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13 de octubre de 2013

Burgess y la música

Este mes hacen veinte años de la muerte de Anthony Burgess, el reputado escritor británico. Como modestísima contribución a la celebración de esta efeméride escribimos ya en otro sitio sobre La Naranja Mecánica, un artículo que ahora acompañamos con esta reflexión sobre la influencia de la música en su escritura. Seguramente sean sus composiciones musicales la faceta creativa menos conocida de este personaje verdaderamente renacentista. Mayor injusticia supone este olvido cuanto que Burgess fue un compositor bastante potable dentro de la tradición clásica británica, por lo común mediocre. Basta recordar el epíteto que los alemanes se reservaban para Inglaterra: «la tierra sin música». Las partituras de Burgess siguen siendo, en medio de este erial real o imaginario, un tesoro por descubrir. Ojalá este texto contribuya a despertar, dentro de los límites posibles, una curiosidad que hoy apenas puede saciar YouTube o cualquier sistema de música on-line.


Amén de católico sobre todo, Burgess fue compositor musical clásico. Sobre el Ulisses y sobre Cyrano hizo sendas operetas, una para la BBC y otra para Broadway, cuya calidad estética me reservo el beneficio de valorar para mí mismo. Quien calla otorga. Mi silencio viene motivado por el carácter epigonal, la profunda impronta de Edward Elgar, el carácter alimenticio de sus encargos. Quien quiera escuchar a Burgess, que ponga algún anuncio de helados o contemple desfiles militares, triste resquicio para los compases (neo)clásicos del siglo XX. Allí (en los desfiles, en los anuncios) pueden hallar fragmentos de Edward Elgar, uno de los compositores británicos peor conocidos (¡cuánto mal ha hecho la música pop!), cuya primera sinfonía encantaban a Burgess cuando anciano. When he was young, cosas de la vida, gustaba más de las Pomp and Circumstances Marches. Como saben, todo escritor canónico tiene una descripción hiperbólica sobre su formación, una profecía de su vocación, una mitología de su profesión, una historia increíble —para que nos entendamos— sobre el capullo que apuntaba maneras y luego deviene en flor. El retrato del artista adolescente burgessiano, sin embargo, no cuenta con poemas escritos a los 10 años o con premios literarios comarcales durante la adolescencia, sino con sonatas compuestas y perdidas durante la II GM. No en balde, Anthony estuvo reclutado y acuartelado en Gibraltar, a la espera de la embestida patriótica del Generalísimo, cuyos recortes de cintura entre el Eje y los Aliados —jugador de chicas, perdedor de mus— bien valieron 40 años de dictadura. Las liras inglesas hicieron que en 1942, gracias a Dios y a la diplomacia americana, no hubiera que llegar a las manos. Ese peñasco no merece la muerte de nadie.

Y menos la de Anthony.

Ahora en serio, music was his passion. Una pasión compartida, claro. Fue Kubrick quien tuvo la idea de la novela más musical de Burgess. Solo pensar en ello me pone —por utilizar un eufemismo— los pelos como escarpias: una partitura sobre Napoleón y su época, ¿se imaginan? Y lo mejor del asunto es que la idea (miento: no fue invención de Kubrick) encontró ejecución por partida triple: primero Ludwig van Beethoven, luego los epígonos escribidores y grabadores. Kubrick necesitaba mucha pasta para grabar lo que más tarde sería Barry Lyndon. Muchos medios técnicos y localizaciones apabullantes se requerían. Burgess, por el contrario, tenía suficiente con su propio ingenio. Fueron bastantes unos meses para tener listo el guion, que Kubrick rechazó, como hacía siempre en calidad de escritor frustrado. Burgess rehízo el material bajo el rótulo de la Sinfonía Napoleónica: una novela escrita según la pauta de composición de Beethoven. Se puede decir —sin ánimo de ofender— que los royalties de La naranja que Warner Bross nunca llegaría a embolsar, Burgess se los cobró en ideas más tarde.

Total, que la proverbial agilidad literaria de Burgess también tenía mucho de musical y de sonora. El chico llevaba en la sangre la indiferencia hacia los continentes, el trabajo mediante variaciones y ritornellos, la falta de miedo ante la repetición de los temas. Y cuando digo continente, me refiero a los códices, por supuesto. Para Burgess la división de sus escritos en volúmenes con tapas, índices y títulos solo tenía sentido monetario. Él escribía y punto. En una ocasión, ante una crítica negativa que señalaba la «media cocción» de cierta novela suya, especuló con la posibilidad de volver la historia de nuevo. No una continuación. No. Si Goethe pudo saquear de la cultura popular las aventuras de Fausto, empeorando el original según Chesterton, ¿por qué no atracar de nuevo las propias ideas? El tiempo apremia / las cuestiones permanecen. El desdén de Burgess hacia todo aquello que no fuera creación (y maquillar una obra por el nombre —disculpen las molestias— no lo es) llegaba hasta límites encomiables. Ante la amenaza de llamar una novela suya de otra forma (el título inicial de Earthly Powers era The Instrument of Darkness y luego The Princie of the Powers of the Air), Burgess no tuvo más remedio que encogerse de hombros. Por él, como si los editores prefieren enumerar las obras maestras, en lugar de bautizar los productos de consumo literario con el fetiche del nombre propio y el ritual de los elogios críticos. Novela no. 21 por Anthony Burgess, ¿qué me dicen?

Un lema —pensaba— con cierto gancho comercial.


[Publicado originalmente en Libro de Notas. 10 de octubre de 2013.]

23 de agosto de 2013

La Naranja

In Memoriam Burgess

Para bien o para mal, Anthony Burgess sigue siendo el autor de La naranja mecánica. Ésta sigue siendo, dos décadas tras su muerte, la única novela suya disponible en las principales librerías españolas. Si exceptuamos Poderes terrenales, las 1000 páginas republicadas con valentía por Aleph Editores y doctamente prologadas —que nunca falte— por Rodrigo Fresán, la herencia literaria de Burgess parece olvidada, condenada y marcada por un terrible pecado: la prolijidad del escritor mercenario. En un oficio como el narrativo, a caballo entre lo elitista y lo artesano, incurre en grandes errores quien mucho engorda el curriculum, quizá buscando el contrapunto de su propia flaqueza. Y Burgess adulteró hasta los márgenes la página entera. Como a él, la posteridad termina pasando factura a los juntapalabras con una treintena de volúmenes reventando los anaqueles de las bibliotecas; un servidor se confiesa: fue imposible (para mi) leer todo Burgess. Por el contrario, un historial discreto en libros, una trayectoria exigua en trabajos, una imagen de lánguida indolencia, son las mejores amistades del estudiante universitario, lector cruel de todos ustedes, destino último de los escritores sobrevalorados, que son la mayoría de los autores muertos actuales. Quemar los escritos cosa buena será, pues nos hace parecer más vagos; tenemos muy trabajada esa vagancia algunos, pero no todos. En los márgenes del canon habitan, mientras tanto, quienes llenaron folios por hambre, ambición o aburrimiento: los tres vicios que Juán Rulfo —par excellence— nunca tuvo.

Burgess fue, según se vea, menos listo o más corajudo. Narrador tardío y avieso en intenciones, deviene un profesional de las letras porque quiere dejar algo, pero no un legado —desde luego— para la posteridad y los lectores futuros. Corría el año 1960. Le había diagnosticado una enfermedad mortal. Según los médicos, la esperanza de vida resulta ser muy corta, apenas 12 meses. Terminará existiendo, para riqueza de editores y regocijo de críticos, otros 33 años extra. Azuzado por una muerte inminente, escribiendo tres libros y medio cada docena mensual, la facilidad de este cuarentañero, nacido en 1917, ya quisiera tenerla cualquier principiante. Burgess comienza así el segundo volumen de sus memorias, contando cómo introdujo en la máquina de escribir la primera cuartilla, cómo inició su andadura profesional, cómo se desvirgó en el asunto. No tiene el menor interés, claro. Tenía en mente dejar los derechos de autor a su viuda. El objetivo era rellenar, mientras estuviera de servicio, cinco folios limpios diarios. Más prosaico, imposible.

Algunos advenedizos, cabe puntualizar, consideran esta narración de enfermedades y superaciones una pura fábula inventada como Palas Atenea por alguien con demasiadas historias buenas en la cabeza. El tumor cerebral de Burgess: un simpático atrezzo, como mucho. Sabemos por el final de Los Soprano que los médicos yerran las muertes súbitas a posta para que los enfermos puedan colgarse los galones de haber combatido y eventualmente vencido a su propio destino. Hablo —cómo no— de Junior Soprano. Pero la longevidad de Anthony se sale de madre. Cosa segura, empero, es que Lynne Burgess, la beneficiaria última de tanto libro junto, terminará palmando de cirrosis a la década, tras algunas anécdotas graciosas de intento de suicidio, aperturas de cráneo contra el bidé y cosas así, legando a Anthony una frenética dinámica de trabajo, su única huella visible sobre el mundo. Muy agradecidos estamos sus lectores.

La mujer de Burgess resulta crucial, como todo quisqui debe saber, para el planteamiento argumental de La naranja. Lynne fue asaltada con nocturnidad y alevosía por unos desertores americanos durante los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial. Este suceso decantará la localización espacio-temporal de la novela. Alex y sus drugos violentan alguna suerte de futuro próximo pospunk, en lugar de propiciar una revuelta misógina y plebeya en la Inglaterra de Isabel I. Sita en la última década del siglo XVI, Burgess tenía un episodio histórico pendiente de ficción: un levantamiento estudiantil contra la carestía de algunos productos de consumo de primera necesidad. Parece que los teddy boys del momento se entretuvieron apaleando a las polleras (terminado en as) y a las comerciantes en general que alzaron los precios de la mantequilla y los huevos. Un crimen, vaya. Burgess pensaba retratar a William Shakespeare (¿o debería decir mejor Christopher Marlowe?) rollo adolescente, zascadileando por las higiénicas callejuelas, salpicado por la sangre de mujer, arrejuntado con sus cofrades en fragrante delito. Ya tendrá oportunidad de retratar ese intrigante ambiente en otras ocasiones. Un hombre muerto en Deptford, su versión de la (presunta) defunción de Marlowe, cuenta como una. Nothing Like the Sun, sobre la sífilis del dramaturgo, redactada de improviso para el cuatricentenario del nacimiento, cuenta como otra. A falta de isabelinos in love, buenos fueron los Edwardian Strutters, y manos a la obra que Burgess se puso. Para los despistados, han de saber que «Pavoneante Eduardiano» —traducción libre y propia— era la etiqueta que endiñaron los periodistas sobre los jóvenes sin futuro de la decadente potencia británica. Niños bien, bien vistos: Alex solo pierde la compostura durante la comisión. Ya saben cual: la comisión del crimen.

No hubo conflicto —by the way— entre Estados Unidos y Gran Bretaña, como malamente predijera Trotski, tras la Segunda Guerra Mundial: la supremacía comercial abandonó la Pérfida Albión y cruzó el charco. Buenas fueron desde entonces las special relationships, una vez perdido y abandonado el primer puesto de la carrera mundial del capital hacia la infamia. Burgess sabía del tema: desde los años setenta tenía la vista y la zarpa sobre el mercado yanqui. Y pelillos a la mar: unos yanquis violaron a su mujer; esto fue el trasfondo histórico de la mejor conocida de sus novelas. No hay mal que por bien no venga.

¿Y el trasfondo teórico? Huelga decirlo, era católico. Los americanos hicieron de la película una apología de salvajismo; los franceses, como siempre, peroraron hasta tarde con Nietzsche en una mano y Foucault en la otra. La sociedad del espectáculo, el nihilismo reactivo y su violencia alienada, los dispositivos panópticos: Burgess pensaba en términos más sencillos. Y quizá más profundos: «Dios hazme puro, pero aún no», que rezara Agustín de Hipona. La vida del santo no tiene nada que envidiar a los malandrines de Kubrick. Es la historia del católico disoluto: pecar a escroto lleno y luego hacerse el arrepentido. Ello permite una interpretación teleológica de la autobiografía. Excusatio non petita: vistos en retrospectiva, los pecados del pasado, hasta parecen tentaciones del Supremo y todo. Incluso el robo de la fruta, castigado con la ley del Talión por aquél entonces, era visto por San Agustín como una premonición de su conversión posterior. O mejor dicho, como el capital salvífico acumulado por el Hijo Pródigo, el saldo negativo de la balanza celestial de pagos, la promesa de felicidad eterna del converso. Burgess buscaba encarnar las tribulaciones asociadas con el liberum arbitrium, la capacidad de elegir el mal que conlleva el mandato divino y su imposición, esa dualidad que persigue a la Humanidad desde que Eva se tomara en serio —para mal de todos— lo de las cinco piezas diarias de fruta. De mal en peor desde entonces.

La naranja termina, por tanto, redención mediante. Alex, Vuestro Humilde Narrador, cumple 18 años y abandona la ultraviolencia. Se siente atraído por las cafeterías, rollo Starbucks más o menos, donde las parejas disfrutan de la tarde. Quiere sentar la cabeza, ¿qué batallas contará de entonces? Que los jóvenes avanzan en línea recta como los juguetes eléctricos, que la juventud también pasa, como todo, que las generaciones siempre rellenan su cuota de desfase, no puede hacerse nada para evitarlo, antes de la llegada de la vejez: estas y otras historias aguardan a los hijos de Alex. En el ínterin, los gustos musicales del protagonista se refinan. Mejor dicho, se amariconan: donde antaño estuvieran las grandes composiciones orquestales con mucho ruido de fondo, muchos tambores y timbales, muchas ganas de invadir Polonia, ahora solo quedan los Lieder y sus románticas guedejas de violines. Y por si fuera poco, entra en escena el espíritu ahorrador, los planes a largo plazo, las inversiones a tanto por 100 del TAE, la racanería financiera —genuino ritual de paso— que marca el final de la adolescencia. Ante la expectativa de invitar a unas gachilillas (una palabra del idioma de Umbral que en nadstad significa ptitsas y en castellano, muchachas), Friedrich Hakey habla por boca de Alex: 
—Ah, al demonio. Que se lo paguen ellas. —No sabía por qué, pero en aquellos últimos tiempos me había vuelto algo tacaño. Se me había metido en la golvá el deseo de guardar todos esos preciosos billetes para mi, de atesorarlos por alguna razón.


Ahijada de la necesidad financiera y del virtuosismo sin complejos, La naranja —ahora mismo— bien podría estar criando malvas. Las partes del libro revelan las prisas de la confección. Tres apartados, a siete capítulos por apartado, hacen un total de 21 capítulos. Me juego el dedo corazón que el libro tiene una concepción mensual acelerada. Tres semanas de escritura y una de revisión: las cuentas salen redondas. El propio Burgess, adversario acérrimo de las mutilaciones literarias, consintió y permitió que cercenaran la última sección por unos $$$. Entre todas las prostituciones que tuvo que realizar, esta fue la peor. Los lectores de Estados Unidos no llegaron a conocer hasta los años 80 el cierre inicial de La naranja. Ya era demasiado tarde entonces. Desde 1971, la novela daba igual. Los enterados pueden silenciar a los jóvenes locuaces, los profesores de literatura pueden cantar y elogiar con la boquilla, los cinéfilos pueden colorear sus hogares y sus estantes, que lo importante seguirá siendo la película. Dada una votación, ¿cuántos elegirían el cierre católico de Burgess, condonación de los pecados juveniles incluida, en lugar del cínico cierre de la cinta: «Sin lugar a dudas, me había curado»? Yo desde luego no.


Publicado originalmente en Hermano Cerdo. 7 de Agosto de 2013.