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5 de noviembre de 2014

Invitados #9: Bruno Galindo, Sopas para Tesla.

España Sin (Un) Franco es un congreso territorial. El título, salta a la vista, encierra dos períodos: franquismo y crisis. El fin de la dictadura más longeva de Occidente y el subsiguiente arranque de la Transición marcan el año cero. De ahí que la edad de los participantes sea clave: los 16 conferenciantes —14 hombres y sólo dos mujeres— son tan jóvenes como la joven España. Vienen historiadores, politólogos, expertos en derecho constitucional, filósofos y —según nomenclatura de Ernesto Castro, coorganizador junto a Javier Fuentes Feo y Antonio Hidalgo Pérez, gestores del Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo, el Cendeac de Murcia— trolls ilustrados. “Estamos haciendo este congreso para que los prejuicios se reafirmen —y entonces vayamos al duelo de pistolas— o se disuelvan”, bromea el primero de ellos. El programa se divide en cinco partes: Europa, Constitución, Estado, Comunidades Autónomas y Ciudad. Hay tres días para abarcarlo todo.

Día 1. Europa: choque de trenes
La gran esperanza liberal aboga por el desmantelamiento del Estado del bienestar. El otro ponente de la tarde escora al lado contrario. Se visibilizan dos polos antropológicamente antagónicos. Se prefigura un ellos y un nosotros. Pero ambos ponentes ponen un enemigo en común: la casta. Todo termina en una cordial cena.

Juan Ramón Rallo1984, doctor en Economía por la Juan Carlos I de Madrid y licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia, plantea el modelo social europeo como tara. El también director del Instituto Juan de Mariana pone como ejemplo Estados Unidos, tanto por sus políticas expansivas (a tope con el fracking) como porque allí el gasto público apenas roza el 33% del PIB (frente al 50% de Europa). Dice el autor de Una revolución liberal para España (Deusto, 2014) que Australia, Suiza o Singapur —donde no hay salario mínimo ni convenio colectivo, donde los más pobres, dice, ganan 3.000 euros— son aun mejores ejemplos de baja presión fiscal. En España, en cambio, el ciudadano sólo puede gestionar la mitad de su renta per cápita. Porque aquí casi 10.000 de los 15.500 euros de salario corriente se nos van en impuestos directos, indirectos o en Seguridad Social. El orador pronuncia con visible desagrado las expresiones obra pública y política social; detesta la palabra Estado. ¿Por qué Europa es un Estado tan gigantesco? ¡Excusa o pretexto para subir los impuestos a las clases medias! Los de Podemos (y otros) dicen: tenemos que parecernos más a Europa; que tributen más los ricos. Pero ojo: no puedes recaudar todo lo necesario para alcanzar un 50% del PIB sólo a través de las rentas altas. Habría que duplicar los impuestos al consumo. Subir aún más los impuestos a las clases medias y bajas. ¿Os gustan las socialdemocracias nórdicas? Pues así lo hacen ellas.
Las opciones son dos: o vamos hacia el opresivo régimen fiscal o progresivamente desmontamos el estado del bienestar, que, como dice Piketty en El capital del siglo XXI, sólo es bienestar del Estado. ¿Te gusta que Ana Mato gestione tu sanidad? ¿Que Wert gestione tu cultura? Porque al final el Estado del bienestar es eso: el burócrata que manda. El demandante vendido al oferente. Yo quiero pagar la sanidad que yo quiera, pero es que además tengo que pagar la pública. ¿La educación? También dos veces. Las pensiones públicas —un esquema piramidal y fraudulento—, lo mismo. Sé lo que estáis pensando: hay desprotegidos, pobres, minusválidos. Eso, con un 4% del PIB, se cubre de sobra. ¡Distribución estatal de la renta sólo para esos casos! El Estado está al servicio de las burocracias y de quienes lo han creado. De la casta. Que no nos obliguen a estar en el corral a quienes no queremos estar en él. Acabemos con el Estado del bienestar y vayamos a una sociedad del bienestar.
Gracias.
Aplauso.
—Utópico —valora un espectador.
        —Inapelable —dice otro.
        —Manipulador —opina un tercero.
        —Típico austríaco —concluye otro.

Isidro López1974, sociólogo, viene a hablar de Historia y política. Para él Europa es la construcción del poder neoliberal, no un infierno socialista. El miembro del Observatorio Metropolitano arranca identificando los dos polos del neoliberalismo: el utópico (el mercado como intercambio puro, sin poder ni sociedad; ahí, dice, vive el anterior ponente) y el pragmático (que tiene claro que hay una lucha por intereses colectivos: es el mercado a la conquista de las estructuras estatales). Éste —dice el coautor de Fin de ciclo: financiarización, territorio y sociedad de propietarios en la onda larga del capitalismo hispano (Traficantes de Sueños, 2010)— es el peor. A éste se dirigirá su ponencia. Quiere empezar revisando el nacimiento de la Unión Europea, y recordar que la UE actual es un producto de la crisis del capitalismo. Un dispositivo keynesiano-fordista en el que unos (funcionalistas) se propusieron la creación de espacios económicos, y otros (federalistas), la demarcación de objetivos políticos. Todo funcionó hasta la crisis de los ’70, que, más allá del aumento del precio del petróleo, planteó una crisis de gobernabilidad. Por un lado, el arreglo social empezó a darle problemas al modelo capitalista. Por otro, surgió una grave crisis de rentabilidad, marcada por el exceso de producción, la inflación, el desempleo… Asoman la Francia del ’68, la Inglaterra de Thatcher y los mineros, movimientos obreros salvajes en la España de la Transición. El caso es que la UE busca cesiones de soberanía en términos de Estado-nación para poder controlar sus turbulencias. Lo cual se va a visibilizar en una reestructuración: la primacía de las finanzas, la capacidad de negociación del trabajo, el ataque a las capacidades del Estado y una reorganización espacial según la cual distintos territorios del continente se van a dedicar a distintas funciones (en el centro, las fases de diseño; en el sur, los polos de construcción). En Maastricht-1992 cuajará el proyecto neoliberal que dejará como líderes al Reino Unido y Alemania. En España, la última esperanza de la clase media será la entrada en el euro.
Pero, ¿qué ha pasado en Europa —ese espacio sin política, esa mera configuración paraestatal— desde 2009? Pues que la esfera europea se ha politizado. Hay un vector de cambio: Europa nos manda. Y dos hitos. Uno es Grecia: primera batalla entre acreedores y deudores en el marco del default. Syriza. La forzosa redistribución. El planteamiento del impago. El otro hito es España. Nosotros somos la mayor contestación política a la que tiene que hacer frente la UE. Sobre todo el Banco Central Europeo. El rescate ha sido imposible porque no había dinero; lo que se hizo fue un rescate escalonado. La crisis de las cajas. Bankia. La total anulación del gobierno nacional ante la incapacidad de los políticos. La casta. La crisis que estamos viviendo ahora no es más que la crisis de los ’70 prolongada.
Gracias.
Aplauso.
        —Más humano —comenta un espectador.
        —También utópico —apunta otro.
        —Demócrata —interviene un tercero.
        —Paleomarxista —sentencia otro.
El debate promete. El centro social contra el instituto de empresa. Lo colaborativo contra lo elitista. Agua y aceite. Rallo insiste: “Un ingeniero del MIT es más pobre que una anciana que recibe una pensión”. “¿Cuánto tiempo mantendría su valor financiero Apple si se lo dieran a un burócrata?” López apunta: “El precio de la vivienda se comporta como un activo financiero”. “Estamos unidos.” Las posiciones se confrontan en diálogos como éste:
—Talento es alguien en un garaje creando Facebook.
—Pero Facebook es un largo proceso de trabajo social y cooperativo; una sola persona le da un certificado monopolístico, pero ha sido generado por vínculos sociales.
—Cualquiera podía haber creado Facebook, pero fue Zuckerberg. Las cosas no se crean solas, por choque exógeno. Si el mundo fuera como proponéis nos quedaríamos sin Facebook, sin Google, sin iPads o sin medicina personalizada.
—Me temo que lo que vosotros proponéis no tiene legitimidad democrática. Y eso va a llevar a un conflicto.
Alguien entre el público menciona al inventor Nikola Tesla, pionero de la ingeniería y genial promotor de la electricidad comercial. Aquél fue un genio per se, dice. En ningún caso se puede decir que fuera un producto social.
—Yo no conozco el caso de Tesla —argumenta López—, pero estoy seguro de que su mujer le llevaba la sopita para que él hiciera los cálculos.
        —La sopita tiene valor si se la llevan a Tesla —replica Rallo.
—Sin esa mujer no hubiera habido descubrimiento de ningún tipo. Forma parte de ese proceso social.
—Pero si me la llevan a mí no voy a ser Tesla. El valor de llevar sopitas depende del valor que genera Tesla. Si tú llevas sopas aleatoriamente no tendrás Teslas. Llevar sopas no genera Teslas.
Acaba la primera jornada en una cena de confraternización. Todos los ponentes, y también algún miembro del público que se ha unido por su cuenta, se relajan en un restaurante del centro. Zapping de conversaciones: “el pulpo es más inteligente que el cerdo”, “¿sabías que trigo se dice igual en Armenia y en Euskadi?”, “si Franco resucitara la gente le votaría”. Unos hablan. Otros escuchan. En esas mesas largas siempre hay gente con la que no hablas y de la que nunca sabrás.
[Sigue leyendo en El EstadoMental.]

[Bruno Galindo es escritor y periodista. Sus últimos libros son Diarios de Corea (Debate, 2007), Omega (Finalista Premio UFI 2011) y El público (Lengua de Trapo, 2012). Es redactor del Estado Mental y coordinador de su radio.]

8 de octubre de 2014

Autopista a Murcia y al Infierno. Políticas del Moderneo Estético.

      Según Karlheinz Stockhausen, el compositor experimental alemán, el 11S fue una Gesamtkunstwerk wagneriana: una obra de arte total. Jean Baudrillard interpreta esta declaración en el primer capítulo de Power Inferno. Según Manuel Borja-Villel, el actual director del Museo Reina Sofía, la @acampadasol fue la mejor exposición de arte contemporáneo de 2011. Miguel Ángel Hernández Navarro interpreta esta declaración en su capítulo de El arte de la indignación. El interés de los filósofos por el carácter estético de la política se remonta —como poco— a Immanuel Kant hablando de la guillotina jacobina, que en las cercanías de París resultaba aterradora y en la distancia de Königsberg (actualmente Kaliningrado, propiedad de Vladimir Putin) entusiasmaba y era sublime. Con la extensión del sufragio universal, la ideologización de los medios de comunicación y el fenómeno de la campaña electoral perpetua, cuando política y estética se confunden, el interés deviene en obsesión. Después de doctorarse en ciencias políticas, Pablo Iglesias no se matriculó en un master de coaching & management & networking, si es que existe semejante aberración curricular, sino en uno de teoría crítica donde la gente tiene cierta idea de Giorgio Agamben y el homo sacer, Walter Benjamín y la crítica de la estética fascista, Jacques Rancière y el reparto de lo sensible, por señalar tres ideas fijas del campo, que quizá no valgan mucho como filosofía práctica, en el sentido estricto del término, pero sí desde luego más que mil talleres de community managing dadaísta.
      La mayor parte de estos autores ha llegado a la mesa de novedades con la pegatina de “La Central recomana” gracias y a través de la región de Murcia, que durante la revolución cantonal “gloriosa” de 1868 pidió el ingreso en los Estados Unidos, calificada por el New York Times como la nueva capital cultural española en 2010 gracias a festivales como el SOS 4.8, museos como La Conservera o centros como el Cendeac, por donde ha pasado gente como Slavoj Zizek, Michel Houellebecq, Gianni Vattimo, Gilles Lipovetsky, André Glucksmann, Michel Onfray, Ernesto Laclau, Chantal Mouffe o  Simon Critchley, invitados por el antiguo consejero de cultura, Pedro Alberto Cruz, que entra dentro de la extraña categoría de los militantes del Partido Popular que suscriben las ideas de un maoista como Alain Badiou y de un licencioso como Gilles Deleuze. Las contradicciones no terminan aquí: la renta de Murcia fue una de las que menos aumentó durante el boom y una de las que más descendió durante el crash. Igual que la de Valencia y la de Alicante. Serán cosas del Levante.
 En términos culturales, sin embargo, esta provincia ha iniciado su segunda transición. Haciendo de la necesidad virtud, del presupuesto inteligencia, el Cendeac apuesta con D.Nuevo Ensayo por los jóvenes ensayistas nacionales, uno de los principales puntos ciegos de un campo como los estudios culturales, dominado hasta tal punto por la inteligentsia globetrotter que todo el mundo prefiere discutir (en sus sueños) con un abuelo cebolleta como Fredric Jameson antes que leer en diagonal los textos de un chaval de mi edad como Eudald Espluga, aunque el segundo esté más dispuesto a entablar discusión que el primero. En la última edición del SOS 4.8, Iván López Munuera presentó su proyecto de reflexión sobre la revuelta cultural plebeya, una idea que ha tenido diversos nombres durante estos últimos años (fan riots, pop-politics, etcétera) y cuyo principal cómplice intelectual a nivel global es Greil Marcus, el primero en trazar el rastro de carmín que lleva desde Tritan Tzara hasta Stewart Home pasando por el punk, una memoria histórica que Servando Rocha —en un nivel local, con menos medios— sigue rescatando desde su editorial La Felguera.
 Próximos a esta memoria histórica alternativa, solo que destacando los elementos estructurales que subyacen a la dinámica de primero ignorar, después rechazar y finalmente mercantilizar la cultura plebeya, tan característica de la tensión que mantiene el mainstream con sus márgenes, los antiguos miembros de Ladinamo, una asociación madrileña histórica, han ganado últimamente una relevancia mediática importante (ya en compañía, ya en solitario) como los inquisidores del hipster que son, señalando como hizo Victor Lenore el desprecio de la Rockdelux por la música pokera, o refutando como hizo Cesar Rendueles la lectura del 15M en clave tecnológica, o recuperando a Kortatu frente a La Movida como emblema ochentero vintage, como hicieron Isidro López y Roberto Herreros. El problema de este enfoque consiste en tomarse demasiado en serio la existencia del enemigo demoníaco a excomulgar, como si la CT no fuera un conejo sacado de la chistera de Guillem Martínez, una proyección determinista retrospectiva que confunde intencionadamente el directo de Alaska en La edad del oro (1984) y su momia en Alaska y Mario (2014); como si la sociofobia no fuera una fantasía benthamita abandonada a partir de la unión de los librecambistas y los conservadores en la esquizoderecha que proclama defender a la familia y el mercado, cuando en realidad defiende a la Iglesia y el Estado; o como si los hipsters no fueran cuatro mataos sin voz ni voto en la cultura oficial española, que por suerte (o por desgracia) sigue siendo cosa de sangre, arena y cuernos. 


[Publicado originalmente en Eldiario.es. 8 de octubre de 2014.]

12 de mayo de 2014

Karl Polanyi. Ultraje y descargo.

[Varios años haciendo del vicio criticar una excusa, un salvoconducto indispensable para recibir gratis las novedades editoriales y expresar mi opinión sobre ellas, me han enseñado la inutilidad de reseñar a los clásicos —reseñarlos para bien con otro fin que no sea el de obtener una atención vicaria de la que se presupone a sus ilustrísimas majestades, los muertos. Elogiar las virtudes de un cadáver, ya sea el día de su entierro o cuando vuelvan a publicar sus obras completas, solo puede tener una función honesta, como los discursitos pronunciados a tumba abierta: ejemplar para los vivos, que son los que pueden oírlos. Que luego presten atención es otra cosa. Tomando estas premisas, asumiendo que los ejemplos negativos tienen un valor añadido, en tanto que solemos coincidir en nuestros disgustos más que en otra cosa, quisiera compartir por qué el primer artículo de la (por otro lado tremendamente recomendable) antología de textos de Karl Polanyi —publicada esta misma semana por Capitán Swing con el título Los límites del mercado— me produce mis más profundas arcadas. Hago esto por varias razones: Polanyi es un intocable —en el mejor sentido de la palabra para la izquierda y en el peor para la derecha— gracias sobre todo a La gran transformación, su libro sobre la ilusión del libre mercado decimonónico, pero la excelencia intelectual no es una propiedad conmutable a través de la firma, y algunas de sus piezas menores —como este caso— son un ladrillo, así que permítanme concentrar mi atención en lo malo, que terminaría inevitablemente difuminado en una valoración general del libro, aunque solo sea por realizar una contribución —seguramente parcial, pero espero que válida— a la destrucción de toda canonjía y a la discusión sin cuartel de un grande como Polanyi. Como decía —aproximadamente— Hegel, nadie es grande para la señora de la limpieza que tiene noticia de sus calzoncillos. A falta de ella, aquí estamos nosotros. Y nada más, que la excusa va camino de ser más larga que lo excusado.]
El primer texto de esta antología de Karl Polanyi, “Nuevas consideraciones sobre nuestra teoría y nuestra práctica” (1925), cabría leerlo como documento y arqueología de la obsesión alemana por lo orgánico, según la cual son siempre mejores las teorías que analizan la realidad desde una perspectiva interna a la totalidad, tanto monta que esta sea la totalidad de las naranjas de Valencia o la de imbéciles con una beca para la formación del profesorado universitario, porque con este enfoque son todo ventajas: para empezar convierte la vagancia intelectual en construcción esquemática de relaciones dialécticas, so capa de perder en claridad, precisión y honestidad lo que uno obtiene en verdades del Perogrullo (v.gr.: “el todo no es igual a la suma de las partes”); desde el punto de vista —insisto— de nuestra oposición a la elevación de semejantes alemandas a la condición de filosofía del rechupete, “Nuevas consideraciones” es un palm face como una casa. El típico artículo militante cuyas premisas presumen —en una petición de principio de manual— las bondades (¿visionarias?) del socialismo mediante una distinción entre dos formas de “aprehender” el capitalismo: (i) el análisis cuantitativo propio de la estadística, que Isidro López traduce como visión exterior; (ii) la experiencia de los agentes económicos organizados, llamados la visión interna del conjunto. Es aquí, cuando entran en escena los visionarios colectivos desde dentro de la ballena, cuando arranca la barra libre de wishful thinking orgánico que por un lado necesita teorizar —como en el cuento de Julio Cortázar— hasta para subir una escalera («Por desgracia, nos falta todavía una teoría de la organización que permita mostrar con facilidad que la capacidad de una organización para producir una visión de conjunto está limitada, en primer lugar, por los propios principios de la organización») y por otro lado aprovecha la falta de teoría para difundir una propaganda sindicalista, hasta arriba de cursivas para los amigos del lema fino, donde figura una idea de ponderar medios y fines de acción «sin que nos demos cuenta», que salvo que se refiera a las ocurrencias peregrinas y en tiempo record —¡la víspera!— de alguna cúpula sindical, nos lleva a pensar que Karl Polanyi no ha pisado un sindicato en su vida:


«Consideremos un sindicato organizado democráticamente en la víspera de un conflicto decisivo con el sindicato patronal [...] En el caso que nos interesa, antes de declararnos “preparados para el combate”, hay que reconocer, calibrar y evaluar todas las tentativas recíprocas de los miembros, las unas en relación con las otras. [...] Si no fuera así, el sindicato podría romperse en plena lucha. Esta exigencia resulta tan evidente que, normalmente, ni siquiera se hace explícita. Pertenece a la vida normal del sindicato y se impone cuasi-automáticamente. El hecho de que se imponga sin problemas prueba que en el seno del sindicato, sin que nos demos cuenta, reina desde el punto de vista de los miembros, una visión de conjunto tan perfecta como viva, de las evaluaciones recíprocas del trabajo. El sindicato es, por lo tanto, un órgano de la visión interna que los miembros tienen del mundo del trabajo, porque suscita, tanto entre los dirigentes como entre los miembros una visión de conjunto de todas las formas de sufrimiento en el trabajo.»

2 de noviembre de 2013

El extraño caso de Manuel Jabois

Cómo conseguir seguidores en FAES y en Lavapiés
y no morir en el intento. 

Manuel Jabois es sinónimo de controversia. Dejando de lado a sus followers, que a juzgar por las ventas de sus libros deben ser legión, el columnista de El Mundo tiene dividida a la opinión pública entre quienes piensan que está hecho un facha de armas tomar y quienes le denuncian por bolchevique. Un tuit suyo habla de hecho sobre una eventual quedada entre ambas tribus, ambas facciones de detractores. «Va a ser como un partido entre discapacitados y golpistas», indicaba cuando por el mes era de mayo.

Cuando hace la calor, en el arranque de agosto de 2013, escribí a Jabois porque buscaba hacerle algunas preguntas sobre su último libro, Manu, una crónica de la paternidad escrita en primera persona, algo así como la consumación del periodismo gonzo: tener un hijo para contarlo. Las semanas pasaron, sin embargo, tras el verano vino el otoño, Manuel no contestaba o me daba largas. Tenía entendido que estaba tratando con un auténtico rockstar del periodismo, una profesión donde la velocidad viene a ser el equivalente futbolístico a distinguir la camiseta de tu equipo, a tener una raqueta para darle a la bola de tenis, así que tampoco insistí demasiado en el tema. En nuestro camino de se interpuso una bandeja de salida que no se la salta ni la CIA, el demonio maligno de la técnica que vuelve a la carga, se come tus deberes y manda muchos mails fantasma, pero finalmente conseguimos entendernos.

Hay que decir que lentos para algunas cosas somos ambos. La entrevista me la envió a finales de septiembre. La he mantenido en una situación macerada por razones externas a mi voluntad. Disfrutad, no obstante, de este vino añejo.

Jugando la banda aparte.

El carácter anfibio de Jabois, esa capacidad de cosechar seguidores tanto en FAES como en Lavapiés, puede ilustrarse mencionando simplemente quién edita sus textos. A un lado del ring está Pedro Jota, el periodista más molesto que han tenido la mala suerte de padecer los gobiernos de España desde la Transición; su periódico ha hecho más por la caída de los ídolos, por el descrédito de la casta política que quince asambleas del 15-M. Ayer fue Felipe González y los GAL. Hoy Mariano Rajoy y el caso Bárcenas. En la esquina opuesta tenemos Pepitas de Calabaza, el sello donde Jabois publica sus libritos, cuya línea editorial claramente libertaria, un referente dentro de la izquierda contracultural, ecologista y anti-Estado, que seguro que consultan los haters de Orbyt.es.

Que por el monte corran las sardinas, tralará, que Manuel Jabois figure en un catálogo que incluya títulos como La abolición del trabajo, autores como Lewis Mumford o Miguel Amorós, que los extremos en política puedan llegar a tocarse o que Pedro Jota sea el nuevo antisistema solo puede resultar sorprendente para los ideólogos cegados y con carrera de partido por delante. Como me responde Jabois a la pregunta: este jugar a varias bandas, ¿cómo se lleva? «Yo juego en mi banda, como mis compañeros de El Mundo, que son cada uno de su padre y de su madre. Escribo sin organizar el universo por militancias, menos aún colectivas. Tanto a Pepitas de Calabaza como a mi periódico les importa por encima de la ideología, la calidad. Ser bueno es una idea brillante, un programa electoral magnífico para ir por la vida.»

Siguiendo esta misma línea de razonamiento, Jabois también desdeña el autoanálisis ideológico, esa manía de encuadrarse uno mismo bajo una bandera prestada, esa voluntad de apuntarse voluntario a los comprometidos por la Causa, tan próxima muchas veces del dogmatismo y las ganas de tener la verdad a toda costa, dando conejo por liebre en la argumentación normativa. En sus propias palabras: «No me veo a mí mismo ideológicamente —quiero decir que no me estudio— porque aunque de vez en cuando expreso claramente mis ideas, o me burle de ellas y de las de otros cuando se van a extremos, no creo que lo que yo piense sea mejor que el que piensa lo contrario.»

La clave del éxito —me susura Jabois por lo bajini— el truco que tiene para escribir a diario, facturar un libro cada dos años, tener tiempo para hacer performances (véase su paso por el festival Primera Persona), recibir premios y perder trenes —como cuenta en Manu— sin perder el juicio en el intento, es bien sencilla: «Me cuesta escribir para mi». Wikiquotes nos informa que la cita «Un escritor es alguien para quien escribir es más difícil que para los demás» la escribió —suponemos que con esfuerzo— Thomas Mann. Tomando por evidente que escribir consiste en entregarse a los demás, exhibirse hasta el límite de la alteración del orden público, hacer algo casi delictivo, Jabois confiesa que Manu «es un libro escrito para mi con el que certifico un fracaso: solo he podido hacerlo teniendo la certeza de que lo leerían otros». En cuanto al motor inmóvil de esta pasión (¿acaso lo dudaban?) es la vanidad pura y dura.

Sobre la paternidad escribe Jabois: «Es un acto egoísta, supongo que como todo, y un ejercicio de vanidad el convertirla en un libro para llevarlo a otras casas». ¿Y el propio libro? «Un dietario fácil», declara, «escrito de una manera muy rápida para que de alguna manera quede por escrito algo que no devorará la humanidad». Con escritores así, ¿quién quiere críticos?

«La ficción me seduce como una milf.»

Hablamos de su prole, Manuel Jabois Junior. Los medios que leerá (¿conseguirá interrumpir Jeff Bezos la sangría actual de la prensa?), el mundo en qué vivirá (llegar a la mayoría de edad en 2030, dadas las expectativas ecológicas de este siglo, no suena muy bonito que digamos), el himno de fútbol que coreará (no hay discusión: el Alá Madrid, dice el padre). Manuel Jabois El Viejo es optimista (aunque el optimismo, como reza un chiste de la tercera temporada de Homeland, consista muchas veces en saltar desde un rascacielos repitiendo hasta dar con el suelo: «Todo va bien por el momento»). El hijo de Jabois leerá en digital, claro. «Pero me gustaría que reservase los momentos más aristocráticos del mes para darse un homenaje con alguna vieja publicación de papel que haya ofrecido resistencia.» Saludos desde el pasado a los resistentes.

También hablamos de su novela. El columnista ha anunciado varias veces su esperada y demorada aparición narrativa en sociedad. Antes de fichar por El Mundo, Jabois estuvo colaborando para distintas publicaciones periódicas, haciendo crónicas personales y comentarios de actualidad; Irse a Madrid (Pepitas de Calabaza, 2011) recopila algunas columnas suyas. En todas ellas transpira una cadencia estilística que parece encorsetada por los límites de la realidad, está llamando a la puerta de la ficción y reclama mayor amplitud de posibilidades narrativas. No obstante, Jabois no suelta prenda. Pero sí sentencia: «La ficción me seduce como una milf: siempre estoy pensando en ellas pero nunca me atrevo a invitarlas a una copa».



Esta conversación iba a tratar en principio sobre la paternidad. Que conste que yo quería ensalzar la figura paterna moderna, ese producto de marketing que Cesar Rendueles tan bien diseccionó en cierto artículo, para el cual están destinados los anuncios rositas. Pero Jabois es más rústico. Contempla «la paternidad en el siglo XXI como en la Antigüedad: un señor despejando espermatozoides y trayendo bisontes a casa para que el retoño crezca.» Quizá sea gracias a la descripción de los elementos contextuales del embarazo que Manu ha sido celebrado como uno de los libros mejor escritos desde la paternidad, a la altura de su homólogo por parte de madre, Nueve Lunas de Gabriela Wiener. Pues estamos ante una narración donde la profesión del padre ocupa casi todo el texto, señalando su posición periférica, la importancia de ganarse la vida y provide for the family, como diría Walter White. Lean la entrevista completa por Zeus antes de llamarle heteropatriarcal por esto último.

[Entrevista]

Ernesto Castro: Antes del verano apareció Manu, un libro sobre un escritor que tiene un hijo. Tú mismo eres el personaje principal de una historia donde tu profesión de periodista llega a cobrar mayor protagonismo incluso que el embarazo o el parto de tu mujer. En España se han escrito algunas novelas geniales sobre la maternidad, como Nueve Lunas de Gabriela Wiener, pero Manu quizá sea un ejemplar primerizo de un formato todavía sin explorar: el relato en primera persona del devenir padre de individuos irónicamente patriarcales y hasta viriles. Dime, ¿ves posibilidades comerciales en el género? Manu desde luego se vende como churros. Algunas preguntas habituales, solo para hacer canon del tema: ¿cuales son tus referentes literarios?, ¿cómo hallas la paternidad en el siglo XXI? Y aún más importante, ¿cuando sacas tu opera prima de ficción? Por las páginas Manu ronda tu esperada y demorada aparición narrativa en sociedad. ¿Te has puesto manos a la obra con ello? 

Manuel Jabois: No creo que sea un género en sí mismo más allá que un dietario fácil, escrito de manera muy rápida para que de alguna manera quede por escrito algo que no devorará la humanidad, pero sí espero que un par de generaciones familiares que vengan detrás de mí. Es un acto egoísta, supongo que como todo, y un ejercicio de vanidad el convertirlo en libro para llevarlo a otras casas. Me cuesta escribir para mí, pero este libro es un libro escrito para mí con el que certifico un fracaso: sólo he podido hacerlo teniendo la certeza de que lo leerían otros. En cuanto a la paternidad, la veo en el XXI como en la antigüedad: un señor despejando espermatozoides y trayendo bisontes a casa para que el retoño crezca. La ficción me seduce como una milf: siempre estoy pensando en ellas pero nunca me atrevo a invitarlas a una copa.

EC: Y otro interrogante convencional: ¿cómo ves el mundo (en minúscula) que heredarán tus hijos? Quiero decir, en 2030, cuando Manuel Jabois Jr. alcance la mayoría de edad, la tasa desempleo juvenil no estará —espero— en el 60%, pero las cuestiones migratorias y ambientales seguirán sobre la mesa, asuntos públicos que no visitas a menudo en tus múltiples columnas de opinión, por cierto. ¿Hay vida periodística inteligente más allá de Bárcenas & co.? Y al filo de esto último, ¿alguna profecía sobre los periódicos que consultará Manuel Jabois Jr.? Ya sabemos su equipo de fútbol, el Real Madrid. Pero todavía ignoramos si Jeff Bezos o alguien así parará la sangría actual de la prensa. Para cuando la décima del Real, ¿seguirán vivos los diarios en papel, esa especie en peligro de extinción, o la Tierra será cosa de los bloggeros? 

MJ: Soy optimista. Mi hijo conocerá un mundo mejor que el mío de la misma manera que yo, desde luego, he conocido un mundo mejor que el de mi padre. Leerá en tableta, indiscutiblemente (si la tableta llega y no se inventa nada nuevo), pero me gustaría que reservase los momentos más aristocráticos del mes para darse un homenaje con alguna vieja publicación de papel que haya ofrecido resistencia. En el futuro habrá blogueros, periodistas y hasta zapateros. Los oficios permanecen y mejoran como oficio, no sé ya si como medio de vida.

EC: Hablando del presente y del futuro, hace poco estuviste invitado en la última edición del primera persona, un festival interdisciplinar donde la literatura comparte espacio con la cultura urbana y la música popular (este año trajeron a unas punkrockers octogenarias y feministas que son la hostia: The Raincoats). Y allí estabas tú, en tierra hostil, rodeado de cubiletes y pelotas del Barça, contando una historia sobre una noche que estabas borracho, si no recuerdo mal. Me encantó. ¿Consideras profundizar en el performance como formato creativo en el futuro? Eres bueno, tío, de veras. 

MJ: No, en absoluto. Mi exhibición es en el folio y me parece suficiente. Encima de un escenario yo lo único que hago es el ridículo. Luego puedo hacerlo con peor o mejor estilo, pero el rídiculo totalmente. Te lo aseguro. Vi las caras de ese público y mientras aplaudían y reían pensaban exactamente lo mismo que yo.

EC: Manu es el segundo volumen que sacas con Pepitas de Calabaza, según su página web, "una editorial con menos proyección que un cinexin", conocida por sus libros de crónicas (este noviembre publican Alpinismo Bisexual de Simón Elías Barasoain con un epílogo tuyo), pero cuya linea editorial se encuentra orientada sobre todo hacia el anarquismo y la contracultura. Entre autores como Lewis Mumford o Miguel Amorós y títulos como La abolición del trabajo, los cuales  suscitarán seguro la sospecha de tus compañeros de El Mundo, se hallan dos libros tuyos. Este jugar a varias bandas, ¿cómo se lleva? 

MJ: Yo juego en mi banda, como mis compañeros de El Mundo, que son cada uno de su padre y de su madre. Escribo sin organizar el universo por militancias, menos aún colectivas. Tanto a Pepitas de Calabaza como a mi periódico les importa por encima de la ideología, la calidad. Ser bueno es una idea brillante, un programa electoral magnífico para ir por la vida. No hablo de mí, naturalmente. Aunque con algún artículo lo piense, como diría Manquiña.

EC: En Twitter decías hace unos meses: "Tengo que presentar a los que me llaman facha y a los que me llaman bolchevique. Va a ser como un partido entre discapacitados y golpistas." A caballo entre la toma del Palacio de Invierno y el golpe de Estado del 36, ¿hay alguna posición ideológica intermedia que puedas decir tuya? Como columnista respondón eres insuperable, como tantos otros retratistas de costumbres cortesanas que habitan las páginas de El Mundo, pero muchos nos preguntamos qué ideología concreta o que principios distributivos secundas más allá de estar a la contra de los poderosos, de los corruptos, de los ineptos y del gobierno.

MJ: Yo escribo una columna casi todos los días de la semana y desde hace mucho tiempo. Es imposible, leyéndome, que alguien no sepa qué pienso de la sanidad y educación pública, de los nacionalismos o del aborto, por poner tres ejemplos que mucha gente ansiosa utiliza para meter a alguien en el rebaño. No me veo a mí mismo ideológicamente –quiero decir que no me estudio- porque aunque de vez en cuando expreso claramente mis ideas, o me burle de ellas y de las de otros cuando se van a extremos, no creo que lo que yo piense sea mejor que el que piensa lo contrario. Salvo los límites del sentido común, claro. La defensa del débil o reconocer que al Madrid le perjudican los árbitros son cosas que no pueden estar nunca en un debate público por obvias.

23 de septiembre de 2013

Cesar Rendueles: «La verdadera enfermedad es la rebaja de nuestras expectativas políticas.»

ERNESTO CASTRO. Sociofobia, como el malo de Batman, tiene dos caras. Una primera ceñuda y adusta que arremete contra el ciberutopismo, y una segunda que propone con rostro amable un modelo distinto de socialismo. A lo largo del libro justificas esta asociación/enemistad diciendo que las utopías digitales son, valga la redundancia, la consumación del consumismo. ¿No exageras un poco sobre este punto? Quiero decir, muy pocas cosas escapan hoy a la dinámica igualitaria del deseo, cuya tendencia consiste en equiparar en términos comerciales la necesidad y el gusto bajo el rótulo de las preferencias personales. Ilustra muy bien este punto el ejemplo de la asamblea vecinal del 15-M que debate entre celebrar las reuniones el sábado por la tarde (inviable para los papas y las mamas) o hacerlo de buena mañana (inviable para los del friday night fever). «Lo que me llamó la atención fue que los jóvenes sin hijos parecían pensar que cuidar de un niño es una opción más entre otras», señalas.

Y tienes razón. Las redes sociales secundan esta tendencia, aunque algunas permiten discriminar círculos concéntricos de interés, muchas sitúan a tus allegados a un click de distancia de Johnnie Walker. Debería ser una fuente de dilemas morales el trabajar gratis para las agencias de publicidad (y para la CIA) subiendo información confidencial a Facebook. Pero no es así. Y no es así porque bajo el usufructo privado del pageranking pervive cierta apariencia de donación gratuita. A diferencia de lo sucedido en la guardería israelí que mencionas en Sociofobia, donde la penalización crematística de quienes recogen tarde a sus hijos termina convirtiendo la puntualidad en algo que Mastercard puede comprar, los $$$ no han hecho de la Web 2.0 un lugar menos grato, salvo por la incómoda publicidad de YouTube.

Así pues, teniendo en cuenta el variado catálogo de fenómenos consumistas que relativizan la importancia económica y psicológica del cuidado, verdadero basamento de tu propuesta, ¿por qué esta manía con Internet? Las redes sociales quizá no generen comunidad o revolución ex nihilo, pero permiten mantener el contacto a distancia, son un avance hacia la sociabilidad comparadas con la televisión, por mucho que la actividad online mayoritaria consista en ver el porno y las series de la caja tonta. ¿Es que el socialismo rendueleano carece de mejores enemigos políticos que este inofensivo potlach internauta?

CESAR RENDUELES. Bueno, no tengo nada en contra de internet ni de ninguna máquina en particular, salvo los todoterreno, algunas armas y el vocoder.  En realidad, diría que soy bastante receptivo a la capacidad de la tecnología para potenciar cambios sociales valiosos. Es una vieja idea marxista. A Marx le escandalizaba que el capitalismo desaprovechara las posibilidades tecnológicas que él mismo desarrolla. O sea, inventamos chismes que permiten trabajar menos y crear riqueza de sobra y los convertimos en fuentes de extraños problemas, como el desempleo y la sobreacumulación. En el caso de los bienes digitales, que se pueden reproducir casi sin coste, la cosa es aún más escandalosa. Pero a Marx nunca se la pasó por la cabeza que la propia tecnología fuera en sí misma liberadora. En cambio, hoy mucha gente cree que la salida a los distintos dilemas a los que nos enfrentamos pasa por alguna clase de transformación tecnológica o cognitiva: producir software en vez de carbón, hackear en vez de sindicarse, ligar en badoo en vez de en un bar…

Aún así, ni siquiera creo que esas ilusiones tecnófilas sean en sí mismas particularmente graves. Sí, hay gente a la que le gusta la cacharrería digital más que a un tonto un transistor, ¿y qué? El ciberfectichismo es un síntoma irritante pero relativamente benigno de un problema mucho más importante, que es la rebaja de nuestras expectativas políticas. Me refiero a que no damos un duro por nuestro sistema político o nuestro modelo económico, pero somos incapaces de asumir el tipo de compromiso necesario para transformarlos. Nos da pánico la deliberación política, la necesidad de llegar a acuerdos –o de gestionar nuestros conflictos– con los demás. Así que buscamos desesperadamente automatismos que nos libren de afrontar ese infierno interpersonal. El ciberfetichismo cumple esa función. No es el único mecanismo social que lo hace, claro, pero sí seguramente el más consensual en este momento.

En definitiva, creo que la crítica de la ideología tecnológica puede ayudar a entender algunos de los límites ideológicos a los que se enfrenta hoy la democracia radical. Un corolario de esa crítica, como apuntas, es que las tecnologías de la comunicación no son tan importantes. Sin ningún genero de dudas no lo son económicamente y seguramente tampoco lo son socialmente. Por ejemplo, a pesar de las monsergas buenrollistas sobre la brecha digital, la verdad es que los pobres pasan más tiempo delante de la pantalla del ordenador que los ricos. Las relaciones cara a cara son cada vez más un bien valioso y escaso acaparado por las élites, como sabe cualquiera que haya enviado un curriculum a una dirección de email corporativa. Lo que hacen los medios digitales es producir una sensación de conectividad generalizada que es fácil de confundir con una especie de igualdad de oportunidades. Pero tus followers no te van a librar del paro, tu compi del Colegio del Pilar sí.

EC. A la hora de desestimar las falsas esperanzas del ciberutopismo recurres a varias estrategias argumentativas calcadas del pensamiento conservador. Viene siendo habitual entre los conservadores el tomarse muy en serio las declaraciones de boquilla de los tecnófilos para luego desechar sus desmedidas pretensiones a golpe de ironía y sentido común, las dos grandes bazas de Sociofobia. Las buenas nuevas sobre Internet, conforme a estas premisas, o no son nuevas o no son buenas. Wikipedia sería «parasitaria de instituciones académicas tradicionales con una organización convencional», argumentas utilizando un apelativo recurrente en tu escritura: casi todo lo bueno de la Web 2.0 sería, según sueles decir, un parásito de alguna realidad analógica anterior.

Claro que esta metáfora biológica resulta contagiosa. ¿Acaso los redactores de la Encyclopédie no parasitaron de las instituciones eclesiásticas donde aprendieron a leer y escribir? Me dirás que Jimmy Wales necesita de la caridad altruista de sus lectores para sobrevivir, mientras que Diderot pudo hasta salir de la cárcel gracias al mecanismo de suscripciones que construyó entorno suyo. Aquí entra en juego el clásico problema liberal --para nada baladí-- de cómo hacer $$$ online, o en su variante de izquierdas, de cómo construir instituciones cibernéticas sostenibles. ¿Acaso resulta imposible tal cosa? Tiendo a pensar que Internet no depende solo del altruismo, su futuro parece asegurado por las fuerzas del status ególatra, pero quizá tengas razón y no podamos convivir sin normas, esto es, sin directrices cuya observancia trascienda cualquier motivación. Ahora bien, para gestionar los bienes comunes, ¿por qué no bastan los compromisos negativos? Dices que las relaciones comunitarias son necesarias, que las restricciones sobre la iniciativa individual son insuficientes, que no hay commons sin igualdad y/o dependencia. Como diría Mourinho: ¿por qué?

Ya puestos a levantar instituciones duraderas, ¿por qué prefieres una comunidad cuya perpetuación descansa sobre motivos humanos, demasiado humanos comparados con los intereses y las preferencias que el mecanismo punitivo de las sociedades modernas amenaza a diario? Buena puede ser la disuasión punitiva autoritaria, a falta de entendimiento comunitario, en vistas a solucionar los dilemas del prisionero colectivos que nuestra generación tiene que afrontar, ¿no crees? No veo cómo las relaciones personales profundas podrán solucionar mejor los problemas de depredación ecológica, por ejemplo, allí donde podemos utilizar los aparatos coercitivos estatales (impuesto ecológico) y los mecanismos de mercado (trasladar los costes ambientales a los precios).


CR. A pesar de las apariencias, no soy nada nostálgico de las relaciones densas y duraderas típicas de las sociedades tradicionales. Las familias extendidas a menudo han fomentado relaciones de dependencia personal basadas en el sometimiento. Cierto tipo de invididualismo –la idea de entender la propia vida como un proyecto que cada uno tiene la responsabilidad de cultivar– me parece una herencia ética moderna importante. Personalmente me siento cómodo en las sociedades complejas y no me disgusta el anonimato de las grandes ciudades.

Pero es cierto que la fragilización de las relaciones sociales supone un límite importante para casi cualquier proyecto de cambio político que queramos emprender, sean grandes procesos constituyentes o el día a día de nuestra vida en común. Ningún sistema de apoyo mutuo puede subsistir si depende de la motivación individual. Si los bebés tuvieran que esperar a que a sus padres les apeteciera cambiar sus pañales o darles la papilla, no sobrevivirían ni una semana. Lo que conseguían los sistemas de normas tradicionales es limitar las ocasiones en las que nos hacemos la pregunta, ¿quiero cooperar o seré un gorrón?

La gestión política de las sociedades complejas apenas cuenta con esa malla interpersonal que nos vincula mutuamente. Para suplirla, desde hace un par de siglos hemos recurrido básicamente a dos dispositivos. El primero es alguna clase de coordinación espontánea, como la que se da en el mercado. La segunda es la autoridad burocrática. Ambas son muy poco simpáticas, pero estoy de acuerdo en que si se entienden como herramientas limitadas no tienen por qué ser negativas. Sin embargo, para que sean eficaces y amigables necesitan estar vertebradas por vínculos personales que las vertebren y eviten que se descontrolen. Es verdad que el panadero no me vende el pan por su buen corazón, pero si un día llego a su tienda y veo que se ha caído al suelo y se ha roto una pierna y me limito a decir “vaya, así que hoy no me va a poder atender” y me largo a la panadería de enfrente, seguramente nuestras relaciones comerciales –no sólo las personales– se verán resentidas. Y lo mismo ocurre con la burocracia: si no está atravesada por compromisos personales resulta no sólo despótica, también ineficaz.

Así que la cuestión es que, siguiendo con el ejemplo que planteas, instituir los mecanismos burocráticos o mercantiles necesarios para limitar eficazmente la depredación ecológica puede ser muy difícil sin una red de normas tupida. Y lo mismo pasa con otros elementos de los estados contemporáneos, como la separación de poderes o la libertad de prensa. Creo, por ejemplo, que la base de una representación política legítima es que los representantes se comprometan a ser evaluados efectiva, y no sólo retóricamente, por sus electores. La esencia de la representación es la obligación de justificarse ante los representados. Es muy difícil que ese proceso de evaluación desde abajo se pueda reducir a un conjunto de procedimientos abstractos –nuestras democracias formales son el mejor ejemplo de ello–, más bien precisa de un fuerte compromiso por parte de las personas implicadas.

El problema de todo esto es que parece imposible conjugar la ética individualista moderna con un tejido normativo denso. No podemos medir dos tacitas de comunidad y una pizca de individualismo y hacer una combinación que nos agrade. Una vez que empezamos a pensar como individuos todo se transforma. Es como si estuviéramos condenados a elegir entre comunidades potencialmente opresoras y un individualismo autodestructivo. Creo que los revolucionarios del pasado siglo intuyeron este problema pero no se atrevieron a plantearlo explícitamente. Eran muy conscientes de los lastres de la tradición, pero sus propias organizaciones surgieron de una dinámica de apoyo mutuo y compromiso no condicional.

Lo que pretendía denunciar en Sociofobia es que las tecnologías de la comunicación no han solucionado este dilema, aunque a menudo se nos diga que sí. Al contrario, lo han exacerbado. No hay un vínculo social al mismo tiempo poderoso y electivo propio de las redes contemporáneas. Tal vez el término “parásito” no sea el más apropiado para expresar esa idea, porque tiene connotaciones muy negativas. Que un proyecto tan extraordinario como Wikipedia se parezca en parte a una enciclopedia convencional es algo bueno. Significa que ha conseguido incorporar a muchísima gente a una tarea, la edición,  que me importa y a la que he dedicado una cantidad obscena de horas. Y eso me resulta mucho más interesante que las elucubraciones mantecosas sobre la mente colmena y el neuromagma digital.

EC. Valorar la dependencia como un hecho social y respetar el carácter contingente de nuestra racionalidad práctica quizá sean las dos grandes apuestas normativas de Sociofobia. Sobre lo segundo dices: «Tendemos a pensar en la dependencia de un modo similar a como los liberales imaginan la igualdad. No creen que sea algo malo, pero no la consideran ni una fuente de obligaciones ni una situación estable. En todo caso, es un punto de partida de la libertad personal.» En verdad, resulta bastante extraño considerar la dependencia en términos distintos. Entiendo que la igualdad tenga valor propio, pues los principios de justicia distributiva suelen favorecer, ceteris paribus, el reparto equitativo de las cargas y los bienes. Las situaciones de dependencia, por el contrario, cuando no un simple atentado contra la autonomía, me parecen un efecto lateral (¿indeseable?) del intercambio. Que alguien tenga que pedir permiso para vivir, ya sabes a qué pasaje marxiano me refiero, no me parece una condición existencial harto feliz.

Responderás que la dependencia recíproca «no es eso, no es eso», como dijera Ortega y Gasset, dadas ciertas condiciones comunitarias ideales. Sea como fuere, todo esto sigue teniendo resonancias a coartada kissengeriana: «Estados Unidos depende de los plátanos de Costa Rica; Costa Rica de los ordenadores de Estados Unidos.» La búsqueda de la autarquía, tanto la individual como la colectiva, puede suponer el suicidio; ahí estamos de acuerdo. Pero de ahí a subordinar la fraternidad bajo la dependencia, como a veces sugiere Sociofobia, hay un buen trecho. Quien ha estado enamorado lo sabe: incluso bajo una relativa igualdad y cuidado mutuo, construir un nosotros bajo el signo de la comunidad dependiente se parece más a tener una esclavitud compartida que otra cosa. Llámame hobbesiano, pero me convence y me estimula mucho más la voluntaria asociación de sujetos independientes, por quimérica y de derechas que sea.

CR. Bueno, la dependencia mutua no es exactamente una opción. Es una realidad antropológica insoslayable. Todos los seres humanos son completamente dependientes durante muchos años de infancia, muchos lo vuelven a ser de forma temporal o permanente en algún momento. El resto de nuestra vida solemos cuidar y ser cuidados simultáneamente y en distinto grado: cocinamos, limpiamos, acompañamos, vigilamos, curamos, educamos, consolamos… y recibimos todas esas atenciones. Los estudios econométricos sobre este trabajo no remunerado son fascinantes. Muestran que los cuidados mutuos es un elemento esencial de cualquier sociedad moderna, más que cualquier industria, pese a que es prácticamente invisible en términos económicos, políticos y simbólicos. Por ejemplo, lo único que la tradición filosófica ha tenido que decir en veinticinco siglos sobre el cuidado de los niños son las profusas chorradas de un ególatra suizo que entregó a todos sus hijos a un orfanato. Así que, en primer lugar, cualquier proyecto ético se recorta sobre esa realidad material. Puedes ser todo lo hobbesiano que quieras, pero no te vas a librar de ella.

Para mí fue un descubrimiento importante entender que el cuidado podía ser una fuente de realización personal, y no sólo de sometimiento. Es algo que mi generación, la primera educada completamente en el hiperconsumismo, ha entendido tarde y mal. Nos ha pasado un poco lo que al Fausto de Goethe. Ya sabes, Fausto busca satisfacer su ambición con conocimiento, sexo, experiencias vitales, transformando el mundo… Pero nada, sigue igual de insatisfecho. Dan ganas de gritarle: “tío, cómprate un perro”. Porque, es curioso, lo único con lo que no prueba es a cuidar y ser cuidado, tal vez formando parte de una de las sociedades de apoyo mutuo de trabajadores que en la época de Goethe empezaban a prosperar.

El cuidado mutuo es una de las vías más importantes de las que disponemos para reparar nuestras vidas dañadas. No me refiero a esas majaderías cursis sobre lo gratificante que es atender a los demás. Muchísimas veces no lo es en absoluto; es agobiante e increíblemente cansado (la paternidad me ha enseñado que es posible vivir sin dormir). Básicamente, creo que hay formas de vivir plenamente las capacidades individuales propias de las distintas situaciones de dependencia mutua. A algo de eso se refería Marx con lo de “a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades”. La ética del cuidado tiene un engranaje interesante con los proyectos de emancipación política. Nos puede ayudar a pensar en qué puede consistir la fraternidad, ese valor republicano eclipsado del que hablaba Toni Domenech en un libro buenísimo. Porque, si te paras a pensarlo, hoy la fraternidad resulta una idea bastante oscura, suena un poco a club de veteranos de guerra o de ultras de fútbol. Yo diría que era una forma de denominar una búsqueda de formas emancipadas de apoyo mutuo, de ensayar cómo cuidarnos los unos a los otros sin someternos. El comunitarismo es una pésima opción en ese sentido. Primero porque a menudo es opresor y segundo porque ya no está a nuestro alcance. Las pequeñas comunidades tradicionales prácticamente han desaparecido… tal vez por suerte. El cuidado no: es una realidad demasiado básica y, por eso mismo, muy plástica. El cuidado exige un fuerte compromiso pero es compatible con amplias dosis de libertad individual. Por eso es la base material de cualquier proyecto de construcción ética.


EC. Tengo que decir, sin voluntad alguna de mentir o pelotear, que Sociofobia está muy bien escrita. El libro tiene algunos pasajes marxistas emotivos (cuando recuerdas que El Capital se deshace en elogios a los inspectores de trabajo por hacer de las esperanzas socialistas una realidad cotidiana, una verdad concreta), seguidos de ejemplos personales hilarantes (como el manifestante antifranquista que siendo apaleado por los grises se exculpa a grito de «Pero que yo no quiero libertad»), acompañados finalmente por guiños varios a la cultura popular y chistes malos hasta decir basta. Una fórmula de redacción ensayística que juzgábamos monopolio inexpugnable de charlacanes como Slavoj Zizek, pero que tú depuras de toda la jerga y consigues además combinarla con datos empíricos y lecturas científicas, por decirlo de algún modo.

Una pregunta con trampa: si tuvieras que elegir entre los economistas neoclásicos, los psicólogos experimentales y los sociólogos prometéicos que tanto criticas o los opinadores de blandiblú que apenas citas pero que —intuimos— se aproximan a las intuiciones antropológicas y a la contingencia pragmática defendidas en Sociofobia, no me digas que te llevarías los volúmenes de los segundos a una isla desierta, que mi pequeño corazón ilustrado llorará mucho tiempo en silencio, y tú además perderás la oportunidad de realizar una robinsonada de padre muy señor mío.

Ahora en serio, ¿de verdad crees que rebajar el aparato formal de nuestras mejores teorías redundará en beneficio de una mayor capacidad explicativa? Porque yo no. El camino a recorrer, ¿no debería ser el contrario? En lugar de rebajar nuestros estándares de verificación científica, dotar de coherencia matemática a aquellas propuestas heterodoxas que consideremos más prometedoras, ¿no suena mucho mejor que consultar vaguedades divulgativas hasta que salgan canas en los huevos? Sin ánimo de ofender.

CR. Soy muy escéptico respecto a la capacidad teórica de las ciencias sociales. Mucha gente opina hoy que preguntar a un economista ortodoxo es ligeramente menos fiable que escrutar las vísceras de un ave. Hemos pagado muchos miles de millones de euros para descubrir esa sencilla verdad epistemológica, cuando seguramente para ese viaje no hacían falta alforjas. Por ejemplo, a lo largo del último siglo la presencia de economistas en los gobiernos no sólo no ha mejorado la gestión pública sino que casi siempre la ha empeorado. Los programas más exitosos de desarrollo económico no han sido impulsados por economistas profesionales sino por ingenieros, médicos o incluso, que Dios me perdone, abogados. Es un resultado que se puede extrapolar a todas las disciplinas cubiertas por las ciencias sociales. Con frecuencia los amateurs obtienen mejores resultados prácticos que los profesionales de la pedagogía, la psicología, la sociología, la economía, la antropología…

Eso no significa que no exista conocimiento en esos ámbitos, que todo de igual y que estudiar sociología o psicología sea una pérdida de tiempo. Lo que pasa es que es un conocimiento distinto del que desarrollan los científicos. Es un saber cotidiano, como el que utilizamos al cocinar, o al escribir correctamente, o al educar a un niño. Hay gente que escribe o cocina o cuida mejor que otra, y son áreas donde se producen importantes progresos cognoscitivos. Pero es imposible sistematizar esas habilidades en un conjunto de teoremas con los que podamos operar para obtener resultados novedosos y empíricamente significativos. Yo diría que esto es básicamente lo contrario de lo que suelen plantear los autores de libros de divulgación, al menos los más fofos, que regurgitan vaguedades a mansalva amparados en supuestas bases científicas.

Creo que los científicos sociales que mejor han entendido estas limitaciones han sido los historiadores. Es significativo que cuando se discute sobre ciencias sociales casi nunca se menciona la historia. Los historiadores resultan un poco anticuados, siempre enterrados en archivos y legajos, frente a los economistas y los psicólogos, que parecen los listos y modernos del gremio con sus simbolitos aritmomorfos. Yo lo veo exactamente al revés. Los historiadores nos han mostrado lo que da de sí la ciencia social, ni más ni menos. Para mí los mejores libros de ciencias sociales de la segunda mitad del siglo XX son los de E.P. Thompson, Hobsbawm, Braudel, Sainte-Croix o Brenner, no los de Olson o Lévi-Strauss.

La mayor parte de la teoría social más prestigiosa se reduce a especulación bituminosa o análisis formales con una remota conexión con la realidad empírica. No lo digo en tono peyorativo. Me he dedicado a la filosofía la mayor parte de mi vida adulta, así que tengo amplias tragaderas para la metafísica y la lógica. No creo que los descubrimientos de la psicología cognitiva reciente añadan grandes novedades a la filosofía moral clásica o, si me apuras, a las intuiciones recogidas en el refranero español. La intensionalidad de la preferencia, por ejemplo, viene a ser una formulación refinada de “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Pero es cierto que las escenificaciones experimentales permiten entender estas cuestiones con mucha más precisión y por eso son útiles para reflexionar. Lo mismo pasa con la teoría de elección racional. Es un ejercicio de lógica  que describe básicamente como no son las cosas. A alguna gente retorcida, como yo, eso nos ayuda a pensar. Pero no se me ocurre confundir eso con la ciencia social, que más bien debería hablar de cómo son las cosas en realidad.  Así que, sí, a una isla desierta me llevaría textos de Thomas Schelling o de Arrow, pero mayormente porque no me gustan los sudokus y no sé jugar al ajedrez.


EC. La música cobra cierto protagonismo en Sociofobia. En un momento mencionas el hardcore y el northen soul, modelos de cooperación comunitaria alternativa, y luego señalas a renglón seguido que los sistemas de intecambio gratuito de documentos audiovisuales en Internet siguen siendo «parasitarios» —¡quia!— de las escenas musicales locales. ¿Y qué me dices del nomadismo de Boiler Room? Vale que los DJs pinchan en lugares físicos concretos, los humanos tenemos la desgracia de vivir en 3D, pero podría mencionar varios géneros musicales que nacen en un sitio y se escuchan sobre todo en otro, como el psytrance o el goa trance, de orígenes indios y recepción europea. Luego tienes cosas como el IDM, que no está hecho para el club, cuyo lugar de reunión fue Warp Records. O el brostep, esas melodías armónicas de chatarrero con franquicia en UKF, la página de YouTube. Y en general la creación de gustos musicales en torno a sellos o webs como Resident Advisor confiere un tufillo viejuno, si me permites el calificativo, a tu juicio sobre los parásitos culturales digitales.

Mucho más polémicas y perspicuas me parecen tus observaciones contra la hegemonía auditiva del hipsterismo occidental. Copio tus palabras: «Las páginas de tendencia de los grandes medios publicitan hasta la náusea las tendencias de los grandes medios, aunque su recepción en nuestra país sea muy minoritaria. [...] Estilos musicales apreciados por los inmigrantes como el raeggaetón, el kuduro o la cumbia, son considerados por los críticos como un pozo de degradación estética y sexismo. Es comprensible que a los aficionados a la música abstracta, digamos Stockhausen, les parezca que la música popular contemporánea es chusca y poco elaborada. No es el caso de la mayor parte de los críticos musicales, siempre receptivos a obras de aspiraciones irónicas poco innovadoras y mal tocadas si vienen avaladas por el New Musical Express

¿Algo que añadir a estas saetas envenenadas? ¿Es el elitismo rampante algo propio de las artes plásticas, escénicas y musicales o también sucede con los productos culturales audiovisuales, donde parece que por el momento están igualadas las fuerzas de la distinción (digamos Carlos Losilla) y las huestes plebeyas (digamos Carlos Boyero)? 

CR. Uso la música como ejemplo porque me parece que es una fuente de experiencias estéticas que a mucha gente le resulta cercana. Pero mi conocimiento de la música popular contemporánea es más bien marginal y estoy perfectamente dispuesto a rectificar las inexactitudes que haya cometido. No obstante, yo no me refería tanto a la creación de gustos, que son relativamente fluidos, como a la aparición de escenas que vertebran la vida de mucha gente. Me sigue asombrando el modo en que la música popular consigue implicarnos en proyectos que son un fin en sí mismos de una manera que ya casi nada lo hace. Me resulta difícil creer que una página de youtube pueda sustituir al tipo de relación continuada entre grupos, distribuidoras, fanzines y público que para miles de jóvenes ha sido prácticamente una forma de vida. En ese sentido, entiendo algunos aspectos de la música popular como una intervención estética similar a la práctica del deporte, que me interesa mucho más que la mayor parte de los artefactos culturales. Hay algo liberador en la experiencia de esa gente que en pleno invierno se levanta a las seis de la mañana para correr quince kilómetros antes de ir a trabajar a un supermercado, de esos oficinistas que cada viernes se abalanzan a sus coches para buscar montañas que escalar durante el fin de semana. Todo ello absolutamente para nada, como casi todas las cosas realmente importantes.


El asunto del elitismo es bastante resbaladizo. El mundo de la cultura está completamente enfermo de clasismo. Pero también es importante distinguir entre el elitismo y la legitimidad de la crítica, que me parece irrenunciable. Me refiero a que la actividad estética, toda, implica de suyo procesos de evaluación. Ya sea para distinguir entre Julio Iglesias y El Puma –y tal vez preferir a uno sobre otro– o entre Bartok y Messiaen. Lo que la crítica cultural puede aportar, en mi opinión, son tentativas de argumentación. Durante algún tiempo me dedique a hacer reseñas de libros. Me impuse la condición de que cada reseña debía incluir al menos un razonamiento que se pudiera discutir. Quería evitar a toda costa que se convirtieran en una mera demostración de gustos personales. Cuando leí La distinción de Bourdieu me quedé perplejo al comprobar que a todos los idiotas con estudios universitarios nos gustaba exactamente lo mismo: la fotografía en blanco y negro, los paisajes industriales, las disonancias musicales, etc. Por eso me fascinan esos editores que te dicen “yo sólo publico lo que siento”. Y les parece que así están haciendo mejor su trabajo. Yo desconfío bastante de lo que siento. Imagino que será, en buena medida, el eco de mi posición social.

[Publicado originalmente en Sin Permiso. 16 de septiembre de 2013.]