que en Hispañistán la mano derecha y la mano extremo-derecha del gobierno sí están bien coordinadas, ¡y tanto!: el puño de acero de los recortes recibe las caricias enguantadas que la mano invisible de la iniciativa público-privada administra a través de los periodistas cómplices hasta el mismísimo departamento de Comunicación. Por desgracia, esta diferencia respecto de LB no salvará a los populares del hundimiento mutuo, anunciado y correspondido.

Además de tragarse la basura que censuran para él sus subalternos, de Guindos también tiene la loi de familie, no se crean: «También mi mujer, aunque no la veo mucho [sic], me dice las cosas que pasan. Y sí, para un ministro es importantísimo tener a gente que diga la verdad.» ¡Habrase visto Donald Draper semejante! Primero la obsesión por la marca España, antepuesta como un eslogan sobre los intereses salariales de media España (ya saben qué mitad), y ahora la falta de contacto humano, han transformado para siempre a Luis de Guindos; y así lo retrata la prensa, como un tipo calvo con cara de perro: triste destino donde los haya para el único orador no-gangoso, no-tartaja y con idiomas del Gobierno de España, la Unidad de Todos. Luis, ¡tú antes molabas!

Como decimos, cuando no está distraída por el telefonino, la menu peuple cavila sobre las elecciones de 2015, que están a la vuelta de la esquina. Una vez pasado el miedo ante la posibilidad de un tecnócrata impuesto desde los poderes europeos (una auténtica locura, el deponer a Don Mariano: hubiera estallado el polvorín español; pregunten a los franceses, a ver si dan o no crédito), solo quedan los viejos temores y las nuevas escisiones de la derecha, cuya amorfa unidad centrista es una invención del aznarinato (véase los efímeros partidos liberales durante los años 80: en solitario y en democracia, los liberales no se comen un colín; por eso van todas las tardes a misa). Y quien la hizo ahora la deshace: el gobierno tiembla con el alunizaje de Aznar; el sans moustache desestabiliza la situación; las corbatas, los gemelos y las carteras de inversiones parecen girasoles a su paso. («Cada vez que vea a alguien caminando mientras se aprieta los gemelos es que está cambiando suavemente de opinión o acoplándola con cortesía», Manuel Jabois dixit.) Ante este desaguisado, hasta Jesucristo se encoge de hombros en la cruz. En Intereconomía huele a cura quemado en la plaza. Y no es culpa del mamporrero de izquierdas que suelen invitar para encender la pasión del respetable. La derechona se fragmenta, señores.

Y si el campeón de los abdominales parece haber esnifado algo por sus (ahora) imberbes fosas nasales, no será Napoleón Bonaparte la sustancia, como sugiere con astucia el pillastre de Juan Soto Ivars. A diferencia de Pepe Botella, José María no viene a domeñar nada ajeno, sino a hacerse el capitán del futuro bando perdedor (sí, he dicho perdedor). Viene, en todo caso, a drogarse con el conde de Romanones, heredero del Partido Liberal de Sagasta et tutti quanti, cabeza de cartel de la monarquía constitucional en las elecciones de 1931 —sí, las municipales de abril del treinta-y-uno donde realistas y liberales, guarecidos bajo el almirante Aznar-Cabañas (¡será por apellidos!), fueron arrasados en las capitales de provincia por la coalición republicana. Un columnista de El Mundo, Carlos Cuesta, expresa muy bien cómo, a dos años vista, el miedo puede cambiar de bando, siempre y cuando la Troika haga mal su trabajo, como hasta ahora, y el FMI no vuelva a errar de nuevo, eventualidad lógicamente improbable; las palabras de Cuesta:

A todos esos que consideran un bien supremo la lealtad al partido, permítanme, sin más, que les recuerde un detalle: si como ha anunciado el Gobierno de su partido llegamos a 2015 con un paro de casi el 26% –tres puntos más que con el PSOE– en medio de una órbita de permanente bombardeo mediático con la trama de corrupción Gürtel, resultará más que improbable ganar las próximas elecciones generales. Y si no se ganan esos comicios, pasará por España el mayor rodillo socialista-comunista-independentista que nadie haya conocido en toda la etapa democrática. Y dudo que en ese momento sirvan para mucho las lealtades de partido, mientras todo lo que conocemos salta por los aires.

And Pablo
took his gun.

Dicho y hecho. Pablo Iglesias, un gran orador con aspecto de Nazareno, según la certera descripción de Jiménez Losantos, organizó hace poco una tertulia para debatir sobre la posibilidad de extrapolar a nivel estatal la solución de compromiso andaluza entre IU y PSOE. Aupados por el derrumbe del bipartidismo, los comunistas de IU (aún se les puede llamar así) no parecen haber olvidado (¿para bien?) el pasado. Las heridas dejadas por Zapatero tardan en cicatrizar. La gente del PSOE, dividida por si llevaban chaqueta o iban más casual, parecían apostar —mirando hacia el futuro— por una ensalada de siglas que incluyera hasta Equo, PACMA y más allá, atracando los valores del pluralismo, el ecologismo y los derechos animales a su dique seco de ideas: una vez abandonado el espíritu obrerista, que los socialistas nunca llegaron a tener, poco más queda para un partido como el PSOE, laboratorio de pruebas de la tercera vía con González y baluarte del republicanismo manirroto, sotto voce zapateril, salvo las guerras culturales y morales contra los toros y la Iglesia. Que todos los intereses cuenten y todas las voces retumben, lo cual está muy bien, es el único programa sustantivo del PSOE, quien siempre prefiere mucho abarcar, para así apretar menos. Y sobre Euskadi, Cataluña, Galicia y hasta Murcia, mejor ni hablamos: salvo por las inocuas salidas de emergencia democrática («Que se haga la voluntad del pueblo», sentencian quienes pretenden resolver con vagancia electoral la ausencia de argumentos consistentes), según el imaginario 2015 de las izquierdas, el Reino de España sigue siendo uno y no 51. Sobre este punto, IU dice que nanai: sin una República Federal no vamos a ninguna parte. Y tienen razón, sin un Estado de derecho social, democrático y republicano no salimos de esta. Y no se equivoquen, ésta no es la prima de riesgo, que sube igual que baja. Las cuestiones macroeconómicas importantes se deciden en Bruselas, por mucho que nos empeñemos, nos escindamos o nos devaluemos con las antiguas (¿o quizá nuevas?) pesetas. Y si el objetivo consiste en aumentar las competencias del BCE, hacia una mayor unidad fiscal, por ejemplo, con impuestos más altos para todos los ricos de Europa, entonces quedan por resolver entre nosotros las cuestiones magras de la Historia de España: el modelo de sociedad, el modelo productivo, el modelo territorial, ¡la desamortización de la tierra! y cosas así.


II



14 veranos de gobierno felipista, con todos sus factores, despolitizaron, burocratizaron y europeizaron a la generación de extremo centro que nos gobierna ahora mismo por cuenta ajena, tolerantes en cuanto indiferentes, republicanos espirituales y monárquicos pragmáticos, pero muy dados a dejar las cosas como están: para la jefatura del Estado, entre reyes y presis, tanto monta que monta tanto; lo importante no es quién gobierna, sino cuánto. Los más jóvenes tenemos que saber, por el contrario, que República no solo significa tanto aguillotinar a Felipe VI (que también) cuanto llevar la democracia igualitaria meritocrática a sus últimas consecuencias: la elección de todos los cargos representativos en calidad de fideicomisos del soberano. Las cosas se complican, no obstante, cuando entramos en materia judicial, por ejemplo, cuyo poder reclaman los ciudadanos que sea independiente, y cuya independencia ha supuesto, en Estados Unidos, la imposición de cierta racionalidad (ya sea progresista o moderada) sobre los derechos de la población (en ocasiones). ¿De verdad quieren subordinar (aún más) la elección de cargos del Tribunal Supremo a las elecciones plebiscitarias y su pendiente inclinada hacia la partitocracia, el clientelismo, la demagogia? La democracia propiamente entendida solo puede entrar en conflicto con la separación de poderes, la expertocracia, las instituciones independientes: en suma, todo cargo público debe mediarse con los votos. Las urnas actuales, sin embargo, están llenas de papeletas a la contra: la pasada victoria aplastante del PP resulta incomprensible sin esta tendencia del español a empeñar su papeleta con el propósito de la venganza, no creyendo en nada que no sea el castigo de la culpa, la expiación de los delitos, la condena del gobernante.

Ante este panorama, queda mucho por andar, pero una futurible victoria de las izquierdas, ya sea en 2015 o mañana mismo, la situación enfrentada ahora no resulta distinta de la coyuntura habida en 1931, cuando la victoria de los republicanos; si la hipotética coalición PSOE-IU llegara a algo más que agua de borrajas o aún gobierno provisional de purgación, elegidos porque la gente está hasta el IVA de la falta de puestos de trabajo, tras la Segunda Restauración Borbónica (1975 - ¿2015?), entonces la hoja de ruta de ayer bien vale hoy, como la expone Antoni Domènech, por ejemplo: en primer lugar, «si se quiere gobernar limpia y parlamentariamente conforme al propio ideario a corto plazo, sin trucos de "vieja política" monárquico constitucional, no se puede pedir prestada esa base [popular y electoral] con métodos demagógicos, que sólo podrían sostenerse en el caciquismo y la ignorancia de las gentes»; y en segundo lugar, «si se quiere gobernar limpia y parlamentariamente a medio y largo plazo, no hay más remedio que considerar como provisional la base popular que se toma prestada, y emprender entre tanto una enérgica política de reformas estructurales de la vida social y económica española que reorganice por completo la sociedad civil, a fin de crear una base social amplia que pueda nutrirse un partido republicano y democrático, que estabilice a la República.»

Traducido en términos económicos, este proyecto implicaba entonces la reforma agraria y ahora, sin duda, una reforma crediticia, cuya iniciativa no tendrá lugar en Madrid, sino en Bruselas, o no tendrá lugar de ningún modo. Mientras tanto, queda por revisar las constitución política de los mercados españoles, y cómo no, el clientelismo que bajo la forma de puerta giratoria entre la política y los negocios tiene atenazada, en favor de los intereses corporativos granempresariales, a una nación de pymes ineficientes (pura economía de escala, caballeros) pero que dan mucho trabajo. Y aquí es donde la cosa se pone complicada, porque acabar con la monarquía también supone, en este punto, terminar con la máquina burocrática monárquica heredada. Poca broma, por cierto, pues incluye a nuestros intocables sindicatos, la Iglesia de los zurdos de este país, financiada por el bolsillo del contribuyente. Liberar el sindicalismo de la correa estatal resulta crucial, sin embargo, para permitir nuevas formas de organización y autodefensa de los productores y de los endeudados, como un paso previo para la politización de izquierdas del autónomo y del emprendedor wannabe, quienes constituyen hoy día el grueso del electorado pepero estafado por un gobierno que les sube sin piedad el IRPF. Favorecer las cooperativas de trabajadores y las asociaciones vecinales, en detrimento del funcionariado que administra nuestros derechos, hoy hasta suena de derechas, máxime si tocas los privilegios locales y ello implica despidos, cuando en verdad la ideología neoburguesa actual reclama que el Estado subvencione los deseos del personal a título de derechos (palabra inflada donde las haya); pero en verdad mi modesta (y no matizada) propuesta solo quiere actualizar la Crítica del Programa de Gotha; contra los lassallistas que aspiraban estatalizar las instituciones de la clase obrera, escribía Marx:

En lo que hace a las sociedades cooperativas actualmente existentes, éstas tienen valor sólo en la medida en que sean independientes, no criaturas obreras amparadas o por los gobiernos o por los burgueses.

De esto se trata. Pero es igual mi referencia dogmática a Marx, porque los zurdos con posibilidades de gobierno en España tienen dogmas mayores que los clásicos, entre los cuales se cuenta, amén del históricamente comprensible anticlericalismo, el amor hacia el Estado. Poco se puede esperar, salvo una subvención para el 15M, a modo de conmemoración monumental, de la triunfante, hipotética y renovada izquierda de 2015. Fácil será, con esta estrategia política a medio plazo, que los conservadores nos roben de nuevo las lealtades liberales con una súbita bajada de impuestos: la III República se difumina en el horizonte como el humanismo de Foucault porque los partidos que la desean son incapaces de representar a las clases medias que prefieren empaquetar las maletas y dejar España a su suerte. Si las previsiones actuales se confirman, y 2015 nos encuentra con esta tasa de paro, estate seguro que la hipotética coalición de izquierdas, con estos planteamientos, será eclipsada por un gobierno de concentración nacional. Muy favorable tiene que resultar, para evitar tal cosa, las elecciones a IU. Pero todavía queda mucho tiempo, muchas manifas y muchos deshaucios para que sepamos el resultado. Por el momento solo cabe decir que, dada la tendencia hacia la desafección sociopolítica, sobrevalorada por los senadores a los cuales nadie nunca ha votado, desestimada por los perroflautas que están en la calle, luchando optimistas por nosotros, el grueso de la población española necesita muchos gobiernos de 14 años, mucho tejido contrainstitucional socialdemócrata y muchos campos de reeducación (es una broma) para jubilar de una vez por todas el «Cada uno en su casa y Dios en la de todos» que tan presente se encuentra en los movimientos sociales multicolores que aparecen en cuanto los gobiernos conservadores de la Península deciden planchar el bolsillo del contribuyente y cortar —a la vez— el grifo de los servicios públicos que tanto necesitan nuestras hipotecadas clases medias, entidad fantasmal donde las haya, intentando deshacerse de la casita en la playa. En conclusión, algo más que NIMBY, me temo, vamos a necesitar para la Tercera.



Publicado originalmente en Culturamas. 30 de julio de 2013.