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13 de agosto de 2013

¿III República 2015?

I

Las cosas mejoran, pero bastante poco; Cristobal Montoro parece un superhéroe con los brotes verdes en la mirada y los gallumbos por fuera; la gente del común ya habla del próximo gobierno de España. Este último, el que todavía padecemos, desde luego ha hecho de su capa (electoral) un sayo (antidisturbios) y hasta un sudario en cuanto a previsión de voto se refiere. Gajes del oficio, supongo, cuando uno actualiza a la jerga de los wannabes empresariales el lema del Espadón de Lieja: «La gobernanza es la resistencia», pensará don Mariano entre decretos, cordones policiales y pompas de jabón. ¿Recibe Ud. muchas críticas?, pregunta la Forbes a Luis de Guindos; como ministro de Economía, ¿Ud. sabe qué piensa la peña? La respuesta es antológica: «Los ministros nos aislamos bastante del contacto con la gente, por razones evidentes, incluso de seguridad. Yo intento mantener ese contacto a través de mis colaboradores que sí están [sic] en contacto con la realidad, como es el departamento de Comunicación.» A diferencia de Lehman Brothers, donde una oficina de finanzas ignoraba, según contaron en los tribunales, que el vecino de arriba estaba apostando contra sus propias inversiones, parece que en Hispañistán la mano derecha y la mano extremo-derecha del gobierno sí están bien coordinadas, ¡y tanto!: el puño de acero de los recortes recibe las caricias enguantadas que la mano invisible de la iniciativa público-privada administra a través de los periodistas cómplices hasta el mismísimo departamento de Comunicación. Por desgracia, esta diferencia respecto de LB no salvará a los populares del hundimiento mutuo, anunciado y correspondido.

Además de tragarse la basura que censuran para él sus subalternos, de Guindos también tiene la loi de familie, no se crean: «También mi mujer, aunque no la veo mucho [sic], me dice las cosas que pasan. Y sí, para un ministro es importantísimo tener a gente que diga la verdad.» ¡Habrase visto Donald Draper semejante! Primero la obsesión por la marca España, antepuesta como un eslogan sobre los intereses salariales de media España (ya saben qué mitad), y ahora la falta de contacto humano, han transformado para siempre a Luis de Guindos; y así lo retrata la prensa, como un tipo calvo con cara de perro: triste destino donde los haya para el único orador no-gangoso, no-tartaja y con idiomas del Gobierno de España, la Unidad de Todos. Luis, ¡tú antes molabas!

Como decimos, cuando no está distraída por el telefonino, la menu peuple cavila sobre las elecciones de 2015, que están a la vuelta de la esquina. Una vez pasado el miedo ante la posibilidad de un tecnócrata impuesto desde los poderes europeos (una auténtica locura, el deponer a Don Mariano: hubiera estallado el polvorín español; pregunten a los franceses, a ver si dan o no crédito), solo quedan los viejos temores y las nuevas escisiones de la derecha, cuya amorfa unidad centrista es una invención del aznarinato (véase los efímeros partidos liberales durante los años 80: en solitario y en democracia, los liberales no se comen un colín; por eso van todas las tardes a misa). Y quien la hizo ahora la deshace: el gobierno tiembla con el alunizaje de Aznar; el sans moustache desestabiliza la situación; las corbatas, los gemelos y las carteras de inversiones parecen girasoles a su paso. («Cada vez que vea a alguien caminando mientras se aprieta los gemelos es que está cambiando suavemente de opinión o acoplándola con cortesía», Manuel Jabois dixit.) Ante este desaguisado, hasta Jesucristo se encoge de hombros en la cruz. En Intereconomía huele a cura quemado en la plaza. Y no es culpa del mamporrero de izquierdas que suelen invitar para encender la pasión del respetable. La derechona se fragmenta, señores.

Y si el campeón de los abdominales parece haber esnifado algo por sus (ahora) imberbes fosas nasales, no será Napoleón Bonaparte la sustancia, como sugiere con astucia el pillastre de Juan Soto Ivars. A diferencia de Pepe Botella, José María no viene a domeñar nada ajeno, sino a hacerse el capitán del futuro bando perdedor (sí, he dicho perdedor). Viene, en todo caso, a drogarse con el conde de Romanones, heredero del Partido Liberal de Sagasta et tutti quanti, cabeza de cartel de la monarquía constitucional en las elecciones de 1931 —sí, las municipales de abril del treinta-y-uno donde realistas y liberales, guarecidos bajo el almirante Aznar-Cabañas (¡será por apellidos!), fueron arrasados en las capitales de provincia por la coalición republicana. Un columnista de El Mundo, Carlos Cuesta, expresa muy bien cómo, a dos años vista, el miedo puede cambiar de bando, siempre y cuando la Troika haga mal su trabajo, como hasta ahora, y el FMI no vuelva a errar de nuevo, eventualidad lógicamente improbable; las palabras de Cuesta:

A todos esos que consideran un bien supremo la lealtad al partido, permítanme, sin más, que les recuerde un detalle: si como ha anunciado el Gobierno de su partido llegamos a 2015 con un paro de casi el 26% –tres puntos más que con el PSOE– en medio de una órbita de permanente bombardeo mediático con la trama de corrupción Gürtel, resultará más que improbable ganar las próximas elecciones generales. Y si no se ganan esos comicios, pasará por España el mayor rodillo socialista-comunista-independentista que nadie haya conocido en toda la etapa democrática. Y dudo que en ese momento sirvan para mucho las lealtades de partido, mientras todo lo que conocemos salta por los aires.

And Pablo
took his gun.

Dicho y hecho. Pablo Iglesias, un gran orador con aspecto de Nazareno, según la certera descripción de Jiménez Losantos, organizó hace poco una tertulia para debatir sobre la posibilidad de extrapolar a nivel estatal la solución de compromiso andaluza entre IU y PSOE. Aupados por el derrumbe del bipartidismo, los comunistas de IU (aún se les puede llamar así) no parecen haber olvidado (¿para bien?) el pasado. Las heridas dejadas por Zapatero tardan en cicatrizar. La gente del PSOE, dividida por si llevaban chaqueta o iban más casual, parecían apostar —mirando hacia el futuro— por una ensalada de siglas que incluyera hasta Equo, PACMA y más allá, atracando los valores del pluralismo, el ecologismo y los derechos animales a su dique seco de ideas: una vez abandonado el espíritu obrerista, que los socialistas nunca llegaron a tener, poco más queda para un partido como el PSOE, laboratorio de pruebas de la tercera vía con González y baluarte del republicanismo manirroto, sotto voce zapateril, salvo las guerras culturales y morales contra los toros y la Iglesia. Que todos los intereses cuenten y todas las voces retumben, lo cual está muy bien, es el único programa sustantivo del PSOE, quien siempre prefiere mucho abarcar, para así apretar menos. Y sobre Euskadi, Cataluña, Galicia y hasta Murcia, mejor ni hablamos: salvo por las inocuas salidas de emergencia democrática («Que se haga la voluntad del pueblo», sentencian quienes pretenden resolver con vagancia electoral la ausencia de argumentos consistentes), según el imaginario 2015 de las izquierdas, el Reino de España sigue siendo uno y no 51. Sobre este punto, IU dice que nanai: sin una República Federal no vamos a ninguna parte. Y tienen razón, sin un Estado de derecho social, democrático y republicano no salimos de esta. Y no se equivoquen, ésta no es la prima de riesgo, que sube igual que baja. Las cuestiones macroeconómicas importantes se deciden en Bruselas, por mucho que nos empeñemos, nos escindamos o nos devaluemos con las antiguas (¿o quizá nuevas?) pesetas. Y si el objetivo consiste en aumentar las competencias del BCE, hacia una mayor unidad fiscal, por ejemplo, con impuestos más altos para todos los ricos de Europa, entonces quedan por resolver entre nosotros las cuestiones magras de la Historia de España: el modelo de sociedad, el modelo productivo, el modelo territorial, ¡la desamortización de la tierra! y cosas así.


II



14 veranos de gobierno felipista, con todos sus factores, despolitizaron, burocratizaron y europeizaron a la generación de extremo centro que nos gobierna ahora mismo por cuenta ajena, tolerantes en cuanto indiferentes, republicanos espirituales y monárquicos pragmáticos, pero muy dados a dejar las cosas como están: para la jefatura del Estado, entre reyes y presis, tanto monta que monta tanto; lo importante no es quién gobierna, sino cuánto. Los más jóvenes tenemos que saber, por el contrario, que República no solo significa tanto aguillotinar a Felipe VI (que también) cuanto llevar la democracia igualitaria meritocrática a sus últimas consecuencias: la elección de todos los cargos representativos en calidad de fideicomisos del soberano. Las cosas se complican, no obstante, cuando entramos en materia judicial, por ejemplo, cuyo poder reclaman los ciudadanos que sea independiente, y cuya independencia ha supuesto, en Estados Unidos, la imposición de cierta racionalidad (ya sea progresista o moderada) sobre los derechos de la población (en ocasiones). ¿De verdad quieren subordinar (aún más) la elección de cargos del Tribunal Supremo a las elecciones plebiscitarias y su pendiente inclinada hacia la partitocracia, el clientelismo, la demagogia? La democracia propiamente entendida solo puede entrar en conflicto con la separación de poderes, la expertocracia, las instituciones independientes: en suma, todo cargo público debe mediarse con los votos. Las urnas actuales, sin embargo, están llenas de papeletas a la contra: la pasada victoria aplastante del PP resulta incomprensible sin esta tendencia del español a empeñar su papeleta con el propósito de la venganza, no creyendo en nada que no sea el castigo de la culpa, la expiación de los delitos, la condena del gobernante.

Ante este panorama, queda mucho por andar, pero una futurible victoria de las izquierdas, ya sea en 2015 o mañana mismo, la situación enfrentada ahora no resulta distinta de la coyuntura habida en 1931, cuando la victoria de los republicanos; si la hipotética coalición PSOE-IU llegara a algo más que agua de borrajas o aún gobierno provisional de purgación, elegidos porque la gente está hasta el IVA de la falta de puestos de trabajo, tras la Segunda Restauración Borbónica (1975 - ¿2015?), entonces la hoja de ruta de ayer bien vale hoy, como la expone Antoni Domènech, por ejemplo: en primer lugar, «si se quiere gobernar limpia y parlamentariamente conforme al propio ideario a corto plazo, sin trucos de "vieja política" monárquico constitucional, no se puede pedir prestada esa base [popular y electoral] con métodos demagógicos, que sólo podrían sostenerse en el caciquismo y la ignorancia de las gentes»; y en segundo lugar, «si se quiere gobernar limpia y parlamentariamente a medio y largo plazo, no hay más remedio que considerar como provisional la base popular que se toma prestada, y emprender entre tanto una enérgica política de reformas estructurales de la vida social y económica española que reorganice por completo la sociedad civil, a fin de crear una base social amplia que pueda nutrirse un partido republicano y democrático, que estabilice a la República.»

Traducido en términos económicos, este proyecto implicaba entonces la reforma agraria y ahora, sin duda, una reforma crediticia, cuya iniciativa no tendrá lugar en Madrid, sino en Bruselas, o no tendrá lugar de ningún modo. Mientras tanto, queda por revisar las constitución política de los mercados españoles, y cómo no, el clientelismo que bajo la forma de puerta giratoria entre la política y los negocios tiene atenazada, en favor de los intereses corporativos granempresariales, a una nación de pymes ineficientes (pura economía de escala, caballeros) pero que dan mucho trabajo. Y aquí es donde la cosa se pone complicada, porque acabar con la monarquía también supone, en este punto, terminar con la máquina burocrática monárquica heredada. Poca broma, por cierto, pues incluye a nuestros intocables sindicatos, la Iglesia de los zurdos de este país, financiada por el bolsillo del contribuyente. Liberar el sindicalismo de la correa estatal resulta crucial, sin embargo, para permitir nuevas formas de organización y autodefensa de los productores y de los endeudados, como un paso previo para la politización de izquierdas del autónomo y del emprendedor wannabe, quienes constituyen hoy día el grueso del electorado pepero estafado por un gobierno que les sube sin piedad el IRPF. Favorecer las cooperativas de trabajadores y las asociaciones vecinales, en detrimento del funcionariado que administra nuestros derechos, hoy hasta suena de derechas, máxime si tocas los privilegios locales y ello implica despidos, cuando en verdad la ideología neoburguesa actual reclama que el Estado subvencione los deseos del personal a título de derechos (palabra inflada donde las haya); pero en verdad mi modesta (y no matizada) propuesta solo quiere actualizar la Crítica del Programa de Gotha; contra los lassallistas que aspiraban estatalizar las instituciones de la clase obrera, escribía Marx:

En lo que hace a las sociedades cooperativas actualmente existentes, éstas tienen valor sólo en la medida en que sean independientes, no criaturas obreras amparadas o por los gobiernos o por los burgueses.

De esto se trata. Pero es igual mi referencia dogmática a Marx, porque los zurdos con posibilidades de gobierno en España tienen dogmas mayores que los clásicos, entre los cuales se cuenta, amén del históricamente comprensible anticlericalismo, el amor hacia el Estado. Poco se puede esperar, salvo una subvención para el 15M, a modo de conmemoración monumental, de la triunfante, hipotética y renovada izquierda de 2015. Fácil será, con esta estrategia política a medio plazo, que los conservadores nos roben de nuevo las lealtades liberales con una súbita bajada de impuestos: la III República se difumina en el horizonte como el humanismo de Foucault porque los partidos que la desean son incapaces de representar a las clases medias que prefieren empaquetar las maletas y dejar España a su suerte. Si las previsiones actuales se confirman, y 2015 nos encuentra con esta tasa de paro, estate seguro que la hipotética coalición de izquierdas, con estos planteamientos, será eclipsada por un gobierno de concentración nacional. Muy favorable tiene que resultar, para evitar tal cosa, las elecciones a IU. Pero todavía queda mucho tiempo, muchas manifas y muchos deshaucios para que sepamos el resultado. Por el momento solo cabe decir que, dada la tendencia hacia la desafección sociopolítica, sobrevalorada por los senadores a los cuales nadie nunca ha votado, desestimada por los perroflautas que están en la calle, luchando optimistas por nosotros, el grueso de la población española necesita muchos gobiernos de 14 años, mucho tejido contrainstitucional socialdemócrata y muchos campos de reeducación (es una broma) para jubilar de una vez por todas el «Cada uno en su casa y Dios en la de todos» que tan presente se encuentra en los movimientos sociales multicolores que aparecen en cuanto los gobiernos conservadores de la Península deciden planchar el bolsillo del contribuyente y cortar —a la vez— el grifo de los servicios públicos que tanto necesitan nuestras hipotecadas clases medias, entidad fantasmal donde las haya, intentando deshacerse de la casita en la playa. En conclusión, algo más que NIMBY, me temo, vamos a necesitar para la Tercera.



Publicado originalmente en Culturamas. 30 de julio de 2013.

1 de julio de 2013

Ellos Ganaron (En Teoría)

¿Cómo traducir a la praxis
el aparente consenso 
en materia fiscal?
John Maynard Keynes
en Bretton Woods.
Entre los motivos que respaldan la indolencia de los intelectuales descuella la constatada desconexión entre la teoría y la praxis en materia económica. Invirtiendo los términos del dictum gramsciano, se ha producido una confrontación histórica, durante los últimos sesenta años, entre el pesimismo de la voluntad y el optimismo de la razón, entre los economistas serios y audaces que advierten posibilidades insospechadas donde los políticos solo contemplan intereses ajenos, y los economistas acomodados a los ciclos electoralistas, quienes parecen en verdad ser unos mandaos, tal vez solo recibiendo y ejecutando órdenes, dado su natural servilismo. Y es que, en efecto, también existen posiciones ideológicas en las disputas científicas. Y la probidad intelectual —mira tú por donde— suele sentarse en el lado opuesto a Don Dinero, venga de donde venga, frente a la butaca del poderoso caballero. Es un decir, vaya. Hablamos de la reiterada victoria intelectual de los lumbreras en menesteres de la macroeconomía, sentados casi siempre a la izquierda del espectro ideológico y en el centro exacto del espectro científico, acompañados por la adecuación empírica, la fertilidad predictiva y la prudencia metodológica. Ellos ganaron —en teoría— muchas batallas. Sería el momento de llevarlos a la práctica. Cuanto antes, mejor.

En 1944 John Maynard Keynes resulta derrotado en Breton Woods, sentando un precedente de economista de izquierdas inteligente («Sería difícil exagerar el efecto electrizante» de sus propuestas, dijo Lionel Robbins, «nunca se había discutido nada tan imaginativo y tan ambicioso») pero también incómodo para los intereses políticos del momento («Hemos sido perfectamente inamovibles en ese punto. Hemos asumido una posición de no rotundo», confesaba Harry Dexter White). Algunos consideran su propuesta más interesante de entonces como una salida endógena del capitalismo, una transición natural hacia el socialismo, en consonancia con el espíritu antifascista de la victoria aliada: la creación de una Unión Monetaria Internacional (UMI) y de una divisa mundial (el bancor). Las instituciones bancarias asociadas a la UMI tendrían la responsabilidad de reciclar los excedentes capitalistas de forma consciente, favoreciendo los trasvases de capital desde las regiones con excedentes hasta las regiones deficitarias, liberando de este modo las tensiones causadas por los desequilibrios comerciales entre naciones. En la teoría, este mecanismo político de reciclaje permitiría una mayor estabilidad de precios y una mejor coordinación en el comercio internacional, permitiendo la aplicación de políticas contra-cíclicas mundiales cuando fueran necesarias. Nunca sabremos, por desgracia, como sería en la práctica.

Tras la caída en descrédito de Lord Keynes, las cosas fueron de mal en peor, hasta nuestros días. Como ha subrayado en alguna ocasión Alejandro Nadal, resulta frustrante para quienes seguimos pensando que solo la verdad es revolucionaria que la revolución conservadora tuviera lugar en paralelo a la memorable derrota de los economistas neoclásicos en la polémica Cambridge-Cambridge, donde auténticos operaistas como Piero Sraffa, inspirador en el exilio de las luchas sindicales italianas por la subida del salario real, o Joan Robinson salieron por la puerta grande de la teoría del crecimiento, mientras el vencido Robert Solow entraba en política económica por la puerta trasera del Consejo de Asesores Económicos (1961-62) para más tarde trepar hasta la Comisión del Presidente de los EEUU sobre Mantenimiento de los Ingresos (1968-70), sentando las bases del desnorte teórico que orienta, comanda y dirige la incompetencia macroeconómica que vivimos desde 1971 (quiebra de Bretton Woods) hasta esta parte. Y es que, como dijera Walter Benjamin, «ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer». ¿Me lo dices o me lo cuentas?, querido Solow.
Joan Robinson,
maîtresse à penser.
Una muestra de la divergencia existente entre una teoría adecuada a los hechos y una práctica basada en intenciones se encuentra en los lamentables fracasos predictivos del FMI. Olivier Blanchard, economista en jefe del Fondo, viene confesando desde Octubre de 2012 la metida de pata de sus colegas, quienes minusvaloraron la influencia de los multiplicadores fiscales sobre la actividad económica a corto plazo, pronosticando que cada punto de consolidación presupuestaria (subida de impuestos o reducción de gastos) equivale a una caída del PIB del 0.5%, cuando la realidad del atropello austericida en los países deprimidos resulta bastante más dramática, estúpida y, como dicen en el Norte, self-defeating. Dado el caso, por cada euro que deja de gastar la Mariano Administration del Partido Popular, todos juntos nos hundimos un euro y cincuenta céntimos. Y las cuentas no salen, claro. En Grecia, un ajuste del 15% sobre las finanzas del Estado (2010-2012) se ha traducido en un 17% menos de gasto total, tres veces la cifra coreada, vaticinada y celebrada tres años atrás por la Troika. ¿La moraleja del asunto? Sacrificio colectivo y apretarse el cinturón siguen siendo los mantras preferidos por los economistas que vienen a decirnos que las cuentas estatales funcionan como la contabilidad de un pater familias. Dicen que los gastos y los ingresos están, en el mejor de los casos, desconectados entre sí. Dicen que, en el peor escenario, están relacionados de forma inversamente proporcional. La culpa la tiene la subida de impuestos. Dicen, perjuran y se santiguan.

Más juegos de cifras. Sobre este último apartado, el punto de los impuestos, mucho se ha escrito sobre Arthur Laffer. Según su dichosa curva, la relación entre los ingresos fiscales y los tipos impositivos constituye una función continua, pero no lineal. En Román Paladino, hay un punto máximo de saturación, entre unos impuestos del 0% y del 100%, a partir del cual la recaudación no aumenta sino que disminuye, porque aniquila las bases imponibles. Como sucede con todos los intentos de matematizar la conducta humana mediante un conjunto finito de axiomas, la cuestión intrincada del asunto consiste en determinar cuales son los incentivos de los agentes económicos, en este caso, para estafar a Hacienda o para dejar de invertir. Pensaba añadir a la lista dejar de trabajar, pero vista la situación del patio, la idea del desempleo voluntario incentivado por los impuestos excesivos parece —como poco— irrelevante y utópica. De hecho, no podemos establecer uniformidad alguna sobre los motivos que empujan a los individuos en busca de aventuras tales como hacer una factura de fontanería sin el IVA o mandar a paraísos fiscales los dividendos del Banco Santander; el pago riguroso de los impuestos también atiende a razones que la razón ignora, desde el patriotismo financiero (cosa poco vista) hasta el miedo ante posibles inspecciones, pasando por la mera inercia; y en este punto el principio de caridad interpretativa también vale para los ricachones que evaden del Reino de España miles de millones anuales; también habrá —digo yo— algún banquero con propósitos filantrópicos como Bono (la banda U2 declara sus royalties en Holanda desde 2006 para evitar a los inspectores irlandeses y a sus ‘excesivos’ impuestos[i]); o en su defecto, todos tenemos familia paterna en Andorra.

Ahora en serio, la curva de Laffer fue utilizada por Ronald Reagan para justificar la reducción de impuestos que llevaba incluida en su programa electoral de 1980. Ahora y entonces, los neocon y los neolib tienden a asumir que todos los gobiernos se encuentran en el lado derecho de la curva, más allá del momentum optimum en términos recaudatorios, y que hay que bajar la carga impositiva, por tanto. ¿Argumentos liberales en defensa del fisco? No se equivoquen: el objetivo del silogismo neoliberal no consiste, no, en alcanzar el summum de los embolsos fiscales estatales. Todo lo contrario, las premisas del argumento sostienen que resulta indecente establecer impuestos del 60%, por ejemplo, cuando Hacienda podría recolectar idénticas cantidades con porcentajes del 20% y mayores cantidades con porcentajes del 40%. ¿La conclusión? Bajemos hasta el 20%. En esto consiste el laissez faire, laissez passer. Regular siempre en favor del statu quo y poner velas a la Inmaculada Iniciativa Privada. Y por desgracia, esta posición también constituye mayoría entre la opinión pública española, saqueados como estamos por los sablazos del IVA y del IRPF, fascinados como andamos con los emprendizajes y las exportaciones, así como extasiados por los brotes verdes del último mayo, esperando la siguiente tormenta tras la calma chicha de estos días, mientras Cristobal Montoro declara que la recaudación del año pasado solo cubre el 36.4% del PIB, mientras nos comunican por el pinganillo la presión fiscal media de la Zona Euro anduvo por el 46.2%, mientras nuestros gastos estatales totales rondaban el 47%, ¿cómo se quedan?

Y mientras tanto, entre las distintas escuelas de economistas, a diferencia de tiempos más convulsos, reina la concordia en este mundo. Liberales austriacos y presuntos keynesianos se dan la mano, por el momento. A la derecha del espectro ideológico, Juan Ramón Rallo, cabecilla del Instituto Juan de Mariana, reconoce que «los escépticos con Laffer sí tienen algo de razón cuando afirman que quienes apelan al economista estadounidense como argumento de autoridad para bajar impuestos asumen que las economías siempre se encuentran a la derecha de la curva, esto es, que siempre nos hallamos en una situación donde una minoración de la carga impositiva aumenta la recaudación» cuando en verdad «nadie debería descartar la posibilidad de que hoy España no esté a la derecha de la curva, sino a la izquierda, a saber, que el gobierno todavía pueda incrementar algo más la recaudación si sigue apretándole las tuercas al sector privado». Y por el lado izquierdo, idénticas premisas y distintas conclusiones, tenemos a Vincenç Navarro, cuya obligación consiste en recordar que nuestro fraude fiscal alcanza los 90.000 millones, y que los súbditos del Reino podríamos contemplar como nuestro Estado se embolsa 200.000 millones por encima de nuestros gastos actuales, con solo tener la misma carga total que Suecia, nosotros que vivimos por encima de nuestras posibilidades. Claro que para esto último se necesita voluntad política, eutanasia del rentista y cumplimiento de la ley, tres virtudes que brillan por su ausencia entre la casta política que nos gobierna.
Hayek vs. Keynes.
Ya será para menos.




[i] Sobre la evasión de impuestos del grupo musical irlandés, así como sobre las amistades peligrosas de Bono con Jeffrey Sachs, economista del shock donde los haya, o con George W. Bush, se recomienda la lectura de la polémica biografía/denuncia recién escrita por Harry Browne: The Frontman. Bono (In the Name of Power), Verso, Londres, 2013.

Publicado originalmente en Sin Permiso. 23 de Junio de 2013.