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1 de julio de 2013

Ellos Ganaron (En Teoría)

¿Cómo traducir a la praxis
el aparente consenso 
en materia fiscal?
John Maynard Keynes
en Bretton Woods.
Entre los motivos que respaldan la indolencia de los intelectuales descuella la constatada desconexión entre la teoría y la praxis en materia económica. Invirtiendo los términos del dictum gramsciano, se ha producido una confrontación histórica, durante los últimos sesenta años, entre el pesimismo de la voluntad y el optimismo de la razón, entre los economistas serios y audaces que advierten posibilidades insospechadas donde los políticos solo contemplan intereses ajenos, y los economistas acomodados a los ciclos electoralistas, quienes parecen en verdad ser unos mandaos, tal vez solo recibiendo y ejecutando órdenes, dado su natural servilismo. Y es que, en efecto, también existen posiciones ideológicas en las disputas científicas. Y la probidad intelectual —mira tú por donde— suele sentarse en el lado opuesto a Don Dinero, venga de donde venga, frente a la butaca del poderoso caballero. Es un decir, vaya. Hablamos de la reiterada victoria intelectual de los lumbreras en menesteres de la macroeconomía, sentados casi siempre a la izquierda del espectro ideológico y en el centro exacto del espectro científico, acompañados por la adecuación empírica, la fertilidad predictiva y la prudencia metodológica. Ellos ganaron —en teoría— muchas batallas. Sería el momento de llevarlos a la práctica. Cuanto antes, mejor.

En 1944 John Maynard Keynes resulta derrotado en Breton Woods, sentando un precedente de economista de izquierdas inteligente («Sería difícil exagerar el efecto electrizante» de sus propuestas, dijo Lionel Robbins, «nunca se había discutido nada tan imaginativo y tan ambicioso») pero también incómodo para los intereses políticos del momento («Hemos sido perfectamente inamovibles en ese punto. Hemos asumido una posición de no rotundo», confesaba Harry Dexter White). Algunos consideran su propuesta más interesante de entonces como una salida endógena del capitalismo, una transición natural hacia el socialismo, en consonancia con el espíritu antifascista de la victoria aliada: la creación de una Unión Monetaria Internacional (UMI) y de una divisa mundial (el bancor). Las instituciones bancarias asociadas a la UMI tendrían la responsabilidad de reciclar los excedentes capitalistas de forma consciente, favoreciendo los trasvases de capital desde las regiones con excedentes hasta las regiones deficitarias, liberando de este modo las tensiones causadas por los desequilibrios comerciales entre naciones. En la teoría, este mecanismo político de reciclaje permitiría una mayor estabilidad de precios y una mejor coordinación en el comercio internacional, permitiendo la aplicación de políticas contra-cíclicas mundiales cuando fueran necesarias. Nunca sabremos, por desgracia, como sería en la práctica.

Tras la caída en descrédito de Lord Keynes, las cosas fueron de mal en peor, hasta nuestros días. Como ha subrayado en alguna ocasión Alejandro Nadal, resulta frustrante para quienes seguimos pensando que solo la verdad es revolucionaria que la revolución conservadora tuviera lugar en paralelo a la memorable derrota de los economistas neoclásicos en la polémica Cambridge-Cambridge, donde auténticos operaistas como Piero Sraffa, inspirador en el exilio de las luchas sindicales italianas por la subida del salario real, o Joan Robinson salieron por la puerta grande de la teoría del crecimiento, mientras el vencido Robert Solow entraba en política económica por la puerta trasera del Consejo de Asesores Económicos (1961-62) para más tarde trepar hasta la Comisión del Presidente de los EEUU sobre Mantenimiento de los Ingresos (1968-70), sentando las bases del desnorte teórico que orienta, comanda y dirige la incompetencia macroeconómica que vivimos desde 1971 (quiebra de Bretton Woods) hasta esta parte. Y es que, como dijera Walter Benjamin, «ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer». ¿Me lo dices o me lo cuentas?, querido Solow.
Joan Robinson,
maîtresse à penser.
Una muestra de la divergencia existente entre una teoría adecuada a los hechos y una práctica basada en intenciones se encuentra en los lamentables fracasos predictivos del FMI. Olivier Blanchard, economista en jefe del Fondo, viene confesando desde Octubre de 2012 la metida de pata de sus colegas, quienes minusvaloraron la influencia de los multiplicadores fiscales sobre la actividad económica a corto plazo, pronosticando que cada punto de consolidación presupuestaria (subida de impuestos o reducción de gastos) equivale a una caída del PIB del 0.5%, cuando la realidad del atropello austericida en los países deprimidos resulta bastante más dramática, estúpida y, como dicen en el Norte, self-defeating. Dado el caso, por cada euro que deja de gastar la Mariano Administration del Partido Popular, todos juntos nos hundimos un euro y cincuenta céntimos. Y las cuentas no salen, claro. En Grecia, un ajuste del 15% sobre las finanzas del Estado (2010-2012) se ha traducido en un 17% menos de gasto total, tres veces la cifra coreada, vaticinada y celebrada tres años atrás por la Troika. ¿La moraleja del asunto? Sacrificio colectivo y apretarse el cinturón siguen siendo los mantras preferidos por los economistas que vienen a decirnos que las cuentas estatales funcionan como la contabilidad de un pater familias. Dicen que los gastos y los ingresos están, en el mejor de los casos, desconectados entre sí. Dicen que, en el peor escenario, están relacionados de forma inversamente proporcional. La culpa la tiene la subida de impuestos. Dicen, perjuran y se santiguan.

Más juegos de cifras. Sobre este último apartado, el punto de los impuestos, mucho se ha escrito sobre Arthur Laffer. Según su dichosa curva, la relación entre los ingresos fiscales y los tipos impositivos constituye una función continua, pero no lineal. En Román Paladino, hay un punto máximo de saturación, entre unos impuestos del 0% y del 100%, a partir del cual la recaudación no aumenta sino que disminuye, porque aniquila las bases imponibles. Como sucede con todos los intentos de matematizar la conducta humana mediante un conjunto finito de axiomas, la cuestión intrincada del asunto consiste en determinar cuales son los incentivos de los agentes económicos, en este caso, para estafar a Hacienda o para dejar de invertir. Pensaba añadir a la lista dejar de trabajar, pero vista la situación del patio, la idea del desempleo voluntario incentivado por los impuestos excesivos parece —como poco— irrelevante y utópica. De hecho, no podemos establecer uniformidad alguna sobre los motivos que empujan a los individuos en busca de aventuras tales como hacer una factura de fontanería sin el IVA o mandar a paraísos fiscales los dividendos del Banco Santander; el pago riguroso de los impuestos también atiende a razones que la razón ignora, desde el patriotismo financiero (cosa poco vista) hasta el miedo ante posibles inspecciones, pasando por la mera inercia; y en este punto el principio de caridad interpretativa también vale para los ricachones que evaden del Reino de España miles de millones anuales; también habrá —digo yo— algún banquero con propósitos filantrópicos como Bono (la banda U2 declara sus royalties en Holanda desde 2006 para evitar a los inspectores irlandeses y a sus ‘excesivos’ impuestos[i]); o en su defecto, todos tenemos familia paterna en Andorra.

Ahora en serio, la curva de Laffer fue utilizada por Ronald Reagan para justificar la reducción de impuestos que llevaba incluida en su programa electoral de 1980. Ahora y entonces, los neocon y los neolib tienden a asumir que todos los gobiernos se encuentran en el lado derecho de la curva, más allá del momentum optimum en términos recaudatorios, y que hay que bajar la carga impositiva, por tanto. ¿Argumentos liberales en defensa del fisco? No se equivoquen: el objetivo del silogismo neoliberal no consiste, no, en alcanzar el summum de los embolsos fiscales estatales. Todo lo contrario, las premisas del argumento sostienen que resulta indecente establecer impuestos del 60%, por ejemplo, cuando Hacienda podría recolectar idénticas cantidades con porcentajes del 20% y mayores cantidades con porcentajes del 40%. ¿La conclusión? Bajemos hasta el 20%. En esto consiste el laissez faire, laissez passer. Regular siempre en favor del statu quo y poner velas a la Inmaculada Iniciativa Privada. Y por desgracia, esta posición también constituye mayoría entre la opinión pública española, saqueados como estamos por los sablazos del IVA y del IRPF, fascinados como andamos con los emprendizajes y las exportaciones, así como extasiados por los brotes verdes del último mayo, esperando la siguiente tormenta tras la calma chicha de estos días, mientras Cristobal Montoro declara que la recaudación del año pasado solo cubre el 36.4% del PIB, mientras nos comunican por el pinganillo la presión fiscal media de la Zona Euro anduvo por el 46.2%, mientras nuestros gastos estatales totales rondaban el 47%, ¿cómo se quedan?

Y mientras tanto, entre las distintas escuelas de economistas, a diferencia de tiempos más convulsos, reina la concordia en este mundo. Liberales austriacos y presuntos keynesianos se dan la mano, por el momento. A la derecha del espectro ideológico, Juan Ramón Rallo, cabecilla del Instituto Juan de Mariana, reconoce que «los escépticos con Laffer sí tienen algo de razón cuando afirman que quienes apelan al economista estadounidense como argumento de autoridad para bajar impuestos asumen que las economías siempre se encuentran a la derecha de la curva, esto es, que siempre nos hallamos en una situación donde una minoración de la carga impositiva aumenta la recaudación» cuando en verdad «nadie debería descartar la posibilidad de que hoy España no esté a la derecha de la curva, sino a la izquierda, a saber, que el gobierno todavía pueda incrementar algo más la recaudación si sigue apretándole las tuercas al sector privado». Y por el lado izquierdo, idénticas premisas y distintas conclusiones, tenemos a Vincenç Navarro, cuya obligación consiste en recordar que nuestro fraude fiscal alcanza los 90.000 millones, y que los súbditos del Reino podríamos contemplar como nuestro Estado se embolsa 200.000 millones por encima de nuestros gastos actuales, con solo tener la misma carga total que Suecia, nosotros que vivimos por encima de nuestras posibilidades. Claro que para esto último se necesita voluntad política, eutanasia del rentista y cumplimiento de la ley, tres virtudes que brillan por su ausencia entre la casta política que nos gobierna.
Hayek vs. Keynes.
Ya será para menos.




[i] Sobre la evasión de impuestos del grupo musical irlandés, así como sobre las amistades peligrosas de Bono con Jeffrey Sachs, economista del shock donde los haya, o con George W. Bush, se recomienda la lectura de la polémica biografía/denuncia recién escrita por Harry Browne: The Frontman. Bono (In the Name of Power), Verso, Londres, 2013.

Publicado originalmente en Sin Permiso. 23 de Junio de 2013.

5 de junio de 2013

Bañistas y charlacanes

La zarpa de Niall Ferguson me recuerda
a las garras de Habermas ante Ratzinger:
la escuela teoclásica contraataca de nuevo. 

Cuando los focos calientan, las cámaras enfocan y las grabadoras recuerdan, los economistas también se ponen en evidencia. Apremiados por la atención mediática excesiva que incide sobre sus hombreras, hemos asistido en los últimos años a un encadenamiento de cagadas memorables, gestadas por ciertos peritos en la materia. Apenas ha terminado de hablar uno, y por culpa de otro, ya sube el pan de nuevo. Cuántas veces habrá repetido David Harvey la anécdota de los miembros de la London School of Economics siendo puestos a caer de un burro por las preguntas de la Reina de Inglaterra. Isabel quiso saber, allá por 2009, porqué los economistas británicos, siendo tan expertos como son, no habían predicho la crisis. Una pregunta que se hace toda hija de vecina: ¿dónde quedó la capacidad de predicción y de prevención de nuestros asesores financieros? Estos contestaron que cantidad de personas inteligentes habían dedicado su carrera a estudiar —por supuesto— los menesteres del modelo económico, pero ignorando todo este tiempo —por desgracia—  los riesgos sistémicos del mismo (sistemic risks), y de ahí la inopia. Desde entonces, las metidas de gamba no han cesado. ¿Tiene Ud. un grado en ADE? ¿Quiere arruinar su reputación? Pida turno, por favor. El último de la cola es el historiador económico Niall Ferguson.

En un artículo reciente, William K. Black ha analizado la retórica que utiliza Ferguson para calumniar a sus oponentes teóricos. Perífrasis, insinuación o indirecta son las palabras requeridas para caracterizar las recientes especulaciones psicoanalíticas del historiador. El autor de The War of the World parece haberse arrogado el derecho de charlacanizar a diestro y siniestro entre sus compañeros de disciplina, ya sea oteando síntomas de traumas infantiles en el horizonte, o convirtiendo en una patología la pluma polémica de Krugman, ya sea descubriendo túneles secretos entre la sexualidad y el pensamiento de Keynes, ya visitados con anterioridad por otros pensadores conservadores. Claro que esto, como todo, se realiza bajo la pátina discursiva de las corazonadas y de las tentativas en condicional o en subjuntivo. De ahí la importancia del circunloquio como aquella fórmula retórica que nunca puede faltar en las explicaciones supuestamente científicas, así como en las incursiones del francotirador solitario, quien puede rebajar sus afirmaciones taxativas y la graduación polémica de las mismas con ciertos «quizá» y ciertos «tal vez», que hacen las veces de salidas de emergencia, ideales para esconder la mano tras lanzar la piedra.
 
Ay, si el doctor
levantara cabeza.
Ahora bien, pensando el ladrón sobre su condición, no podemos ser tan duros con Ferguson, quien ya se psicoanaliza a sí mismo, ahorrándose el dinero del diván en sus escritos. En su último libro, La gran degeneración, encontramos una brillante declaración —para más señas— sobre la estabilidad emocional de nuestro querido historiador. Ferguson narra cómo la sangre que atraviesa sus arterias entró en ebullición cuando vino a descubrir que la casita en la playa que acababa de comprar —situada en South Wales, ignorante de él— daba en verdad a un montón de desechos esparcidos por la arena. «En lugar de Bajo el bosque lácteo —la obra de Dylan Thomas ambientada en una imaginaria localidad galesa—, aquello parecía más bien Bajo el cartón de leche. Enfurecido, y quizá [sic] dando muestras de los primeros síntomas de un trastorno obsesivo-compulsivo, empecé a acarrear y llenar bolsas de basura negras cada vez que salía a dar un paseo». Esta historia tiene un final agraciado —colorín, colorado— gracias a la generosa contribución del Lions Club, una asociación filantrópica fundada por hombres de negocios retirados de Chicago, que desplegó toda su capacidad organizativa, limpiando la costa en un santiamén.

El feliz relato de los bañistas de Gales contiene una moraleja sobre la mentalidad del historiador económico, quien prefiere deshacerse en elogios hacia la sociedad civil británica del pasado, antes que denunciar la ausencia de regulación gubernamental en materia de desechos marítimos, confiando en las intenciones bondadosas del entramado onegeinista que —desde mediados de los años 80— satisface por cuenta propia las funciones sociales de un Estado del bienestar en retirada completa. Curar antes que prevenir, es la máxima de Ferguson. El historiador vuelve a demostrar su violación de los axiomas de la teoría de la racionalidad, dada su escasa aversión hacia los riesgos sistémicos, especialmente cuando se trata de asuntos que afectan a otras personas, mientras arremete —lanza en ristre— contra la Food and Drugs Administration (FDA): «La justificación  que se da por las rígidas normas de la FDA es evitar la venta de un fármaco como la talidomida. Pero la consecuencia no deseada es, casi con certeza, permitir que mucha más gente muera prematuramente en comparación con el momento en que habrían muerto a causa de los efectos secundarios de haber existido un régimen menos restrictivo». ¿Se han fijado en la posibilidad de escapada, en la valentía desde la barrera, en la llamada de retirada, contenidas todas ellas en ese «casi con certeza»?

Eramos pocos y se pulverizó
el Record Guiness de bañistas
desnudos: 400 en Gales.
La gran degeneración es un título de traca para un libro de divulgación que pretende petardear los bajos fondos del discurso demagógico en materia económica. Echando más leña a la hoguera, sin embargo, Ferguson se permite algunas filigranas políticas en su Introducción, gracias a los siempre presentes comentarios sobre la escasa calidad democrática de los sistemas electorales actuales, nunca dirigidos sobre el sistema bipartidista estadounidense. «En apariencia, los legisladores de países como Rusia y Venezuela son elegidos en las urnas, pero ninguno de ellos puede calificarse como una verdadera democracia a los ojos de los observadores imparciales, y no digamos ya a los de los líderes de la oposición local», sentencia el historiador económico, amalgamando su particular diatriba antichavista con el paralelo moscovita, despreciando las variaciones entre ambos regímenes,  y dibujando —sin duda— un peculiar camino hacia la imparcialidad democrática, cuando posiciona las declaraciones partisanas de los opositores electorales venezolanos, que por sus actos en las calles los conocemos, muy por encima de la escala de valores de los observadores internacionales, cuyos informes suelen refrendar por mayoría —pace Ferguson— la regularidad del procedimiento de selección de los gobernantes.

Entrando en materia, La gran degeneración resume las explicaciones principales sobre el desarrollo económico expuestas con mayor enjundia por autores como Douglas North, Jim Robinson, Daron Acemoglu, Paul Collier, Hernando de Soto o Andrei Shleifer. La premisa del análisis institucional neoclásico —en las palabras de la tribu de san Pablo Ferguson— es simple, sencilla y para toda la familia: son los diseños institucionales quienes explican el desarrollo diferencial y coordinado de la economía mundial. Este programa de investigación historiográfico se bautiza a sí mismo como comparatista, pero resulta sorprendente, por el contrario, la ausencia de un estudio profundo sobre las relaciones dinámicas entre los modelos económicos que están siendo puestos bajo la lupa. Estos modelos tuvieron concreciones históricas muy concretas, cuyo destino y cuya suerte no está predestinado de antemano, y menos aún escrito en la sólida piedra del entramado institucional interno. Las relaciones con el entorno también importan. Sin embargo, el antecedente inmediato del sistema económico mundializado, el origen de los agravios económicos comparativos, hablamos del colonialismo, queda borrado de un plumazo de este esquema de interpretación. Si me permiten la analogía, diría que los institucionalistas recuperan en el nivel teórico más abstracto la vieja cantinela sobre la autarquía como objetivo a alcanzar cuando comparan los distintos modelos como si fueran casillas estancas de un enorme fichero donde las partes solo comparten entre sí la mera contigüidad. Una vez reducida a mera contraposición, la comparación histórica termina redundando en un fetichismo sobre el milagro europeo, me temo.


Otra característica de la vulgata institucionalista contenida en La gran degeneración es la sorprendente conjunción entre la picardía del aprendiz de brujo y la reserva del maestro de la sospecha que despliega Ferguson en sus páginas. A caballo entre el politicastro desmelenado y el economista austríaco, Ferguson establece correlaciones unívocas entre capitalismo y democracia, en la mejor estela de los thinkers de la novísima izquierda anglosajona, pero también mantiene sus reservas en materia de economía política, anonadado por la complejidad irreductible de los intercambios mercantiles, ante los cuales solo cabe dejar hacer & dejar pasar —como dicen los franceses— y que los agentes privados solucionen el entuerto. Apoyado sobre este dueto, Ferguson analiza con detalle cuestiones políticas de actualidad, recetando siempre que puede el bálsamo de Fierabrás del Estado de derecho, y echando pestes de cualquier intervención del gobierno que no sea la contemplación pasiva de los sucesos. El historiador amplía hasta la náusea la letra pequeña de los programas de estímulo tímidamente propuestos por la Obama Administration, entrando hasta la minuciosidad y el detallismo de un colegio de abogados, para destacar cómo la Dodd-Frank Act —por ejemplo— se entromete en cuestiones de género, materias allende las competencias de cualquier legislación financiera, tales como el número de mujeres contratadas por las instituciones que manejan el dinero. Sea como fuere, toda legislación es deficiente por defecto, salvo aquella que incrementa el libre albedrío de los agentes privados, pues «no está claro en absoluto cómo obligar a los bancos a tener más capital o a hacer menos préstamos puede ser incompatible con el objetivo de una recuperación económica sostenida».  


Sin embargo, cuando toca hablar de las virtudes de la Common Law anglosajona, el historiador no se queda corto en sus libaciones a las deidades liberales. Niall Ferguson se quita la toga, se afloja la corbata y se sirve una copa, o así nos imaginamos a este caballero andante del liberalismo, mientras sentencia la siguiente boutade antológica, que los editores habrían hecho bien en situar en la faja del libro. «Pocas verdades son hoy —sentencia— más universalmente reconocidas que la de que el imperio de la ley —en particular en la medida en que sirve de freno a la “codiciosa mano” del Estado voraz— conduce al crecimiento económico», aunque el incremento del PIB europeo durante el liberal siglo XIX —añadiríamos nosotros— palidezca ante el crecimiento exponencial de las economías reconstruidas, y protegidas por el paraguas del Welfare State, después de la Segunda Guerra Mundial. De nuevo, la amalgama entre incertidumbre y revelación, la síntesis entre las intuiciones reveladas a la conciencia del historiador y las suspicacias despertadas por los gobiernos actuales, no hace sino sugerir —perhaps— alguna suerte de disonancia cognitiva partisana en el pensamiento de Niall Ferguson. Que él mismo se lo ausculte.

El mentado encuentro
Habermas vs. Ratzinger.
Ex ungue leonem. 

[Publicado  originalmente en Sin Permiso. 2 de junio de 2013.]

13 de mayo de 2013

Mierda de vaca

HATERS GONNA HATE«Lo que no soporta este país es que nadie 
se permita escribir sobre su yo. [...] Yo creo que en el fondo hay
un problema de irritación ante el que se atreve a exhibir
su intimidad
y a comerciar con ella.» (Paco Umbral, 1978.)

Todavía no había terminado Ernest Castro su traducción y Benito Brooks ya estaba allí. Una virgen novicia en el templo la narrativa británica, cuya primera novela, traducida a nuestro idioma hace poco, algunos consideran mierda de vaca. Esta es la opinión mayoritaria en la prensa anglo, dice Benito, mientras enumera una retahíla de periódicos, que quizá no lean las adolescentes londinenses, esas que Benito penetra, mediante sus escritos, tanto en cuerpo como en alma. Pero Ernest sí lee —cuan snob— las noticias en inglés: The Guardian, The Times, The Independent, The Observer, ¿quién no sueña con codearse en el estrellato de la te, la hache y la e? A la mierda con Brooks, concluye Castro. Tanta The junta no puede —no debe— despistar su atención. Su tarea esa noche consiste en hacer de traductor gratuito para Sin Permiso, un semanario internauta, socialista y republicano. En el campo de visión del madrileño se interpone, sin embargo, el resplandor de los piercings del gloucesterciense, cuyo labio facial superior está tan agujereado de tachuelas que, si uno pudiera ignorar las bien pagadas publicaciones anglosajonas, también podría —dado el caso— confundir la boca hipster de Benito Brooks con un morro chav, un hocico choni, unas fauces redneck o cualquier cosa que brille en la oscuridad como si estuviera compuesto de diamantes. A fin de cuentas, lo malo del cristalino fulgor que emana este Ernesto Hemingway sin barba y tatuado, esta generación de turistócratas sin la virilidad de los de antaño, esta Barcelona venida a menos en términos de barbarie, cuya plaza de toros devino en centro comercial con mirador, es que —hasta donde sabemos— no todo lo que resplandece tiene la calidad de Swarovski.
 
KEEP CALM AND
Homo Homini Lupus.

Y es que Benito Brooks vive de la escritura. No me refiero a llenar cupones de la Once o del Ministerio. Hacer quinielas no vale. En el centro de la córnea amarillento-azulada de Brooks aparece una libra esterlina sometida a devaluación periódica conforme a la política monetaria de una nación soberana. En las cuencas de Castro, por el contrario, solo un iris rescatado in extremis por el BCE, una retina de €€€s a punto de transmutar en δραχμές, una triste pupila desahuciada. Una mierda de vaca, vaya. Ya había terminado Benito Brooks su quinta novela y Ernest Castro todavía estaba allí, tirando con su Beca de Movilidad, agradeciendo la piedad de La Caixa, rezando en dirección a Wall St., escribiendo textos como ceros a la izquierda —inútiles y todos los que quiera— mientras regala su fuerza de trabajo intelectual a Sin Permiso, descuidando sus obligaciones académicas, poniendo en peligro la posibilidad de seguir viviendo del cuento, con moraleja en su caso incluida, pudiendo él empalmar sucesivas subvenciones a la investigación, o cuanto menos intentarlo, susurrando trapicheos en los departamentos de Filosofía, haciendo de correveidile, en suma, como aspiraban hacer sus compañeros de clase —sí— sus uniformados y burocratizados class comrades. Visto lo visto, resulta preferible el transcribir 5.000 palabras por una causa legítima en ambos idiomas, antes que perder los trabajos y las noches con cierta anarca de pueblo, o recibir encargos de traducción por editoriales que nunca pagan, pues Hispañistan is different —Benito Brooks, amigo/my friend— y las narices de los traductores castellanos no soportan, aun ingresando los billetes europeos suficientes, el peso de cuatro quilates diamantinos. O eso piensa Ernest Castro. Mejor dicho, por Antoni Domènech:
Sin Permiso se hace gratis et amore, con la disciplina y con la generosidad de los viejos combatientes socialistas: de nuestros mayores anarcosindicalistas aprendimos que la disciplina sin generosidad es una ilusión farisaica; y de nuestros mayores marxistas, que la generosidad sin disciplina es una ilusión filistea.
En este brete tenemos, por tanto, a nuestro joven traductor. Convertido en una cucaracha kafkiana porque no tiene —porque le falta— una expresión castellana que haga las veces de epic fail. Castro está traduciendo un artículo, firmado por William Black, sobre el último epic fail de Niall Ferguson. En una reciente conferencia, Ferguson ha vuelto a desmelenarse —y dale— otra vez diciendo que los keynesianos hipotecan el futuro, estimulan la economía, ignoran el largo plazo, porque el pater familias de esta corriente intelectual, John Maynard Keynes, era maricón perdido y no tuvo descendencia. Este es el retrato robot aproximado: John, amante de alemanes; Maynard, cónyuge de bailarinas; Keynes, declamador de versos. Según esta desastrosa calumnia conservadora, el pensador británico estaría liberado de los lazos morales con el mañana porque, no teniendo progenie alguna conocida, tampoco tendría interés in the long run, donde nuestros vivitos descendientes —con suerte— no estarán todos muertos. Por supuesto, tomar esta lectura como una hipótesis válida para discutir sobre economía solo reporta para los lectores una moralización infamante de los clásicos. ¿Cómo expresar en español los matices del epic fail fergusiano? Decir fracaso épico sería asumir el propio como traductor. Algunos amigos dicen caerse con todo el equipo. Muy rebuscado para el economista que intentó «discutir a un premio Nobel de economía (Paul Krugman) en su propia especialidad». Otros recomiendan truño para la posteridad. Demasiado exacto para el historiador que intentó «difuminar en la Historia la historia de su fracaso predictivo». ¿Qué tal mierda de vaca? Dejémoslo en cagada memorable.
«Su incapacidad para debatir de una cuestión sin insultar
a su oponente
 sugiere alguna suerte de profunda inseguridad
que quizás resulte de un trauma infantil», dijo el charlacaniano
Ferguson (a la derecha) sobre Krugman (a la izquierda).