19 de abril de 2014

Que los dioses te ayuden a pillar cacho. El caso de Alan Moore: un mago ilustrado.


Como toda persona de izquierdas, estoy vagamente familiarizado con el ocultismo; conozco de hecho a varios magos y no pocos mistagogos. La fraseología victoriana y el sectarismo carismático, esa manía de invocar deidades jubiladas o impotentes, el creerse y el quererse proscrito ante unas autoridades que —por desgracia— no tienen nada mejor que hacer salvo infiltrarse y monitorizar las actividades de tu grupúsculo, las peleas por términos sin referente son las mismas entre nosotros que entre los miembros de la Sociedad de Rosacruces. Unos adoran a Lenin Trismegisto, otros a la Orden Templaria del Bienestar. Por eso saludo con entusiasmo no disimulado la publicación de Ángeles Fósiles de Alan Moore (La Felguera, 2014) porque es un panfleto insuperable, un mamporro mayúsculo contra los pezqueñines ideológicos que pueblan ambos mundos. Leamos el catálogo de los afrentados: «Los perroflautas de Pan. El bramido incoherente de nuestra hinchada hermética, los proletarios pro-lemures, los aspirantes a wiccanos y el Templo de los Cuarentones Psíquicos, haciendo cola junto con los prepúberes para entrar en la franquicia de turno del País de las Hadas, el reino de los irredimiblemente hobbitificados. Potterlandia.» Y suma y sigue.
El libro viene prologado por Servando Rocha, quien describe la conversión de Moore en mago y adorador de Glycon, una serpiente divinizada por Alejandro de Abonuteicos, sobre quien Luciano de Samostasa lanzase la acusación de engañabobos --la serpiente, según parece, tenía mucho de marioneta. La elección de esta divinidad teatral y vinculada con Asclepio, el dios griego de la curación, debería ponernos sobre la pista del carácter higiénico y artístico de la creencia mooreana: si Sócrates tenía a deber un gallo (que según unos sería un elogio del poder mortal de la cicuta; y según otros una alegoría sobre la filosofía como medicina mentis), ¿qué deuda tiene Moore con sus dioses? Rocha menciona la historia de la alquimia o el esoterismo anarquista en V de Vendetta —ciertas claves para entender su trayectoria— pero lejos de armonizarse gracilmente, el tono del prologuista y del prologado se contraponen muchas veces. Allí donde Moore utiliza la sátira y convierte la invectiva en categoría, criticando los desmanes del ocultismo, Rocha considera oportuno elaborar un catálogo de secretos mágicos personales, una suerte de manual de autoayuda para el aprendiz de hechicero. El contrapunto entre la denuncia implacable del maestro y la edificante hagiografía del alumno arroja una disyuntiva interesante sobre distintas formas de creación esotérica. Recuerda, como dice Rocha: «todo está delante de nuestras narices. Todo está dentro de ti.»
Moore piensa que hacer magia es arte. Esto quizá parezca y resulte efectivamente de una obviedad aplastante para cualquiera que haya oído hablar de la influencia del totemismo en las vanguardias históricas, de la importancia del imaginario escandinavo para el black-metal o de la afluencia de escritores a la sociedades primero masonas y después teosóficas (también había presencia filosófica: nada menos que la hermana de Henri Bergson, el filósofo vitalista francés, estaba casada con uno de los fundadores de la Orden Hermética del Amanecer Dorado). Resulta infinitamente más atrevido hacer como hace Moore, además de reconocer su innegable potencial estético, negarles a los rituales ocultistas realmente existentes cualquier efectividad práctica, cualquier pretensión científica. 
El ataque contra el alquimismo cerrilmente tecnológico, el ensuciamiento de lo trascendental por conatos de piedra filosofal o pócima de la eterna juventud o marmita de Panoramix, que Moore considera demasiado utilitarias como para elevarlas a la categoría de la magia, es una objeción proverbial siempre que aceptemos una caracterización de lo mágico como juego en si o finalidad sin fin; en caso opuesto, si rechazamos estos lugares comunes manidos desde la estética kantiana, todavía podemos deleitarnos con la mala leche del texto:

Si es dinero lo que queremos, ¿por qué no movemos mágicamente el culo, trabajamos mágicamente de una puñetera vez en nuestras mágicas vidas sedentarias y vamos a ver si al cabo de un tiempo han aparecido mágicamente unas cuantas monedas en nuestras cuentas bancarias? Si lo que buscamos es el afecto de algún objeto amoroso que no nos hace caso, la solución es todavía más simple: le echas unos rohypnoles en la sidra y la violas. Al fin y al cabo habrás hecho algo igualmente despreciable en el plano moral, pero por lo menos no habrás denigrado la esfera trascendental pidiéndoles a los espíritus que le aguanten a la víctima los brazos y las piernas.

Menuda cuadratura del círculo la de Moore, no obstante, pues sabemos que el potencial estético de la magia deriva muchas veces de la creencia en su efectividad o en su veracidad. Una vez destrozado el animismo, ¿quién puede apreciar el ocultismo realmente existente salvo como aquelarre bufonesco o, en el mejor de los casos, nostalgia de un pasado mejor donde ciencia y recreo fueran lo mismo?

[Publicado originalmente en Culturamas. 18 de abril de 2014.]

14 de abril de 2014

Todo lo que siempre quisiste saber sobre Ernesto Laclau y un vistazo rápido de LA RAZÓN POPULISTA no pudo enseñarte. Q.E.P.D.

  
I.
En el campo de la grand theory, la comprensión del populismo ha estado asociada, como no podía ser de otro modo, con el nombre de Ernesto Laclau. Por razones obvias, este teórico posmarxista nacido en Argentina y naturalizado en Gran Bretaña ha dedicado buena parte de su carrera académica en solitario a la investigación del fenómeno. El estilo ascético de sus publicaciones no puede ocultar —aunque quizás sublime— la inquietud específica de su nacionalidad de origen. Sus indagaciones sobre el término no solo se acomodan, con todo, a la realidad cambiante de América Latina, sino también a la tendencia filosófica del momento, promulgada desde los salones parisinos. Las voces de Althusser, Gramsci y Lacan han resonado —por ese orden— en sus escritos. Dependiendo de la década en cuestión, la interpelación ideológica, la hegemonía política o la condensación psicoanalítica han sido cruciales para analizar el populismo. No obstante, bajo estos adoquines teóricos, la arena política —y no otra cosa— ha determinado el signo ideológico de sus valoraciones. Pesimista en los ‘70, indiferente en los ‘80, optimista en los ‘90, su posición ante el populismo realmente existente ha variado hasta el límite de la incongruencia. 
Sus primeras reflexiones sobre el término, en el contexto de la nueva izquierda británica, se remontan a comienzos de los años ‘70, con la publicación de un artículo suyo en la New Left Review sobre la junta militar argentina, donde analiza la crisis atravesada por el régimen del general Onganía desde la primavera de 1969, con motivo del levantamiento popular espontáneo acontecido en las ciudades Córdoba y Rosario. Mejor conocido como el Cordobazo, este Mayo argentino no solo reprodujo, sino también profundizó en los elementos de su precedente francés, orientando hacia un camino netamente insurreccional el peculiar solapamiento que tuvo lugar entonces entre radicalismo estudiantil y sindicalismo revolucionario, una confluencia de intereses hasta el momento inédita en Argentina —en 1955, socialistas, comunistas y radicales secundaron el putsch contra Perón—, y cuyo epítome fue la resistencia de la multitud en las calles durante la jornada del 29 de mayo, en una efímera y violenta comuna cordobesa. Según Laclau, esta combustión espontánea de la ciudadanía —encendida por declaraciones contra la dictadura de los mercados impuesta por el FMI— solo resulta comprensible como una respuesta contra las políticas económicas liberales, cuyo manual de reformas para estimular la actividad comercial fue aplicado por el ministro de economía Krieger Vasena, quien derribó los aranceles proteccionistas, devaluó el peso en un 40 por 100, congeló los salarios entre 1966 y 1968, denegando a los sindicatos el derecho a la negociación colectiva. En este contexto, la privatización de los servicios universitarios  —seguida por un manifestante asesinado, como de costumbre, por la policía— solo fue la chispa que propició el incendio, suscitando una alianza entre la burguesía estudiantil politizada y los trabajadores de cuello azul, juntos en las barricadas contra los militares. La resistencia armada ciudadana habría consolidado, de este modo, una década de convergencia entre las clases subalternas, quienes habrían finalmente comprendido el significado histórico del peronismo, cuyo mensaje económico sostiene «la necesidad de un crecimiento industrial autónomo basado en la expropiación de la riqueza de la oligarquía, en lugar de la orientación tradicional de la economía argentina hacia la exportación agrícola.»[1] Así, el Cordobazo recuperaría el espíritu de los descamisados del 17 de octubre contra el bloque oligárquico dominante, cuya estrategia política, desde la formación de Unión Democrática, consistiría en «dejar el Estado en manos de partidos formalmente anti-oligárquicos, a quienes puedan confiar la defensa de sus intereses agrarios más amplios.»[2]
Leído en retrospectiva, se impone la lucidez de este artículo, cuyo análisis sintético, pertinente y certero no está exento de objeciones, a pesar de todo. Para empezar, la descripción del campo político argentino en términos dicotómicos, como un combate mitológico entre el liberalismo de los oligarcas y el peronismo de los subalternos, presupone una coherencia ideológica y una continuidad temporal de ambas facciones durante un extenso periodo. Ahora bien, la información recogida en artículo contradice esta hipótesis por completo. De hecho, la decadencia del imperialismo británico, desde el desenlace de la II GM, no solo sugiere una modificación de la estrategia de dominación imperialista, sino también una modificación de la función que desempeña la economía argentina, hasta entonces orientada hacia la exportación de materias primas, dentro de la división internacional de la producción. Si la segunda mitad del siglo «se caracteriza por las inversiones norteamericanas a gran escala en el sector industrial, que se ha vuelto predominante en la economía como un todo», ¿podemos seguir hablando todavía de la oligarquía rural dominante y las exportaciones del sector primario?[3] En 1964, Onganía sostiene ante los militares de West Point que las fuerzas armadas son «el brazo armado de la Constitución»; dos años después, con la complicidad de los peronistas, disuelve el régimen constitucional y depone el gobierno radical, cuyos principios económicos son la distribución de la renta y el intervencionismo de estado; la dictadura pretoriana posterior, lejos de respetar las formalidades democráticas, lejos de favorecer las exportaciones agrícolas, desmantela el antiguo sistema de partidos y contempla un nuevo impuesto sobre la tierra.[4] ¿Dónde quedaron las políticas agrarias y liberales? Durante tres años, agricultores y ganaderos no obtuvieron ningún beneficio con la devaluación monetaria, porque los elevados impuestos sobre las exportaciones incidieron, de forma directa, sobre los precios relativos de sus productos. Si el cierre de la década arrojaba un balance económico favorable —a finales de 1969, un incremento del PIB del 8’9 por 100; en mayo, una tasa anual de inflación de 7 por 100; en abril, una reserva de 694 millones de dólares— el incremento exponencial de las inversiones en el sector secundario tuvo toda la culpa.[5] Mientras tanto, bajo las grandes cifras industriales, la desigual distribución de la riqueza reforzaba el descontento social, generando las condiciones de posibilidad del Cordobazo, toda una insurrección popular urbanita, que identificó a las compañías multinacionales como su adversario. Frente a la insurrección plebeya en las ciudades del interior, no se encontraba entonces el maquillaje constitucional del liberalismo agrario, sino la metralla coercitiva del capitalismo industrial sin rostro humano. Entre octubre de 1945 y mayo de 1969, en lugar de coaliciones irreconciliables, agendas políticas antagónicas y programas económicos incompatibles, encontramos una realidad cambiante, cuya complejidad empírica está estudiada en el artículo, aunque no se extraigan las conclusiones pertinentes.

II.
Durante la década siguiente, Laclau desarrollará una teoría general del populismo, aplicando las fórmulas teóricas de Althusser sobre la textura del peronismo y del fascismo. El resultado, de nuevo, tiene sus luces y sus sombras. El capítulo «Hacia una teoría del populismo», setenta páginas de puro músculo intelectual, ofrece la mejor versión del marxismo occidental, cuando sus virtudes teóricas, puestas a trabajar sobre la materia empírica, abandonan el τόπος οὐρανὸς de la pedantería filosófica. Solo superado por La crisis de las dictaduras, donde Poulantzas corrige su concepción del fascismo, tomando como referencia la realidad política española, portuguesa y griega del momento, este descenso a la realidad política argentina, brasileña y mexicana constituye el non plus ultra de la «revolución althusseriana» —tan parnasiana ella.
A la hora de revisar la bibliografía sobre la cuestión, antes de proceder con su propuesta, Laclau certifica la existencia de un consenso teórico infundado entre los expertos precedentes. «Para comprender la conducta política de las clases populares en América Latina —en palabras de Gino Germani— es preciso recordar, primero, un rasgo de los países subdesarrollados: la simultaneidad de lo “no contemporáneo”.»[6] Resumiendo mucho, la teoría asegura que se producen anacronismos, solapamientos y asincronías durante el periodo de transición entre la comunidad agraria tradicional y la sociedad industrial moderna. En este contexto, el populismo encarna el paradigma del desfase histórico. Su objetivo, la integración política de algunas capas marginales; su método, un programa económico de ideología difusamente reformista; su estrategia, manifestaciones multitudinarias presionando desde abajo. Como no, el 17 de octubre es el ejemplo preferido de los teóricos del populismo como un epifenómeno político de las sociedades en desarrollo: campesinos proletarizados del interior que fuerzan la liberación de un coronel filo-fascista mediante una concentración espontánea en las calles, y además deciden por mayoría las elecciones en favor del desarrollismo industrial proteccionista, contra la liberalización económica propugnada por comunistas, socialistas y radicales. Los acontecimientos de 1945 en Argentina reconcilian, de este modo, el retorno de lo reprimido y la prospección del porvenir. Mediante la promoción de una sociedad integrada, según este consenso dominante, el populismo promovería su propia superación; la industrialización del aparato productivo encarnaría su punto de llegada; el ingreso definitivo en la Modernidad extinguiría las pasiones y disuelve a los caudillos. Sin embargo, la actualidad del populismo en las democracias occidentales, articulado en organizaciones y en partidos fundamentalistas, desmiente este presunto point of no return. Por este motivo, la respuesta de Laclau a estas concepciones teleológicas sigue siendo válida, porque subraya la posibilidad del eterno retorno populista, con independencia del proceso de modernización atravesado por la sociedad en cuestión. Los jóvenes de extrema derecha europeos, simpatizantes del Partido Popular Suizo, del noruego Partido del Progreso o de los Verdaderos Finlandeses, que obtuvieron porcentajes respectivos en las pasadas elecciones del 29, el 22 y el 19 por 100 de los votos, deberían suscribir las afirmaciones del posmarxista argentino, cuando sostiene que el carácter —aparentemente fundamentalista— de ciertas corrientes arcaizantes en sus fórmulas, refractarias a la mentalidad moderna ilustrada, podría expresar de hecho lo contrario del tradicionalismo; a saber, la negativa a aceptar la legalidad capitalista como propia.[7]
Ahora bien, ¿qué elementos comparten la Voluntad del Pueblo rusa de 1879, la Hora del Pueblo argentina de 1970 y el Frente Nacional francés de 2002? Su núcleo duro en común, según la teoría althusseriana, estriba en la estructura de sus interpelaciones ideológicas, siendo éstas actos lingüísticos performativos que determinan la subjetividad del individuo —o del colectivo, en su defecto—, imponiendo cierta posición social y proyectando cierta identidad política. Este posicionamiento de la mayoría, por contraposición con el entorno y sus agentes, provoca la fragmentación del entramado social, quebrando el sustento de la hegemonía realmente existente. Durante periodos de estabilidad, la formación política dominante asegura sin problemas la consolidación de sus instituciones —así como la fidelidad de la multitud— gracias a la aplicación mecánica de los esquemas de integración convencionales, cuya función consiste en neutralizar la disidencia, bien mediante la incorporación, bien mediante la marginación. Por el contrario, durante un periodo de crisis, la diferencia deviene en contradicción. El excedente no incorporado por el sistema contempla lealtades independientes; los marcadores automáticos de la identidad colectiva desaparecen del horizonte ideológico; comienza una transformación potencialmente destituyente del panorama político. La formación emergente puede consolidar entonces el sistema heredado, aceptando sin reticencias el traspaso generacional de poderes, o bien puede profundizar en ciertas contradicciones, forzando la creación de una realidad alternativa. En esta suerte de encrucijada histórica, siempre aparece el maldito término medio; esto es, la reforma económica parcial, la cínica ideología del posibilismo. En los últimos 200 años, el bonapartismo primero y el populismo después, constituyen paradigmas históricos de esta solución de compromiso. Tanto en el 1951 francés como en el 1945 argentino, la centralización de poderes sobre el ejecutivo y la consulta plebiscitaria de la población fueron —según el análisis marxiano— «la única forma de gobierno posible» entre el descrédito de la burguesía y la emergencia del proletariado.[8] Entre el liberalismo constitucional y la revolución plebeya, entre el capitalismo imperialista y el socialismo bolchevique, hayamos en ambos casos el camino intermedio del cesarismo democrático —por utilizar la expresión acuñada a comienzos del siglo XX por Laureano Vallenilla, el ideólogo positivista que justificó, recurriendo para ello a los avances científicos recientes, la necesidad histórica y la pertinencia políticas de las repúblicas pretorianas en América Latina, encabezadas por caudillos militares liberales, recelosos de las antiguas camarillas y encumbrados por el sentimiento popular.[9]
¿El populismo se resume entonces en dirigentes autoritarios con actitudes paternalistas hacia el populacho? En este punto, la valoración del argentino no solo es ambigua, sino también mudable. Sobre el potencial transformador del populismo, el lector descubrirá una posición distinta, dependiendo del capítulo que consulte. En un centenar de páginas se amontonan todas las variantes del espectro ideológico, desde el posibilismo conservador hasta el movimiento revolucionario, pasando por el reformismo progresista. Ello demuestra la dificultad que entraña convertir una vaporosa descalificación ideológica en un concepto político articulado. En un momento de Política e ideología, contra las declaraciones optimistas que destacan el revulsivo popular, descubrimos que —para nuestra sorpresa— el populismo es una variante refinada del clientelismo, cuyos partidos «van siendo progresivamente cooptados por el sistema», cuyo objetivo consiste en «la neutralización política de la posible oposición de nuevos grupos sociales», cuya estrategia se resume en la satisfacción de «demandas populares individualizadas». Mientras tanto, en «Hacia una teoría del populismo» se reconoce la existencia de una variante reaccionaria —el populismo de las clases dominantes— altamente represiva para las aspiraciones de discontinuidad, «porque intenta una experiencia más peligrosa que un régimen parlamentario corriente: mientras que el segundo neutraliza simplemente el potencial revolucionario de las interpelaciones populares, el primero trata de desarrollar dicho antagonismo, manteniéndolo dentro de ciertos límites». En «Fascismo e ideología», para terminar, será el jacobinismo quien encarne el momento de transición rupturista, quien vehicule las aspiraciones insatisfechas contra la formación dominante, quien articule con coherencia una sustancia popular que «ya no se presenta con demandas aisladas, ni como una alternativa organizada dentro del sistema, sino como una alternativa política al sistema mismo».[10]
 Esta tremenda volatilidad de las manifestaciones populares depende —en principio— de la indefinición constitutiva del pueblo. Esta última expresión no debe leerse, por cierto, en el sentido de la filosofía política moderna. En este contexto, no refiere a la comunidad de ciudadanos que suscriben el contrato social. Evoca, por el contrario, las condiciones de posibilidad de toda confrontación en el interior de la sociedad civil. Los elementos de dominación, las posibilidades de discontinuidad, las estructuras de la hegemonía, todo ello depende del pueblo. Entendido como un recipiente hueco, impone ciertas condiciones de emergencia, ciertos principios de articulación y ciertos parámetros de confrontación entre distintas formaciones políticas; pero eso es todo. La gesticulación populista no conforma una ideología concreta, tan solo el formato de toda oposición, el procedimiento de toda victoria, el mecanismo de toda aglutinación. Desde los fascistas hasta los naródniki, desde la aristocracia hasta el proletariado, el revestimiento formal plebeyo se adapta a multitud de propuestas clasistas concretas. Dada la plasticidad constitutiva del fenómeno, no tiene sentido cartografiar las aspiraciones subalternas insatisfechas, en búsqueda de intuiciones espontáneas de emancipación. La única confrontación interesante se encuentra en la instrumentalización partidista de la participación plebeya. En la lucha por la hegemonía, las formaciones políticas irreconciliables deberían, según esta advertencia, esforzarse en pretender que sus reclamaciones particulares representan, en realidad, los intereses de la mayoría silenciosa. A fin de cuentas, la formación política dominante gobierna, como resulta evidente, con la complicidad implícita o con la fidelidad explícita de los dominados. Éstos deben tomar conciencia de su situación dentro del entramado de relaciones sociales para reclamar una distribución diferente de los recursos tanto intelectuales como materiales. No obstante, este despertar solo puede acontecer desde fuera.
Sin embargo, para desgracia de la volatilidad declarada, de la indefinición constitutiva y de absorción incompleta, el pueblo no es un colador prêt-à-porter para la resolución de demandas exógenas —tampoco un embalaje del progreso social o una tabula rasa de la lucha de clases. Las clases subalternas tienen su agenda política independiente, no siempre permeable a las apropiaciones partidistas desde fuera. Construida desde abajo, la memoria colectiva solo reconoce la autoridad de ciertas tradiciones culturales, solo responde a ciertos protocolos de organización política. El imaginario popular, en resumen, no se encuentra en estado vegetativo. Laclau bautiza como ‘democrática’ esta identidad política colectiva. Una expresión equívoca pero acertada: equívoca porque sugiere un compromiso ahistórico con la democracia, cuando ésta ha gozado mucho tiempo de mala fama, también entre los subalternos; acertada porque la confrontación entre dominantes y dominados ha propiciado todas las conquistas asociadas con ella. Mitos como la subyugación monárquica normanda, el parlamentarismo anglosajón olvidado o los derechos inalienables del free-born englishman, tan importantes en la democratización del sistema monárquico británico —inicialmente autárquico, posteriormente constitucional y actualmente parlamentario—, validan esta identificación entre inclusión democrática y resistencia subalterna. Por otro lado, la correlación de fuerzas numéricas entre dominantes y dominados no solo justifica la pertinencia de este compromiso histórico, sino que termina asociando muchas demandas paralelas a la causa democrática, como demuestra la incorporación —entre sus apretadas filas— del movimiento sufragista durante el siglo XIX o del proceso descolonizador durante el XX. En este punto, sobre la historia de los sistemas democráticos, Laclau desmantela el concepto de «democracia liberal burguesa», valorando en su justa medida los regímenes constitucionales parlamentarios. También desarma la estrategia revolucionaria antidemocrática, recordando los errores comunistas durante el Tercer Periodo (1928-1935), cuando los comunistas sostuvieron con la socialdemocracia gobernante una oposición bastante improductiva para la izquierda. «Sostener la necesidad de un frente democrático y afirmar al mismo tiempo el carácter burgués de las banderas democráticas sólo puede conducir a una desviación de derechas», sostiene el argentino. «Por el contrario, en nuestra concepción, la extensión real del ejercicio de la democracia y la producción de sujetos populares crecientemente hegemónicos constituyen dos aspectos del mismo proceso. El avance hacia la democracia real es una larga marcha que solo será completada con la eliminación de la explotación de clase».[11] En resumen, la democracia siempre será algo más que libertades negativas y derechos formales. Pero nunca nada menos que eso.
Con todo, Laclau no parece haber aprendido de los errores de la III Internacional. La mentalidad clase contra clase permanece todavía en su pensamiento. Basta con revisar sus afirmaciones para descubrir el punto de incoherencia. La riqueza empírica no concuerda con el abstracto formalismo; la pluralidad de fenómenos desborda los canales de la teoría; los movimientos populistas no responden ante la interpelación ideológica de Althusser. Si el populismo «comienza en el punto en que los elementos popular-democráticos se presentan como opción antagónica frente a la ideología del bloque dominante», si las aspiraciones democráticas «representan la cristalización ideológica de la resistencia frente a la opresión en general», si las tradiciones plebeyas conforman «un marco estructural de referencia más estable», ¿cómo puede decirse entonces que «no hay un discurso popular-democrático como tal» y que «la ideología democrática sólo existe articulada como momento abstracto de un discurso de clase»? Más adelante, nuestro autor vuelve a reconocer que el pueblo «no logra ser totalmente absorbido por ningún discurso de clase» y que «el campo ideológico presenta siempre una cierta apertura y su estructuración no es nunca completa», pero no infiere las conclusiones pertinentes.[12] De nuevo, prefiere ignorar las normas más elementales de la lógica, antes de abandonar la dogmática cantinela althusseriana.
Este desfase ente los flamantes axiomas de la teoría y la enredada evidencia empírica termina pasando factura en el análisis del populismo como ocurrencia histórica concreta. Así, el estudio del peronismo —ejemplo privilegiado de investigación— se sostiene sobre un conjunto de premisas un tanto arbitrarias, cuya congruencia con la realidad histórica no compone una verdadera explicación; más bien expresa una coincidencia por analogía. Todas las características imputadas sobre el movimiento encuentran alguna suerte de contraejemplo. La abundancia de pruebas refutatorias demuestra la elevada plasticidad del movimiento en comparación con los rígidos esquemas interpretativos. Según estos esquemas, el peronismo conciliaría —entre otras cosas— el industrialismo proteccionista y el nacionalismo antieuropeísta. Sin embargo, el programa electoral de 1973 contradice estas atribuciones por completo: en política interior, un incremento de las inversiones en el sector primario, conforme a la situación económica internacional, marcada por una demanda insatisfecha de materias primas; en política exterior, una promoción de la unificación continental, siguiendo el modelo de integración europea, como reacción ante la hegemonía yanqui. Sea como fuere, Laclau remacha con insistencia la radicalidad del peronismo, sus «contenidos ideológicos antiliberales» y su «política anti statu quo». De este modo, termina elaborando un retrato coherente del movimiento, a costa de ignorar muchas declaraciones del fundador. Las entrevistas y conferencias referidas corresponden —qué duda cabe— con las hostilidades de 1946: basta con recordar la amenaza liberal de un desembarco de los aliados en Buenos Aires o la dicotomía de los lemas de campaña («Branden o Perón» & «Tamborini o Hitler») para reconstruir el paisaje de discordia. Ahora bien, este ambiente de hostilidades no concuerda con las promesas de reconciliación suscitadas por el peronismo en los ’70. El 8 de noviembre de 1973, Perón pronuncia la conferencia de su investidura presidencial, recalcando su compromiso con un gobierno de excepción, subrayando el proyecto de una unión nacional, fomentando la inversión de capitales extranjeros en el país, ofreciendo —en resumen— una mano amiga a la oposición. «Por el bien de mi patria, quisiera que mis enemigos se convenciesen de que mi actitud no sólo es humana, sino que es conservadora, en la noble acepción del vocablo.»[13] ¿Dónde se encuentra aquí la ideología antiliberal y la política antagonista?
Asimismo, el análisis del fascismo incurre en distorsiones similares. Una vez más, un enfoque histórico parcial y un rigor analítico excesivo terminan arruinando una propuesta inicial bastante sugerente. Para empezar, el argentino formula una batería de objeciones contra las indagaciones precedentes que se pueden acomodar sin problemas a su propia hipótesis de trabajo. Así, comienza observando algunos defectos de las explicaciones psicosociales, que interpretan el fascismo como una perturbación moral transitoria, para terminar recurriendo a la dichosa interpelación ideológica, cuyos rudimentos científicos provienen en último término del psicoanálisis —el mismo que permite parlotear del fetichismo masoquista de las masas y cosas similares. Sin embargo, el esfuerzo del argentino por contrastar el instrumental analítico, por comprender la concatenación estructural de los sucesos, supera con mucho los ensayos de sus predecesores —incluido Poulantzas, cuyo Fascismo e ideología estudia la decadencia de la República de Weimar mediante paralelismos peregrinos entre ideologías y clases sociales (v.gr.: proletariado = marxismo-leninismo, burguesía = liberalismo, etcétera). Contra este impreciso esquema analítico, Laclau verbaliza una observación rimbombante —en efecto— pero también devastadora: «la adjudicación de una pertenencia de clase a los elementos de las ideologías concretas responde a un procedimiento puramente arbitrario que, como veremos, no solo no construye teóricamente su objeto, sino que, por el contrario, supone su conocimiento empírico y opera taxonómicamente sobre este conocimiento.»[14] Para desgracia del argentino, esta misma réplica —solo que invertida— se puede exponer contra su examen. La concepción populista del fascismo incurre en la estafa filosófica por excelencia, que consiste en imaginar desde el palacio cristalino de la teoría los sujetos colectivos que intervienen en la historia, recurriendo para ello a expresiones rocambolescas, ciertamente epatantes, pero sin ninguna correlación con los grupos sociales que —en este caso— convivieron durante el periodo de entreguerras. Ante nuestros ojos se sucede, para nuestra estupefacción, una retahíla de aberraciones sociológicas, tales como la «pequeña burguesía jacobinizada» —un vocablo formidable que sintetiza lo mejor de cada casa: por un lado, el improperio preferido del marxismo panfletario; por otro lado, una corriente política sacada de contexto; en resumen, una coartada perfecta para suspender la investigación. Con esta elegancia, el argentino reproduce los prejuicios convencionales sobre la composición clasista del fascismo, empaquetando bajo el mismo embalaje pequeño-burgués a los pequeños comerciantes y a los trabajadores móviles, reduciendo el ascenso de la extrema derecha en Europa a un subproducto de los errores tácticos de la clase obrera, ignorando la elevada fragmentación ideológica de los grupos sociales durante el periodo de entreguerras (hasta 1934, dos tercios de las SA provenían de la clase trabajadora[15]), tomándose el derecho de interpelar —en último término— a las formaciones políticas del momento, para instruirlas sobre sus deberes y sus destinos, montando un aburrido sermón sobre estrategia revolucionaria, todo ello desde la cátedra retrospectiva de la Historia. Cuando Laclau proclama que el proletariado «hubiera debido presentarse como la fuerza que conduciría las luchas históricas del pueblo alemán a su conclusión y al socialismo como su consumación […] y hubiera debido hacer un llamamiento a todos los sectores populares que condensara en símbolos ideológicos comunes nacionalismo, socialismo y democracia», quizás ignora el contenido del Programa de Erfurt, conforme a cuyos principios el Partido Socialdemócrata contribuyó a encauzar la trayectoria de Alemania, refrendando patrióticamente los presupuestos militares en 1914, formando amplias coaliciones democráticas desde 1918. Frente a este «reduccionismo clasista», frente a este «extremismo corporativista», frente a este «sindicalismo economicista», la alternativa no parece demasiado halagüeña. «La socialdemocracia contemporánea ha superado —según el encomio del argentino— la mentalidad de grupo de presión del viejo socialismo mediante su transformación en un partido burgués como los otros.» [16] Entonces, ¿de esto hablamos cuando hablamos de izquierda?
           
III.
La publicación de La razón populista marca un final de partida. Entre 1977 y 2004, ¿qué cosas han cambiado? En primer lugar, se ha producido un desplazamiento de los referentes intelectuales. La impronta indiscutible del galomarxismo ha sido sustituida por un conjunto de analogías formales de variada procedencia académica. Todas las disciplinas utilizadas durante la exposición, desde el psicoanálisis hasta los estudios de retórica, concurren —mediante exégesis compatibles— a la mejor comprensión del fenómeno. De este modo, la interpelación ideológica pasa el testigo a la condensación, a la equivalencia y a la sinécdoque, con resultados muy productivos. Sostenidas en paralelo, estas aproximaciones conforman, en términos relativos, una descripción mucho más detallada —tanto de la génesis como de la estructura— del populismo. Bajo los tecnicismos y los diagramas, sin embargo, el armazón analítico original permanece inalterado. Si las demandas insatisfechas se articulan mediante cadenas equivalenciales o mediante cadenas diferenciales; si las identidades subalternas se condensan en significantes flotantes o en significantes vacíos; si los movimientos populares se confrontan con oposiciones dialécticas o con exterioridades constitutivas; si las formaciones hegemónicas se enseñorean de la universalidad efectiva o de la mítica totalidad ausente: todas estas minucias terminológicas componen una carnaza de primer orden para las disputaciones escolásticas de nuestro tiempo, por supuesto. Que la apasionada confrontación entre charlacanes tiene su interés, ello puede mostrarse mediante un repaso de los interrogantes principales y de las respuestas ofrecidas —en cada ocasión— por el argentino. Por ejemplo, ¿cuánto de vacío —preguntaba Butler— está el lugar vacío? Solución: «La vacuidad, en lo que al lugar se refiere, no significa simplemente vacío en su sentido literal; por el contrario, hay vacuidad porque ella apunta a la plenitud ausente. Vacuidad y plenitud son, de hecho, sinónimos [sic]»[17]. Sea como fuere, estas divergencias bizantinas no modifican —como decimos— la propuesta de investigación empírica principal. El populismo continúa siendo un proceso para la aglutinación de mayorías sociales, que sintetiza aspiraciones insatisfechas y las proyecta sobre una formación política emergente, encabezada por un líder carismático, quien promete defender el interés general contra los enemigos de la mayoría.
Además, los compromisos filosóficos con el psicoanálisis lacaniano conducen a una extrapolación indebida de los estudios concretos, a una generalización fraudulenta de las pretensiones explicativas, a una ontologización infumable del esquema propuesto. Dicho en castellano, Laclau sugiere que su análisis comprende todo. Estos delirios de grandeza, ¿qué tipo de teorías presuponen? En primer lugar, una teoría diferencial del lenguaje, que sostiene que el contenido semántico de un término singular no depende de la expresión lingüística, el individuo denotado y la relación entre ambos; el significado, por el contrario, consiste en las diferencias existentes dentro del propio lenguaje, sin ninguna referencia a la «realidad externa». En segundo lugar, una teoría agónica de la sociedad que (i) proyecta este esquema lingüístico sobre la estructura profunda del mundo social; (ii) considera que la sociedad funciona mediante la conversión de diferencias en hostilidades, y viceversa. En tercer lugar, una teoría normativa de lo político que (a) no establece ninguna distinción entre lo político y lo social; (b) favorece las hostilidades sociopolíticas que versan sobre la propia estructura de las diferencias. Según estas premisas, sólo el populismo es político, porque sólo él simplifica la multiplicidad de diferencias realmente existentes en una hostilidad declarada, sólo él cuestiona la estructura completa de las diferencias económicas y sociopolíticas, sólo él —en resumidas cuentas— involucra una definición alternativa del mundo social llamado ‘pueblo’. Frente a la autenticidad incontrovertible del populismo nos encontramos con la aburrida administración institucional, entendida como «sedimento social» o «muerte política», en cuanto satisface las demandas singulares mediante procedimientos estandarizados de distribución, en cuanto conforma un cuerpo de funcionarios especializados y deslinda la política de la sociedad civil, en cuanto reconoce la legitimidad de las esferas no politizadas, en cuanto desmantela la posibilidad del antagonismo y burocratiza los conflictos hasta el infinito.
Así pues, la teoría del populismo se presenta como una investigación fundamental sobre las invariantes estructurales y las condiciones de posibilidad de la política tout court. Sin embargo, los criterios estipulados para la contrastación empírica de esta hipótesis de trabajo resultan tan laxos que, por lo pronto, incluyen declaraciones manifiestamente institucionalistas y excluyen programas explícitamente populistas. En primer lugar, la excesiva importancia concedida sobre el antagonismo como mecanismo de articulación política no permite comprender la gestión de las «contradicciones en el seno del pueblo» dentro de una formación populista victoriosa.[18] En segundo lugar, la oposición entre movilización popular y gerencia burocrática no resiste una contrastación empírica medianamente seria. Los ejemplos ofrecidos por el argentino desmantelan, de hecho, su propia intuición preliminar. Antes de nada, recordemos que el institucionalismo pretende satisfacer todos los intereses de la comunidad política, mientras que el populismo discrimina un conjunto de intereses dotados de una legitimidad preferencial. Así pues, en el primer discurso «todas las diferencias son consideradas igualmente válidas dentro de una totalidad más amplia», mientras que el segundo «una frontera de exclusión divide la sociedad en dos campos». Apliquemos ahora este esquema general sobre el caso empírico del neoliberalismo, que en Reino Unido primero «se presenta como una panacea para lograr una sociedad sin fisuras», luego comienza «a denunciar a los parásitos de la seguridad social» y culmina «con uno de los discursos de división social más agresivos de la historia británica contemporánea»[19]. El resultado de esta confrontación es bastante desolador, todo hay que decirlo: la campaña electoral del partido conservador —y su polémico «Labour Isn’t Working»— reproduciría el consenso institucional; el gobierno de Margaret Thatcher —y su anodino «There Is No Alternative»— supondría una ruptura populista, en cambio. Según este principio, ¿qué hay más populista que la sociedad de dos tercios? En este punto, el problema no es la abundancia de contraejemplos, sino la ausencia o la irrelevancia de los mismos. A fin de cuentas, en cuanto aceptamos el esquema ontológico propuesto, la distinción intuitiva entre populismo y tecnocracia desaparece, porque sociedad, política y populismo se convierten por definición en sinónimos. Ahora bien, ¿cómo explicar el fenómeno de la despolitización? «No todo es político —responde Laclau— porque tenemos muchas formas sociales sedimentadas que han desdibujado las huellas de su institución política originaria»[20]. La fragilidad de este argumento ad hoc revela —en último término— la puerta trasera del tinglado político-ontológico-psicoanalítico que tenemos entre manos.  
En las últimas páginas de su libro, Laclau se cuelga la medalla de honor a la sobriedad intelectual, porque ha discriminado con cuidado entre cuestiones descriptivas y cuestiones normativas, según él, porque ha resistido la tentación de confundir la vigorizante ocupación del análisis político y la pusilánime ociosidad de la moralina. Sin embargo, la distinción entre despolitización institucional y autenticidad populista presupone —como hemos visto— una discriminación normativa de los mecanismos legítimos de hacer política. Conforme a un conjunto de prejuicios bastante extendidos, Laclau considera intrínsecamente valiosa la discontinuidad, la emergencia y la oposición; por el contrario, contempla la burocracia y la negociación por encima del hombro; solo atribuye el concepto de lo político, en consecuencia, a la confrontación irreductible entre identidades antagónicas. Ahora bien, desde una perspectiva política, la asignación óptima de los recursos, en orden a satisfacer las demandas de una comunidad, quizás sea la tarea más elemental de todas. De hecho, la aglutinación de mayorías sociales puede definirse como la correcta localización de promesas entre los miembros de una formación política emergente. Sin embargo, mediante antítesis facilonas y contrastes brutales, que no hacen demasiada justicia con la inteligencia o con los hechos, esta caracterización reduccionista de la política garantiza que la autoridad infalible de la ontología se encuentre —en todo momento— de su parte. El pueblo contra la institución, lo político contra lo policial, y otras tantas disyunciones excluyentes, celebran la dignidad de la movilización, despejan la ambigüedad de la política, evidencian con claridad la distinción entre buenos y malos de la película. A golpe de vade retro systemae, estos discursos reconfortantes confirman nuestros prejuicios sobre la vanidad del mundo. Con todo, no ofrecen un instrumental para analizar la situación.




[1] Erneso Laclau: «Argentina — Imperialist Strategy and the May Crisis», New Left Review, I/62, Julio-Agosto, 1970, pp. 11-12.
[2]  Ibidem, p. 4.
[3] Ibid., p. 6.
[4] Marcelo Cavarozzi: Autoritarismo y democracia, 1955-1983, CEDEAL, Buenos Aires, 1983, p. 100.
[5] Leslie Bethell (ed.): Historia de la Argentina, Crítica, Barcelona, 2001, pp. 269-270.
[6] Gino Germani: «Democracia representativa y clases populares», en Octavio Ianni (comp.): Populismo y contradicciones de clase en Latinoamérica, Era, México, 1973, p. 12.
[7] Pippa Norris: Derecha radical, Akal, Madrid, 2011.
[8] Karl Marx: «Manifiesto del Consejo General de la Asociación de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1971», en AAVV: La comuna de Paris, Akal, Madrid, 2010,  p. 34.
[9] Laureano Vallenilla: Cesarismo democrático, Monte Ávila, Caracas, 1990.
[10] Ernesto Laclau: Política e ideología en la teoría marxista, siglo XXI, México, 1978,  pp.  131, 203, 132.
[11] Ibidem, pp. 159, 121-122.
[12] Ibid., pp. 194, 199, 229.
[13] Citado en Emilio de Ipola: Ideología y discurso populista, Plaza & Janés, México, 1987,  p. 145.
[14] Ibidem, p. 109.
[15] Stanley Payne: El fascismo, Alianza, Madrid, 2001, p. 69.
[16] Ernesto Laclau: op. cit., pp. 147, 158.
[17] Ernesto Laclau: La razón populista, FCE, México, 2005, p. 214.
[18] Para aclarar esta objeción, podemos consultar el último panfleto publicado por Álvaro García Linera —vicepresidente de Bolivia y posmarxista avanzado— cuyo título —Las tensiones creativas de la revolución. La quinta fase del Proceso de Cambio— promete una historia abreviada del proceso constituyente boliviano y su gobierno de movimientos sociales, todo un modelo de populismo izquierdista bien entendido, según Laclau. Ahora bien, si abrimos estas páginas, sobre la gestión de las demandas democráticas, ¿qué encontramos? «No existe una propuesta alternativa al de la plurinacionalidad descolonizadora que consolida una única nación estatal en la que conviven múltiples naciones culturales y pueblos». Este compromiso con el reconocimiento democrático de las diferencias, ¿no confronta los axiomas del populismo?  «No se tiene otra opción de democratización superior del Estado —continua Linera— que no sea el reconocimiento de múltiples formas plurales de democracia (directa, representativa, comunitaria) y de desconcentración territorial del poder a través de las autonomías.» (Álvaro García Linera: op. cit., p. 10.)
[19] Ibidem, pp. 107, 108, 105.
[20] Ibid., p. 194.

7 de abril de 2014

La escritora que fregó tu suelo


Barbara Ehrenreich es algo más que otra feminista de izquierdas recomendada en la solapa de sus libros por Naomi Klein; es una periodista valiente y necesaria de la estirpe de los Wallraff, investigadores de campo con lecturas y trabajo de archivo a sus espaldas que prefieren destapar las injusticias del sistema a quedarse muditos, sabiendo que la cruda verdad de los trabajadores mal pagados y de las mujeres estafadas por sencillos magufos vende mejor que la salsa rosa de unos pocos escogidos. Por cuatro duros es su libro mejor conocido, una suerte de jornada en el infierno, un descenso a los abismos del curro basura que tienen que aceptar las mujeres poco formadas del mejor de los mundos (y desde el comienzo de la crisis las formadas también) con tal de ganarse el pan de cada día y obtener en términos económicos —como reza el estribillo de “Antes muerta que sencilla”— «una poquita, una poquita, una poquita libertad». 
Para los que (todavía) no hayan leído este clásico del gonzo journalism, la cara oculta de las payasadas de Hunter S. Thompson en las Vegas, cabe decir que el ensayo surge como un encargo de la revista Harper’s: hacerse pasar por dependienta, camarera y empleada del hogar, o mejor dicho, laborar durante un mes en cada uno de estos curros y pagar con estos exiguos ingresos unos gastos mensuales modestos (alquiler, gasolina, comida).
En suma, sobrevivir a la clase trabajadora para contarlo. 
Tampoco hay que mistificar la iniciativa de Ehrenreich.[i] Su paso por los bajos fondos parece algo casi heroico y ante todo increíble (habrá quien se pellizque para comprobar que no está soñando mientras lee su relato) ahora que los escritores están más lejos que nunca de la calle (véase la reflexión de Miqui Otero sobre la generación de letraheridos empollones que padecemos), y desde luego vivir tres meses en calidad de proletaria es algo digno de elogio en comparación a las farsas que ahora gastan ciertas cadenas de televisión enviando a modelos a pasar una semana en la calle, como si fueran unas vagabundas sin techo, o peor: como si el público (y carteristas y violadores potenciales) no supieran distinguir y tratar con un reality show a partir de las cámaras que lo custodian y lo acompañan. 
Ehrenreich es honesta cuando escribe que «no hay manera de aparentar ser camarera: la comida llega o no llega a la mesa. [...] En todos los puestos, en todos los lugares donde viví, el trabajo absorbía por completo mis energías y gran parte de mi intelecto. No estaba tonteando.» Y tampoco está de menos recordar aquellos escritores que, sin necesidad de cambiar de aires o hacerse pasar por otros, retrataron la miseria del trabajo asalariado manual desde una íntima cotidianeidad con ella. Estoy pensando en Jack London y George Orwell, por supuesto, pero también escritores actuales —quizá menos finos en términos ideológicos y literarios— como el López Menacho de Yo, precario.
Recuerdo un párrafo de Por cuatro duros que vale más que mil declaraciones de falsa modestia y que transmite a la perfección el carácter sencillo que debería literalmente atravesarnos cuando nos ponemos a juntar palabras por escrito sin ignorar la realidad que rodea a nuestro escritorio (empiezo a hablar en primera persona del plural y con expresiones normativas: mea culpa); una lección de humildad: «Hace años, cuando me casé con mi segundo marido, éste dijo muy orgulloso a su tío —por aquél entonces, aparcacoches— que yo era escritora. La respuesta del tío fue: “¿Quién no lo es?”»
A su retorno a la vida de escritora, la pregunta más recurrente entre los miembros de la jet set literaria era: pero Bárbara, ¿cómo es que no se percataron tus colegas?, ¿cómo es que no vieron la encerrona? Esta gente pensaba, siguiendo un prejuicio clasista bastante extendido, que un intelectual se reconoce a la legua (sus gafas le delatan, o algo, quizá el jersey de cuello de cisne) y no hay manera que un genio de las letras pase medio minuto fregando suelos sin que una pizca de su brillantez destape su coartada. Y tenían razón: Ehrenreich era jodidamente inexperta y torpe. Por lo demás, nada permite distinguir (en términos de ingenio) a una persona que lleva años desempeñando una profesión mecánica del resto. «Cualquiera que pertenezca a las clases instruidas y crea lo contrario debe ampliar su círculo de amigos», es un consejo de Barbara Ehrenreich.




[i] Ella es la primera en quitarse florecillas de encima, empezando por enumerar las cosas que diferencian a una turista de una working poor autóctona y nativa, de toda la vida: «Si pagaba el alquiler por semana y me quedaba sin dinero, daría el proyecto por terminado; para mi, nada de albergues ni de dormir en el coche. [...] Al acercarse el momento de iniciar el experimento, me prometí que, si las cosas llegaban al extremo de no tener asegurada la comida siguiente, sacaría a relucir mi tarjeta de débito y haría trampa.»

[Publicado originalmente en Culturamas. 3 de abril de 2014]

5 de abril de 2014

Los dandis eran unos reaccionarios, y punto en boca.

«Pero, ¡ay!, la marea creciente de la democracia, que lo inunda y lo nivela todo, ahoga día a día a esos últimos representantes del orgullo humano y vierte oleadas de olvido sobre las huellas de estos prodigiosos mirmidones.» (Charles Baudelaire.)


1. La RAE contraataca. En un lugar de la web de cuyo link no quiero acordarme no ha mucho tiempo que hallé una lista de términos en peligro de extinción entre los cuales figuraba ‘dandi’. Una palabra que yo al menos juzgaba corriente y bastante socorrida, pero ahora que pienso no recuerdo haberla utilizado jamás en ningún contexto hablado desde que tengo edad de razón. Mala señal para una expresión valorativa, pues en este caso el uso define el significado, y la ausencia del mismo señala el Sayonara a cierto tipo social. Nos hemos quedado sin dandismo, eso es todo.
Podemos imaginar que algunos nombres sin intensión carezcan además de extensión como los tecnicismos científicos que sirven para hablar de entidades abstractas mientras sigamos creyendo en su existencia y medición empírica. Ahora bien, ¿qué quiere decir que términos de comparación pierdan su referencia? Quizá sea posible imaginar un mundo sin flogisto o sin materia oscura. Uno sin antiguos y modernos, sin analíticos y continentales, sin poqueros y gafapastas, una realidad no atravesada por dicotomías normativas, todo hay que decirlo, apenas resulta habitable. La pérdida de un epíteto como ‘dandi’ es, por tanto, algo peor que la peor escena de Bambi. Marca el final de una larga distinción social.
El trágico destino semántico de lo dandi quizá se entienda mejor viendo la evolución que tuvieron dos vocablos igualmente cargados de malafollá, sus antónimos por definición: lo cursi y lo hortera. La cursilería, acuñada para referir a la decadencia gaditana de mediados del siglo XIX, cuyo origen se remonta a la independencia de las colonias hispanas de ultramar, entendida entonces como mucho querer y poco poder, o según define el Diccionario de voces gaditanas (1857) de Adolfo de Castro: «Persona que quiere ser elegante sin tener las condiciones para ello, bien por faltarle medios pecuniarios, bien por carecer de gusto», nada tiene que ver con el color rosita y los sentimientos betuminosos hoy asociados a los cursis.
A su vez El Hortera (1843) de Antonio Flores, primera acepción literaria del término que controlo, también retrata cosas distintas: un mozo de tienda con determinadas aspiraciones sociales, el equivalente nacional del parvenu o del New Money, un individuo juzgado poco menos que advenedizo en una sociedad inmovilista como la española, más próximo en su connotación peyorativa al ‘emprendasaurio’ contemporáneo, insulto que recuerdo haber hallado en el Twitter de Eudald Espulga, antes que los calzones hasta los sobacos que vienen a la mente cuando queremos imaginar el atuendo propio del hortera.
Ambos vocablos mudaron bastante de sentido, trocaron el significar posiciones específicas dentro del campo social (cursi = hijodalgo decadente; hortera = trepa tonto), empezaron a designar cuestiones puramente decorativas, volviéndose dos estrategias distintivas —quizá opuestas— del mal gusto universal. El dandi, por contra, sigue igual. Prácticamente designa lo mismo hoy que ayer. Las cosas que no merece la pena nombrar suelen, por lo común, llamarse como toda la vida. Quizá el dandismo constituya, como pensamos nosotros, un mecanismo de distinción aristocrática típicamente novecentista que recurre a la sagacidad como herramienta de provocación, una opción elitista que resulta inviable cuando la cultura y la educación se extienden a las capas bajas de la sociedad.
Entre dos nacidos en familias bien, dos herederos de grandes fortunas, dos creadores originales como Paris Hilton y el conde de Lautréamont solo media varias décadas de educación obligatoria, tolerancia cum indiferencia y progreso cultural democrático que hacen imposible que los mismos gestos que jodieron la marrana a los burgueses del siglo XIX vuelvan a ofender a nuestros conservadores actuales. Entiéndase correctamente, la distinción elitista resulta especialmente perentoria entre la clase media alta, como sabía bien el Tom Wolfe de Radical Chic, cuyo desdén hacia el simple burgués es directamente proporcional a la falta de interés por la vieja casta de nobles, o como indica acerca de la remodelación de las tascas donde se reunían los intelectuales el aclamado Robert de Montesquiou: «Estos salones han sido redecorados al estilo Luis XVI, y no han ganado nada con este cambio. Hoy, encontramos en ellos a marquesas que son auténticos zoquetes, mucho menos interesantes que las jarras de cerveza de antaño.»

2. Contra el pies ligeros. Escribir un artículo sobre el dandismo sin enunciar alguna boutade sería como mirar el porno siguiendo motivos ocultos de carácter estético, un despropósito en toda regla, así que ahí tienen una, para que luego vayan diciendo: el mejor libro sobre el dandi es Gödel, Escher, Bach, el libro de Douglas Hofstadter sobre los vericuetos del razonamiento formalizado autoreferencial, ilustrado con variados ejemplos musicales y pictóricos, incluido un pasaje sobre la traducción de Crimen y castigo que mola mogollón. Los capítulos están precedidos por diálogos entre Aquiles y la Tortuga, siguiendo el modelo de Lewis Carrol, que consiste en formular paradojas gracias a los vacíos lógicos de nuestro ambiguo lenguaje natural.
En el diálogo «Contracrostipunctus» la Tortuga cuenta el pulso que tiene desde hace años con su amigo el Cangrejo, quien una vez dijo haber comprado el mejor fonógrafo jamás hecho, uno (llamémosle x) capaz de reproducir cualquier grabación, cosa que la tortuga demostró que era falso mediante una canción titulada «No puedo ser escuchado mediante el fonógrafo x», que según parece destrozaba el fonógrafo nada más pincharla. Así comienza una competición por encontrar mejores fonógrafos que resistan las canciones de destrucción masiva previas y por canciones todavía más explosivas. Un regressus ad infinitud que finaliza con una lección sobre la capacidad de asimilación de ciertos sistemas estáticos también válida para comprender la dialéctica entre ruptura y canon cultural:

«Es simplemente un hecho inherente a los tocadiscos el que no puedan hacer todo lo que uno podría desear que ellos fueran capaces de hacer. ¡Si existe un defecto en alguna parte no está en Ellos, sino en sus expectativas de lo que ellos deberían ser capaces de hacer! Y el Cangrejo estaba lleno de tales expectativas no realistas.»
           


            Y aquí viene la moraleja para la cuestión del dandismo: también nosotros andamos mirando hacia atrás como cangrejos, denunciando las limitaciones del espíritu antiburgués del dandi, del flâneur y del romántico en general, quienes paseaban —sin prisa pero sin pausa— tortugas por las calles de Paris, como si la lentitud pudiera terminar con el frenesí de la producción capitalista, como si la pereza no pudiera también venderse y masificarse, cuando en verdad ni ellos ni nosotros, ni el Cangrejo ni la Tortuga, sabemos demasiado bien como acabar con esta carrera hacia el precipicio, la competición de la competencia que avanza siempre con pies ligeros. O como pensara Jean Floressas des Esseintes, el protagonista de A Rebours, al descubrir que su tortuga engarzada en cantidad de piedras preciosas estaba literalmente muerta:


«Acostumbrada sin duda a una existencia sedentaria, a una vida sencilla y tranquila bajo la protección de su caparazón, no había podido soportar el lujo tan deslumbrante que se le había impuesto, la rutilante capa con la que había sido vestida, las joyas incrustadas que decoraban su concha como si fuera un copón sagrado.»

            Ahora en serio: el motivo de la tortuga, manifestación de la revolución anticapitalista conservadora que el dandismo también encarna, casi todos los representantes del movimiento suscribiendo eventualmente ideologías reaccionarias, tal que el liberalismo monárquico del vizconde de Chateaubriand, el heroísmo autoritario de Thomas Carlyle, el onanismo apolítico de Jean Lorrain o el catolicismo descubierto por Joris-Karl Huysmans, debería estudiarse con tremenda atención. Y es que, como toda hipótesis general, la nuestra también estaría sometida a la amenaza de la falsación empírica. Conviene evitarlas siempre, las generalizaciones, las tipologías y las categorías absolutas, porque luego pueden hacer chistes como ese sobre la raza aria que corría en la Alemania del III Reich: para ser ario tienes que ser rubio como Hitler, alto como Goebbels, fuerte como Goering.
Y del mismo modo podría decirse que para ser dandi hay que suscribir la monarquía como Lord Byron, la heroicidad como Benjamín Disraeli, el onanismo como Eduardo Zamacois, el catolicismo como Oscar Wilde o el onanismo como. Mejor sería afirmar que las lealtades políticas del dandismo fueron movedizas conforme la posibilidad de destacar oscilaba entre la izquierda y la derecha. «La revolución también fue una cuestión de de moda, un debate entre la seda y el paño», señalaba Honoré de Balzac olvidando sin duda que Maximilien Robespierre y Benjamín Constant llevaban la misma corbata de doble lazo. Charles Baudelaire, el mismo que cogió su fusil en 1848 presto a fusilar a su padre legal, el general Jacques Aupick, escribía en sus últimos Journaux intimes un delicioso entremés sobre conversión política y cinismo solitario:

«En cuanto a mi, que a veces siento en mi el ridículo del profeta, ya sé que nunca encontraré la caridad de un médico. Perdido en este vil mundo, avasallado por las masas, soy como un hombre cansado cuyos ojos no ven atrás, en los años profundos, más que desengaños y amarguras, y ante sí un huracán que nada nuevo contiene, ni enseñanza, ni dolor. La tarde que este hombre roba al destino algunas horas de placer, mecido en su digestión, olvidado —dentro de lo posible— del pasado, contento por el presente y resignado al porvenir, embriagado de su sangre fría y de su dandismo, ufano de no estar tan bajo como los que pasan, se dice mientras contempla el humo de su cigarrillo: “¿Qué me importa donde van estas conciencias?”»


3. Quosque tandem, Villena. En cierto modo sería necio por mi parte terminar esta reflexión sin incluir un poquito de gimnasia intelectual contra algún oponente cierto o imaginario entre los analistas españoles vivos del dandismo, ya que los duelos a la prima sangre fueron el pasatiempo universitario de tantos jóvenes del siglo XIX, nuestros cien años preferidos, y además nuestra lectura entra claramente en confrontación con cierta forma de teorizar sobre lo dandi. Si tuviera que escoger oponente, armas y campo diría que Luis Antonio de Villena, el curso Teoría Política 101 y la Antigüedad prometen —en ese orden— una victoria rápida e indolora.
En Corsarios de guante amarillo Villena plantea una teoría general del dandismo que atribuye sobre su objeto de estudio un conjunto de perfecciones y propiedades normativas de modo que puestos ante cualquier disyunción excluyente (v. gr.: ¿dandi se nace o se hace?) la respuesta está dada de antemano. Bien se rechaza por inapropiada la dicotomía, bien termina ganando el preferido de Villena, quien además despeja las fundadas sospechas de snobismo, estupidez o fatuidad que puedan llegar a planear sobre algunas figuras del movimiento subrayando que «el dandi vive para el reino terrenal y para la diferencia», entre otras cosas. Afirmación ciertamente gratuita, tanto como mentar a Jacques Derrida para resolver el teorema de Fermat, pero no obstante válidas una vez aceptamos como petitio principii que dandismo es sinónimo de buen gusto en general original. Descripción adecuada a costa de juzgar a estos sujetos por sus intenciones, sin lugar a dudas prometeicas, en lugar de ceñirnos a sus dichos y hechos, muchas veces caricaturas y estereotipos de si mismos.
Estas premisas abstractas, sumadas a la ausencia de distinción entre crítica literaria ponderada y declaración estética individual, llevan hasta querer emparentar dandismo y disidencia mediante afirmaciones desmesuradas, como que Catalina o Alcibíades también ostentan el título dandesco que Villena concede, una concesión seguramente extraída de un retrato de Ezequiel García escrito por Julián del Casal, donde resuenan las palabras de Plutarco sobre el efebo griego:

«Pues con estos cuidados y estos discursos, con esta prudencia y esta habilidad en manejar los negocios, reunía un desarreglado lujo en su método de vida, en el beber y en desordenados amores; grande disolución y mucha afeminación en trajes de diversos colores, que afectadamente arrastraba por la plaza; una opulencia insultante en todo; lechos muelles en las galeras para dormir más regaladamente, no puestos sobre las tablas, sino colgados de fajas; y un escudo que se hizo de oro, en el que no puso ninguna de las insignias usadas por los Atenienses, sino un Eros armado del rayo.»

Que Alcibíades en persona aparezca rodeado de músicos, borracho hasta decir basta,  pidiendo meterse entre las sábanas de Sócrates, violando todas las distancias que mantiene el dandismo finisecular, caracterizado por su estoicismo personalista, quizás pueda leerse como un gazapo del Banquete de Platón, quien calumnia bastante a los referentes del fenómeno a estudiar. Lo increíble es que Villena intente unificar aquello que la historia política disgregó: el bando de la plebe romana y los treinta tiranos atenienses, la democracia que Catilina suscribía y la restauración que Alcibíades permitió. Los únicos mores que Catalina atacaba eran los privilegios hereditarios; los únicos tempora que buscaba modificar estaban bastante corruptos; aquella famosa patientia, según dicen abusó de ella, sentaba su trasero entre los senadores. Villena sostiene que Catalina era dandesco porque una vez «fracasada la conjura, da batalla y, viéndolo todo perdido, orgulloso el ánimo, entra entre filas enemigas» y perece «atravesado de heridas». Menudo «suicidio en dandi». El relato su muerte, igual que la descripción de su personalidad, vienen de la pluma de Cicerón y de Salustio, escritores reaccionarios ambos, cuyos textos debieran tomarse cum grano salis, como suele hacerse cuando los latinos hablan, desde una posición de superioridad, sobre los vencidos de la Historia, sean estos seguidores de Cartago, Espartaco o Catalina.
Y hasta aquí llegan nuestros ejercicios de gimnasia intelectual.


4. Advertencia para gafapastas. No quisiera pretender que tengo la razón conmigo. Hay aspectos del dandismo sujetos todavía a una legítima controversia analítica. Los trajes del siglo XIX, por ejemplo, ¿son inherentes o adventicios a este tipo social? El propio Villena desde luego se vestía en los 70s contra el evening dress de Charles Chaplin, Marlene Dietrich o Fred Astaire: «mi propia indumentaria, quizás elegante, pero exagerada y excéntrica, con broches, corbatas raras, anillos múltiples, y alguna vez toques de maquillaje». La divergencia existente entre los atuendos llevados por Antonio de Hoyos y Vinent (overol de seda azul cuando tocaba desfilar en nuestra guerra civil) y Theophile Gauthier (chaleco rojizo satinado cuando Victor Hugo estrenaba Hernani en Paris), sustentan la variedad del repertorio estilístico. A esto apelaba Jules Barbey d’Aurevilly cuando llamaba uno de los nuestros a Lord Spencer a pesar de llevar «una levita que sólo tenía un faldón, si bien la cortó y la convirtió en una nueva prenda, que después ha llevado su nombre. Un día —¿podrá creerse esto?— los dandis incluso tuvieron la ocurrencia del traje raído.»
            Sin embargo, yo continúo pensando que entre las herencias genuinas del dandismo ocupa una posición especial los fraques de charol, el sombrero de copa y llevar siempre guantes, una aportación duradera a nuestra concepción intuitiva de la pedantería elegante, seguida de lejos por las sugerencias de Thomas Carlyle sobre los pantalones ajustados («No hay excusa posible que pueda permitir a un hombre de gusto delicado la exuberancia del trasero de un hotentote») ahora puestos de moda por la vanguardia sociocultural llamada gafapasta. En cuanto a la estética del gentleman, Beau Brummel en solitario la inaugura, rebajando la gradación de colorines del vestuario, metiendo durante la Regencia cierto sentido del recato en la obscena nobleza británica, luego imitada por la burguesía. O según reza el dictum de Edward Bulwer-Lyton:


«Las invenciones en el vestir deberían asemejarse a la definición de Adison sobre la buena escritura, que consiste en “los refinamientos que son naturales sin ser obvios”.»