Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Jabois. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Jabois. Mostrar todas las entradas

2 de noviembre de 2013

El extraño caso de Manuel Jabois

Cómo conseguir seguidores en FAES y en Lavapiés
y no morir en el intento. 

Manuel Jabois es sinónimo de controversia. Dejando de lado a sus followers, que a juzgar por las ventas de sus libros deben ser legión, el columnista de El Mundo tiene dividida a la opinión pública entre quienes piensan que está hecho un facha de armas tomar y quienes le denuncian por bolchevique. Un tuit suyo habla de hecho sobre una eventual quedada entre ambas tribus, ambas facciones de detractores. «Va a ser como un partido entre discapacitados y golpistas», indicaba cuando por el mes era de mayo.

Cuando hace la calor, en el arranque de agosto de 2013, escribí a Jabois porque buscaba hacerle algunas preguntas sobre su último libro, Manu, una crónica de la paternidad escrita en primera persona, algo así como la consumación del periodismo gonzo: tener un hijo para contarlo. Las semanas pasaron, sin embargo, tras el verano vino el otoño, Manuel no contestaba o me daba largas. Tenía entendido que estaba tratando con un auténtico rockstar del periodismo, una profesión donde la velocidad viene a ser el equivalente futbolístico a distinguir la camiseta de tu equipo, a tener una raqueta para darle a la bola de tenis, así que tampoco insistí demasiado en el tema. En nuestro camino de se interpuso una bandeja de salida que no se la salta ni la CIA, el demonio maligno de la técnica que vuelve a la carga, se come tus deberes y manda muchos mails fantasma, pero finalmente conseguimos entendernos.

Hay que decir que lentos para algunas cosas somos ambos. La entrevista me la envió a finales de septiembre. La he mantenido en una situación macerada por razones externas a mi voluntad. Disfrutad, no obstante, de este vino añejo.

Jugando la banda aparte.

El carácter anfibio de Jabois, esa capacidad de cosechar seguidores tanto en FAES como en Lavapiés, puede ilustrarse mencionando simplemente quién edita sus textos. A un lado del ring está Pedro Jota, el periodista más molesto que han tenido la mala suerte de padecer los gobiernos de España desde la Transición; su periódico ha hecho más por la caída de los ídolos, por el descrédito de la casta política que quince asambleas del 15-M. Ayer fue Felipe González y los GAL. Hoy Mariano Rajoy y el caso Bárcenas. En la esquina opuesta tenemos Pepitas de Calabaza, el sello donde Jabois publica sus libritos, cuya línea editorial claramente libertaria, un referente dentro de la izquierda contracultural, ecologista y anti-Estado, que seguro que consultan los haters de Orbyt.es.

Que por el monte corran las sardinas, tralará, que Manuel Jabois figure en un catálogo que incluya títulos como La abolición del trabajo, autores como Lewis Mumford o Miguel Amorós, que los extremos en política puedan llegar a tocarse o que Pedro Jota sea el nuevo antisistema solo puede resultar sorprendente para los ideólogos cegados y con carrera de partido por delante. Como me responde Jabois a la pregunta: este jugar a varias bandas, ¿cómo se lleva? «Yo juego en mi banda, como mis compañeros de El Mundo, que son cada uno de su padre y de su madre. Escribo sin organizar el universo por militancias, menos aún colectivas. Tanto a Pepitas de Calabaza como a mi periódico les importa por encima de la ideología, la calidad. Ser bueno es una idea brillante, un programa electoral magnífico para ir por la vida.»

Siguiendo esta misma línea de razonamiento, Jabois también desdeña el autoanálisis ideológico, esa manía de encuadrarse uno mismo bajo una bandera prestada, esa voluntad de apuntarse voluntario a los comprometidos por la Causa, tan próxima muchas veces del dogmatismo y las ganas de tener la verdad a toda costa, dando conejo por liebre en la argumentación normativa. En sus propias palabras: «No me veo a mí mismo ideológicamente —quiero decir que no me estudio— porque aunque de vez en cuando expreso claramente mis ideas, o me burle de ellas y de las de otros cuando se van a extremos, no creo que lo que yo piense sea mejor que el que piensa lo contrario.»

La clave del éxito —me susura Jabois por lo bajini— el truco que tiene para escribir a diario, facturar un libro cada dos años, tener tiempo para hacer performances (véase su paso por el festival Primera Persona), recibir premios y perder trenes —como cuenta en Manu— sin perder el juicio en el intento, es bien sencilla: «Me cuesta escribir para mi». Wikiquotes nos informa que la cita «Un escritor es alguien para quien escribir es más difícil que para los demás» la escribió —suponemos que con esfuerzo— Thomas Mann. Tomando por evidente que escribir consiste en entregarse a los demás, exhibirse hasta el límite de la alteración del orden público, hacer algo casi delictivo, Jabois confiesa que Manu «es un libro escrito para mi con el que certifico un fracaso: solo he podido hacerlo teniendo la certeza de que lo leerían otros». En cuanto al motor inmóvil de esta pasión (¿acaso lo dudaban?) es la vanidad pura y dura.

Sobre la paternidad escribe Jabois: «Es un acto egoísta, supongo que como todo, y un ejercicio de vanidad el convertirla en un libro para llevarlo a otras casas». ¿Y el propio libro? «Un dietario fácil», declara, «escrito de una manera muy rápida para que de alguna manera quede por escrito algo que no devorará la humanidad». Con escritores así, ¿quién quiere críticos?

«La ficción me seduce como una milf.»

Hablamos de su prole, Manuel Jabois Junior. Los medios que leerá (¿conseguirá interrumpir Jeff Bezos la sangría actual de la prensa?), el mundo en qué vivirá (llegar a la mayoría de edad en 2030, dadas las expectativas ecológicas de este siglo, no suena muy bonito que digamos), el himno de fútbol que coreará (no hay discusión: el Alá Madrid, dice el padre). Manuel Jabois El Viejo es optimista (aunque el optimismo, como reza un chiste de la tercera temporada de Homeland, consista muchas veces en saltar desde un rascacielos repitiendo hasta dar con el suelo: «Todo va bien por el momento»). El hijo de Jabois leerá en digital, claro. «Pero me gustaría que reservase los momentos más aristocráticos del mes para darse un homenaje con alguna vieja publicación de papel que haya ofrecido resistencia.» Saludos desde el pasado a los resistentes.

También hablamos de su novela. El columnista ha anunciado varias veces su esperada y demorada aparición narrativa en sociedad. Antes de fichar por El Mundo, Jabois estuvo colaborando para distintas publicaciones periódicas, haciendo crónicas personales y comentarios de actualidad; Irse a Madrid (Pepitas de Calabaza, 2011) recopila algunas columnas suyas. En todas ellas transpira una cadencia estilística que parece encorsetada por los límites de la realidad, está llamando a la puerta de la ficción y reclama mayor amplitud de posibilidades narrativas. No obstante, Jabois no suelta prenda. Pero sí sentencia: «La ficción me seduce como una milf: siempre estoy pensando en ellas pero nunca me atrevo a invitarlas a una copa».



Esta conversación iba a tratar en principio sobre la paternidad. Que conste que yo quería ensalzar la figura paterna moderna, ese producto de marketing que Cesar Rendueles tan bien diseccionó en cierto artículo, para el cual están destinados los anuncios rositas. Pero Jabois es más rústico. Contempla «la paternidad en el siglo XXI como en la Antigüedad: un señor despejando espermatozoides y trayendo bisontes a casa para que el retoño crezca.» Quizá sea gracias a la descripción de los elementos contextuales del embarazo que Manu ha sido celebrado como uno de los libros mejor escritos desde la paternidad, a la altura de su homólogo por parte de madre, Nueve Lunas de Gabriela Wiener. Pues estamos ante una narración donde la profesión del padre ocupa casi todo el texto, señalando su posición periférica, la importancia de ganarse la vida y provide for the family, como diría Walter White. Lean la entrevista completa por Zeus antes de llamarle heteropatriarcal por esto último.

[Entrevista]

Ernesto Castro: Antes del verano apareció Manu, un libro sobre un escritor que tiene un hijo. Tú mismo eres el personaje principal de una historia donde tu profesión de periodista llega a cobrar mayor protagonismo incluso que el embarazo o el parto de tu mujer. En España se han escrito algunas novelas geniales sobre la maternidad, como Nueve Lunas de Gabriela Wiener, pero Manu quizá sea un ejemplar primerizo de un formato todavía sin explorar: el relato en primera persona del devenir padre de individuos irónicamente patriarcales y hasta viriles. Dime, ¿ves posibilidades comerciales en el género? Manu desde luego se vende como churros. Algunas preguntas habituales, solo para hacer canon del tema: ¿cuales son tus referentes literarios?, ¿cómo hallas la paternidad en el siglo XXI? Y aún más importante, ¿cuando sacas tu opera prima de ficción? Por las páginas Manu ronda tu esperada y demorada aparición narrativa en sociedad. ¿Te has puesto manos a la obra con ello? 

Manuel Jabois: No creo que sea un género en sí mismo más allá que un dietario fácil, escrito de manera muy rápida para que de alguna manera quede por escrito algo que no devorará la humanidad, pero sí espero que un par de generaciones familiares que vengan detrás de mí. Es un acto egoísta, supongo que como todo, y un ejercicio de vanidad el convertirlo en libro para llevarlo a otras casas. Me cuesta escribir para mí, pero este libro es un libro escrito para mí con el que certifico un fracaso: sólo he podido hacerlo teniendo la certeza de que lo leerían otros. En cuanto a la paternidad, la veo en el XXI como en la antigüedad: un señor despejando espermatozoides y trayendo bisontes a casa para que el retoño crezca. La ficción me seduce como una milf: siempre estoy pensando en ellas pero nunca me atrevo a invitarlas a una copa.

EC: Y otro interrogante convencional: ¿cómo ves el mundo (en minúscula) que heredarán tus hijos? Quiero decir, en 2030, cuando Manuel Jabois Jr. alcance la mayoría de edad, la tasa desempleo juvenil no estará —espero— en el 60%, pero las cuestiones migratorias y ambientales seguirán sobre la mesa, asuntos públicos que no visitas a menudo en tus múltiples columnas de opinión, por cierto. ¿Hay vida periodística inteligente más allá de Bárcenas & co.? Y al filo de esto último, ¿alguna profecía sobre los periódicos que consultará Manuel Jabois Jr.? Ya sabemos su equipo de fútbol, el Real Madrid. Pero todavía ignoramos si Jeff Bezos o alguien así parará la sangría actual de la prensa. Para cuando la décima del Real, ¿seguirán vivos los diarios en papel, esa especie en peligro de extinción, o la Tierra será cosa de los bloggeros? 

MJ: Soy optimista. Mi hijo conocerá un mundo mejor que el mío de la misma manera que yo, desde luego, he conocido un mundo mejor que el de mi padre. Leerá en tableta, indiscutiblemente (si la tableta llega y no se inventa nada nuevo), pero me gustaría que reservase los momentos más aristocráticos del mes para darse un homenaje con alguna vieja publicación de papel que haya ofrecido resistencia. En el futuro habrá blogueros, periodistas y hasta zapateros. Los oficios permanecen y mejoran como oficio, no sé ya si como medio de vida.

EC: Hablando del presente y del futuro, hace poco estuviste invitado en la última edición del primera persona, un festival interdisciplinar donde la literatura comparte espacio con la cultura urbana y la música popular (este año trajeron a unas punkrockers octogenarias y feministas que son la hostia: The Raincoats). Y allí estabas tú, en tierra hostil, rodeado de cubiletes y pelotas del Barça, contando una historia sobre una noche que estabas borracho, si no recuerdo mal. Me encantó. ¿Consideras profundizar en el performance como formato creativo en el futuro? Eres bueno, tío, de veras. 

MJ: No, en absoluto. Mi exhibición es en el folio y me parece suficiente. Encima de un escenario yo lo único que hago es el ridículo. Luego puedo hacerlo con peor o mejor estilo, pero el rídiculo totalmente. Te lo aseguro. Vi las caras de ese público y mientras aplaudían y reían pensaban exactamente lo mismo que yo.

EC: Manu es el segundo volumen que sacas con Pepitas de Calabaza, según su página web, "una editorial con menos proyección que un cinexin", conocida por sus libros de crónicas (este noviembre publican Alpinismo Bisexual de Simón Elías Barasoain con un epílogo tuyo), pero cuya linea editorial se encuentra orientada sobre todo hacia el anarquismo y la contracultura. Entre autores como Lewis Mumford o Miguel Amorós y títulos como La abolición del trabajo, los cuales  suscitarán seguro la sospecha de tus compañeros de El Mundo, se hallan dos libros tuyos. Este jugar a varias bandas, ¿cómo se lleva? 

MJ: Yo juego en mi banda, como mis compañeros de El Mundo, que son cada uno de su padre y de su madre. Escribo sin organizar el universo por militancias, menos aún colectivas. Tanto a Pepitas de Calabaza como a mi periódico les importa por encima de la ideología, la calidad. Ser bueno es una idea brillante, un programa electoral magnífico para ir por la vida. No hablo de mí, naturalmente. Aunque con algún artículo lo piense, como diría Manquiña.

EC: En Twitter decías hace unos meses: "Tengo que presentar a los que me llaman facha y a los que me llaman bolchevique. Va a ser como un partido entre discapacitados y golpistas." A caballo entre la toma del Palacio de Invierno y el golpe de Estado del 36, ¿hay alguna posición ideológica intermedia que puedas decir tuya? Como columnista respondón eres insuperable, como tantos otros retratistas de costumbres cortesanas que habitan las páginas de El Mundo, pero muchos nos preguntamos qué ideología concreta o que principios distributivos secundas más allá de estar a la contra de los poderosos, de los corruptos, de los ineptos y del gobierno.

MJ: Yo escribo una columna casi todos los días de la semana y desde hace mucho tiempo. Es imposible, leyéndome, que alguien no sepa qué pienso de la sanidad y educación pública, de los nacionalismos o del aborto, por poner tres ejemplos que mucha gente ansiosa utiliza para meter a alguien en el rebaño. No me veo a mí mismo ideológicamente –quiero decir que no me estudio- porque aunque de vez en cuando expreso claramente mis ideas, o me burle de ellas y de las de otros cuando se van a extremos, no creo que lo que yo piense sea mejor que el que piensa lo contrario. Salvo los límites del sentido común, claro. La defensa del débil o reconocer que al Madrid le perjudican los árbitros son cosas que no pueden estar nunca en un debate público por obvias.

13 de agosto de 2013

¿III República 2015?

I

Las cosas mejoran, pero bastante poco; Cristobal Montoro parece un superhéroe con los brotes verdes en la mirada y los gallumbos por fuera; la gente del común ya habla del próximo gobierno de España. Este último, el que todavía padecemos, desde luego ha hecho de su capa (electoral) un sayo (antidisturbios) y hasta un sudario en cuanto a previsión de voto se refiere. Gajes del oficio, supongo, cuando uno actualiza a la jerga de los wannabes empresariales el lema del Espadón de Lieja: «La gobernanza es la resistencia», pensará don Mariano entre decretos, cordones policiales y pompas de jabón. ¿Recibe Ud. muchas críticas?, pregunta la Forbes a Luis de Guindos; como ministro de Economía, ¿Ud. sabe qué piensa la peña? La respuesta es antológica: «Los ministros nos aislamos bastante del contacto con la gente, por razones evidentes, incluso de seguridad. Yo intento mantener ese contacto a través de mis colaboradores que sí están [sic] en contacto con la realidad, como es el departamento de Comunicación.» A diferencia de Lehman Brothers, donde una oficina de finanzas ignoraba, según contaron en los tribunales, que el vecino de arriba estaba apostando contra sus propias inversiones, parece que en Hispañistán la mano derecha y la mano extremo-derecha del gobierno sí están bien coordinadas, ¡y tanto!: el puño de acero de los recortes recibe las caricias enguantadas que la mano invisible de la iniciativa público-privada administra a través de los periodistas cómplices hasta el mismísimo departamento de Comunicación. Por desgracia, esta diferencia respecto de LB no salvará a los populares del hundimiento mutuo, anunciado y correspondido.

Además de tragarse la basura que censuran para él sus subalternos, de Guindos también tiene la loi de familie, no se crean: «También mi mujer, aunque no la veo mucho [sic], me dice las cosas que pasan. Y sí, para un ministro es importantísimo tener a gente que diga la verdad.» ¡Habrase visto Donald Draper semejante! Primero la obsesión por la marca España, antepuesta como un eslogan sobre los intereses salariales de media España (ya saben qué mitad), y ahora la falta de contacto humano, han transformado para siempre a Luis de Guindos; y así lo retrata la prensa, como un tipo calvo con cara de perro: triste destino donde los haya para el único orador no-gangoso, no-tartaja y con idiomas del Gobierno de España, la Unidad de Todos. Luis, ¡tú antes molabas!

Como decimos, cuando no está distraída por el telefonino, la menu peuple cavila sobre las elecciones de 2015, que están a la vuelta de la esquina. Una vez pasado el miedo ante la posibilidad de un tecnócrata impuesto desde los poderes europeos (una auténtica locura, el deponer a Don Mariano: hubiera estallado el polvorín español; pregunten a los franceses, a ver si dan o no crédito), solo quedan los viejos temores y las nuevas escisiones de la derecha, cuya amorfa unidad centrista es una invención del aznarinato (véase los efímeros partidos liberales durante los años 80: en solitario y en democracia, los liberales no se comen un colín; por eso van todas las tardes a misa). Y quien la hizo ahora la deshace: el gobierno tiembla con el alunizaje de Aznar; el sans moustache desestabiliza la situación; las corbatas, los gemelos y las carteras de inversiones parecen girasoles a su paso. («Cada vez que vea a alguien caminando mientras se aprieta los gemelos es que está cambiando suavemente de opinión o acoplándola con cortesía», Manuel Jabois dixit.) Ante este desaguisado, hasta Jesucristo se encoge de hombros en la cruz. En Intereconomía huele a cura quemado en la plaza. Y no es culpa del mamporrero de izquierdas que suelen invitar para encender la pasión del respetable. La derechona se fragmenta, señores.

Y si el campeón de los abdominales parece haber esnifado algo por sus (ahora) imberbes fosas nasales, no será Napoleón Bonaparte la sustancia, como sugiere con astucia el pillastre de Juan Soto Ivars. A diferencia de Pepe Botella, José María no viene a domeñar nada ajeno, sino a hacerse el capitán del futuro bando perdedor (sí, he dicho perdedor). Viene, en todo caso, a drogarse con el conde de Romanones, heredero del Partido Liberal de Sagasta et tutti quanti, cabeza de cartel de la monarquía constitucional en las elecciones de 1931 —sí, las municipales de abril del treinta-y-uno donde realistas y liberales, guarecidos bajo el almirante Aznar-Cabañas (¡será por apellidos!), fueron arrasados en las capitales de provincia por la coalición republicana. Un columnista de El Mundo, Carlos Cuesta, expresa muy bien cómo, a dos años vista, el miedo puede cambiar de bando, siempre y cuando la Troika haga mal su trabajo, como hasta ahora, y el FMI no vuelva a errar de nuevo, eventualidad lógicamente improbable; las palabras de Cuesta:

A todos esos que consideran un bien supremo la lealtad al partido, permítanme, sin más, que les recuerde un detalle: si como ha anunciado el Gobierno de su partido llegamos a 2015 con un paro de casi el 26% –tres puntos más que con el PSOE– en medio de una órbita de permanente bombardeo mediático con la trama de corrupción Gürtel, resultará más que improbable ganar las próximas elecciones generales. Y si no se ganan esos comicios, pasará por España el mayor rodillo socialista-comunista-independentista que nadie haya conocido en toda la etapa democrática. Y dudo que en ese momento sirvan para mucho las lealtades de partido, mientras todo lo que conocemos salta por los aires.

And Pablo
took his gun.

Dicho y hecho. Pablo Iglesias, un gran orador con aspecto de Nazareno, según la certera descripción de Jiménez Losantos, organizó hace poco una tertulia para debatir sobre la posibilidad de extrapolar a nivel estatal la solución de compromiso andaluza entre IU y PSOE. Aupados por el derrumbe del bipartidismo, los comunistas de IU (aún se les puede llamar así) no parecen haber olvidado (¿para bien?) el pasado. Las heridas dejadas por Zapatero tardan en cicatrizar. La gente del PSOE, dividida por si llevaban chaqueta o iban más casual, parecían apostar —mirando hacia el futuro— por una ensalada de siglas que incluyera hasta Equo, PACMA y más allá, atracando los valores del pluralismo, el ecologismo y los derechos animales a su dique seco de ideas: una vez abandonado el espíritu obrerista, que los socialistas nunca llegaron a tener, poco más queda para un partido como el PSOE, laboratorio de pruebas de la tercera vía con González y baluarte del republicanismo manirroto, sotto voce zapateril, salvo las guerras culturales y morales contra los toros y la Iglesia. Que todos los intereses cuenten y todas las voces retumben, lo cual está muy bien, es el único programa sustantivo del PSOE, quien siempre prefiere mucho abarcar, para así apretar menos. Y sobre Euskadi, Cataluña, Galicia y hasta Murcia, mejor ni hablamos: salvo por las inocuas salidas de emergencia democrática («Que se haga la voluntad del pueblo», sentencian quienes pretenden resolver con vagancia electoral la ausencia de argumentos consistentes), según el imaginario 2015 de las izquierdas, el Reino de España sigue siendo uno y no 51. Sobre este punto, IU dice que nanai: sin una República Federal no vamos a ninguna parte. Y tienen razón, sin un Estado de derecho social, democrático y republicano no salimos de esta. Y no se equivoquen, ésta no es la prima de riesgo, que sube igual que baja. Las cuestiones macroeconómicas importantes se deciden en Bruselas, por mucho que nos empeñemos, nos escindamos o nos devaluemos con las antiguas (¿o quizá nuevas?) pesetas. Y si el objetivo consiste en aumentar las competencias del BCE, hacia una mayor unidad fiscal, por ejemplo, con impuestos más altos para todos los ricos de Europa, entonces quedan por resolver entre nosotros las cuestiones magras de la Historia de España: el modelo de sociedad, el modelo productivo, el modelo territorial, ¡la desamortización de la tierra! y cosas así.


II



14 veranos de gobierno felipista, con todos sus factores, despolitizaron, burocratizaron y europeizaron a la generación de extremo centro que nos gobierna ahora mismo por cuenta ajena, tolerantes en cuanto indiferentes, republicanos espirituales y monárquicos pragmáticos, pero muy dados a dejar las cosas como están: para la jefatura del Estado, entre reyes y presis, tanto monta que monta tanto; lo importante no es quién gobierna, sino cuánto. Los más jóvenes tenemos que saber, por el contrario, que República no solo significa tanto aguillotinar a Felipe VI (que también) cuanto llevar la democracia igualitaria meritocrática a sus últimas consecuencias: la elección de todos los cargos representativos en calidad de fideicomisos del soberano. Las cosas se complican, no obstante, cuando entramos en materia judicial, por ejemplo, cuyo poder reclaman los ciudadanos que sea independiente, y cuya independencia ha supuesto, en Estados Unidos, la imposición de cierta racionalidad (ya sea progresista o moderada) sobre los derechos de la población (en ocasiones). ¿De verdad quieren subordinar (aún más) la elección de cargos del Tribunal Supremo a las elecciones plebiscitarias y su pendiente inclinada hacia la partitocracia, el clientelismo, la demagogia? La democracia propiamente entendida solo puede entrar en conflicto con la separación de poderes, la expertocracia, las instituciones independientes: en suma, todo cargo público debe mediarse con los votos. Las urnas actuales, sin embargo, están llenas de papeletas a la contra: la pasada victoria aplastante del PP resulta incomprensible sin esta tendencia del español a empeñar su papeleta con el propósito de la venganza, no creyendo en nada que no sea el castigo de la culpa, la expiación de los delitos, la condena del gobernante.

Ante este panorama, queda mucho por andar, pero una futurible victoria de las izquierdas, ya sea en 2015 o mañana mismo, la situación enfrentada ahora no resulta distinta de la coyuntura habida en 1931, cuando la victoria de los republicanos; si la hipotética coalición PSOE-IU llegara a algo más que agua de borrajas o aún gobierno provisional de purgación, elegidos porque la gente está hasta el IVA de la falta de puestos de trabajo, tras la Segunda Restauración Borbónica (1975 - ¿2015?), entonces la hoja de ruta de ayer bien vale hoy, como la expone Antoni Domènech, por ejemplo: en primer lugar, «si se quiere gobernar limpia y parlamentariamente conforme al propio ideario a corto plazo, sin trucos de "vieja política" monárquico constitucional, no se puede pedir prestada esa base [popular y electoral] con métodos demagógicos, que sólo podrían sostenerse en el caciquismo y la ignorancia de las gentes»; y en segundo lugar, «si se quiere gobernar limpia y parlamentariamente a medio y largo plazo, no hay más remedio que considerar como provisional la base popular que se toma prestada, y emprender entre tanto una enérgica política de reformas estructurales de la vida social y económica española que reorganice por completo la sociedad civil, a fin de crear una base social amplia que pueda nutrirse un partido republicano y democrático, que estabilice a la República.»

Traducido en términos económicos, este proyecto implicaba entonces la reforma agraria y ahora, sin duda, una reforma crediticia, cuya iniciativa no tendrá lugar en Madrid, sino en Bruselas, o no tendrá lugar de ningún modo. Mientras tanto, queda por revisar las constitución política de los mercados españoles, y cómo no, el clientelismo que bajo la forma de puerta giratoria entre la política y los negocios tiene atenazada, en favor de los intereses corporativos granempresariales, a una nación de pymes ineficientes (pura economía de escala, caballeros) pero que dan mucho trabajo. Y aquí es donde la cosa se pone complicada, porque acabar con la monarquía también supone, en este punto, terminar con la máquina burocrática monárquica heredada. Poca broma, por cierto, pues incluye a nuestros intocables sindicatos, la Iglesia de los zurdos de este país, financiada por el bolsillo del contribuyente. Liberar el sindicalismo de la correa estatal resulta crucial, sin embargo, para permitir nuevas formas de organización y autodefensa de los productores y de los endeudados, como un paso previo para la politización de izquierdas del autónomo y del emprendedor wannabe, quienes constituyen hoy día el grueso del electorado pepero estafado por un gobierno que les sube sin piedad el IRPF. Favorecer las cooperativas de trabajadores y las asociaciones vecinales, en detrimento del funcionariado que administra nuestros derechos, hoy hasta suena de derechas, máxime si tocas los privilegios locales y ello implica despidos, cuando en verdad la ideología neoburguesa actual reclama que el Estado subvencione los deseos del personal a título de derechos (palabra inflada donde las haya); pero en verdad mi modesta (y no matizada) propuesta solo quiere actualizar la Crítica del Programa de Gotha; contra los lassallistas que aspiraban estatalizar las instituciones de la clase obrera, escribía Marx:

En lo que hace a las sociedades cooperativas actualmente existentes, éstas tienen valor sólo en la medida en que sean independientes, no criaturas obreras amparadas o por los gobiernos o por los burgueses.

De esto se trata. Pero es igual mi referencia dogmática a Marx, porque los zurdos con posibilidades de gobierno en España tienen dogmas mayores que los clásicos, entre los cuales se cuenta, amén del históricamente comprensible anticlericalismo, el amor hacia el Estado. Poco se puede esperar, salvo una subvención para el 15M, a modo de conmemoración monumental, de la triunfante, hipotética y renovada izquierda de 2015. Fácil será, con esta estrategia política a medio plazo, que los conservadores nos roben de nuevo las lealtades liberales con una súbita bajada de impuestos: la III República se difumina en el horizonte como el humanismo de Foucault porque los partidos que la desean son incapaces de representar a las clases medias que prefieren empaquetar las maletas y dejar España a su suerte. Si las previsiones actuales se confirman, y 2015 nos encuentra con esta tasa de paro, estate seguro que la hipotética coalición de izquierdas, con estos planteamientos, será eclipsada por un gobierno de concentración nacional. Muy favorable tiene que resultar, para evitar tal cosa, las elecciones a IU. Pero todavía queda mucho tiempo, muchas manifas y muchos deshaucios para que sepamos el resultado. Por el momento solo cabe decir que, dada la tendencia hacia la desafección sociopolítica, sobrevalorada por los senadores a los cuales nadie nunca ha votado, desestimada por los perroflautas que están en la calle, luchando optimistas por nosotros, el grueso de la población española necesita muchos gobiernos de 14 años, mucho tejido contrainstitucional socialdemócrata y muchos campos de reeducación (es una broma) para jubilar de una vez por todas el «Cada uno en su casa y Dios en la de todos» que tan presente se encuentra en los movimientos sociales multicolores que aparecen en cuanto los gobiernos conservadores de la Península deciden planchar el bolsillo del contribuyente y cortar —a la vez— el grifo de los servicios públicos que tanto necesitan nuestras hipotecadas clases medias, entidad fantasmal donde las haya, intentando deshacerse de la casita en la playa. En conclusión, algo más que NIMBY, me temo, vamos a necesitar para la Tercera.



Publicado originalmente en Culturamas. 30 de julio de 2013.

2 de junio de 2013

How I Met Your Writer

Pues eso.

Desde tiempos de Paco Umbral la cantera de El Mundo está a rebosar de columnistas que desayunan fuerte todas las mañanas con el castellano. Manuel Jabois, novelista frustrado (¿o en potencia?) que se huele a leguas, pero también gran cronista de si mismo, es uno de ellos. Posiblemente estemos ante el mejor comentarista por debajo de la cuarentena en un periódico de tirada nacional. Pero tiempo al tiempo: las jóvenes promesas se revelan de forma retroactiva, como los capullos de seda, cuando ya son mariposas pesadas y con Premio Planeta. Mientras tanto Manuel Jabois nos tiene pendientes de un hilo a todos los que disfrutamos con la mirada y secundamos con las palmas sus reflexiones espigadas por las publicaciones periódicas de toda Hispañistán entera. El joven y barbudo columnista se ha dejado ver hace poco por BCN, donde hace apenas unas cuatro semanas estuvo ejecutando —sabedor de nuestra adicción por el morbo— un performance en el contexto del Festival Primera Persona. El contenido del mismo era una anécdota adolescente contenida en su primer libro —si no llevo mal la cuenta— Irse a Madrid (Pepitas de Calabaza, 2011), donde Manuel Jabois narra un despertar de resaca playera entre familias de domingueros, sin casi memoria de los sucesos acontecidos la noche anterior, rodeado de cubiletes y toallas del Barça. «Manda narices, siendo como soy yo más mourinhista que Mourinho», se quejaba Manuel Jabois sobre el escenario del CCCB, mientras los responsables de semejante atrezzo —pura maldad entre bambalinas— murmuraban desde delante del telón.

Tras arrasar alto y claro con la mentada publicación —Irse a Madrid— Manuel Jabois no se ha hecho de rogar, pues retorna ahora curtido en mil batallas, con ciento y pico paginas bajo el brazo, y un hijo por añadidura. Manu (Pepitas de Calabaza, 2013) es un volumen sobre el devenir padre de un escritor que en realidad habla y teclea sobre todo, incluido el tener los cojones fuera durante una conferencia, salvo de la experiencia de estar esperando nueve meses, casi tres cuartos de año, para levantar entre las manos a la prole. Hay que ver cómo son los progenitores, ya lo sabemos por Cómo conocí a vuestra madre, siempre aprovechando para chupar párrafo en las memorias familiares, y Manuel Jabois no se queda corto en sacar pecho. ¿Quiere Ud. emular el método de redacción utilizado por esta flamante estrella del periodismo español? ¿También le repugna a Ud. el tomar café con los amigotes a las cuatro de la tarde para lamerse las heridas y contarse las penas? ¿Será posible que no todos los escritores tengan una juventud atormentada? ¿Y que me dice de perseguir el malditismo en cada trayecto Madrid – Zaragoza, Zaragoza – Huesca? Información inestimable, toda ella en su conjunto, que Manuel Jabois sabe administrar con mano izquierda. Brindamos por ello, cómo no. En mitad de los milagros del joven artista hallamos, empero, algunas iluminaciones profanas de la paternidad, no se crean:

Pronto yo estaba en la calle parado en medio de un grupo de gente desconocida que me decía que aquello era lo más bonito de mi vida, e incluso alguno me agarraba del brazo, aprensivo, y me decía en un aparte señalándome la barriga de Ana: “¿No lo notas ya, no lo notas?”, como si fuese yo también a reproducirme por ósmosis.

Que los expertos en cuestiones de género tomen buena nota. Ahora bien, para libro sobre el empollar un alienígena en la barriga de la parienta, los lectores ya tenemos y nos quedamos con Nueve lunas de Gabriela Wiener, un dietario escrito desde el cordón umbilical. Y es que, en el desaguisado de la creación humana, la parte contratante masculina tiene poco que pinchar, y menos aún que cortar. Dejando de lado el pulverizar las plusmarcas de sobrepeso establecidas por matronas gitanas durante el embarazo. Según cuenta en el libro, durante la formación uterina de su muchacho, el mismo que compartirá tardes de escritor con su padre, Manuel Jabois llega a engordar hasta 12 kilos o 26 libras. Enhorabuena, son cuatrillizos, dice la comadrona. Aparte de esto, el letrado donador de semen tiene poca cosa que hacer, excepto enfundarse las mallas de logos espermatikos, que dirían los griegos, y tomar notas de forma compulsiva, con el firme propósito de escribir un libro que —como ya hemos dicho— no sabemos si trata sobre la paternidad de Manuel Jabois, sobre la paternidad de Pedro J. Ramírez y de David Gistau sobre Manuel Jabois o sobre la importancia de la perseverancia, escribir libros de transición y esperar a la fortuna para llegar hasta la cumbre. Como las tres Musas, estos motivos se dan la mano —supongo— y todos conformes con la situación.

Manuel Jabois. Columnista de El Mundo 
y autor de Pepitas de Calabaza. Compartir
catálogo editorial con libertarios de izquierda
y tirada semanal con ciertos liberales de derecha
solo puede conjugarse barba castrista mediante.