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31 de mayo de 2014

La tercera España.

[¿Qué fue de lo castizo? Bajo la apariencia de modernidad, la caspa sigue cayendo hasta en las mejores hombreras. Analizamos la supervivencia de la Britney Spears en respetables círculos izquierdistas/feministas, la apropiación del folclore español por parte de ciertos artistas irónicamente maricas, dándole una zotaina a Luis Antonio de Villena por su lectura parbularia de Federico García Lorca, registrando —en suma— la diversidad ideológica del casticismo, que tiene mucho de tauromaquia comunista y de copla para cines nazis, pero también bastante de la humorada juantxista propia del partido de Carmen de Mairena. Pasen y vean.]
Hablando de las elecciones europeas y de la facultad que tiene la música de generar liturgia frente a la impotencia comunitaria que suele caracterizar a la literatura —lo que debería serte evidente salvo que creas a pies juntillas en la idea de la comunidad inconfesable de los lectores/escritores de un exagerado Maurice Blanchot, o que magnifiques la recepción de narradores como David Foster Wallace, cuya fama tiene más que ver con querer emular su muerte que con sus hallazgos literarios— unos amigos me hicieron la siguiente apreciación: no toda la música alcanza ese nivel ritual; hay una longue durée auditiva, vinculada con la infancia (y según los psicólogos evolutivos, con el Paleolítico), que parece estar vedada a la música política reciente. Mis amigos ponían como ejemplo sus botellones con militantes de izquierda donde, una vez pasado el filo de la tercera copa, cuando comienzan a arrancarse los cánticos populares, apenas suelen escucharse canciones de barricada, salvando algunos temazos del 15M, y mucho menos las letras sobre la crisis que hace hoy gente como Nacho Vegas, Pony Bravo o Los Chikos del Maíz.
Yo mismo tengo el recuerdo de mi estancia en la II Universidad de Verano de Izquierda Anticapitalista, cuya principal actividad nocturna —a pesar del concierto paralelo de la FRAC, unos raperos engagé de Cádiz— resultaba sintomática del colonialismo sonoro prehistórico del que hablamos: tras entonar la Internacional con el puño levantao nos metimos en una discoteca donde Britney Spears, King Africa y Tiziano Ferro dominaban sobre un tracklist más propio de una verbena que del concilio troskista que prometía cabalgarnos a los indignados y a los desnortados hasta la lutte finale que decía Eugène Pottier.
No había pizca de cinismo, vergüenza o transgresión en aquellas simpáticas feministas, que hasta hacía un instante hubieran linchado gustosas cualquier intervención que pretendiera cuestionar su economía del lenguaje por menos de un “quítame allá esos nosotrxs”, y que entonces bailaban como si nada “I am a barbie girl / in a barbie world”; su forma de romper la pista era puramente recreativa. Pero conviene recordar que hay otros usos del acervo cultural castizo, cuya valencia patriarcal continúa siendo central —todo sea dicho— a pesar de los intentos de subversión endógena que pensamos enumerar a continuación.La creación artística marica —entendiendo por tal cualquier producción de trasfondo homosexual capaz de bromear sobre su construcción identitaria, deudora de los insultos que les adjudica el enemigo machirulo, cuyo rechazo confiere precisamente empaque político a una opción sexual nada tiene de peligrosa— lleva desde fines del siglo XIX utilizando la tradición folclórica como terreno de batalla.
El ejemplo más famoso es Federico García Lorca, sobre quien Luis Antonio de Villena tuvo la cara dura de escribir un artículo en 1979 y volverlo a publicar “sin grandes cambios” bien entrado el siglo XXI, cuando el único mérito del texto consiste en apuntalar la inopinada egolatría del que comunica haber descubierto el Mediterráneo, (“y me parece mentira que nadie lo haya dicho hasta ahora”) y en señalar que el Romancero Gitano contiene mucha “sensibilidad homoerótica”, mucha “positividad masculina” y otras tantas palabrotas que nuestro crítico literario profiere, cuyo significado desconozco por completo porque no se ha molestado en definirlas. Falta que hace: patinando entre llanezas de selectividad (“la noche se vincula con lo femenino, y por lo tanto con la fertilidad y el ansia que la precede, y al mismo tiempo, por su color negro, con la muerte”) y filigranas medio cursis, medio pedantes (“Una luna que tiene algo de Salomé, en un clima trágico-sensual, que recuerda a la pieza de Wilde. Más lejos, el rapto de un zagal —mas lejos— llevaría a Ganímedes”), Villena aplica una exégesis simbolista libérrima sobre unos versos que —nuevamente: salvo que creas a pies juntillas lo del mariconeo implícito a la prohibición patriarcal del incesto, donde los varones se casan con mujeres de otras familias, según la hipérbole de Levi-Strauss, como un gesto de amor hacia el padre de la novia— cualquiera aseguraría que versan sobre actividades netamente heterosexuales como babear, correrse y rechinar dientes viendo a chicas con poca ropa desde lejos:

Amnón delgado y concreto,
en la torre la miraba,
llenas las ingles de espuma
y oscilaciones la barba.
Su desnudo iluminado
se tendía en la terraza,
con un rumor entre dientes
de flecha recién clavada.

Se habla mucho de la apropiación franquista de nuestro folclore, que Manuel Vázquez Montalbán esgrimía como argumento dialéctico para reivindicar desde la izquierda una tradición popular que quizás —solo quizás— no tenga nada de reivindicable, pues apropiarse no quiere decir tergiversar (los valores morales de boquilla y el politiqueo de aparador, que en lo más crudo del Régimen eran nacional-católicos y erótico-festivos durante el Destape, han sido la única constante ideológica del show business patrio) y popular no es sinónimo de bueno: hay ciertos elementos de la tradición que envejecen muy mal de cara a nuestras exigencias morales vigentes (véase el toreo: alegoría del estoicismo y la resistencia para los rojos del Ruedo Ibérico, hasta el punto que el Sábado Santo que legaliza el PCE muchos diestros donaron su cuota diaria a la financiación del Partido; actualmente despreciado —con razón— como la punta visible de ese iceberg gigante llamado maltrato animal).
En cuanto a la conciencia ideológica de los productores, hay —como en todo— de todo. Desde el nazismo coyuntural de las copleras Imperio Argentina y Estrellita Castro, que fueron hasta Berlín para hacer unas películas con Florian Rey y Benito Perojo de la Hispano Films, una productora financiada por la UFA que grabó Suspiros de España (cuya canción homónima, cantada por Estrellita Castro, bien podría pasar por letra del exilio y la nostalgia republicana, quitando las partes sobre “aquel rayito de sol / hecho mujer / por voluntad de Dios”) y Andalusische Nächte (donde Imperio Argentina canta coplas en alemán sobre Triana y se pelea con una gitana por el amor de uno que llaman Antonio pero tiene acento de Meckleburg-Vorpommern) entre otros clásicos del cine de la risa involuntaria y retrospectiva. Luego tienes la ideología juantxista del CORI, el partido de Carmen de Mairena y Ariel Santamaría, respectivos imitadores de Marujita Diaz (esto es: la copia de una copia) y de Elvis Presley, cuyo partido obtuvo un concejal en 2007 y más votos que UPyD en las elecciones catalanas de 2010; el juantxismo sintetiza el ideario del perdedor vocacional en 10 sencillas máximas escritas por Jordi Martínez Ferré que son una celebración de la decadencia democrática donde el único ideal viable es el de Elvis —el Rey— echando barriga en Las Vegas.
Se habla menos del anacronismo que representan los productos más acabados del franquismo, esas películas situadas en algún reino previo donde todo son comedias de enredos entre distintos estamentos sociales, según la noción decimonónica del ascenso social como maridaje bien avenido —ya canta la copla: “Y las nueve, las nueve letras / de tu nombre sobre el mío / que borraron diferencias / de linajes y apellidos”—, que entonces se veían como mascaradas que falseaban el pasado y alegraban el presente, pero que hoy se emiten en Cine de Barrio como documentos fidelísimos del momento en que se emitieron. Es el caso de Locura de amor (1948), la mayor producción de la posguerra, dirigida por Juan de Orduña, que refuerza la imagen de Juana La Loca como una esposa celosa que pierde la chaveta por culpa de los cuernos de Felipe el Hermoso, cuya muerte a partir de un corte de digestión —disculpen la cuña personal— todavía me recordaba mi abuela cuando quería bañarme justo después de comer; una película que descarta como accesorias las ideas de la reina contrarias a la Inquisición o los 200 libros de su biblioteca y donde no aparece la revuelta comunera, ese movimiento legitimista que defendía el reinado de Juana contra los burócratas flamencos del Cesar Carlos (demasiados parecidos de familia con los golpistas de 1936, generales de un ejercito colonial que regresan a la metrópoli para forzar una guerra civil).
Y qué decir de los bodrios que se hacían sobre las “ángeles” de Alfonso XII salvo que marcaron la educación sentimental de una generación de chiquillas divididas en tres modelos (la prima María de las Mercedes de Orleans, la viuda María Cristina de Habsburgo-Lorena y la cantante/amante Elena Sanz) y que con Franco se ponía a parir mejor que ahora a los Borbones.
[Publicado originalmente en El Estado Mental. Junio de 2014.]

5 de abril de 2014

Los dandis eran unos reaccionarios, y punto en boca.

«Pero, ¡ay!, la marea creciente de la democracia, que lo inunda y lo nivela todo, ahoga día a día a esos últimos representantes del orgullo humano y vierte oleadas de olvido sobre las huellas de estos prodigiosos mirmidones.» (Charles Baudelaire.)


1. La RAE contraataca. En un lugar de la web de cuyo link no quiero acordarme no ha mucho tiempo que hallé una lista de términos en peligro de extinción entre los cuales figuraba ‘dandi’. Una palabra que yo al menos juzgaba corriente y bastante socorrida, pero ahora que pienso no recuerdo haberla utilizado jamás en ningún contexto hablado desde que tengo edad de razón. Mala señal para una expresión valorativa, pues en este caso el uso define el significado, y la ausencia del mismo señala el Sayonara a cierto tipo social. Nos hemos quedado sin dandismo, eso es todo.
Podemos imaginar que algunos nombres sin intensión carezcan además de extensión como los tecnicismos científicos que sirven para hablar de entidades abstractas mientras sigamos creyendo en su existencia y medición empírica. Ahora bien, ¿qué quiere decir que términos de comparación pierdan su referencia? Quizá sea posible imaginar un mundo sin flogisto o sin materia oscura. Uno sin antiguos y modernos, sin analíticos y continentales, sin poqueros y gafapastas, una realidad no atravesada por dicotomías normativas, todo hay que decirlo, apenas resulta habitable. La pérdida de un epíteto como ‘dandi’ es, por tanto, algo peor que la peor escena de Bambi. Marca el final de una larga distinción social.
El trágico destino semántico de lo dandi quizá se entienda mejor viendo la evolución que tuvieron dos vocablos igualmente cargados de malafollá, sus antónimos por definición: lo cursi y lo hortera. La cursilería, acuñada para referir a la decadencia gaditana de mediados del siglo XIX, cuyo origen se remonta a la independencia de las colonias hispanas de ultramar, entendida entonces como mucho querer y poco poder, o según define el Diccionario de voces gaditanas (1857) de Adolfo de Castro: «Persona que quiere ser elegante sin tener las condiciones para ello, bien por faltarle medios pecuniarios, bien por carecer de gusto», nada tiene que ver con el color rosita y los sentimientos betuminosos hoy asociados a los cursis.
A su vez El Hortera (1843) de Antonio Flores, primera acepción literaria del término que controlo, también retrata cosas distintas: un mozo de tienda con determinadas aspiraciones sociales, el equivalente nacional del parvenu o del New Money, un individuo juzgado poco menos que advenedizo en una sociedad inmovilista como la española, más próximo en su connotación peyorativa al ‘emprendasaurio’ contemporáneo, insulto que recuerdo haber hallado en el Twitter de Eudald Espulga, antes que los calzones hasta los sobacos que vienen a la mente cuando queremos imaginar el atuendo propio del hortera.
Ambos vocablos mudaron bastante de sentido, trocaron el significar posiciones específicas dentro del campo social (cursi = hijodalgo decadente; hortera = trepa tonto), empezaron a designar cuestiones puramente decorativas, volviéndose dos estrategias distintivas —quizá opuestas— del mal gusto universal. El dandi, por contra, sigue igual. Prácticamente designa lo mismo hoy que ayer. Las cosas que no merece la pena nombrar suelen, por lo común, llamarse como toda la vida. Quizá el dandismo constituya, como pensamos nosotros, un mecanismo de distinción aristocrática típicamente novecentista que recurre a la sagacidad como herramienta de provocación, una opción elitista que resulta inviable cuando la cultura y la educación se extienden a las capas bajas de la sociedad.
Entre dos nacidos en familias bien, dos herederos de grandes fortunas, dos creadores originales como Paris Hilton y el conde de Lautréamont solo media varias décadas de educación obligatoria, tolerancia cum indiferencia y progreso cultural democrático que hacen imposible que los mismos gestos que jodieron la marrana a los burgueses del siglo XIX vuelvan a ofender a nuestros conservadores actuales. Entiéndase correctamente, la distinción elitista resulta especialmente perentoria entre la clase media alta, como sabía bien el Tom Wolfe de Radical Chic, cuyo desdén hacia el simple burgués es directamente proporcional a la falta de interés por la vieja casta de nobles, o como indica acerca de la remodelación de las tascas donde se reunían los intelectuales el aclamado Robert de Montesquiou: «Estos salones han sido redecorados al estilo Luis XVI, y no han ganado nada con este cambio. Hoy, encontramos en ellos a marquesas que son auténticos zoquetes, mucho menos interesantes que las jarras de cerveza de antaño.»

2. Contra el pies ligeros. Escribir un artículo sobre el dandismo sin enunciar alguna boutade sería como mirar el porno siguiendo motivos ocultos de carácter estético, un despropósito en toda regla, así que ahí tienen una, para que luego vayan diciendo: el mejor libro sobre el dandi es Gödel, Escher, Bach, el libro de Douglas Hofstadter sobre los vericuetos del razonamiento formalizado autoreferencial, ilustrado con variados ejemplos musicales y pictóricos, incluido un pasaje sobre la traducción de Crimen y castigo que mola mogollón. Los capítulos están precedidos por diálogos entre Aquiles y la Tortuga, siguiendo el modelo de Lewis Carrol, que consiste en formular paradojas gracias a los vacíos lógicos de nuestro ambiguo lenguaje natural.
En el diálogo «Contracrostipunctus» la Tortuga cuenta el pulso que tiene desde hace años con su amigo el Cangrejo, quien una vez dijo haber comprado el mejor fonógrafo jamás hecho, uno (llamémosle x) capaz de reproducir cualquier grabación, cosa que la tortuga demostró que era falso mediante una canción titulada «No puedo ser escuchado mediante el fonógrafo x», que según parece destrozaba el fonógrafo nada más pincharla. Así comienza una competición por encontrar mejores fonógrafos que resistan las canciones de destrucción masiva previas y por canciones todavía más explosivas. Un regressus ad infinitud que finaliza con una lección sobre la capacidad de asimilación de ciertos sistemas estáticos también válida para comprender la dialéctica entre ruptura y canon cultural:

«Es simplemente un hecho inherente a los tocadiscos el que no puedan hacer todo lo que uno podría desear que ellos fueran capaces de hacer. ¡Si existe un defecto en alguna parte no está en Ellos, sino en sus expectativas de lo que ellos deberían ser capaces de hacer! Y el Cangrejo estaba lleno de tales expectativas no realistas.»
           


            Y aquí viene la moraleja para la cuestión del dandismo: también nosotros andamos mirando hacia atrás como cangrejos, denunciando las limitaciones del espíritu antiburgués del dandi, del flâneur y del romántico en general, quienes paseaban —sin prisa pero sin pausa— tortugas por las calles de Paris, como si la lentitud pudiera terminar con el frenesí de la producción capitalista, como si la pereza no pudiera también venderse y masificarse, cuando en verdad ni ellos ni nosotros, ni el Cangrejo ni la Tortuga, sabemos demasiado bien como acabar con esta carrera hacia el precipicio, la competición de la competencia que avanza siempre con pies ligeros. O como pensara Jean Floressas des Esseintes, el protagonista de A Rebours, al descubrir que su tortuga engarzada en cantidad de piedras preciosas estaba literalmente muerta:


«Acostumbrada sin duda a una existencia sedentaria, a una vida sencilla y tranquila bajo la protección de su caparazón, no había podido soportar el lujo tan deslumbrante que se le había impuesto, la rutilante capa con la que había sido vestida, las joyas incrustadas que decoraban su concha como si fuera un copón sagrado.»

            Ahora en serio: el motivo de la tortuga, manifestación de la revolución anticapitalista conservadora que el dandismo también encarna, casi todos los representantes del movimiento suscribiendo eventualmente ideologías reaccionarias, tal que el liberalismo monárquico del vizconde de Chateaubriand, el heroísmo autoritario de Thomas Carlyle, el onanismo apolítico de Jean Lorrain o el catolicismo descubierto por Joris-Karl Huysmans, debería estudiarse con tremenda atención. Y es que, como toda hipótesis general, la nuestra también estaría sometida a la amenaza de la falsación empírica. Conviene evitarlas siempre, las generalizaciones, las tipologías y las categorías absolutas, porque luego pueden hacer chistes como ese sobre la raza aria que corría en la Alemania del III Reich: para ser ario tienes que ser rubio como Hitler, alto como Goebbels, fuerte como Goering.
Y del mismo modo podría decirse que para ser dandi hay que suscribir la monarquía como Lord Byron, la heroicidad como Benjamín Disraeli, el onanismo como Eduardo Zamacois, el catolicismo como Oscar Wilde o el onanismo como. Mejor sería afirmar que las lealtades políticas del dandismo fueron movedizas conforme la posibilidad de destacar oscilaba entre la izquierda y la derecha. «La revolución también fue una cuestión de de moda, un debate entre la seda y el paño», señalaba Honoré de Balzac olvidando sin duda que Maximilien Robespierre y Benjamín Constant llevaban la misma corbata de doble lazo. Charles Baudelaire, el mismo que cogió su fusil en 1848 presto a fusilar a su padre legal, el general Jacques Aupick, escribía en sus últimos Journaux intimes un delicioso entremés sobre conversión política y cinismo solitario:

«En cuanto a mi, que a veces siento en mi el ridículo del profeta, ya sé que nunca encontraré la caridad de un médico. Perdido en este vil mundo, avasallado por las masas, soy como un hombre cansado cuyos ojos no ven atrás, en los años profundos, más que desengaños y amarguras, y ante sí un huracán que nada nuevo contiene, ni enseñanza, ni dolor. La tarde que este hombre roba al destino algunas horas de placer, mecido en su digestión, olvidado —dentro de lo posible— del pasado, contento por el presente y resignado al porvenir, embriagado de su sangre fría y de su dandismo, ufano de no estar tan bajo como los que pasan, se dice mientras contempla el humo de su cigarrillo: “¿Qué me importa donde van estas conciencias?”»


3. Quosque tandem, Villena. En cierto modo sería necio por mi parte terminar esta reflexión sin incluir un poquito de gimnasia intelectual contra algún oponente cierto o imaginario entre los analistas españoles vivos del dandismo, ya que los duelos a la prima sangre fueron el pasatiempo universitario de tantos jóvenes del siglo XIX, nuestros cien años preferidos, y además nuestra lectura entra claramente en confrontación con cierta forma de teorizar sobre lo dandi. Si tuviera que escoger oponente, armas y campo diría que Luis Antonio de Villena, el curso Teoría Política 101 y la Antigüedad prometen —en ese orden— una victoria rápida e indolora.
En Corsarios de guante amarillo Villena plantea una teoría general del dandismo que atribuye sobre su objeto de estudio un conjunto de perfecciones y propiedades normativas de modo que puestos ante cualquier disyunción excluyente (v. gr.: ¿dandi se nace o se hace?) la respuesta está dada de antemano. Bien se rechaza por inapropiada la dicotomía, bien termina ganando el preferido de Villena, quien además despeja las fundadas sospechas de snobismo, estupidez o fatuidad que puedan llegar a planear sobre algunas figuras del movimiento subrayando que «el dandi vive para el reino terrenal y para la diferencia», entre otras cosas. Afirmación ciertamente gratuita, tanto como mentar a Jacques Derrida para resolver el teorema de Fermat, pero no obstante válidas una vez aceptamos como petitio principii que dandismo es sinónimo de buen gusto en general original. Descripción adecuada a costa de juzgar a estos sujetos por sus intenciones, sin lugar a dudas prometeicas, en lugar de ceñirnos a sus dichos y hechos, muchas veces caricaturas y estereotipos de si mismos.
Estas premisas abstractas, sumadas a la ausencia de distinción entre crítica literaria ponderada y declaración estética individual, llevan hasta querer emparentar dandismo y disidencia mediante afirmaciones desmesuradas, como que Catalina o Alcibíades también ostentan el título dandesco que Villena concede, una concesión seguramente extraída de un retrato de Ezequiel García escrito por Julián del Casal, donde resuenan las palabras de Plutarco sobre el efebo griego:

«Pues con estos cuidados y estos discursos, con esta prudencia y esta habilidad en manejar los negocios, reunía un desarreglado lujo en su método de vida, en el beber y en desordenados amores; grande disolución y mucha afeminación en trajes de diversos colores, que afectadamente arrastraba por la plaza; una opulencia insultante en todo; lechos muelles en las galeras para dormir más regaladamente, no puestos sobre las tablas, sino colgados de fajas; y un escudo que se hizo de oro, en el que no puso ninguna de las insignias usadas por los Atenienses, sino un Eros armado del rayo.»

Que Alcibíades en persona aparezca rodeado de músicos, borracho hasta decir basta,  pidiendo meterse entre las sábanas de Sócrates, violando todas las distancias que mantiene el dandismo finisecular, caracterizado por su estoicismo personalista, quizás pueda leerse como un gazapo del Banquete de Platón, quien calumnia bastante a los referentes del fenómeno a estudiar. Lo increíble es que Villena intente unificar aquello que la historia política disgregó: el bando de la plebe romana y los treinta tiranos atenienses, la democracia que Catilina suscribía y la restauración que Alcibíades permitió. Los únicos mores que Catalina atacaba eran los privilegios hereditarios; los únicos tempora que buscaba modificar estaban bastante corruptos; aquella famosa patientia, según dicen abusó de ella, sentaba su trasero entre los senadores. Villena sostiene que Catalina era dandesco porque una vez «fracasada la conjura, da batalla y, viéndolo todo perdido, orgulloso el ánimo, entra entre filas enemigas» y perece «atravesado de heridas». Menudo «suicidio en dandi». El relato su muerte, igual que la descripción de su personalidad, vienen de la pluma de Cicerón y de Salustio, escritores reaccionarios ambos, cuyos textos debieran tomarse cum grano salis, como suele hacerse cuando los latinos hablan, desde una posición de superioridad, sobre los vencidos de la Historia, sean estos seguidores de Cartago, Espartaco o Catalina.
Y hasta aquí llegan nuestros ejercicios de gimnasia intelectual.


4. Advertencia para gafapastas. No quisiera pretender que tengo la razón conmigo. Hay aspectos del dandismo sujetos todavía a una legítima controversia analítica. Los trajes del siglo XIX, por ejemplo, ¿son inherentes o adventicios a este tipo social? El propio Villena desde luego se vestía en los 70s contra el evening dress de Charles Chaplin, Marlene Dietrich o Fred Astaire: «mi propia indumentaria, quizás elegante, pero exagerada y excéntrica, con broches, corbatas raras, anillos múltiples, y alguna vez toques de maquillaje». La divergencia existente entre los atuendos llevados por Antonio de Hoyos y Vinent (overol de seda azul cuando tocaba desfilar en nuestra guerra civil) y Theophile Gauthier (chaleco rojizo satinado cuando Victor Hugo estrenaba Hernani en Paris), sustentan la variedad del repertorio estilístico. A esto apelaba Jules Barbey d’Aurevilly cuando llamaba uno de los nuestros a Lord Spencer a pesar de llevar «una levita que sólo tenía un faldón, si bien la cortó y la convirtió en una nueva prenda, que después ha llevado su nombre. Un día —¿podrá creerse esto?— los dandis incluso tuvieron la ocurrencia del traje raído.»
            Sin embargo, yo continúo pensando que entre las herencias genuinas del dandismo ocupa una posición especial los fraques de charol, el sombrero de copa y llevar siempre guantes, una aportación duradera a nuestra concepción intuitiva de la pedantería elegante, seguida de lejos por las sugerencias de Thomas Carlyle sobre los pantalones ajustados («No hay excusa posible que pueda permitir a un hombre de gusto delicado la exuberancia del trasero de un hotentote») ahora puestos de moda por la vanguardia sociocultural llamada gafapasta. En cuanto a la estética del gentleman, Beau Brummel en solitario la inaugura, rebajando la gradación de colorines del vestuario, metiendo durante la Regencia cierto sentido del recato en la obscena nobleza británica, luego imitada por la burguesía. O según reza el dictum de Edward Bulwer-Lyton:


«Las invenciones en el vestir deberían asemejarse a la definición de Adison sobre la buena escritura, que consiste en “los refinamientos que son naturales sin ser obvios”.»