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19 de agosto de 2013

Mission Accomplished

Lo Prometido Es Deuda 


Cosas que uno encuentra
buscando a Victor Balcells
en la selva de Google Images.
Ignoro si era una crítica, supongo que sí, cuando Benet sostuvo que Baroja era, nada más y nada menos, el primer narrador castellano en alcanzar sus objetivos. Ibidem puede decirse de Victor Balcells. Sus historias son redondas; sus personajes, tópicos y cucos, también. Lo anecdótico y lo entrañable dominan una escritura, la suya propia, que cumple en todo momento con las promesas contraídas: libros con atmósfera y cadencia que —¡albricias!— en las librerías se venden a pares. Su carta de presentación en suciedad, el libro de relatos Yo mataré monstruos por tí (Delirio, 2010), ha llegado hasta la tercera edición; nunca una imagen de portada fue tan certera: la nuda efigie del autor sacando molla. Un gesto de fuerza en la superficie que acompaña el contenido de las entrañas: los cuentecitos que componen YMMPT son una cartografía adolescente en clave de humor que ya quisiera cualquier cronista de nuestro tiempo en su haber de retratos costumbristas.

Y para rematar la faena, que no ha hecho sino comenzar, Balcells regresa en formato maxi. Acaba de llegar a nuestras librerías su último trabajo de artesanía, un tocho de 500 páginas bajo el rótulo Hijos Apócrifos (Alfabia, 2013), ante el cual solo cabe entonar, nuevamente, el mission accomplished. Misión cumplida en los diálogos, que vuelven a delinear con naturalidad el ambiente de la narración. Misión cumplida también en el tempo, que salta hacia atrás, el espacio de la memoria, mediante una sencillas cursivas. Misión cumplida, en suma, en el interés narrativo: Victor Balcells es el primer narrador español rozando a la baja la treintena cuyos libros se dejan leer desde la primera anécdota hasta el último párrafo; lo que no quita el placer adulto de abrir al tuntún, picotear 10 páginas y volver a cerrar las tapas. Tanto en la consulta fragmentaria, último recurso del crítico literario curtido en mil batallas, como en la ingesta paciente y reposada, pasando con la lengua cada página, Hijos apócrifos lo que (quiera que) se propone. Y los editores se forran a su costa, pues el lector aprecia (compra y paga) esa tensión constante.

Desde un punto de vista estilístico, destaca en Hijos apócrifos la frase corta, con algún taconazo simbólico, siempre alguno por párrafo, pero sin grandes algaradas de puntuación y subordinadas, salvo algún aparte enjuto entre puntos y comas, todo embridado en vistas de la lectura distendida, amén del entretenimiento. Les copio más abajo un ejemplo, que apenas alcanza relevancia ensayística o valor para el relato, pero que no obstante ilustra el modelo de prosa funcional entre la constatación impersonal de los objetos y la reflexión coloreada por la subjetividad del narrador, aderezada por algún guiño a los lectores más avanzados; una forma de escritura que Victor Balcells practica siguiendo la norma de las dos i griegas; ya saben, la norma propugnada por los guionistas de series, la receta de la abuela para conseguir el resultado deseado en materia de ficción: «Un producto cultura óptimo tiene que resultar inteligible tanto para el intelectual de Yale (primera i griega) como para la señora de limpieza de Yalta (segunda i griega)»; y el fragmento dice así:
Las mujeres salían con sus vestidos a la calle. Pausadamente fru fru de piernas rozando, destellos. Había bolsos en los hombros, como ahorcados, y galanes esperando junto a los surtidores de calor en los cafés de París. Había un fluctuar de placeres al acecho; extrañas promesas nostálgicas en el aire y por el suelo, arrastrándose, la agonía. Y entre todo ese desamparo de vez en cuando la apoteosis de dos que se encontraban y se iban juntos, o de tres, o de uno solo que paseaba meditabundo pensando quizá sobre la cuestión de la carne: Dios hazme puro, pero aún no.
Hablando sobre Victor Balcells con un colega de profesión, un escritor que ha tenido la suerte de consultar algunas versiones previas del manuscrito (por cierto, ver el entramado inicial en bruto de Hijos Apócrifos debe ser un espectáculo innombrable: algo así como el soterramiento en directo de la M-30), él me decía que el libro está muy bien, aunque podamos echarle dos cosas en cara: la falta de sentido espacial (en la primera parte, Pablo Scarpa entra en Varsovia y sale, durante la Polonia de 1985, sin rastro de la URSS o de Solidarność) y la plantilla absurda de personajes: «Parecen los Looney Toons», me dice. Y yo pienso de inmediato en la secretaria de la editorial Archimboldi chutándose en la tercera parte del libro una raya delante de un escritor potencial de la casa mientras piensa «¿No ves que vamos a rechazar tu manuscrito, no ves que no sabes nada, ni siquiera sumar, y que la coca, aquí, es nuestra gasolina?», y tengo que darle la razón a mi camarada. ¿Drogas en el mundillo editorial? Algo imposible, inverosímil, lo jamas visto. Ahora en serio, y sin ánimo de espoilear, ¿cadáveres encamados en hoteles parisinos?, ¿hamletianos suicidas acéfalos en cabo Sunion?, ¿tórridos encuentros erótico-festivos con travelos? No me lo puedo de creer. Pero funciona. Háganme caso: funciona.

21 de mayo de 2013

Bambi ha muerto, cabrones.

Pan de oro. Placer adulto.
Iago Fernández Ferrán,
Como el ciervo huiste, 
Editorial Delirio, 2013.


La primera ventaja de la amistad entre escritores es que, así como los elogios mutuos se suponen de antemano, así también se perdonan las objeciones bien intencionadas. O por lo menos no se comprenden según ese esquema caínico que tantos poetastros suscriben, según el cual todas las reseñas negativas son puñaladas por la espalda que vienen a alterar el buenrollismo del mundo literario, donde las diversas corporaciones generacionales mercadean con el humo propio, sin excesivas rozaduras en los puntos de sutura, que para hacer el trabajo sucio, las objeciones y los insultos, para eso ya están los troles digitales. O eso espero. Y es que hoy quiero criticar a mi compadre, Iago Fernández Ferrán, quien acaba de publicar Como el ciervo huiste con la salmantina Editorial Delirio, cuyo catálogo cuenta con varios libros que llevan mi apellido, como pueden ser Bizarro (2010) o El arte de la indignación (2012), que un servidor ha coordinado con gusto infinito. Y claro, uno quiere llegar a viejo preñado de amistades pero, ya puestos a elegir, las prefiero curtidas por la inclemente sinceridad del francotirador, antes que reblandecidas y enternecidas a golpe de palmadita en el pompis. Así que allá vamos.

Fdez. Ferrán pertenece a mi camada generacional. En la presentación barcelonesa del libro, si no hubo cuarenta menciones despectivas a la posmodernidad, no hubo ninguna. Ambos entendemos cosas distintas, pero nos entendemos en suma, y cuando hablamos de los posmodernos, nuestras carcajadas rozan el cielo. Fdez. Ferrán tiene unos gustos estilísticos muy definidos, que yo comparto por completo. Los escritores viejunos de la tradición castellana están en nuestro haber como los más preciados. De los extranjeros, siempre presentes, tenemos a Faulkner, a Flaubert, a Proust. Y luego está Roberto Bolaño, que no termina de hacerme tilín, mira por dónde, a pesar de la teoría que tiene Fdez. Ferrán sobre el cruzamiento del surrealismo y del modernismo en Los detectives salvajes, gracias a la incorporación de fragmentos de realidad que apuntan como índices más allá del texto. —Los detectives salvajes, una novela que de posmoderna solo tiene los desnortados críticos literarios —sentencia Fdez. Ferrán mientras yo aplaudo. Como comprenderán, las expectativas depositadas sobre este tunante estaban en mi caso por la altura de las acciones de Lehman Brothers en el arranque de 2007. He esperado la llegada de su libro como agua de mayo. He soñado con escuadrones de narradores con mucha caspa sobre las hombreras. He acariciado esos párrafos que se extienden hasta el infinito y mucho más allá. Una vez entre mis manos, la cosa me sabe a poco, he de comunicar.

♫ Vamos los dos, los dos, los dos. Vamos los dos en compañía.
Vamos los dos, los dos, los dos. Al jardín de la alegría. 

Fdez. Ferrán es un tremendo estilista con poca cosa que contar. Quiero decir, los cinco relatos que componen el volumen, junto con el Epílogo, contienen multitud de historias que se entrecruzan pero éstas, y los individuos que las protagonizan, son apenas el condimento de un torrente sintáctico que permanece inalterado, sin fisuras durante todo el libro, porque de escribir bien y complejo se trata, pensará Fdez. Ferrán, y por supuesto, la psicología de los personajes está sobrevalorada. Ya estemos leyendo sobre la producción de grafito o sobre las aventuras de una madre soltera, Fdez. Ferrán nunca sacrificará un ápice de su capacidad lingüística, acometerá cada frase como si fuera la última, terminará poniendo toda la carne en el asador, acudirá con sus mejores galas a la cita con el diccionario, y nos regalará todas las esdrújulas del mundo. El resultado son —me temo— una colección de flujos de conciencia idénticos entre sí que remiten, en último término, a la cabecita libresca del escritor. Así se puede escribir, sin problemas, sobre un embarazo indeseado como si estuviéramos dirigiéndonos, coñac agitado en mano, a una audiencia compuesta a partes iguales por una organización filatélica segoviana y por un grupo de lectura de Gustavo Adolfo Becquer, por ejemplo:
Lo hicimos allí mismo; y, ¿en qué crees que pensé, cabrón?, ¿qué cara crees que superponía a la que jadeaba a dos palmos de mis labios, qué manos crees que enmascaraban a las que se cerraban sobre mi cuello y qué torso crees que se solapaba al mío?; pero, sobre todo, ¿qué látigos crees que deseé que estuvieran azotando mi matriz para que volviera a florecer al cabo de nueve meses aquel embrión obsceno?
En la época del sexo escrito a lo Bukowski, con su insufrible mete-saca protocolario, resulta de mucho agradecer tamaña floritura en el verbo hecho carne, pero qué duda cabe que, cuando Fdez. Ferrán asume una voz femenina en primera persona, y solo encuentra dos insultos coloquiales —«puto» & «cabrón»— para entonar el estado emocional de una despechada, silueteada sobre un entorno de «manos enmascaradas»«matrices azotadas» y «embriones obscenos», entonces una de dos: (i) o Fdez. Ferrán no tiene pajolera idea de la mentalidad femenina; (ii) o el relato está situado, para nuestro desconocimiento, en el siglo XIX, cuando las señoritas hablaban, suponemos, con este vocabulario. Los referentes literarios del escritor vuelven a pasar factura, otra vez, atentando contra cualquier atisbo de verosimilitud. Y no les cuento más porque no quiero espoilear la lectura. Enanos que inauguran fábricas nos esperan a la vuelta de la esquina, caballeros. Sin embargo, por inverosímil que sea, ningún suceso del contenido puede desbancar el despropósito, desmesurado por abundante, del continente. Para un escritor que alardea de hacer matemáticas con las palabras, y que confiesa haber cuadrado cada párrafo con regla y compás, este libertinaje en la gestión de las expresiones, esta incontinencia a la hora de teclear, no parece una estrategia demasiado inteligente a la hora de entroncar con el expresionismo. El Faulkner de Mientras agonizo, por utilizar una influencia que ambos tenemos, hubiera tirado la palangana de la erudición para quedarse con el niño de la narración, si me permiten esta figura tan manida.

Juán Benet no entiende
esa referencia a Faulkner
metida de mala manera.

En el siglo XXI, la segunda ventaja de la amistad entre escritores, con los medios de comunicación que tenemos a nuestra disposición, consiste en la posibilidad de adelantar las objeciones, pues los avisos no son traidores, y está muy bien el recibir las réplicas por privado, sin que nadie se percate del tema, haciendo como si fueran propias —digo— las distinciones que traza el escritor. Tras leer la reseña hasta este punto, Fdez. Ferrán monta en cólera, como suele, cargado de razones. Me subraya las expresiones que he malversado, las posiciones que he mancillado, la Historia de la Literatura pasada por el Arco de Belén. Temo no haber pillado —Cristo Mal— de la misa la media. Y en verdad, donde yo pronuncio flujo de conciencia, achacando a Fdez. Ferrán la incapacidad de meterse en la mente de sus personajes, un crítico literario versado hubiera borrado y escrito soliloquio en su lugar, pues los narradores de Como el ciervo encaran la presencia del auditorio con distinción y conciencia, limando las asperezas de la subjetividad vivita y coleante, recurriendo a un registro que —en efecto— ningún cerebro humano puede reproducir en directo. Es cierto: cuando menciono la autoridad compartida del expresionismo, cualquier maestrillo de bachillerato hubiera añadido, a reglón seguido, la contraposición con el realismo. Afortunadamente, la faja de Como el ciervo no reza el idioma de lo verosímil. En su defecto, serían dignos defectos a entresacar, entre otras arrugas del libro, la pésima adecuación con el mundo y la complejidad psicológica impostada.

Supongo que los argumentos de Fdez. Ferrán son incorregibles. Quizá la única incorrección que podamos achacar a este prometedor primer libro, escrito con las prisas y a lo loco, en los primeros tres meses de 2012, sea su inoportunidad y su anacronismo, siendo su apuesta por la grandilocuencia, en tiempos tan tuiteros como los nuestros, algo que rozará el suicidio en número de ventas; espero que no. Seguramente estemos de más los reseñistas como yo, que solo quiero decir, antes que me manden callar y me recuerden mi sitio, emulando las palabras negativas de Rafael Conde sobre Volverás a Región de Juan Benet, una cosa muy simple: «El libro, de un interés evidente, sufre por su inconsistencia argumental, por la abstracción de los personajes. Sus páginas están cargadas de moral. Pero estos defectos, comprensibles en una primera novela, no logran borrar el impacto total que causa este extraño libro.» Como Rafael Conde, me resisto a pensar que el mejor narrador en castellano de mi generación no tenga por el momento nada mejor que contar —valga la redundancia— mejor aún. A la espera de su segundo libro, me paso por el forro de los huevos las reseñas a domicilio, escritas según el manual de instrucciones del autor, y reivindico desde aquí mismo la violencia exegética sobre los textos, pues las publicaciones están para cuartearlas y doblarlas, que para todo lo demás ya tenemos los aparatos digitales, donde nadie lee un carajo y todo el mundo tontea con las apps. Si no podemos asaltar la literatura desde otros esquemas de interpretación —en suma— si no podemos malinterpretar a gusto, desplazado el texto desde la cómoda hasta la cama del faquir, entonces apaga y vámonos a tomar una en el Manchester Bar. Yo es que he venido a traer la espada. No me pidan, por favor, que me la enfunde.

«Este pavo ignora la referencia
de la palabra cómoda», pensará,
comprensivo, Iago Fdez. Ferrán.