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26 de agosto de 2013

Los De En Medio.


Los desgraciados son egoístas, malvados, injustos, crueles y menos capaces de comprenderse entre sí que los tontos. La desgracia no une, sino que separa a los hombres; e incluso en aquellos casos en que, al parecer, los seres humanos deberían estar ligados por un dolor análogo, se cometen muchas más injusticias y crueldades que entre gentes relativamente satisfechas. (Anton Chéjov.)

Stupid bourgeois people, like the ones who write in newspapers, say that four million unemployed means an angry, assertive workforce. It doesn’t. It means at least four million other very frightened people. (Neil Kinnock.)

Resulta curioso que el debate veraniego sobre la composición de la clase obrera en España (iniciado por Pablo Iglesias y el Nega) esté guiado por la lectura de un librito tan británico como es Chavs. El editor de Capitán Swing me transmitió hace tiempo la estupefacción de los presentadores anglosajones ante el rotundo exitazo de la publicación. «La presentación fue muy bien. Los ejemplares se vendieron como rosquillas. El corresponsal de The Guardian no daba crédito.» Y es que Owen Jones retrata una realidad muy suya. Chavs versa sobre la guerra cultural de clases desde la perspectiva de quienes llevan perdiendo la batalla por el reparto de lo sensible desde los años 80, esto es, de lo visible y de lo audible en los mass media: los pobres que ni quieren ni pueden pertenecer a la middle class. Gran Bretaña siempre ha tenido una sociedad clasista y una cultura elitista, pero nunca ha habido un discurso que haya triunfado tanto como la peculiar combinación tatcherista, que primero bautiza a todo quisqui como clase media, luego desbarata los mecanismos de defensa colectiva y por último responsabiliza a las comunidades de los delitos individuales. Un triángulo ideológico definitivo.

La novedad de Margaret Tatcher estriba en pasar a la ofensiva desde arriba, renunciando al elitismo conservador tradicional, colonizando la mentalidad de los subalternos, reforzando la apariencia mediática del «We Are All Born Equal» mientras el gobierno garantiza la perpetuación de las desigualdades existentes. Una estrategia política que comienza a penetrar en España con Felipe González, cuya reconversión industrial anticipa la acomodación neolaborista de Tony Blair & co., con una importante diferencia: la sociedad franquista nunca tuvo apariencia de clase (he aquí una tesis discutible: hablo de la forma, no del fondo). De hecho, los discursos clasistas estaban combinados con los discursos nacionales hasta tal punto que la Segunda Restauración Borbónica termina vendiéndose más como reconciliación de las Españas que como oportunidad política para la clase media, cuyo liberalismo se supone fuera de duda. La Transición no tuvo necesidad de unas Malvinas para garantizar la unidad nacional, no solo porque el ejército tuviera cara de pocos amigos y el Sahara Occidental no valiera un mísero maravedí, sino también porque no necesita más derrotas un pueblo vencido por las armas para permanecer juntos en el miedo.

¿Tuvo Franco cara de clase? De ningún modo. No fue elitista la cultura oficial del Régimen. A fin de cuentas, un gobierno despótico no tiene necesidad de aparentar, dada la cruda verdad de su dominio, a diferencia de las clases dominantes en los países democráticos, cuya superioridad política y cultural está siempre puesta en jaque por la irremediable plebeyización de los productos de consumo, necesitando por tanto dosis añadidas de distinción. La tarea cultural del franquismo consistió, por el contrario, en convencer a media nación vencida. Podemos contemplar los resultados en programas como Cine de Barrio: elevar el lumpen gitano hasta la condición de estandarte musical de una sociedad civil enredada en amoríos y despolitizada hasta la medula, así como sublimar las pasiones cainitas a través de los partidos de fútbol o de las corridas de toros, y un infinito etcétera demagógico fueron las políticas culturales aplicadas por nuestros queridos verdugos, más necesitados de populismo que de modales caballerescos.

Que este imaginario gitano, ibérico y taurino perviva sobre todo entre los canis no resulta nada extraño teniendo en cuenta que el PSOE y su tecnocracia felipista dieron por ganada la batalla por la hegemonía ideológica de centro-izquierda, que quizá nunca fuera con ellos, concentrando sus esfuerzos culturales en reformar la escuela hacia el laicismo, sin llegar a conseguir mucho, y en promover a golpe de talonario que cada Comunidad Autónoma tuviera su Museo de Arte Contemporáneo («Nada más escuchar la palabra cultura extienden un cheque en blanco al portador», que denunciara Rafael Sánchez Ferlosio). Entre los frutos del elitismo subvencionado de extremo centro se cuenta la pervivencia de una mentalidad autóctona impermeable ante las exposiciones del MNCARS cuyos valores culturales entroncan con las tonadillas de mis abuelos, las cuales hablan de un modelo familiar muy definido, solo que con Rafa Mora y el Tuenti de por medio. No será hasta la década de los 2000, con la conversión de La Movida en genuina religión secular, que los poqueros devienen el objetivo del escarnio mediático, vistos como gente sin futuro que hace el tonto ante las cámaras de Cuatro, por contraposición a la elite cultural hipster, cuyos valores culinarios, ecológicos y musicales nadie toma en serio, pero pintan mejor en pantalla.  

Hasta aquí las consideraciones que podemos realizar en la estela de Owen Jones. Que todo esto tenga la más mínima relevancia política resulta bastante dudoso, máxime sabiendo que la dinámica electoral de izquierdas y multitud de movimientos sociales no descansan sobre alguna suerte de retórica clasista, sino más bien sobre el concepto de justicia social que manejan —hasta el límite del engaño propio— aquellos estratos medios que prefieren socializar sus ganancias vía impuestos estatales, manu militari y todos por igual, antes que recurrir a una caridad de dudoso tufillo redentor. Ahí están la mayoría de los votantes de ERC, ICV y CUP que también vendrían a pertenecer, según los cajones de sastre del CIS, a la dichosa clase media que todos somos. Así pues, quizá sea el momento de debatir menos sobre la clase obrera y su composición sociológica, un problema escolástico en muchas ocasiones, y desmentir con mayor énfasis algunos juicios exportados sin cuidado desde Londres sobre los de en medio.

Los de en medio quizá sean clasistas en Inglaterra. En España, por el contrario, el problema de la mayoría intersticial quizá consista en pensar como los de abajo y actuar como los de arriba, como manda la envidia cochina colectiva hispana, cuando en verdad vendría bien hallar un término medio, aunque sea para acabar de una vez por todas con la farsa del mileurista que se piensa pobre y se quiere rico, si es que quedan todavía salarios de 1.000 euros; no las tengo todas conmigo.
Originalmente publicado en Culturamas. 23 de agosto de 2013.

6 de julio de 2013

Pasadlo Bien, Pero No Tanto


I.

Me entero por Contraindicaciones que el pasado viernes 14 de junio, sobre eso de las diez de la noche, unos antidisturbios de la ciudad de Basilea intervinieron en el desalojo de Favela Café, una pieza del artista japonés Tadashi Kawamata y del arquitecto suizo Christophe Scheidegger que estaba siendo ocupada en ese momento, según informan las autoridades, por un centenar de art hooligans cuyos daños a la propiedad artístico-privada ascienden (redoble de tambores) a unas cuantas pintadas de tiza en el suelo. Como supongo que les pasará a muchos de ustedes, esta es la primera noticia que tengo del presunto estrato social insurrecto del mundillo artístico. ¿Hooligans en Art Basel? Yo pensaba que a las Ferias de arte contemporáneo se iba a hincharse de canapés, a poner cara de bueno, a acariciar los guantes del poder. Pero no, resulta que hasta los propios artistas, indignados ellos mismos sin saberlo, habían pensado incomodar la ingesta de la nouvelle cousine por partes de los comisarios de estómago agradecido. Y ustedes se preguntarán, ¿cómo pensaban hacer tal audacia Kawamata y Scheidegger? Y la respuesta es: vendiendo cervezas a cinco pavos. En realidad me estoy tirando el pisto, pues ignoro el precio exacto de los refrigerios, pero el objetivo del dichoso art-café, en resumidas cuentas, viene a ser el siguiente: generar un espacio de reflexión crítica colectiva donde deconstruir las relaciones asimétricas implementadas globalmente por la pospolítica poscolonial imperante, esto es, generar las condiciones ontológico-disensuales de posibilidad del Ereignis politico-filosófico alterglobalizador, ¿se han enterado? Y como quien escucha disensual dos veces sin partirse la caja, así acudieron los ricachones a inaugurar Favela Café: pensativos, erráticos, meditabundos. Hay incluso un video del asunto. Recomiendo su visionado en paralelo a la grabación de la carga policial realizada y colgada por un espontáneo: que me llame, por favor, quien sepa hallar cinco diferencias entre el cinismo de Kawamata y el kinismo de los hooligans que justifiquen la legalidad de unos y la ilegalidad de otros. Hasta entonces tienen razón los comentarios anónimos de Contraindicaciones: «el arte contemporáneo está al servicio de las élites y éstas mandan a sus perros a protegerlo».


II.

Arte contemporáneo y antidisturbios tienen en verdad una relación bastante estrecha. Muchas han sido las piezas recientes que versan sobre este tema. La más célebre, El susurro de Tatlin #5 (Tania Bruguera, 2008): dos policías montados a caballo dispersando a los espectadores que abarrotan la Sala de las Turbinas de la Tate Galery. También otras menos conocidas —con merecida justicia— como Preemptive Act (Gianni Motti, 2007), donde vemos a un miembro de Scotland Yard haciendo yoga. Como hoy hablamos de cargas policiales, tenemos que hacer mención a The Battle of Ogreave (Jeremy Deller, 2001), todo un referente en el llamado arte histórico-político-participativo. La etiqueta no es mía, por supuesto: hace referencia a aquellos performances que pretenden establecer una relación distinta con el pasado mediante la incorporación de los propios agentes del suceso histórico en calidad de artistas de su propia memoria; la idea surge de los debates sobre la memoria histórica que desde finales del siglo pasado han tenido entretenidos primero a historiadores profesionales (la Historikersteit sobre el nazismo) y luego a charlacanes de toda condición; la pregunta central, en ambos casos, viene a ser: ¿cómo aprender de las derrotas y los errores del pasado? Como comprenderán, Walter Benjamin preside la mesa. Y a modo de objeción todos tenemos en mente el 18 Brumario de Marx. Hasta aquí todo en orden.

Para el caso de The Battle of Orgreave, el artista británico conmemora el encontronazo entre 8.000 mineros en lucha y 5.000 policías antidisturbios que tuvo lugar en la localidad homónima de Yorkshire durante la huelga que mantuvo la minería contra el gobierno de Margaret Tatcher entre 1980 y 1984. Diecisiete años después, mineros y policías son llamados a filas para hacer las paces, volviendo a personificar, esta vez de forma teatral, los sucesos del momento.  El artista pretende suscitar la reconciliación mediante el intercambio de roles, de modo que el minero de la realidad sea el policía del recuerdo y la repetición, en conformidad con el principio moral de ponerse en el lugar del otro, según el cual el enemigo político es siempre —por definición— alguien que conoces demasiado poco. Los referentes de Deller están claros: la repetición conmemorativa de la toma del Palacio de Invierno (1920) se cuenta a la cabeza. Desde un punto de vista teórico, la ventaja del perfomance consiste en subvertir de forma inteligente la dicotomía maniquea entre el pueblo y la policía que tanto ha puesto Jacques Ranciere de moda entre nuestros intelectuales afrancesados, aunque el maniqueísmo ya estuviera presente (perdonen ustedes la siguiente pulla) en el imaginario colectivo de aquellos movimientos revolucionarios cuyo techo político radica en recibir hostias ante un parlamento de tercera regional, como si los poderes fácticos estuvieran en una escalinata de acceso con leones, como si los Aparatos Ideológicos del Estado —por utilizar la terminología althusseriana— estuvieran compuestos por otra cosa que mandaos enajenaos y asalariaos —por utilizar la terminología passoliniana, mucho más apropiada.

«Rather than celebrating the workers as an unproblematically heoric entity», declara Clair Bishop, «Deller juxtaposed them with the middle class in order to write a universal history of oppression», y desde aquí en adelante la intención del artista deviene bastante dudosa, pues cualquier intento de escribir una historia universal de la opresión que no atienda a las coordenadas clasistas del conflicto británico de los años 80 solo puede arrojar una imagen distorsionada del periodo, máxime si tenemos en cuenta que los mineros estaban en lo cierto, sean o no considerados unos héroes por ello: el desmantelamiento del sector energético público británico, incluido las extracciones de materias primas en las islas, ha redundado en detrimento de la economía del país (para una descripción de la situación actual, véase el artículo en la LRB de James Meek: “How We Happened to Sell Off Our Electricity”). Deller pretende cuestionar el relato de los hechos heredado; según los medios de información, fueron los mineros quienes empezaron la gresca, una mentira corroborada por la televisión mediante un sencillo truco de Melies: montar las imágenes a la inversa; sin embargo, el propio Deller no puede escapar de la propia lógica que denuncia, incurriendo él mismo en una suerte de estética de videoclip en el documental que registra y acompaña el día de la conmemoración, mezclando flashes del performance con extensas entrevistas a los protagonistas. El contenido de las imágenes no podía ser más desalentador, según la descripción de Claire Bishop, nuevamente:
Although Deller's event gathered people together to remember and replay a charged and disastrous event, it took place in circumstances more akin to a village fête, with a brass band, children running around, and local stalls selling plants and pies; there was even a interval between the two 'acts' when mid-1980 chart hits were played (as one critic noted, in this context "Two Tribes" and "I Want to Break Free" acquired an unexpected political urgency). As the film footage testifies, The Battle of Orgreave hovers uneasily between menacing violence and family entertainment.

III.


En Interné circula desde hace unos años un video de una chica de Almería que, todo drogada, declara ante la cámara de Callejeros: «Me lo estoy pasando bien, pero no tanto como parece». Quizá la telonera del Ogro de las Drogas ignorase entonces la trascendencia de sus palabras; por desgracia, no todos tenemos tres carreras y cuatro idiomas (me either) como para parar mientes en la sabiduría oculta contenida bajo este inofensivo informe personal de satisfacción contenida y moderada. Para que se hagan a la idea, estamos hablando del modelo de disfrute cultural auspiciado por 200 años de tradición museística en Occidente, ¿cómo se quedan?  Pues bien, el modelo expositivo tradicional consiste, para que nos entendamos, en elevar este informe personal de contenida satisfacción a la categoría de imperativo categórico. Hasta hace unas décadas el código de honor del espectador responsable consistía en pasarlo guay del paraguay, pero nunca en demasía. Hasta hace unas décadas el consumidor avispado de productos culturales no aplaudía —leñe— ante los cuadros colgados en las paredes. Y tampoco correteaba desbocado por los pasillos. A fin de cuentas, no estamos en una película de Jean-Luc Godard y ustedes, estimadas lisensiadas en Historia del Arte, no son ni de lejos Anna Karina. Luego llegaron los artistas relacionales, y todo pensábamos que podíamos desanudarnos la corbata. Tras varias décadas de vida disoluta, con tantas pretensiones de demoler el Museo y abrir las ruinas para disfrute de la plebs, las porras de Basilea nos vuelven a colocarnos en nuestro sitio, que nunca fue otro que el asiento del consumista distinguido y comedido. Bienvenido sea el orden y la ley. Porque el cliente siempre tiene la razón. Siempre y cuando pague primero su consumición.


Publicado originalmente en SalonKritik. 20 de junio de 2013.