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13 de agosto de 2013

¿III República 2015?

I

Las cosas mejoran, pero bastante poco; Cristobal Montoro parece un superhéroe con los brotes verdes en la mirada y los gallumbos por fuera; la gente del común ya habla del próximo gobierno de España. Este último, el que todavía padecemos, desde luego ha hecho de su capa (electoral) un sayo (antidisturbios) y hasta un sudario en cuanto a previsión de voto se refiere. Gajes del oficio, supongo, cuando uno actualiza a la jerga de los wannabes empresariales el lema del Espadón de Lieja: «La gobernanza es la resistencia», pensará don Mariano entre decretos, cordones policiales y pompas de jabón. ¿Recibe Ud. muchas críticas?, pregunta la Forbes a Luis de Guindos; como ministro de Economía, ¿Ud. sabe qué piensa la peña? La respuesta es antológica: «Los ministros nos aislamos bastante del contacto con la gente, por razones evidentes, incluso de seguridad. Yo intento mantener ese contacto a través de mis colaboradores que sí están [sic] en contacto con la realidad, como es el departamento de Comunicación.» A diferencia de Lehman Brothers, donde una oficina de finanzas ignoraba, según contaron en los tribunales, que el vecino de arriba estaba apostando contra sus propias inversiones, parece que en Hispañistán la mano derecha y la mano extremo-derecha del gobierno sí están bien coordinadas, ¡y tanto!: el puño de acero de los recortes recibe las caricias enguantadas que la mano invisible de la iniciativa público-privada administra a través de los periodistas cómplices hasta el mismísimo departamento de Comunicación. Por desgracia, esta diferencia respecto de LB no salvará a los populares del hundimiento mutuo, anunciado y correspondido.

Además de tragarse la basura que censuran para él sus subalternos, de Guindos también tiene la loi de familie, no se crean: «También mi mujer, aunque no la veo mucho [sic], me dice las cosas que pasan. Y sí, para un ministro es importantísimo tener a gente que diga la verdad.» ¡Habrase visto Donald Draper semejante! Primero la obsesión por la marca España, antepuesta como un eslogan sobre los intereses salariales de media España (ya saben qué mitad), y ahora la falta de contacto humano, han transformado para siempre a Luis de Guindos; y así lo retrata la prensa, como un tipo calvo con cara de perro: triste destino donde los haya para el único orador no-gangoso, no-tartaja y con idiomas del Gobierno de España, la Unidad de Todos. Luis, ¡tú antes molabas!

Como decimos, cuando no está distraída por el telefonino, la menu peuple cavila sobre las elecciones de 2015, que están a la vuelta de la esquina. Una vez pasado el miedo ante la posibilidad de un tecnócrata impuesto desde los poderes europeos (una auténtica locura, el deponer a Don Mariano: hubiera estallado el polvorín español; pregunten a los franceses, a ver si dan o no crédito), solo quedan los viejos temores y las nuevas escisiones de la derecha, cuya amorfa unidad centrista es una invención del aznarinato (véase los efímeros partidos liberales durante los años 80: en solitario y en democracia, los liberales no se comen un colín; por eso van todas las tardes a misa). Y quien la hizo ahora la deshace: el gobierno tiembla con el alunizaje de Aznar; el sans moustache desestabiliza la situación; las corbatas, los gemelos y las carteras de inversiones parecen girasoles a su paso. («Cada vez que vea a alguien caminando mientras se aprieta los gemelos es que está cambiando suavemente de opinión o acoplándola con cortesía», Manuel Jabois dixit.) Ante este desaguisado, hasta Jesucristo se encoge de hombros en la cruz. En Intereconomía huele a cura quemado en la plaza. Y no es culpa del mamporrero de izquierdas que suelen invitar para encender la pasión del respetable. La derechona se fragmenta, señores.

Y si el campeón de los abdominales parece haber esnifado algo por sus (ahora) imberbes fosas nasales, no será Napoleón Bonaparte la sustancia, como sugiere con astucia el pillastre de Juan Soto Ivars. A diferencia de Pepe Botella, José María no viene a domeñar nada ajeno, sino a hacerse el capitán del futuro bando perdedor (sí, he dicho perdedor). Viene, en todo caso, a drogarse con el conde de Romanones, heredero del Partido Liberal de Sagasta et tutti quanti, cabeza de cartel de la monarquía constitucional en las elecciones de 1931 —sí, las municipales de abril del treinta-y-uno donde realistas y liberales, guarecidos bajo el almirante Aznar-Cabañas (¡será por apellidos!), fueron arrasados en las capitales de provincia por la coalición republicana. Un columnista de El Mundo, Carlos Cuesta, expresa muy bien cómo, a dos años vista, el miedo puede cambiar de bando, siempre y cuando la Troika haga mal su trabajo, como hasta ahora, y el FMI no vuelva a errar de nuevo, eventualidad lógicamente improbable; las palabras de Cuesta:

A todos esos que consideran un bien supremo la lealtad al partido, permítanme, sin más, que les recuerde un detalle: si como ha anunciado el Gobierno de su partido llegamos a 2015 con un paro de casi el 26% –tres puntos más que con el PSOE– en medio de una órbita de permanente bombardeo mediático con la trama de corrupción Gürtel, resultará más que improbable ganar las próximas elecciones generales. Y si no se ganan esos comicios, pasará por España el mayor rodillo socialista-comunista-independentista que nadie haya conocido en toda la etapa democrática. Y dudo que en ese momento sirvan para mucho las lealtades de partido, mientras todo lo que conocemos salta por los aires.

And Pablo
took his gun.

Dicho y hecho. Pablo Iglesias, un gran orador con aspecto de Nazareno, según la certera descripción de Jiménez Losantos, organizó hace poco una tertulia para debatir sobre la posibilidad de extrapolar a nivel estatal la solución de compromiso andaluza entre IU y PSOE. Aupados por el derrumbe del bipartidismo, los comunistas de IU (aún se les puede llamar así) no parecen haber olvidado (¿para bien?) el pasado. Las heridas dejadas por Zapatero tardan en cicatrizar. La gente del PSOE, dividida por si llevaban chaqueta o iban más casual, parecían apostar —mirando hacia el futuro— por una ensalada de siglas que incluyera hasta Equo, PACMA y más allá, atracando los valores del pluralismo, el ecologismo y los derechos animales a su dique seco de ideas: una vez abandonado el espíritu obrerista, que los socialistas nunca llegaron a tener, poco más queda para un partido como el PSOE, laboratorio de pruebas de la tercera vía con González y baluarte del republicanismo manirroto, sotto voce zapateril, salvo las guerras culturales y morales contra los toros y la Iglesia. Que todos los intereses cuenten y todas las voces retumben, lo cual está muy bien, es el único programa sustantivo del PSOE, quien siempre prefiere mucho abarcar, para así apretar menos. Y sobre Euskadi, Cataluña, Galicia y hasta Murcia, mejor ni hablamos: salvo por las inocuas salidas de emergencia democrática («Que se haga la voluntad del pueblo», sentencian quienes pretenden resolver con vagancia electoral la ausencia de argumentos consistentes), según el imaginario 2015 de las izquierdas, el Reino de España sigue siendo uno y no 51. Sobre este punto, IU dice que nanai: sin una República Federal no vamos a ninguna parte. Y tienen razón, sin un Estado de derecho social, democrático y republicano no salimos de esta. Y no se equivoquen, ésta no es la prima de riesgo, que sube igual que baja. Las cuestiones macroeconómicas importantes se deciden en Bruselas, por mucho que nos empeñemos, nos escindamos o nos devaluemos con las antiguas (¿o quizá nuevas?) pesetas. Y si el objetivo consiste en aumentar las competencias del BCE, hacia una mayor unidad fiscal, por ejemplo, con impuestos más altos para todos los ricos de Europa, entonces quedan por resolver entre nosotros las cuestiones magras de la Historia de España: el modelo de sociedad, el modelo productivo, el modelo territorial, ¡la desamortización de la tierra! y cosas así.


II



14 veranos de gobierno felipista, con todos sus factores, despolitizaron, burocratizaron y europeizaron a la generación de extremo centro que nos gobierna ahora mismo por cuenta ajena, tolerantes en cuanto indiferentes, republicanos espirituales y monárquicos pragmáticos, pero muy dados a dejar las cosas como están: para la jefatura del Estado, entre reyes y presis, tanto monta que monta tanto; lo importante no es quién gobierna, sino cuánto. Los más jóvenes tenemos que saber, por el contrario, que República no solo significa tanto aguillotinar a Felipe VI (que también) cuanto llevar la democracia igualitaria meritocrática a sus últimas consecuencias: la elección de todos los cargos representativos en calidad de fideicomisos del soberano. Las cosas se complican, no obstante, cuando entramos en materia judicial, por ejemplo, cuyo poder reclaman los ciudadanos que sea independiente, y cuya independencia ha supuesto, en Estados Unidos, la imposición de cierta racionalidad (ya sea progresista o moderada) sobre los derechos de la población (en ocasiones). ¿De verdad quieren subordinar (aún más) la elección de cargos del Tribunal Supremo a las elecciones plebiscitarias y su pendiente inclinada hacia la partitocracia, el clientelismo, la demagogia? La democracia propiamente entendida solo puede entrar en conflicto con la separación de poderes, la expertocracia, las instituciones independientes: en suma, todo cargo público debe mediarse con los votos. Las urnas actuales, sin embargo, están llenas de papeletas a la contra: la pasada victoria aplastante del PP resulta incomprensible sin esta tendencia del español a empeñar su papeleta con el propósito de la venganza, no creyendo en nada que no sea el castigo de la culpa, la expiación de los delitos, la condena del gobernante.

Ante este panorama, queda mucho por andar, pero una futurible victoria de las izquierdas, ya sea en 2015 o mañana mismo, la situación enfrentada ahora no resulta distinta de la coyuntura habida en 1931, cuando la victoria de los republicanos; si la hipotética coalición PSOE-IU llegara a algo más que agua de borrajas o aún gobierno provisional de purgación, elegidos porque la gente está hasta el IVA de la falta de puestos de trabajo, tras la Segunda Restauración Borbónica (1975 - ¿2015?), entonces la hoja de ruta de ayer bien vale hoy, como la expone Antoni Domènech, por ejemplo: en primer lugar, «si se quiere gobernar limpia y parlamentariamente conforme al propio ideario a corto plazo, sin trucos de "vieja política" monárquico constitucional, no se puede pedir prestada esa base [popular y electoral] con métodos demagógicos, que sólo podrían sostenerse en el caciquismo y la ignorancia de las gentes»; y en segundo lugar, «si se quiere gobernar limpia y parlamentariamente a medio y largo plazo, no hay más remedio que considerar como provisional la base popular que se toma prestada, y emprender entre tanto una enérgica política de reformas estructurales de la vida social y económica española que reorganice por completo la sociedad civil, a fin de crear una base social amplia que pueda nutrirse un partido republicano y democrático, que estabilice a la República.»

Traducido en términos económicos, este proyecto implicaba entonces la reforma agraria y ahora, sin duda, una reforma crediticia, cuya iniciativa no tendrá lugar en Madrid, sino en Bruselas, o no tendrá lugar de ningún modo. Mientras tanto, queda por revisar las constitución política de los mercados españoles, y cómo no, el clientelismo que bajo la forma de puerta giratoria entre la política y los negocios tiene atenazada, en favor de los intereses corporativos granempresariales, a una nación de pymes ineficientes (pura economía de escala, caballeros) pero que dan mucho trabajo. Y aquí es donde la cosa se pone complicada, porque acabar con la monarquía también supone, en este punto, terminar con la máquina burocrática monárquica heredada. Poca broma, por cierto, pues incluye a nuestros intocables sindicatos, la Iglesia de los zurdos de este país, financiada por el bolsillo del contribuyente. Liberar el sindicalismo de la correa estatal resulta crucial, sin embargo, para permitir nuevas formas de organización y autodefensa de los productores y de los endeudados, como un paso previo para la politización de izquierdas del autónomo y del emprendedor wannabe, quienes constituyen hoy día el grueso del electorado pepero estafado por un gobierno que les sube sin piedad el IRPF. Favorecer las cooperativas de trabajadores y las asociaciones vecinales, en detrimento del funcionariado que administra nuestros derechos, hoy hasta suena de derechas, máxime si tocas los privilegios locales y ello implica despidos, cuando en verdad la ideología neoburguesa actual reclama que el Estado subvencione los deseos del personal a título de derechos (palabra inflada donde las haya); pero en verdad mi modesta (y no matizada) propuesta solo quiere actualizar la Crítica del Programa de Gotha; contra los lassallistas que aspiraban estatalizar las instituciones de la clase obrera, escribía Marx:

En lo que hace a las sociedades cooperativas actualmente existentes, éstas tienen valor sólo en la medida en que sean independientes, no criaturas obreras amparadas o por los gobiernos o por los burgueses.

De esto se trata. Pero es igual mi referencia dogmática a Marx, porque los zurdos con posibilidades de gobierno en España tienen dogmas mayores que los clásicos, entre los cuales se cuenta, amén del históricamente comprensible anticlericalismo, el amor hacia el Estado. Poco se puede esperar, salvo una subvención para el 15M, a modo de conmemoración monumental, de la triunfante, hipotética y renovada izquierda de 2015. Fácil será, con esta estrategia política a medio plazo, que los conservadores nos roben de nuevo las lealtades liberales con una súbita bajada de impuestos: la III República se difumina en el horizonte como el humanismo de Foucault porque los partidos que la desean son incapaces de representar a las clases medias que prefieren empaquetar las maletas y dejar España a su suerte. Si las previsiones actuales se confirman, y 2015 nos encuentra con esta tasa de paro, estate seguro que la hipotética coalición de izquierdas, con estos planteamientos, será eclipsada por un gobierno de concentración nacional. Muy favorable tiene que resultar, para evitar tal cosa, las elecciones a IU. Pero todavía queda mucho tiempo, muchas manifas y muchos deshaucios para que sepamos el resultado. Por el momento solo cabe decir que, dada la tendencia hacia la desafección sociopolítica, sobrevalorada por los senadores a los cuales nadie nunca ha votado, desestimada por los perroflautas que están en la calle, luchando optimistas por nosotros, el grueso de la población española necesita muchos gobiernos de 14 años, mucho tejido contrainstitucional socialdemócrata y muchos campos de reeducación (es una broma) para jubilar de una vez por todas el «Cada uno en su casa y Dios en la de todos» que tan presente se encuentra en los movimientos sociales multicolores que aparecen en cuanto los gobiernos conservadores de la Península deciden planchar el bolsillo del contribuyente y cortar —a la vez— el grifo de los servicios públicos que tanto necesitan nuestras hipotecadas clases medias, entidad fantasmal donde las haya, intentando deshacerse de la casita en la playa. En conclusión, algo más que NIMBY, me temo, vamos a necesitar para la Tercera.



Publicado originalmente en Culturamas. 30 de julio de 2013.

5 de agosto de 2013

¿Qué fue el socialismo en EEUU?

Cuando Obama deviene un bluf en materia de derechos civiles (no se conoce violación de la privacidad como la auspiciada por el Patriot Act, reforzada luego por el NSA), en política exterior (el retrasado sine die cierre de Guantánamo está a la par que el programa de ejecuciones sumarias mediante drones) y en cuestiones ecológicas (el fracking se ha convertido en la última panacea en la búsqueda de la autarquía energética), muchos se hacen la misma pregunta: ¿dónde están los laboristas americanos? La historia del macarthismo resulta demasiado conocida como para ser repetida aquí. No tiene tanta fama, empero, la persecución del Partido Socialista durante el primer tercio del siglo XX. Por ello merece la pena recoger su testigo, aunque solo sea para recordar que, en Estados Unidos como en todas partes, el socialismo no es una causa perdida, sino una que aún no hemos ganado.
En 1906, Werner Sombart publica su segundo ensayo más famoso. El primer puesto siempre estuvo reservado para su Refutación del Marxismo (1926), una conversión ideológica anunciada desde hacía tiempo por parte de quien, mediante su modelo intelectual, puso en entredicho la susodicha palabrita: «Moi, je ne sui pas marxiste», dijo el anciano Karl para quitarse avant la lettre de encima la infausta herencia de su pensamiento. Luego vendría, en términos políticos, el Congreso de Erfurt y su inopinada estrategia política de los dos mundos. Y en términos intelectuales, los marxistas de cátedra, muy duramente combatidos por una socialdemocracia (sin lugares en la universidad: resultado de los dos mundos) que los tachaba de apolíticos para arriba, y entre los cuales se contaba Sombart hasta su giro nazi, ya anticipado en unos trabajos de antropología obsesivamente circunscritos sobre el pueblo hebreo, cuya guinda que corona el pastel es Deutscher Sozialismus (1934): una apología sin descaro del régimen hitleriano. Aún marxista entonces, Sombart publica en 1906 la medalla plateada de su palmarés intelectual, como decimos: ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos?. Una pregunta ciertamente precipitada, como comprenderán, dado el momento de su formulación. Sombart se pregunta, como si el socialismo triunfara entonces all over the world, como si el desarrollo y la implantación del SPD no fuera una excepción, una punta de lanza en Alemania, por qué el continente que satisface las condiciones del desarrollo homogéneo, creciente y explotador predichas por Marx (las disparidades de renta entre los percentiles más altos y los más bajos en USA ya era célebre entonces), no tiene una plebe marxista convencida, se pregunta Sombart.

La pregunta quizá hasta tuviera sentido. A fin de cuentas, el primer afiliado del Partido Socialista electo a nivel federal, Victor Berger, accede como miembro del Congreso en 1910, en paralelo a la elección de Pablo Iglesias en España como diputado socialista del Parlamento. Y cabe preguntar: ¿resulta concebible acaso que la doctrina de Iglesias, defensor de «la Bendita Intransigencia», una exportación de los dos mundos alemanes, tuviera idéntico arraigo popular que Berger, mucho menos obrerista, con demandas bastante inclusivas, teniendo además en cuenta las diferencias existentes entre el sufragio caciquil ibérico y el sistema electoral americano? A primera vista —no— apenas resulta concebible. Incluso podemos llegar a tragar, pues resulta bastante intuitiva, la tipología arquetípica de Sombart: el obrero yanqui «está a gusto, está bien y de buen humor —como todos los norteamericanos—. Su visión del mundo es el optimismo —su máxima fundamental: vivir y dejar vivir—. Por ello mismo se desvanece el fundamento de aquellos sentimientos y emociones sobre los cuales un trabajador europeo construye su conciencia de clase: la envidia, la amargura, el odio hacia aquellos que poseen más, que viven en la abundancia.» Idénticas consideraciones nietzscheanas, sobre el espíritu anglosajón y su componente überemprendedor, pueblan el resto del ensayo. Sombart incurre en varios errores, tales que: tomar en serio la retórica inflada del SPD, cuyo sindicalismo siempre fue pactista en grado sumo, mientras los representantes parlamentarios agitaban el gallinero, como los antisistema (de palabra) que eran. Resulta también curioso que Sombart elija como modelo sindical la AFL, una federación laborista exclusiva para varones blancos cualificados, cuando hacía unos meses (1905, Chicago) se había fundado la IWW, siguiendo el paradigma del sindicalismo insurgente continental: un sindicato no racista y no sexista, que abogaba por la acción directa. «Acción directa significa acción industrial directamente por, para y de los propios trabajadores, sin la ayuda traicionera de falsos líderes sindicales o de políticos intrigantes», rezaban los panfletos de los Wobblies.

La década posterior a ¿Por qué no? terminaría refutando el contenido predictivo del ensayo, volviendo más acuciante el interrogante si cabe. En 1909 se funda el International Ladies Garment Workers Union, la primera organización contundente de costureras, cuyas sonadas victorias no impidieron la tragedia del 25 de marzo de 1911, el incendio de la Triangle Shirtwaist, la fabrica neoyorkina donde trabajaban cerradas con pestillo las obreras textiles, durante el aniversario del alunizaje de los colonos en Maryland (1634), ¡tierra de oportunidades! En 1912, los Wobblies organizan una acción directa en Lawrence (Masachussetts), dando comida y combustible a 50.000 huelguistas (en una población de 86.000 habitantes), aguantando ante las muertes y los arrestos provocados por la policía («Las bayonetas no pueden tejer la ropa», fueron las declaraciones del arrestado Joseph Etor, líder de la IWW en NYC), trasladando a los niños hasta otras ciudades, ante la perspectiva de una larga huelga, y finalmente obteniendo aumentos salariales entre el 5 y el 11 por 100, repartiendo las mejores compensaciones entre los trabajadores peor remunerados, ante una rendida Silk American Company. En 1913 comienza en Colorado una huelga de los mineros del carbón contra la familia Rockefeller que termina en abril del 14 con la Masacre de Ludlow, con la guardia nacional matando a varias docenas de personas, con varios cientos de mineros siendo convocados a tomar las armas, con compañías de soldados negándose a disparar sobre población civil, y finalmente, con el despliegue del ejército federal, aplacando la insurgencia.

En suma, justo unos meses antes del arranque de la Primera Guerra Mundial la pregunta de marras (Why not socialism?) resultaba pertinente, sí, pero tras unos años the correct answer sería más clara: los congresistas.



Fueron los congresistas quienes votaron el reclutamiento obligatorio para paliar las vacas flacas del patriotismo tras el hundimiento del Lusitania (la IGM necesitaba un millón de soldados, pero solo hubo 73.000 volutarios), provocando que hasta 330.000 reclutas dieran señas falsas, huyendo de las autoridades en calidad de prófugos y sediciosos (¿quién quiere morir en una trinchera?); los candidatos socialistas, opuestos desde el inicio contra la guerra, a diferencia de sus compañeros del Viejo Mundo, multiplicaran varias veces sus resultados en las elecciones municipales de 1917, comparadas con los votos de 1915: en Chicago, por ejemplo, subieron del 3,6 al 34,7 por 100. Fue el comienzo del fin. También fueron los congresistas quienes aprobaron la Espionage Act, elevando la beligerancia a religión de Estado, convirtiendo la cárcel o la muerte en la disyuntiva existencial de los socialistas que quisieran continuar abriendo la boca: 10 veranos entre barrotes para Eugene Debs (fundador del PS); la tortura y la soga para el gaznate de Frank Little (organizador del IWW en Montana); un vuelo desde el 14º piso de Park Row (NYC) hasta el suelo para Andrea Salcedo (impresor anarquista); y así hasta 4.000 personas detenidas en 1920, una vez terminada la guerra, y 249 inmigrantes eslavos deportados a la URSS (¡Sayonara, Emma Goldman!). ¿Qué opinarían pacifistas, socialistas y anarquistas del optimismo sombartiano durante el Trienio Guerrero (1917-20)? Durante el mitin que condujo a su arresto, Eugene Debs puso los puntos sobre las ies, dando (en parte) la razón a Sombart:

Nos dicen que vivimos en una gran república libre; que nuestras instituciones son democráticas; que somos un pueblo libre y autónomo. Incluso para un chiste, eso es demasiado. [...] Sí, a su debido tiempo nos haremos con el poder de esta nación y de todo el mundo. Vamos a destruir todas las instituciones capitalistas esclavizantes y degradantes. Está saliendo el sol del socialismo.


En verdad, se estaba poniendo. Optimismo de la voluntad, dice Gramsci.


Publicado originalmente en SinPermiso. 29 de julio de 2013.