Hablamos con dos miembros
fundadores de la comisión de cultura (ahora círculo de cultura) de podemos:
el filósofo Germán
Cano y Jorge
Lago, editor de Lengua de Trapo. Hablamos de los orígenes de la comisión
(¿cuándo tomaron conciencia Cano y Lago de la necesidad de una herramienta política
como podemos?), de su trayectoria
hasta las elecciones europeas del 25M, incluyendo la organización del I
Encuentro de los Círculos el 12A, de la
reciente asamblea general que han celebrado, a pesar de la policía, del
marco general de análisis de la cultura española (¿cuál sería el equivalente de
‘la casta’ en el marco de las luchas por una cultura democrática?) que maneja
la comisión, básicamente opuesta y contraria a la Cultura de la Transición,
resumida en la sentencia atribuida a Joseph Goebbels, genialmente invertida por
Rafael Sánchez Ferlosio en “La cultura,
ese invento del Gobierno”: «En cuanto
escucho la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador». Para
terminar hablamos del arte políticamente comprometido, de la
novela de la crisis y —last but not
least— de Juego de
Tronos. Y de los ministros de cultura en los gobiernos de coalición de
izquierdas, pues resulta curioso que, cuando ha habido gobiernos del tipo
frente popular en Europa Occidental, un fantasma que atraviesa los
pronósticos sobre las elecciones generales de 2015, los socialistas se han
reservado casi siempre los ministerios importantes, especialmente el de economía,
dejando la cartera de cultura —entre otras cosas— en manos de los comunistas; pensemos en François Mitterand
y en Jack Lang o en
Felipe González y en Jorge Semprún. Estarían o no estarían dispuestos nuestros
invitados a ponerse para la foto en las escaleras de La Moncloa como ministros
de un hipotético (aunque
en principio inviable) gobierno de coalición liderado por el camarada Sánchez,
de nombre Pedro, glorioso candidato de Nespresso.
What else?
No es tiempo de profecías. El
pinchazo de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos solo fue predicho con
exactitud por milenaristas
como Santiago Niño-Becerra que carecen de un prestigio que perder cuando
auguran la legalización de la marihuana a partir de la “Cuadratura
Urano-Plutón” y los astros no están por la labor de amparar el wishful thinking fumeta. La encuesta de
pronósticos profesionales, el
sondeo trimestral de la Reserva Federal de Filadelfia, sostuvo que había un
3% de posibilidades de que hubiera una recesión en 2008. Ya había una recesión
cuando se realizó esta predicción.
La psicosis, según D.W. Winnicott, consiste en temblar por una
catástrofe que ya tuvo lugar. Pero las agencias de calificación no están locas.
Standard & Poor simuló en 2005 un escenario de bajada en el precio de la
vivienda del 20% a dos años y concluyó que, incluso si pinchase la burbuja, el
riesgo de impago de ciertas acciones (las CDO con AAA) apenas sería del 0,12%.
En verdad el riesgo era del 28%.
El gobierno no hace mejor su labor de desbrozar el futuro. En
enero de 2009 Christina
Romer, la principal asesora económica del recién electo presidente Barack
Obama, preparó un memorando sobre la gravedad de la crisis y la urgencia de una
inyección de 800.000 millones (como
mínimo) para frenar la caída de la demanda agregada. El gráfico más
comentado del memorando ilustraba sus predicciones sobre la incidencia del
estímulo en el número de parados. De no hacer nada, aseguraba Romer, la tasa de
desempleo llegaría hasta el 9% en 2010. Gracias a esta medida, sin embargo,
nunca superaría el 8% y empezaría a disminuir a partir de julio de 2009. Pero
la realidad superó de nuevo la ficción.
El Congreso aprobó la propuesta en febrero de 2009, en julio la
tasa de desempleo se situó en el 9,5% y alcanzó un máximo del 10,1% en octubre
de ese mismo año. Los economistas no se pusieron de acuerdo con la moraleja del
desastre predictivo. Para los
keynesianos mostraba la necesidad de estimular aun más la demanda agregada;
los
defensores de la contracción fiscal expansiva siguieron erre que erre con
que el gasto público forma parte del problema y no de la solución. La
conclusión de Jan Hatzius —el principal economista de Goldman Sachs, autor del
informe que anticipó los riesgos y los efectos de un impago hipotecario masivo como
el que tuvo lugar en 2007— es simple: «Nadie tiene ni idea».
Simplemente contradictoria: alguien debe tenerla.
Los
meteorólogos quizá la tengan. Fueron capaces de predecir el alcance y la
magnitud del huracán Katrina, con un margen de error de 160 km, tres días antes
de que llegara a golpear Nueva Orleans, pero el alcalde de la ciudad, Ray Nagain,
no declaró la evacuación obligatoria hasta veinticuatro horas después. Los
metereólogos la tienen; los políticos no. No siempre ha sido así. En 1985 la
metereología carecía de incidencia en la gestión de las catástrofes porque una
predicción sobre el alcance de un huracán a tres días vista habría tenido un
margen de error de 560 km.
Si en la larga década de Felipe González alguien se hubiera
tomado en serio los partes metereológicos con tres días de antelación y hubiera
dibujado una circunferencia sobre el mapa del Estado Español con ese radio de
extensión, tomando el Madrid de Tierno Galván como centro, toda la Península
Ibérica y parte de Occitania habría quedado dentro de un programa de evacuación
preventiva en caso de que se formara un huracán en el río Manzanares.
Afortunadamente es imposible.
Pero esta imposibilidad genera muchas dudas. En primer lugar,
¿por qué la metereología ha mejorado sus predicciones y las ciencias sociales
son prácticamente incapaces de hablar sobre el futuro a pesar de que ambos
objetos de estudio —el clima y la sociedad— obedecen a la teoría del caos,
válida para cualquier sistema no lineal dinámico donde una pequeña alteración
en el estado inicial (el aleteo de una mariposa en Brasil/ Mohamed Bouazizi
inmolándose en Túnez) genera resultados previsibles pero dispersos (un tornado
en Texas/ la Primavera Árabe)? Y segundo lugar, ¿por qué son imbéciles los
alcaldes, ya se llamen Ray Nagin o Tierno Galván?
Armado de curiosidad y
escepticismo, me compré en la Cuesta de Moyano de Madrid un ejemplar de segunda
mano de Pronósticos del futuro, la
antología de predicciones tecnológicas a medio y largo plazo que editaron Erich
Jantsch, Olaf Helmer y Herman Kahn en 1967, publicada en castellano por Alianza
Editorial. El antiguo propietario había subrayado con portaminas las frases del
prólogo que glosaban los orígenes del proyecto (un número de la revista Science titulado “La ciencia en la bola
de cristal”) y la diferencia entre las inversiones privadas yanquis y las
europeas en materia de adivinar el futuro: ellos tiraban diez veces más dinero
que nosotros a la basura de este modo.
También había escrito unos interrogantes de admiración en el
margen del párrafo donde se explicaban los métodos de predicción. Olaf Helmer y
sus colegas de la corporación RAND utilizaban una versión depurada de la
tormenta de ideas bautizada como el método Delfos, que
aspiraba a mejorar la exactitud y la precisión de las predicciones individuales
de un conjunto de expertos, utilizando estadísticas sobre sus conjeturas y
evitando que llegaran a reunirse. Los resultados de este procedimiento
atomizado de anticipación fueron realmente asombrosos.
El subrayador del portaminas no daba crédito. Tenía el margen
de error de las predicciones de la corporación RAND en la página izquierda,
delante de sus ojos, y un resumen de su contenido a la derecha. Resulta
sencillo contrastar ambos datos, pero el subrayador del portaminas se obsesionó
con reproducir las fechas, interrogar y exclamar, enmarcar las palabras como si
así se volvieran inteligibles, incluso ciertas.
No había forma.
En cuanto a las predicciones, algunas suponían la existencia de
seres que hasta ahora solo existen en nuestra imaginación, como los
extraterrestres cuya fecha de descubrimiento situaban entre 2020 y nunca: Iker
Jiménez les tacharía de pesimistas. Otras fechaban la reducción del número de
partículas como algo deseable y posible como muy tarde para 1990: el último
premio Nóbel de física postuló un campo cuántico para explicar el origen de la
masa, demostrando nuevamente que there is plenty of
room at the bottom. Y algunas sostenían que el control de la natalidad
era cosa del futuro aunque la píldora estuviera legalizada en Estados Unidos
varios años antes de que se publicara el libro: cómo se nota que RAND era una
fiesta de nabos.
La mayoría pecaban de imprecisas (decir «nuevos materiales
sintéticos para construcciones ultraligeras»
es decir una perogrullada) o de inexactas (la traducción automática entre
idiomas y el láser de rayos gamma llegarán después de lo esperado), unas
cuantas auguraban (¿correctamente?) un escenario perverso de rendimiento (la
cría de animales inteligentes para trabajos inferiores, el cultivo de los
océanos, la ingeniería genética, los órganos artificiales y la regulación del
clima: todo se andará, tranquilos) y hay algunos problemas de traducción (¿qué
quiere decir exactamente “regimiento”?), pero si aplicamos un principio de
lectura caritativa —veamos las primeras veinte profecías, situadas entre 1970 y
2010— resulta que hay como mínimo nueve que son precisas y exactas.[2]
Un poco menos de la mitad.
Nada mal para ser expertos.
[1] Respuestas:
(i) porque todos los huracanes son iguales y conocemos las leyes físicas que
rigen su conducta con bastante precisión pero no tenemos ninguna teoría con
capacidad realmente predictiva sobre la sociedad en su conjunto, lo que también
responde a nuestra segunda pregunta; (ii) la alcaldía tiene razones que la
razón ignora.
[2] A mi juicio, las
predicciones precisas y exactas son: 1, 5, 6, 7, 10, 13, 15, 16 y 17.
Hablamos con Isaac Monclus, comisario del ciclo de conferencias y proyecciones que aloja La Casa Encendida cada martes desde el 3 de junio hasta el 30 de agosto sobre los imaginarios de la juventud. Llamamos por teléfono a Luis López Carrasco, ponente del ciclo y director de "El futuro" (2013), sobre una fiesta que podría haber tenido lugar la noche en que Felipe González ganó sus primeras elecciones generales y una juventud pretérita que resulta tanto más inquietante cuanto más familiar nos resultan sus ropas y temas.
Llámalo invariante neoliberal o eterno retorno de los 80s.
Temas: Teenage de Jon Savage, ¿precuela de nuestra concepción de la adolescencia?; La Movida vs. Rock Radikal Vasco, ¿una dicotomía excluyente?; Masculin-Femenin de Jean-Luc Godard, ¿película por excelencia patriarcal?; Eloy de la Iglesia vs. Fernando Trueba y el cine español, ¿antes molaba y ahora menos? And last but not least: organizar un congreso sobre la juventud, ¿no será un gesto de retromanía cuarentona? La juventud, como dijo Antonio Machado de la poesía, ¿solo se canta cuando se pierde?
El gesto de mesar una barba ajena, agravio notable en el Medievo, aparece en el Cantar del Mío Cid como sinónimo de insulto y desplante. Aquí se convierte -gracias a la imagen de Ingres que hemos elegido como frontispicio de este programa- en paradigma de mansedumbre penitente y genuflexa. Tetis impetra a Zeus el favor de Aquiles, según canta Homero, ciñéndole con una mano las rodillas y rozando el mentón con la otra. Nos interesa seleccionar este momento (una madre suplicando la salvación de su progenie) como ilustración de Colorín Colorado, un programa de entrevistas dizque intelectuales y sabihondas, donde unas veces será el entrevistador y otras el entrevistado quien tenga que hacer el papel de nereida. Sea como fuere, aquí se toca vello. El cuento se ha acabado.
Es cierto que la función
política de una buena ficción estética consiste en ampliar el campo de lo
pensable, dos pasos por detrás del sentido común y uno por delante de la
historia, haciendo explícitos nuestros prejuicios inarticulados para que el
trabajo empírico posterior se encargue de ilustrarlos o refutarlos. Podemos
corregir los pronósticos que contienen películas como Regreso al futuro (Steven Spielberg, 1985) y a la vez abrazar las sospechas acerca del estancamiento tecnológico
del neoliberalismo: «Me prometisteis colonias en Marte. A cambio, tengo
Facebook», titulaba la revista de tecnología del MIT; la figura de un 2012
donde Martin McFluy puede montar un patinete flotante sobre las aguas permite
cerrar las bocas de quienes brindan sin tregua por Internet y la llamada tercera
revolución industrial.[i]
Pero también hay ficciones que encubren la realidad maquillando
o embelleciendo ciertos aspectos de la verdad oficial, quitándoles a los
alienados su parcela legítima de sospecha —que seas un paranoico no implica que
no te estén persiguiendo; Kurt Cobain dixit—
cuando no deformando lo evidente hasta volverlo irreconocible. Los sicilianos
utilizaron durante décadas las novelas sobre la Mafia para negar su existencia,
alegando que era una licencia poética de Leonardo Sciascia o un invento de los
comunistas para desacreditar a la Democracia Cristiana (palabras textuales del
arzobispo de Palermo). Joe Colombo, cabeza de familia mafiosa en Nueva York,
pudo huir de la policía fundando la Liga Italoamericana de los Derechos
Civiles, entre cuyos fines estaba denunciar el estereotipo holliwoodiense del
gangster pizzero (una realidad empírica durante la época dorada de la heroína
siciliana que finalizó con el Pizza
Connection Trial) y presionar a la productora de El Padrino para que ‘CosaNostra’ no apareciera mencionada explícitamente en la gran
pantalla.
Michael Corleone quizás forma parte de una estirpe distinta,
junto a Cristo o el joven Werther, la de los personajes imaginarios que generan
cambios históricos, pues la trilogía de Francis Ford Coppola se ha hallado en
(casi) todas las redadas antimafia llevadas a cabo desde el estreno[ii],
pero mucho me temo que Operación Palace,
el camelo de Jordi Évole sobre el 23-F vendiéndolo como una película de Garci
donde todos los partidos estaban compinchados para salvar la legitimidad
monárquico-constitucional, pertenece a la segunda categoría de ficción
políticamente útil o eficaz, siendo este programa de televisión —por tanto—
cómplice ignaro de la Restauración Borbónica Setentayochesca.
La recepción de Operación Palace puede dividirse en tres
apartados:
(i) los que critican la declinante
profesionalidad periodística de Salvados,
el programa de Jordi Évole, tal vez olvidando que este caballero inició sus
andanzas mediáticas como boicoteador espontáneo de pacotilla en el late night
show de Buenafuente, que la etiqueta del Follonero no se la quita nadie y que
laSexta forma parte de Atresmedia Corporación, unida en matrimonio a la verdad
hasta que el share de espectadores
los separe, y cuyo affaire adúltero con los humoristas de izquierdas (Gran
Wyoming y compañía: herederos de la derrota política socialista convertida en
complaciente chascarrillo de bar) será una relación duradera pero nunca seria;
(ii) los que prometen, con tremendos
calambres filosóficos, monografías sobre Hans Christian Andersen u Orson Welles
cuando todos sabemos cual es la diferencia entre generar psicosis colectiva y
advertir el final de un chiste por Twitter («Hay que ver el finaaaaal», dijo el bromista ante las primeras
expresiones de incredulidad), como si no hubiera distinción entre señalar la
desnudez del emperador y travestirle como alguien que tolera la disidencia
simbólica o el humor, cuando ahí están los números secuestrados de El Jueves y los chavales en comisaría
por bromear con el fuego y la efigie de su Majestad en el mismo juego;
(iii) los que piensan que una gracia
dicha muchas veces deviene en realidad empírica, pues la gente empieza a
avistar OVNIs tras haber visto Mars
Attacks! (Tim Burton, 1993) y está bien que la filosofía de la sospecha
salga del guetto de la extrema izquierda, aunque sea primero como farsa y
después como tragedia (histórica y matizada), pero antes veamos quienes
participaron gustosamente en la inocentada dotándola de verosimilitud (¿qué
pintaba en este cambalache presuntamente antimonárquico Luis María Anson,
defensor de los borbones en el exilio, presidente de la agencia EFE durante la Transición, director del ABC hasta 1997 y fundador entonces de La Razón?), no vaya a ser que la
sociedad borbónica (y sus oficiosos enemigos) se estén riendo denosotros,
no en nuestra compañía.
Dado este clima de opinión,
reírse en público de Beatriz Talegón, secretaria general de cierta organización
socialdemócrata, por tragarse hasta el fondo la novatada mediática y añadir que
lo había leído antes en sitios serios, no solo refleja un sentimiento de
superioridad algo chusco y paleto teniendo en cuenta el número de tuits
borrados a toro pasado y la propia verosimilitud del mockumentary; Twitter es un lugar donde los cobardes y los
resentidos hacen mofa de los errados pero audaces, un deporte bastante popular
en este Reino, como cuando un país de analfabetos funcionales en lengua inglesa
señaló con el dedo a Ana Botella, que en lo del relaxing cup sí nos representa: en boca abierta seguro que entran
moscas. Total, que Beatriz Talegón será una bocazas y ojalá esta vejación en
mitad de la plaza del pueblo sirva como aviso para futuros consumidores
apresurados de información: todo es falso hasta que se demuestre lo contrario.
Pero hay que reconocer que, aún siendo el chivo expiatorio del nerviosismo y la
impaciencia que tenemos los derrotados de la historia de España de que nos den
la razón en clave de conspiración institucional sobre la Historia Reciente de
España, esta flor del cerezo tuitero tenía bien apuntada la bibliografía.
Tanto monta
que Soberanos e intervenidos de Joan
Garces, el volumen citado —e injuriado— en el momento del batacazo talegónico,
no mencione complot interno alguno entre los partidos españoles, más que nada
porque el autor fue serio (ahí tiene razón nuestra secretaria general) y
trabajó con las fuentes de archivo disponibles en Washington, ya que su
objetivo inicial era escribir sobre el golpe de Estado contra Salvador Allende,
rastreando el grado de implicación de los servicios secretos yanquis, y fue
entonces cuando destapó el marrón sobre la injerencia de Estados Unidos en
España y Portugal. Soberanos e intervenidos, por resumirlo en un eslogan que quepa en
Twitter, es una versión mejorada de wikileaks, solo que ceñido a los sucesos en
América Latina y la Península Ibérica, donde el principal interlocutor son los
agentes contables en ultramar del imperio haciendo entrar en razón (de Estado)
a las distintas facciones políticas hispanas —una a una— mientras margina a los
‘irrazonables’ y domestica a los adversarios en el contexto de la Guerra Fría.
Ojalá nuestros políticos fueran lo suficiente originales como para convertir
nuestro destino como país en una película con denominación de origen y
nominación a los Goya incluida.
Más que
complot estamos hablando de sesiones intensivas de tirititero.
Lo que Operación Palace no cuenta
(y tampoco ficcionaliza) es que da igual si la Casa Real o los partidos del
Régimen tuvieron noticia previa o participaron activamente en el
pronunciamiento, porque los militares les consideraron cómplices y corderos,
distinguidos colaboradores de las Fuerzas Armadas, y del mismo modo que la
ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento, si no estás al tanto del
atraco a la democracia llamado Transición Española, que cuenta contigo como
convidado de piedra de semejante transformación gatopardiana, es tú problema no
hacer nada para desmentirlo (y también nuestro por asistir pasivos al evento).
El marrón, como constata el cuarto capítulo de Soberanos e intervenidos, salpica por todas partes. Especialmente
sobre la bancada del PSOE: según dijo ante el Juez Instructor, a Tejero le
indican dos días antes del passage a l’acte
«que todo va a salir bien, que los
socialistas no van a dar la menor guerra, ya que si oyen una frase similar a
“el elefante blanco está aquí” o “ha llegado”, aceptarán lo que proponga el que
lo dice. Los socialistas del Congreso son más bien socialdemócratas y ven
también la necesidad de un golpe de timón.»
Lo que Beatriz
Talegón no tuitea es que Tejero y Milans se salieron un poquito del papel, como
actores del reparto que improvisan a la tremenda sacando los tanques a la calle
y disparando sobre el techo del Congreso, soñando con gobiernos pretorianos,
cuando todos estaban por la labor de mantener una Carta Magna que concedía (y
concede) la unidad estatal al silencio de los cuarteles; los golpistas
españoles crean un precedente de victoria en la derrota que se repetirá en la
transición de Rusia hacia el capitalismo, generar una crisis ficticia que
habrán de resolver los comisarios oficiales del pueblo, pero contra toda broma y
falso documental, no necesitaron guionización pues tenían al general Armada
como apuntador y sus diálogos de sordos estaban escritos según una conjunción
atlántico-socialista que tiene su origen varios años atrás y que parece apuntar
en una dirección clarísima:
en 1978 se
supo que los integrantes de la Operación Galaxia preveían hacerse con el
presidente del Gobierno, a la sazón el antiyanqui Adolfo Suarez,[iii]
buscando propiciar un gobierno de salvación nacional mediante el recurso al
artículo octavo de la Constitución; en febrero de 1980, un semanario
ultraderechista madrileño, El Heraldo
Español, titulaba “El plan De Gaulle... al revés”, advirtiendo que Armada
presidiría un gobierno de coalición auspiciado por Felipe González; en julio de
ese mismo año, Suárez comenta ante la prensa peruana «que conocía la iniciativa del PSOE de situar a un militar al frente del
Ejecutivo»; el 6 de noviembre, contraviniendo las sugerencias de Willy
Brandt y la resolución del Comité Federal contra un gobierno coaligado, un
diputado socialista por Madrid anuncia que «es
lógico pensar que en España puede haber Gobierno de coalición [con González]
hasta el año 2000»; un día después, El
País anuncia que dentro de la cúpula del PSOE «existe la sensación de que el estamento militar —pese a su demostrada
disciplina— no soportará mucho tiempo la actual escalada terrorista sin que se
produzca algún tipo de intervención en los asuntos de la vida pública, que
incluso podría justificarse constitucionalmente». Y hasta aquí puedo leer.
En suma, sobre
lo que Jordi Évole no se atreve a bromear es la línea de puntos que los
investigadores del futuro habrán de trazar entre la mentalidad atlántica de los
gobiernos del PSOE, cuyas incursiones paramilitares merecen especial atención,
y los extraños sucesos que tuvieron ocasión durante la primavera de 1981,
coincidiendo con las primeras elecciones francesas con presencia de los
comunistas en el bando electoralmente vencedor; hechos sobre los cuales
solamente ofrecemos un aperitivo documental, dada la falta de transparencia de
nuestros gobiernos, teniendo siempre en cuenta que —en el caso de la Transición
Española— la alternativa entonces no fue democracia o dictadura sino, en mitad
de la Guerra Fría, militarismo atlántico o solo peninsular.
[i] Los
expertos debaten sobre los motivos de la deceleración tecnológica que sufrimos
desde mediados del siglo pasado, cuando se pusieron las bases de las
principales aplicaciones prácticas que han desarrollado las empresas desde
entonces, parasitándolas ciertamente; así que unos culpan la escasa iniciativa
del Estado en materia de investigación y desarrollo, mientras otros confían en
los parabienes de la competencia privada; pero lo que parece meridiano, en
términos agregados, es que la incidencia del mundo digital en la economía, por
muchos efectos culturales que tenga, no puede compararse a la Segunda
Revolución Industrial —la más crucial desde el Neolítico— en materias como
aumentar la productividad del trabajo o la calidad (y la extensión) de la vida
humana. (Cf. Robert J. Gordon,
“Is U.S. Economic Growth Over? Faltering Innovation Confronts the Six
Headwinds”, National Bureau of Economic Research, Cambridge, Mass, Working
Paper 18315.)
[ii] Una
cinta que nunca aparece en las redadas sobre las tapaderas de los mafiosos es Uno de los nuestros (Martin Scorsese,
1990) aunque —según dicen— retrata con mayor precisión el mundo del hampa; pero
los criminales también son humanos, y prefieren evadirse viendo un retrato
idealizado y complaciente de si mismos, presuntos caballeros de familia y
valores, en lugar de volver sobre la cruda realidad de su existencia, más
próxima a un Joe Pesci matando por diversión o a un Ray Liotta adúltero y
puesto hasta arriba de droga. (Cf. Iñigo Domínguez, Crónicas de la mafia, Libros del KO, Madrid, 2014.)
[iii] El
sucesor de Adolfo Suarez en UCD, Leopoldo Calvo Sotelo, no tiene dudas sobre el
sentido del relevo: «Para mí estaba claro
desde 1977 que había que incorporar a España en la Comunidad Europea y la
Alianza Atlántica. ¿Lo veía tan claro Adolfo Suárez? Probablemente no. […]
volvía insensiblemente a las coordinadas árabes e hispanoamericanas de la
política internacional, y descuidaba la transición exterior. En cuanto a
Alianza, apuntaba en Suárez un cierto antiamericanismo. Corregir y precisar ese
rumbo fue uno de mis primeros propósitos.»
[Publicado originalmente en Sin Permiso. 2 de marzo de 2014.]
Los desgraciados son egoístas, malvados, injustos, crueles y menos
capaces de comprenderse entre sí que los tontos. La desgracia no une, sino que
separa a los hombres; e incluso en aquellos casos en que, al parecer, los seres
humanos deberían estar ligados por un dolor análogo, se cometen muchas más
injusticias y crueldades que entre gentes relativamente satisfechas. (Anton
Chéjov.)
Stupid bourgeois
people, like the ones who write in newspapers, say that four million unemployed
means an angry, assertive workforce. It doesn’t. It means at least four million
other very frightened people. (Neil Kinnock.)
Resulta curioso que el debate
veraniego sobre la composición de la clase obrera en España (iniciado por Pablo
Iglesias y el
Nega) esté guiado por la lectura de un librito tan británico como es Chavs. El editor de Capitán Swing me
transmitió hace tiempo la estupefacción de los presentadores anglosajones ante
el rotundo exitazo de la publicación. «La presentación fue muy bien. Los
ejemplares se vendieron como rosquillas. El corresponsal de The Guardian no daba crédito.» Y es que
Owen Jones retrata una realidad muy suya. Chavs
versa sobre la guerra cultural de clases desde la perspectiva de quienes llevan
perdiendo la batalla por el reparto de lo sensible desde los años 80, esto es,
de lo visible y de lo audible en los mass
media: los pobres que ni quieren ni pueden pertenecer a la middle class. Gran Bretaña siempre ha
tenido una sociedad clasista y una cultura elitista, pero nunca ha habido un
discurso que haya triunfado tanto como la peculiar combinación tatcherista, que
primero bautiza a todo quisqui como
clase media, luego desbarata los mecanismos de defensa colectiva y por último
responsabiliza a las comunidades de los delitos individuales. Un triángulo
ideológico definitivo.
La novedad de Margaret Tatcher
estriba en pasar a la ofensiva desde arriba, renunciando al elitismo
conservador tradicional, colonizando la mentalidad de los subalternos,
reforzando la apariencia mediática del «We
Are All Born Equal» mientras el gobierno garantiza la perpetuación de las
desigualdades existentes. Una estrategia política que comienza a penetrar en
España con Felipe González, cuya reconversión industrial anticipa la
acomodación neolaborista de Tony Blair
& co., con una importante diferencia: la sociedad franquista nunca tuvo
apariencia de clase (he aquí una
tesis discutible: hablo de la forma, no del fondo). De hecho, los discursos
clasistas estaban combinados con los discursos nacionales hasta tal punto que
la Segunda Restauración Borbónica termina vendiéndose más como reconciliación
de las Españas que como oportunidad política para la clase media, cuyo
liberalismo se supone fuera de duda. La Transición no tuvo necesidad de unas
Malvinas para garantizar la unidad nacional, no solo porque el ejército tuviera
cara de pocos amigos y el Sahara Occidental no valiera un mísero maravedí, sino
también porque no necesita más derrotas un pueblo vencido por las armas para
permanecer juntos en el miedo.
¿Tuvo Franco cara de clase? De ningún modo. No fue elitista la cultura oficial
del Régimen. A fin de cuentas, un gobierno despótico no tiene necesidad de
aparentar, dada la cruda verdad de su dominio, a diferencia de las clases
dominantes en los países democráticos, cuya superioridad política y cultural
está siempre puesta en jaque por la irremediable plebeyización de los productos
de consumo, necesitando por tanto dosis añadidas de distinción. La tarea
cultural del franquismo consistió, por el contrario, en convencer a media nación vencida. Podemos contemplar los resultados
en programas como Cine de Barrio: elevar el lumpen
gitano hasta la condición de estandarte musical de una sociedad civil
enredada en amoríos y despolitizada hasta la medula, así como sublimar las pasiones cainitas a través de los
partidos de fútbol o de las corridas de toros, y un infinito etcétera
demagógico fueron las políticas culturales aplicadas por nuestros queridos
verdugos, más necesitados de populismo que de modales caballerescos.
Que este imaginario gitano, ibérico
y taurino perviva sobre todo entre los canis no resulta nada extraño teniendo
en cuenta que el PSOE y su tecnocracia felipista dieron por ganada la batalla
por la hegemonía ideológica de centro-izquierda, que quizá nunca fuera con
ellos, concentrando sus esfuerzos culturales en reformar la escuela hacia el
laicismo, sin llegar a conseguir mucho, y en promover a golpe de talonario que
cada Comunidad Autónoma tuviera su Museo de Arte Contemporáneo («Nada más
escuchar la palabra cultura extienden un cheque en blanco al portador», que
denunciara Rafael
Sánchez Ferlosio). Entre los frutos del elitismo subvencionado de extremo
centro se cuenta la pervivencia de una mentalidad autóctona impermeable ante
las exposiciones del MNCARS cuyos valores culturales entroncan con las
tonadillas de mis abuelos, las cuales hablan de un modelo familiar muy
definido, solo que con Rafa Mora y el Tuenti de por medio. No será hasta la
década de los 2000, con la conversión de La Movida en genuina religión secular,
que los poqueros devienen el objetivo del escarnio mediático, vistos como gente
sin futuro que hace el tonto ante las cámaras de Cuatro, por contraposición a
la elite cultural hipster, cuyos
valores culinarios, ecológicos y musicales nadie toma en serio, pero pintan
mejor en pantalla.
Hasta aquí las consideraciones
que podemos realizar en la estela de Owen Jones. Que todo esto tenga la más
mínima relevancia política resulta bastante dudoso, máxime sabiendo que la
dinámica electoral de izquierdas y multitud de movimientos sociales no
descansan sobre alguna suerte de retórica clasista, sino más bien sobre el
concepto de justicia social que manejan —hasta el límite del engaño propio—
aquellos estratos medios que prefieren socializar sus ganancias vía impuestos
estatales, manu militari y todos por
igual, antes que recurrir a una caridad de dudoso tufillo redentor. Ahí están
la mayoría de los votantes de ERC, ICV y CUP que también vendrían a pertenecer,
según los cajones de sastre del CIS, a
la dichosa clase media que todos somos. Así pues, quizá sea el momento de
debatir menos sobre la clase obrera y su composición sociológica, un problema
escolástico en muchas ocasiones, y desmentir con mayor énfasis algunos juicios
exportados sin cuidado desde Londres sobre los
de en medio.
Los de en medio quizá sean clasistas en Inglaterra. En España, por el contrario, el
problema de la mayoría intersticial quizá consista en pensar como los de abajo
y actuar como los de arriba, como manda la envidia cochina colectiva hispana,
cuando en verdad vendría bien hallar un término medio, aunque sea para acabar
de una vez por todas con la farsa del mileurista que se piensa pobre y se
quiere rico, si es que quedan todavía salarios de 1.000 euros; no las tengo
todas conmigo.
Originalmente publicado en Culturamas. 23 de agosto de 2013.
Las cosas mejoran, pero bastante
poco; Cristobal Montoro parece un superhéroe con los brotes verdes en la mirada
y los gallumbos por fuera; la gente del común ya habla del próximo gobierno de
España. Este último, el que todavía padecemos, desde luego ha hecho de su capa
(electoral) un sayo (antidisturbios) y hasta un sudario en cuanto a previsión
de voto se refiere. Gajes del oficio, supongo, cuando uno actualiza a la jerga
de los wannabes empresariales el lema del Espadón de Lieja: «La gobernanza es la resistencia»,
pensará don Mariano entre decretos, cordones policiales y pompas de jabón.
¿Recibe Ud. muchas críticas?, pregunta la Forbes a Luis de Guindos; como
ministro de Economía, ¿Ud. sabe qué piensa la peña? La respuesta es antológica:
«Los ministros nos aislamos bastante del
contacto con la gente, por razones evidentes, incluso de seguridad. Yo intento
mantener ese contacto a través de mis colaboradores que sí están [sic] en contacto con la realidad, como es el
departamento de Comunicación.» A diferencia de Lehman Brothers, donde una
oficina de finanzas ignoraba, según contaron en los tribunales, que el vecino
de arriba estaba apostando contra sus propias inversiones, parece que en
Hispañistán la mano derecha y la mano
extremo-derecha del gobierno sí están bien coordinadas, ¡y tanto!: el puño
de acero de los recortes recibe las caricias enguantadas que la mano invisible
de la iniciativa público-privada administra a través de los periodistas
cómplices hasta el mismísimo departamento de Comunicación. Por desgracia, esta
diferencia respecto de LB no salvará a los populares del hundimiento mutuo,
anunciado y correspondido.
Además de tragarse la basura que
censuran para él sus subalternos, de Guindos también tiene la loidefamilie, no se crean: «También mi mujer, aunque no la veo mucho [sic], me dice las cosas que pasan. Y sí, para un
ministro es importantísimo tener a gente que diga la verdad.» ¡Habrase visto Donald Draper semejante!
Primero la obsesión por la marca España, antepuesta como un eslogan sobre los
intereses salariales de media España (ya saben qué mitad), y ahora la falta de
contacto humano, han transformado para siempre a Luis de Guindos; y así lo retrata la prensa, como un tipo
calvo con cara de perro: triste destino donde los haya para el único orador
no-gangoso, no-tartaja y con idiomas del Gobierno de España, la Unidad de
Todos. Luis, ¡tú antes molabas!
Como decimos, cuando no está
distraída por el telefonino, la menu
peuple cavila sobre las elecciones de 2015, que están a la vuelta de la
esquina. Una vez pasado el miedo ante la posibilidad de un tecnócrata impuesto
desde los poderes europeos (una
auténtica locura, el deponer a Don Mariano: hubiera estallado el polvorín
español; pregunten a los franceses, a ver si dan o no crédito), solo quedan
los viejos temores y las nuevas escisiones de la derecha, cuya amorfa unidad
centrista es una invención del aznarinato (véase los efímeros partidos
liberales durante los años 80: en solitario y en democracia, los liberales no se
comen un colín; por eso van todas las tardes a misa). Y quien la hizo ahora la deshace: el gobierno tiembla con el alunizaje
de Aznar; el sans moustache
desestabiliza la situación; las corbatas, los gemelos y las carteras de
inversiones parecen girasoles a su paso. («Cada vez que vea a alguien caminando mientras se aprieta los gemelos es
que está cambiando suavemente de opinión o acoplándola con cortesía», Manuel
Jabois dixit.) Ante este desaguisado, hasta Jesucristo se encoge de hombros
en la cruz. En Intereconomía huele a cura quemado en la plaza. Y no es culpa
del mamporrero de izquierdas que suelen invitar para encender la pasión del
respetable. La derechona se fragmenta, señores.
Y si el campeón de los
abdominales parece haber esnifado algo por sus (ahora) imberbes fosas nasales,
no será Napoleón Bonaparte la sustancia, como sugiere con astucia el pillastre
de Juan
Soto Ivars. A diferencia de Pepe
Botella, José María no viene a domeñar nada ajeno, sino a hacerse el capitán
del futuro bando perdedor (sí, he dicho perdedor). Viene, en todo caso, a
drogarse con el conde de Romanones, heredero del Partido Liberal de Sagasta et tuttiquanti, cabeza de cartel de la monarquía constitucional en las
elecciones de 1931 —sí, las municipales de abril del treinta-y-uno donde
realistas y liberales, guarecidos bajo el almirante Aznar-Cabañas (¡será por
apellidos!), fueron arrasados en las capitales de provincia por la coalición
republicana. Un columnista de El Mundo, Carlos
Cuesta, expresa muy bien cómo, a dos años vista, el miedo puede cambiar de bando, siempre y cuando la Troika haga mal su
trabajo, como hasta ahora, y el FMI no vuelva a errar de nuevo, eventualidad
lógicamente improbable; las palabras de Cuesta:
A todos esos que consideran un bien supremo
la lealtad al partido, permítanme, sin más, que les recuerde un detalle: si
como ha anunciado el Gobierno de su partido llegamos a 2015 con un paro de casi
el 26% –tres puntos más que con el PSOE– en medio de una órbita de permanente
bombardeo mediático con la trama de corrupción Gürtel, resultará más que
improbable ganar las próximas elecciones generales. Y si no se ganan esos
comicios, pasará por España el mayor rodillo socialista-comunista-independentista
que nadie haya conocido en toda la etapa democrática. Y dudo que en ese momento
sirvan para mucho las lealtades de partido, mientras todo lo que conocemos
salta por los aires.
And Pablo took his gun.
Dicho y hecho. Pablo Iglesias, un
gran orador con aspecto de Nazareno, según la certera descripción de Jiménez
Losantos, organizó hace poco una tertulia para debatir
sobre la posibilidad de extrapolar a nivel estatal la solución de compromiso
andaluza entre IU y PSOE. Aupados por el derrumbe del bipartidismo, los
comunistas de IU (aún se les puede llamar así) no parecen haber olvidado (¿para bien?) el pasado. Las heridas
dejadas por Zapatero tardan en cicatrizar. La gente del PSOE, dividida por si
llevaban chaqueta o iban más casual, parecían apostar —mirando hacia el futuro—
por una ensalada de siglas que incluyera hasta Equo, PACMA y más allá,
atracando los valores del pluralismo, el ecologismo y los derechos animales a
su dique seco de ideas: una vez
abandonado el espíritu obrerista, que los socialistas nunca llegaron a tener,
poco más queda para un partido como el PSOE, laboratorio de pruebas de la
tercera vía con González y baluarte del republicanismo manirroto, sottovoce zapateril, salvo las guerras culturales y morales contra los
toros y la Iglesia. Que todos los intereses cuenten y todas las voces
retumben, lo cual está muy bien, es el único programa sustantivo del PSOE,
quien siempre prefiere mucho abarcar, para así apretar menos. Y sobre Euskadi,
Cataluña, Galicia y hasta Murcia, mejor ni hablamos: salvo por las inocuas salidas
de emergencia democrática («Que se haga la voluntad del pueblo», sentencian
quienes pretenden resolver con vagancia electoral la ausencia de argumentos consistentes),
según el imaginario 2015 de las izquierdas, el Reino de España sigue siendo uno
y no 51. Sobre este punto, IU dice que nanai:
sin una República Federal no vamos a ninguna parte. Y tienen razón, sin un
Estado de derecho social, democrático y republicano no salimos de esta. Y no se
equivoquen, ésta no es la prima de riesgo, que sube igual que baja. Las cuestiones macroeconómicas importantes
se deciden en Bruselas, por mucho que nos empeñemos, nos escindamos o nos
devaluemos con las antiguas (¿o quizá nuevas?) pesetas. Y si el objetivo
consiste en aumentar las competencias del BCE, hacia una mayor unidad fiscal,
por ejemplo, con impuestos más altos para todos los ricos de Europa, entonces
quedan por resolver entre nosotros las cuestiones magras de la Historia de
España: el modelo de sociedad, el modelo productivo, el modelo territorial, ¡la
desamortización de la tierra! y cosas así.
II
14 veranos de gobierno felipista,
con todos sus factores, despolitizaron, burocratizaron y europeizaron a la
generación de extremo centro que nos gobierna ahora mismo por cuenta ajena,
tolerantes en cuanto indiferentes, republicanos espirituales y monárquicos
pragmáticos, pero muy dados a dejar las cosas como están: para la jefatura del Estado, entre reyes y presis, tanto monta que
monta tanto; lo importante no es quién gobierna, sino cuánto. Los más jóvenes
tenemos que saber, por el contrario, que República no solo significa tanto
aguillotinar a Felipe VI (que también) cuanto llevar la democracia igualitaria
meritocrática a sus últimas consecuencias: la elección de todos los cargos
representativos en calidad de fideicomisos del soberano. Las cosas se
complican, no obstante, cuando entramos en materia judicial, por ejemplo, cuyo
poder reclaman los ciudadanos que sea independiente, y cuya independencia ha
supuesto, en Estados Unidos, la imposición de cierta racionalidad (ya sea
progresista o moderada) sobre los derechos de la población (en ocasiones). ¿De verdad quieren subordinar (aún más) la
elección de cargos del Tribunal Supremo a las elecciones plebiscitarias y su
pendiente inclinada hacia la partitocracia, el clientelismo, la demagogia?
La democracia propiamente entendida solo puede entrar en conflicto con la
separación de poderes, la expertocracia, las instituciones independientes: en
suma, todo cargo público debe mediarse con los votos. Las urnas actuales, sin
embargo, están llenas de papeletas a la contra: la pasada victoria aplastante
del PP resulta incomprensible sin esta tendencia del español a empeñar su
papeleta con el propósito de la venganza, no creyendo en nada que no sea el
castigo de la culpa, la expiación de los delitos, la condena del gobernante.
Ante este panorama, queda mucho
por andar, pero una futurible victoria de las izquierdas, ya sea en 2015 o
mañana mismo, la situación enfrentada ahora no resulta distinta de la coyuntura
habida en 1931, cuando la victoria de los republicanos; si la hipotética coalición PSOE-IU llegara a algo más que agua de
borrajas o aún gobierno provisional de purgación, elegidos porque la gente está hasta el IVA de la falta de
puestos de trabajo, tras la Segunda Restauración Borbónica (1975 - ¿2015?),
entonces la hoja de ruta de ayer bien vale hoy, como la expone Antoni
Domènech, por ejemplo: en primer lugar, «si
se quiere gobernar limpia y parlamentariamente conforme al propio ideario a
corto plazo, sin trucos de "vieja política" monárquico
constitucional, no se puede pedir prestada esa base [popular y electoral] con métodos demagógicos, que sólo podrían
sostenerse en el caciquismo y la ignorancia de las gentes»; y en segundo
lugar, «si se quiere gobernar limpia y
parlamentariamente a medio y largo plazo, no hay más remedio que considerar
como provisional la base popular que se toma prestada, y emprender entre tanto
una enérgica política de reformas estructurales de la vida social y económica
española que reorganice por completo la sociedad civil, a fin de crear una base
social amplia que pueda nutrirse un partido republicano y democrático, que
estabilice a la República.»
Traducido en términos económicos,
este proyecto implicaba entonces la reforma agraria y ahora, sin duda, una
reforma crediticia, cuya iniciativa no tendrá lugar en Madrid, sino en
Bruselas, o no tendrá lugar de ningún modo. Mientras tanto, queda por revisar
las constitución política de los mercados españoles, y cómo no, el clientelismo que bajo la forma de puerta
giratoria entre la política y los negocios tiene atenazada, en favor de los
intereses corporativos granempresariales, a una nación de pymes ineficientes
(pura economía de escala, caballeros) pero que dan mucho trabajo. Y aquí es
donde la cosa se pone complicada, porque acabar con la monarquía también
supone, en este punto, terminar con la máquina burocrática monárquica heredada.
Poca broma, por cierto, pues incluye a nuestros intocables sindicatos, la
Iglesia de los zurdos de este país, financiada por el bolsillo del
contribuyente. Liberar el sindicalismo
de la correa estatal resulta crucial, sin embargo, para permitir nuevas formas
de organización y autodefensa de los productores y de los endeudados, como un
paso previo para la politización de izquierdas del autónomo y del emprendedor wannabe, quienes constituyen hoy día el
grueso del electorado pepero estafado por un gobierno que les sube sin piedad
el IRPF. Favorecer las cooperativas de trabajadores y las asociaciones
vecinales, en detrimento del funcionariado que administra nuestros derechos,
hoy hasta suena de derechas, máxime si tocas los privilegios locales y ello
implica despidos, cuando en verdad la ideología neoburguesa actual reclama que
el Estado subvencione los deseos del personal a título de derechos (palabra
inflada donde las haya); pero en verdad mi modesta (y no matizada) propuesta
solo quiere actualizar la Crítica del
Programa de Gotha; contra los lassallistas que aspiraban estatalizar
las instituciones de la clase obrera, escribía Marx:
En lo que hace a las sociedades cooperativas
actualmente existentes, éstas tienen valor sólo en la medida en que sean
independientes, no criaturas obreras amparadas o por los gobiernos o por los
burgueses.
De esto se trata. Pero es igual
mi referencia dogmática a Marx, porque los zurdos con posibilidades de gobierno
en España tienen dogmas mayores que los clásicos, entre los cuales se cuenta,
amén del históricamente comprensible anticlericalismo, el amor hacia el Estado.
Poco se puede esperar, salvo una subvención para el 15M, a modo de
conmemoración monumental, de la triunfante, hipotética y renovada izquierda de
2015. Fácil será, con esta estrategia
política a medio plazo, que los conservadores nos roben de nuevo las lealtades
liberales con una súbita bajada de impuestos: la III República se difumina en
el horizonte como el humanismo de Foucault porque los partidos que la desean
son incapaces de representar a las clases medias que prefieren empaquetar las
maletas y dejar España a su suerte. Si las previsiones actuales se
confirman, y 2015 nos encuentra con esta tasa de paro, estate seguro que la
hipotética coalición de izquierdas, con estos planteamientos, será eclipsada
por un gobierno de concentración nacional. Muy favorable tiene que resultar,
para evitar tal cosa, las elecciones a IU. Pero todavía queda mucho tiempo,
muchas manifas y muchos deshaucios para que sepamos el resultado. Por el
momento solo cabe decir que, dada la tendencia hacia la desafección
sociopolítica, sobrevalorada por los senadores a los cuales nadie nunca ha
votado, desestimada por los perroflautas que están en la calle, luchando
optimistas por nosotros, el grueso de la
población española necesita muchos gobiernos de 14 años, mucho tejido
contrainstitucional socialdemócrata y muchos campos de reeducación (es una
broma) para jubilar de una vez por todas el «Cada uno en su casa y Dios en la
de todos» que tan presente se encuentra en los movimientos sociales
multicolores que aparecen en cuanto los gobiernos conservadores de la Península
deciden planchar el bolsillo del contribuyente y cortar —a la vez— el grifo de
los servicios públicos que tanto necesitan nuestras hipotecadas clases medias,
entidad fantasmal donde las haya, intentando deshacerse de la casita en la
playa. En conclusión, algo más que NIMBY, me temo, vamos a necesitar para la
Tercera.
Publicado originalmente en Culturamas. 30 de julio de 2013.