17 de noviembre de 2013

Tras la muerte de Tarzán

¿Hacia una Zoofilia no Patriarcal?
Sobre la zoofilia han recaído las peores acusaciones feministas. Tachados de patriarcales para arriba, herederos de una mentalidad dominadora de la Naturaleza, los zoófilos quedaron marginados, en líneas generales, de la revolución sexual sesentayochista. Con todo, provienen de entonces las pocas leyes permisivas hacia ellos; es el caso la recién derogada legislación alemana. Los conatos de pederastia, eso sí, camuflados bajo la cortinilla de la nueva pedagogía, nunca fueron bien vistos por el grueso de la población, no así por los profesionales de la emancipación erótico-festiva, quienes siempre vieron en el contacto carnal con los infantes una liberación de los esquemas educativos freudianos, más que otra cosa (véase Cohn-Bendit). Pero la hostilidad hacia la zoofilia por parte de las distintas variantes del feminismo sigue siendo arena de otro costal. Y con razón. Bajo un régimen de producción agraria, los practicantes de esta opción sexual eran, en su mayor parte, los repudiados, los losers, los neófitos del sistema patriarcal, no menos conchabados por ello con la misoginia y cosas similares: muchos campesinos reproducían entonces esta mentalidad de forma distorsionada en sus encuentros con animales; la tradicional violación de orangutanes depilados, perfumados y maquillados en Indonesia y en Tailandia muestra la pervivencia de este espíritu entre algunos estratos de la clase adinerada, quienes además no tienen ningún interés en el bienestar del animal, y cometen por ello auténticas salvajadas, a diferencia del campesino cuyo alimento y cuyo techo dependía —quieras que no— del buen estado de sus amantes/ganado.

Hablamos en todo momento, que conste en acta, de la sociedad campesina occidental a mediados del siglo XX; sobre el resto de sociedades quedan, sí, muchas narraciones mitológicas y bastantes condenas inquisitoriales, pero también pocas estadísticas fiables. En los Estados Unidos estudiados por Alfred Kinsey en 1953 mediante un conjunto de 11.000 y pico entrevistas los resultados no dejan espacio para la duda: entre un 40 y un 50 por 100 de los varones rurales había tenido once upon a time encuentros sexuales con animales; en términos totales, un 8 por 100 de la población varonil americana había catado otra especie, comparado con solo un 3 por 100 de la población femenina. ¿Conclusiones? Parece evidente que las prácticas con animales conformaban un mecanismo de iniciación en la materia para buena parte de los varones poco duchos en las arduas labores de la seducción del género opuesto. Estos eran los primeros pasos (bestiales, si se quiere) de los futuros buenos esposos. Los campesinos recurrían a los mamíferos más cercanos y mejor dispuestos a falta de algún hommo sapiens sapiens que oficiara el trabajo más viejo de todos. Recordemos, para los olvidadizos, que las putas no son tan viejas como parecen, dicho sea de paso: dejando de lado las mujeres tocadas por los dioses de la Antigüedad, y centrando nuestra atención sobre el Occidente moderno, la prostitución es un fenómeno más o menos renacentista, como cuenta muy bien Silvia Federici en Calibán y la Bruja, coetáneo a los primeros cercamientos de la propiedad comunal campesina. En Estados Unidos, el fenómeno estuvo circunscrito a las grandes ciudades, con el bozal siempre presente de la mentalidad puritana, como en todas partes. En el campo imperaba, mientras tanto, una imagen cercana a los Lonesome Cowboys de Andy Warhol. Un despiporre, vaya.

La persecución del bestialismo en Occidente, dicho sea de paso, tiene una denominación de origen también renacentista, igualito a la caza de brujas. En el siglo XVII, la Iglesia intenta y fracasa en prohibir la contratación de hombres para el desempeño de las labores de pastoreo, a sabiendas del contubernio de los vaquerizos; quien tenga abuelo bajo la dictadura, aunque sea de oídas, lo sabe. Mejor suerte tuvieron los países protestantes: en 1534, la bestialidad deviene crimen capital en Inglaterra; en 1683, Dinamarca comienza a castigar la sodomía con la hoguera; y así todo el rato.[i] Más adelante, se despenaliza las prácticas sexuales privadas con la irrupción de las revoluciones republicanas, y el Código Napoleónico sienta las bases de los debates actuales: la edad adulta y el consenso mutuo, dicen los liberales desde entonces, son los requisitos legales en materia sexual privada; dos principios que hasta el más queer acepta, ¿me equivoco?[ii] En este repaso sumario del arrejuntarse bestial y su Historia, como en muchas otras cosas, uno puede ver algunos elementos comunes con los feminismos históricos y sus conflictos por la emancipación de distintas sexualidades: primero la persecución de los poderes fácticos y luego permisividad hacia las prácticas privadas, siempre y cuando no perturben la publicidad, fueron las claves del silencio y del cerrojo sexual en ambos casos. Pero ni por esas: la genealogía histórica y las afinidades sociológicas no unirán aquello que los prejuicios políticos y los valores morales separaron. ¿Afortunadamente?, nos preguntamos.

Con la llegada del siglo XXI, uno podría esperar que las rencillas entre feministas y zoófilos se hubieran pulido, cuanto menos, en proporción a la caída en desgracia del campesinado occidental, cuyo peso relativo respecto del grueso de la población de los respectivos países de la OCDE ha llegado hasta mínimos históricos. El éxodo rural ha transformado, por la fuerza, la zoofilia en una opción sexual infrecuente, cuando no distinguida. Frente a la antigua usanza rural, que tanto gustaba de los esfínteres alocados de las gallinas decapitadas, o de la indolencia juguetona del ganado vacuno, que ni siente ni padece el miembro humano, en la última mitad del siglo XX se ha consolidado un cierto gusto equino.[iii] Esta fascinación hacia el caballo, cuadrúpedo de porte y nobleza sin par, retratada con finura en la obra teatral Equus (Peter Shaffer, 1973), revela de suyo el esnobismo urbanita existente en las novísimas preferencias zoofílicas. La fascinación, para curiosidad del lector, suele seleccionar a sus víctimas entre intelectuales de ciudad que nunca han visto un caballo, salvo en sueños húmedos. En esto también se diferencian del follacabras franquista en el granero, quien solía tener cierto retraso, comprobado en términos estadísticos: no es un invento de Delibes y sus retratos costumbristas; estas deficiencias redundan en detrimento de la periclitada seducción y el anhelado maridaje, reduciendo las posibilidades de procreación y emparejamiento. Sea como fuere, la rareza del asunto hoy día ha propiciado la irrupción de presuntas explicaciones científicas, dada la natural tendencia de los psiquiatras a considerar como enfermedad la anomalía salvaje, la desviación de la norma, la minoría silenciosa que hasta ayer mismo sostenía —por decirlo con Fdez. Porta— el Consenso Nacional Deseante. Sin embargo, cualquier intento de homologar la figura universal de El Zoófilo se encuentra con las disparidades insalvables entre el Ancien Régime Zoosádico, todavía presente en aquellos documentos audiovisuales donde —por ejemplo— una mujer resulta penetrada por un caballo para mayor escarnio de ambos, y Los Nuevos Zoófilos, mejor preparados y más comprometidos, quienes suelen alternar una relación sentimental monógama hacia su mascota (tengan en cuenta la atención cuidadosa que ello comporta) con alguna forma o suerte de militancia en favor de los derechos animales. No quisiéramos entrar en valoraciones científicas, así que deseamos desde aquí buena suerte a los expertos, quienes aspiran a comprender las motivaciones y la psicología de El Zoófilo, unos asuntos que nos resultan bastante extraños, pues consideramos tal reducción analítica una empresa fallida de antemano, por las razones que hemos expuesto arriba.

Una vez expuestas estas diferencias, permitidme recuperar el hilo central de mi argumento: ¿por qué razón no se produce una alianza más estrecha entre feministas (tanto liberales como radicales) y zoófilos? Dejando de lado la espinosa cuestión del consentimiento y del sufrimiento, dando por sentado que los portavoces de los think tanks incurren en equívocos cuando utilizan el membrete «libre, voluntario y consentido» para denotar la disposición del animal durante las prácticas sexuales, concediendo también que los defensores de los derechos animales reclaman con justicia controles de calidad para evitar la confusión entre zoofilia y zoosadismo[iv], el uso de las zonas erógenas con fines dañinos o denigratorios para ambas partes, y suponiendo que los amantes (de los animales) son también defensores de los mismos y de sus intereses, no se entiende el rechazo frontal que ha suscitado esta opción sexual entre una opinión pública favorable a la emancipación de las sexualidades divergentes respecto de la norma. La respuesta a tamaño desencuentro estriba en la composición tanto social como mental de las organizaciones que monopolizan la causa de la zoofilia. Todavía ancladas en una estrategia de oposición antagónica, gracias una teoría de los dos mundos (o conmigo o contra mí), estas organizaciones no saben, no contestan o no quieren convencer a la opinión pública. Sus posiciones son políticamente refractarias, sus argumentos parecen sacados de Walt Disney («Mi gato dice sí quiero»), no saben jugar la baza —fundamental— del liberalismo permisivo con restricciones biempensantes, la κοινὴ de las demandas ciudadanas occidentales durante las últimas décadas. 

Veamos el caso alemán, por ejemplo. A primera vista, la campaña por su legalización parece un movimiento sociopolítico tan patriarcal como cualquiera compuesto en su mayoría por varones sin conciencia de género. O con demasiada conciencia, dirán algunos. Los cabecillas de la ZETA, la principal organización que defiende esta causa en Alemania, son varones blancos de clase media. Sus comunicados interpelan a la comunidad en masculino primera persona del plural. Las amantes/mascotas posan muy bien junto a sus dueños: hembras serviciales —perras casi todas— meneando la colita. Michael Kiok, el führer de la ZETA, no solo reconoce a su adversario político en algunas mujeres politizadas, quienes se presume están preocupadas en exceso, dado su espíritu maternal y demás blablablás, por el bienestar de los animales, hacia los cuales las hembras siempre tienen una actitud de protección desmedida; no solo piensa esto Kiok, sino que también tiene mal gusto para decirlo: «Es más fácil comprender a los animales que, por ejemplo, a la mujeres». #FacePalm

En suma, las asociaciones zoofílicas realmente existentes sí son poco/mucho/bastante patriarcales. En lugar de combatirlos desde la izquierda, siendo ellos inexistentes en términos políticos, y nosotros muchos & valientes, la tarea consiste en plantear por qué esta sexualidad alternativa, con todos los matices históricos realizados, no encuentra los apoyos que debería. A fin de cuentas estamos hablando de un colectivo de tolerantes ilustrados cuyo objetivo en última instancia consiste en derribar las barreras de la sexualidad antropocéntrica. ZETA significa Zoophiles Engagement für Toleranz und Aufklärung. Esto es: Compromiso Zoofílico con la Tolerancia y la Ilustración. Con tan nobles siglas, la Toleranz y la Aufklärung, ningún filósofo que reflexione desde su butaca sobre el asunto puede concluir que la ZETA resulta sospechosa de complicidad con el patriarcado. En Alemania, sin embargo, todo el espectro ideológico ha respaldado la prohibición de la zoofilia el pasado mes de febrero. Ahora bien, ¿acaso la permisividad hacia prácticas sexuales distintas a las nuestras (quien quiera que seamos nosotros) no conforma, junto con la libertad de culto religioso y la separación de poderes, algo así como el corazón ideológico del liberalismo? Es más, ¿acaso la defensa de la zoofilia como opción válida no constituye —en cierto modo— la culminación de las luchas por la liberación sexual iniciadas en los sesenta?

Piensen en ello.



[i] Para una cronología de las prácticas sexuales con animales que abarque tanto la herencia europea como el resto de tradiciones en su conjunto véase Hani Miletski: "A History of Bestiality" en Andrea M. Beetz & Anthony L. Podberscek (eds.): Bestiality and Zoophilia, Purdie University Press, 2005, 1-23.
[ii] Me remito a una suerte de clásico, el Manifiesto Contra-sexual de Beatriz Preciado, donde la importancia concedida a la enajenación contractual de la sexualidad no deja lugar a dudas: estamos hablando de acuerdos consentidos por escrito entre sujetos jurídicos adultos. En el margen del contrato sexual quedan —entiendo— quienes no saben (y no pueden) leer o escribir. Los animales, claro. En repetidas ocasiones ha expresado Beatriz Preciado, por cierto, juicios contra los argumentos anti-especistas de Peter Singer, quien según muchos habría arruinado su carrera como filósofo ilustrado y moralista seriote cuando puso de moda el tema del heavy petting con animales. Sobre este punto —me pregunto— ¿también estarán Singer y Preciado en desacuerdo?
[iii] Esta evolución del gusto hacia seres con cierta carga onírica y esta elevación del coeficiente intelectual entre los practicantes de la zoofilia, así como la pertinencia de la distinción entre zoosadismo y zoofilia, pueden documentarse en Christopher M. Earls & Martin L. Lalumière: "A Case Study of Preferential Bestiality", Arch. Sex. Behav, vol. 38, 2009, 605-9.
[iv] Mas sobre la distinction zoofilia/zoosadismo en Colin J. Williams & Martin S. Weinberg: "Zoophilia in Men: A Study of Sexual Interest in Animals", Arch. Sex. Behav., vol. 32, 2003, 523-535.

16 de noviembre de 2013

La simplicidad enmascarada

No suele haber mucha variedad estilística en los ensayos sobre fenómenos artísticos contemporáneos. Invariablemente tenemos que calzarnos o bien volúmenes de teoría en vena o bien catálogos de curiosidades periodísticas. Paradojas de la vida, los primeros suscitan en general un entusiasmo estudiantil por aquello que nunca llegaremos a entender; los segundos aburren más que una sesión plenaria del Consejo Europeo. Viene siendo algo propio de los libros sobre el presente inmediato el oscilar de continuo entre una descripción actualizada que nada tiene que aportar salvo listas de nombres y una teoría incrustada sub speciae aeternitatis sobre los mismos ejemplos de siempre. Parece que información novedosa y capacidad de teorización son monopolio exclusivo de las monografías sobre el pasado, ese país lejano donde las restricciones de información y los sesgos hacen que todo nombre en latín sea dicho como la primera vez. ¿Estamos condenados entonces a vagar sin rumbo entre El tiburón de 12 millones de dólares, la investigación hecha por John Thompson contra Sothebys, y Ojos abatidos, la lección de jerga y teoría francesa escrita por Martin Jay?

La reciente traducción de El complejo arte-arquitectura permite ver las limitaciones de semejante dicotomía en tanto que el libro de Hal Foster parece resumir los defectos habituales de ambos enfoques sin la suerte de heredar también sus virtudes. A primera vista cualquiera diría que estamos ante un sesudo ensayo teórico como parece indicar el modesto (a la par que selecto) volumen de nombres propios que maneja Foster, una docena entre arquitectos y artistas plásticos vinculados, según dice el propio, con aquello de levantar edificios. Conforme seguimos leyendo nuestro ejemplar hallamos que Foster reflexiona sobre cuestiones arquitectónicas mediante un conjunto de artículos desconectados entre sí cuyo contenido mantiene a veces una relación distante con el propósito inicial: seis de once capítulos se dedican a informan (sin profundizar demasiado) sobre la existencia de figuras individuales que cualquiera interesado debería conocer a esta altura; la mitad del libro versa sobre artistas sin conexión evidente con la arquitectura como son Flavin o McCall (tampoco contribuye mucho a la causa que Foster mencione el tamaño enorme que requieren sus proyecciones en la oscuridad para justificar la conexión de este último artista con la arquitectura en general); y para terminar en algún sitio, los apuntes mínimos de teoría andan dispersos entre paréntesis («Es un giro curioso que, en tanto que muchos artistas ya no recurren a la naturaleza inspirada del dibujo, muchos arquitectos insisten en hacerlo. Han aprovechado la vieja leyenda del artista como visionario creador de imágenes», señala el ensayista para hablar de la obsesión de Norman Foster hacia sus bocetos manuales.)



Es verdad que el término complex que aparece en el título sugiere una lectura política del estrellato arquitectónico contemporáneo que hace aparición unas cuantas veces en el texto, como cuando Foster denuncia la equivalencia que establecen los ideólogos de la obscenidad monumental entre la transparencia de los materiales de construcción, cristal sobre todo, y la transparencia de las instituciones alojadas dentro de tales edificios. Sobre las cúpulas de Norman Foster escribe en tono irónico: «una reunión política se convierte en una diversión para los espectadores; un distinguido museo en una maravillosa exposición de si mismo en el British Museum». Resulta curioso, no obstante, que Foster nunca vaya más allá de criticar esta suerte de retórica abultada, que apenas aparezcan en su discurso palabras como gentrificación que tal vez hubieran permitido explicar el boom de museos y rascacielos con cierta pretensión artística. Foster desempeña aquí el papel del crítico artístico que disciplina a los artistas en su excéntrica ignorancia sin llegar nunca a ofrecer el saber que podría explicar la situación. Supongo que también son gajes de descuidar los avances recientes en análisis urbanístico.

Publicado originalmente en A*Desk. 15 de Noviembre de 2013. 

6 de noviembre de 2013

Ser blanca y funcionaria

Durante el último cuarto de siglo, las sucesoras del feminismo más favorecidas por las editoriales anglosajonas han centrado su agenda política sobre la performatividad del género. Bajo este ambiguo paraguas experimental se han cobijado muchas prácticas corporales, desde la inversión sexual paródica hasta el desajuste hormonal voluntario, en el nombre de impenetrables presunciones ontológicas. Tras el desplome del socialismo real, apenas ninguna tendencia intelectual adscrita por defecto a la izquierda, con excepción de la conciencia ecológica y animalista, ha gozado de mayor atención académica y de mayor actualidad mediática. Para cerciorarse de la elevada cultura libresca del movimiento basta con revisar el mínimo común bibliográfico visitado, comentado y revisitado por sus autores: Hegel o Spinoza, Foucault o Derrida, Lacan o Deleuze, los grandes filósofos nunca faltan a su cita con el género. Entre la ensalada de referencias característica de toda Gran Teoría, objetivos políticos mundanos marcaron, en realidad, la pauta de los escritos. No en balde, la liberalización de las relaciones personales, en el sentido más comercial del término, y el reconocimiento de la igualdad de intereses, en el sentido más ilustrado del término, estuvieron en el horizonte de las guerras culturales que revolvieron la opinión pública en el Atlántico Norte desde finales de la década de los ochenta, creando las condiciones de posibilidad para la renovación de los estudios de género.

En cuanto a la dimensión práctica de la teoría, títulos como el Manifiesto Contrasexual no llaman a engaño: publicado en el año 2002, en el contexto de unas elecciones francesas marcadas por el inesperado sorpasso del Frente Nacional hasta la segunda ronda de las presidenciales, esta recopilación de artículos, precedida por una batería de principios para la construcción de una sociedad utópica, asientan un paradigma de intolerancia feminista como estrategia de provocación, en la venerable tradición del Manifiesto SCUM de Valerie Solanas. Preciado recurre a la parodia como técnica de desencantamiento, utiliza los órganos protésicos como herramientas de desnaturalización y, entre los susodichos axiomas normativos, propone la abolición de todos los derivados del matrimonio liberal regulado por el Estado en un sugerente tour de force, cuya actualidad aumenta por momentos con el triunfo de los socialistas en Francia, que prometen legalizar el matrimonio homosexual. Sus prácticas de género favoritas contienen, sin embargo, un ambivalente componente económico, no exento para nada de consideraciones ideológicas en términos de clase. «Decido conservar mi identidad y tomar testosterona —reconoce con sinceridad en Testo Yonki— sin entrar en un protocolo de cambio de sexo. Esto es un poco como morderle la polla al régimen farmacopornográfico. Esta posición es, por su puesto, un lujo político. De momento puedo permitírmelo porque no tengo que salir a buscar trabajo, porque vivo en una ciudad de más de ocho millones de habitantes, porque soy blanca, porque no espero ser funcionaria»
Por otro lado, estas limitaciones están presentes en Judith Butler, la pionera cuyas fluctuaciones sintetizan el ambiente del periodo. Sus señas de identidad sociológica reflejan, de hecho, el carácter representativo de su persona. De ascendencia familiar alemana y de herencia intelectual francesa, esta intelectual californiana con pasaporte norteamericano constituye una muestra de la heterodoxia filosófica propia del circuito académico del Atlántico Norte. Por otro lado, el estilo que atraviesa sus escritos, en tercera persona y desapasionado, le garantiza una posición excéntrica dentro de un género literario como este, tan proclive a la declamación autobiográfica. Así, Gender in trouble no es solo el mejor comentario hasta la fecha de la teoría de género francesa, sino también un formidable ejemplo de solipsismo ideológico, escrito desde ninguna parte. Con la excepción de la «Posdata final no científica», con una extensión aproximada de seis páginas, centrada sobre el recurso a determinados prejuicios culturales en los criterios de atribución sexual de los recién nacidos, el resto del libro, doscientas y pico páginas de comentario puramente bibliográfico, ameritan la acusación formulada, desde dentro de la teoría queer, por las discípulas aventajadas de la clase: Butler no tiene cuerpo. En caso contrario, ¿dónde están las credenciales de rareza sexual? Las publicaciones posteriores serán como una toma de tierra en este sentido: en un sorprendente ejercicio de confesión sincera, nuestra catedrática en identidades preformativas justificará entonces su preferencia por la negatividad en términos de un reconfortante determinismo social — «Yo tiendo a pensar que esto es simplemente lo que ocurre cuando una niña judía con una herencia psíquica del Holocausto se sienta a leer filosofía a una edad temprana, especialmente si recurre a la filosofía en circunstancias violentas» —, y detallará su programa político acudiendo a un vaporoso imaginario humanista, formulado en términos de dignidad personal y de libertad de elección. «Lo que me motiva políticamente y lo que quiero alcanzar —concreta en “La cuestión de la transformación social”— es aquel momento en el cual un sujeto —una persona, un colectivo— afirma su derecho a una vida habitable en ausencia de una autorización previa, de una convención clara que lo posibilite.»
¿Qué balance merece este programa? Sería injusto evaluar los frutos de esta ambiciosa propuesta con tan poco margen, máxime si tenemos en cuenta la multiplicidad de frentes de batalla abiertos y la dispersión de los militantes por la causa. Por lo pronto, cabe constatar  que la rápida incorporación de esta corriente en el circuito comercial del sector servicios no ha ido en detrimento de sus virtudes definitorias: la pluralidad como bandera y la despatologización como meta, todo ello aderezado con una estética juvenil contestataria, propia de la última argamasa contracultural prêt-à-porter. A su vez, el reconocimiento institucional de ciertas estrellas intelectuales ha producido un provechoso relevo generacional, caracterizado por un mayor compromiso con la democratización de las prácticas de género, fomentando el acceso a capas menos favorecidas económicamente, y buscando alternativas a la divergencia clasista ya destacada por Preciado. En cuanto a la cristalización de las demandas efectivas, como el reconocimiento estatal de la legitimidad de más de cinco géneros diferentes, las cosas de palacio van despacio, pero el contexto juega en favor de la creciente liberalización de las identidades personales y, en términos comparativos, el camino recorrido resulta impresionante. Entre la Declaración de Olympique de Gouges, la convención de Seneca Falls y el sufragio universal en el Atlántico Norte mediaron, respectivamente, medio siglo o más. Teniendo en cuenta la actual participación en el sistema de congresos internacionales de las principales teóricas de género, la comparativa solo puede esperanzar a quienes luchan por traducir en el escenario político toda la purpurina intelectual de las disidencias de género realmente existentes.

[Publicado originalmente en Saramago. Octubre 2012.]

2 de noviembre de 2013

El extraño caso de Manuel Jabois

Cómo conseguir seguidores en FAES y en Lavapiés
y no morir en el intento. 

Manuel Jabois es sinónimo de controversia. Dejando de lado a sus followers, que a juzgar por las ventas de sus libros deben ser legión, el columnista de El Mundo tiene dividida a la opinión pública entre quienes piensan que está hecho un facha de armas tomar y quienes le denuncian por bolchevique. Un tuit suyo habla de hecho sobre una eventual quedada entre ambas tribus, ambas facciones de detractores. «Va a ser como un partido entre discapacitados y golpistas», indicaba cuando por el mes era de mayo.

Cuando hace la calor, en el arranque de agosto de 2013, escribí a Jabois porque buscaba hacerle algunas preguntas sobre su último libro, Manu, una crónica de la paternidad escrita en primera persona, algo así como la consumación del periodismo gonzo: tener un hijo para contarlo. Las semanas pasaron, sin embargo, tras el verano vino el otoño, Manuel no contestaba o me daba largas. Tenía entendido que estaba tratando con un auténtico rockstar del periodismo, una profesión donde la velocidad viene a ser el equivalente futbolístico a distinguir la camiseta de tu equipo, a tener una raqueta para darle a la bola de tenis, así que tampoco insistí demasiado en el tema. En nuestro camino de se interpuso una bandeja de salida que no se la salta ni la CIA, el demonio maligno de la técnica que vuelve a la carga, se come tus deberes y manda muchos mails fantasma, pero finalmente conseguimos entendernos.

Hay que decir que lentos para algunas cosas somos ambos. La entrevista me la envió a finales de septiembre. La he mantenido en una situación macerada por razones externas a mi voluntad. Disfrutad, no obstante, de este vino añejo.

Jugando la banda aparte.

El carácter anfibio de Jabois, esa capacidad de cosechar seguidores tanto en FAES como en Lavapiés, puede ilustrarse mencionando simplemente quién edita sus textos. A un lado del ring está Pedro Jota, el periodista más molesto que han tenido la mala suerte de padecer los gobiernos de España desde la Transición; su periódico ha hecho más por la caída de los ídolos, por el descrédito de la casta política que quince asambleas del 15-M. Ayer fue Felipe González y los GAL. Hoy Mariano Rajoy y el caso Bárcenas. En la esquina opuesta tenemos Pepitas de Calabaza, el sello donde Jabois publica sus libritos, cuya línea editorial claramente libertaria, un referente dentro de la izquierda contracultural, ecologista y anti-Estado, que seguro que consultan los haters de Orbyt.es.

Que por el monte corran las sardinas, tralará, que Manuel Jabois figure en un catálogo que incluya títulos como La abolición del trabajo, autores como Lewis Mumford o Miguel Amorós, que los extremos en política puedan llegar a tocarse o que Pedro Jota sea el nuevo antisistema solo puede resultar sorprendente para los ideólogos cegados y con carrera de partido por delante. Como me responde Jabois a la pregunta: este jugar a varias bandas, ¿cómo se lleva? «Yo juego en mi banda, como mis compañeros de El Mundo, que son cada uno de su padre y de su madre. Escribo sin organizar el universo por militancias, menos aún colectivas. Tanto a Pepitas de Calabaza como a mi periódico les importa por encima de la ideología, la calidad. Ser bueno es una idea brillante, un programa electoral magnífico para ir por la vida.»

Siguiendo esta misma línea de razonamiento, Jabois también desdeña el autoanálisis ideológico, esa manía de encuadrarse uno mismo bajo una bandera prestada, esa voluntad de apuntarse voluntario a los comprometidos por la Causa, tan próxima muchas veces del dogmatismo y las ganas de tener la verdad a toda costa, dando conejo por liebre en la argumentación normativa. En sus propias palabras: «No me veo a mí mismo ideológicamente —quiero decir que no me estudio— porque aunque de vez en cuando expreso claramente mis ideas, o me burle de ellas y de las de otros cuando se van a extremos, no creo que lo que yo piense sea mejor que el que piensa lo contrario.»

La clave del éxito —me susura Jabois por lo bajini— el truco que tiene para escribir a diario, facturar un libro cada dos años, tener tiempo para hacer performances (véase su paso por el festival Primera Persona), recibir premios y perder trenes —como cuenta en Manu— sin perder el juicio en el intento, es bien sencilla: «Me cuesta escribir para mi». Wikiquotes nos informa que la cita «Un escritor es alguien para quien escribir es más difícil que para los demás» la escribió —suponemos que con esfuerzo— Thomas Mann. Tomando por evidente que escribir consiste en entregarse a los demás, exhibirse hasta el límite de la alteración del orden público, hacer algo casi delictivo, Jabois confiesa que Manu «es un libro escrito para mi con el que certifico un fracaso: solo he podido hacerlo teniendo la certeza de que lo leerían otros». En cuanto al motor inmóvil de esta pasión (¿acaso lo dudaban?) es la vanidad pura y dura.

Sobre la paternidad escribe Jabois: «Es un acto egoísta, supongo que como todo, y un ejercicio de vanidad el convertirla en un libro para llevarlo a otras casas». ¿Y el propio libro? «Un dietario fácil», declara, «escrito de una manera muy rápida para que de alguna manera quede por escrito algo que no devorará la humanidad». Con escritores así, ¿quién quiere críticos?

«La ficción me seduce como una milf.»

Hablamos de su prole, Manuel Jabois Junior. Los medios que leerá (¿conseguirá interrumpir Jeff Bezos la sangría actual de la prensa?), el mundo en qué vivirá (llegar a la mayoría de edad en 2030, dadas las expectativas ecológicas de este siglo, no suena muy bonito que digamos), el himno de fútbol que coreará (no hay discusión: el Alá Madrid, dice el padre). Manuel Jabois El Viejo es optimista (aunque el optimismo, como reza un chiste de la tercera temporada de Homeland, consista muchas veces en saltar desde un rascacielos repitiendo hasta dar con el suelo: «Todo va bien por el momento»). El hijo de Jabois leerá en digital, claro. «Pero me gustaría que reservase los momentos más aristocráticos del mes para darse un homenaje con alguna vieja publicación de papel que haya ofrecido resistencia.» Saludos desde el pasado a los resistentes.

También hablamos de su novela. El columnista ha anunciado varias veces su esperada y demorada aparición narrativa en sociedad. Antes de fichar por El Mundo, Jabois estuvo colaborando para distintas publicaciones periódicas, haciendo crónicas personales y comentarios de actualidad; Irse a Madrid (Pepitas de Calabaza, 2011) recopila algunas columnas suyas. En todas ellas transpira una cadencia estilística que parece encorsetada por los límites de la realidad, está llamando a la puerta de la ficción y reclama mayor amplitud de posibilidades narrativas. No obstante, Jabois no suelta prenda. Pero sí sentencia: «La ficción me seduce como una milf: siempre estoy pensando en ellas pero nunca me atrevo a invitarlas a una copa».



Esta conversación iba a tratar en principio sobre la paternidad. Que conste que yo quería ensalzar la figura paterna moderna, ese producto de marketing que Cesar Rendueles tan bien diseccionó en cierto artículo, para el cual están destinados los anuncios rositas. Pero Jabois es más rústico. Contempla «la paternidad en el siglo XXI como en la Antigüedad: un señor despejando espermatozoides y trayendo bisontes a casa para que el retoño crezca.» Quizá sea gracias a la descripción de los elementos contextuales del embarazo que Manu ha sido celebrado como uno de los libros mejor escritos desde la paternidad, a la altura de su homólogo por parte de madre, Nueve Lunas de Gabriela Wiener. Pues estamos ante una narración donde la profesión del padre ocupa casi todo el texto, señalando su posición periférica, la importancia de ganarse la vida y provide for the family, como diría Walter White. Lean la entrevista completa por Zeus antes de llamarle heteropatriarcal por esto último.

[Entrevista]

Ernesto Castro: Antes del verano apareció Manu, un libro sobre un escritor que tiene un hijo. Tú mismo eres el personaje principal de una historia donde tu profesión de periodista llega a cobrar mayor protagonismo incluso que el embarazo o el parto de tu mujer. En España se han escrito algunas novelas geniales sobre la maternidad, como Nueve Lunas de Gabriela Wiener, pero Manu quizá sea un ejemplar primerizo de un formato todavía sin explorar: el relato en primera persona del devenir padre de individuos irónicamente patriarcales y hasta viriles. Dime, ¿ves posibilidades comerciales en el género? Manu desde luego se vende como churros. Algunas preguntas habituales, solo para hacer canon del tema: ¿cuales son tus referentes literarios?, ¿cómo hallas la paternidad en el siglo XXI? Y aún más importante, ¿cuando sacas tu opera prima de ficción? Por las páginas Manu ronda tu esperada y demorada aparición narrativa en sociedad. ¿Te has puesto manos a la obra con ello? 

Manuel Jabois: No creo que sea un género en sí mismo más allá que un dietario fácil, escrito de manera muy rápida para que de alguna manera quede por escrito algo que no devorará la humanidad, pero sí espero que un par de generaciones familiares que vengan detrás de mí. Es un acto egoísta, supongo que como todo, y un ejercicio de vanidad el convertirlo en libro para llevarlo a otras casas. Me cuesta escribir para mí, pero este libro es un libro escrito para mí con el que certifico un fracaso: sólo he podido hacerlo teniendo la certeza de que lo leerían otros. En cuanto a la paternidad, la veo en el XXI como en la antigüedad: un señor despejando espermatozoides y trayendo bisontes a casa para que el retoño crezca. La ficción me seduce como una milf: siempre estoy pensando en ellas pero nunca me atrevo a invitarlas a una copa.

EC: Y otro interrogante convencional: ¿cómo ves el mundo (en minúscula) que heredarán tus hijos? Quiero decir, en 2030, cuando Manuel Jabois Jr. alcance la mayoría de edad, la tasa desempleo juvenil no estará —espero— en el 60%, pero las cuestiones migratorias y ambientales seguirán sobre la mesa, asuntos públicos que no visitas a menudo en tus múltiples columnas de opinión, por cierto. ¿Hay vida periodística inteligente más allá de Bárcenas & co.? Y al filo de esto último, ¿alguna profecía sobre los periódicos que consultará Manuel Jabois Jr.? Ya sabemos su equipo de fútbol, el Real Madrid. Pero todavía ignoramos si Jeff Bezos o alguien así parará la sangría actual de la prensa. Para cuando la décima del Real, ¿seguirán vivos los diarios en papel, esa especie en peligro de extinción, o la Tierra será cosa de los bloggeros? 

MJ: Soy optimista. Mi hijo conocerá un mundo mejor que el mío de la misma manera que yo, desde luego, he conocido un mundo mejor que el de mi padre. Leerá en tableta, indiscutiblemente (si la tableta llega y no se inventa nada nuevo), pero me gustaría que reservase los momentos más aristocráticos del mes para darse un homenaje con alguna vieja publicación de papel que haya ofrecido resistencia. En el futuro habrá blogueros, periodistas y hasta zapateros. Los oficios permanecen y mejoran como oficio, no sé ya si como medio de vida.

EC: Hablando del presente y del futuro, hace poco estuviste invitado en la última edición del primera persona, un festival interdisciplinar donde la literatura comparte espacio con la cultura urbana y la música popular (este año trajeron a unas punkrockers octogenarias y feministas que son la hostia: The Raincoats). Y allí estabas tú, en tierra hostil, rodeado de cubiletes y pelotas del Barça, contando una historia sobre una noche que estabas borracho, si no recuerdo mal. Me encantó. ¿Consideras profundizar en el performance como formato creativo en el futuro? Eres bueno, tío, de veras. 

MJ: No, en absoluto. Mi exhibición es en el folio y me parece suficiente. Encima de un escenario yo lo único que hago es el ridículo. Luego puedo hacerlo con peor o mejor estilo, pero el rídiculo totalmente. Te lo aseguro. Vi las caras de ese público y mientras aplaudían y reían pensaban exactamente lo mismo que yo.

EC: Manu es el segundo volumen que sacas con Pepitas de Calabaza, según su página web, "una editorial con menos proyección que un cinexin", conocida por sus libros de crónicas (este noviembre publican Alpinismo Bisexual de Simón Elías Barasoain con un epílogo tuyo), pero cuya linea editorial se encuentra orientada sobre todo hacia el anarquismo y la contracultura. Entre autores como Lewis Mumford o Miguel Amorós y títulos como La abolición del trabajo, los cuales  suscitarán seguro la sospecha de tus compañeros de El Mundo, se hallan dos libros tuyos. Este jugar a varias bandas, ¿cómo se lleva? 

MJ: Yo juego en mi banda, como mis compañeros de El Mundo, que son cada uno de su padre y de su madre. Escribo sin organizar el universo por militancias, menos aún colectivas. Tanto a Pepitas de Calabaza como a mi periódico les importa por encima de la ideología, la calidad. Ser bueno es una idea brillante, un programa electoral magnífico para ir por la vida. No hablo de mí, naturalmente. Aunque con algún artículo lo piense, como diría Manquiña.

EC: En Twitter decías hace unos meses: "Tengo que presentar a los que me llaman facha y a los que me llaman bolchevique. Va a ser como un partido entre discapacitados y golpistas." A caballo entre la toma del Palacio de Invierno y el golpe de Estado del 36, ¿hay alguna posición ideológica intermedia que puedas decir tuya? Como columnista respondón eres insuperable, como tantos otros retratistas de costumbres cortesanas que habitan las páginas de El Mundo, pero muchos nos preguntamos qué ideología concreta o que principios distributivos secundas más allá de estar a la contra de los poderosos, de los corruptos, de los ineptos y del gobierno.

MJ: Yo escribo una columna casi todos los días de la semana y desde hace mucho tiempo. Es imposible, leyéndome, que alguien no sepa qué pienso de la sanidad y educación pública, de los nacionalismos o del aborto, por poner tres ejemplos que mucha gente ansiosa utiliza para meter a alguien en el rebaño. No me veo a mí mismo ideológicamente –quiero decir que no me estudio- porque aunque de vez en cuando expreso claramente mis ideas, o me burle de ellas y de las de otros cuando se van a extremos, no creo que lo que yo piense sea mejor que el que piensa lo contrario. Salvo los límites del sentido común, claro. La defensa del débil o reconocer que al Madrid le perjudican los árbitros son cosas que no pueden estar nunca en un debate público por obvias.

28 de octubre de 2013

¿Son Nuestros Jóvenes Escritores Unos Viejunos De Tomo y Lomo?

Un recorrido por los malentendidos y las trifulcas
generacionales del posturelo literario en España.

Algo simpático ha pasado con la crítica literaria en España. El foco de atención mayoritario se ha ido trasladando de los autores a las generaciones, de éstas a las editoriales y nuevamente a los autores. Ahora vivimos un repunte de figuras estilo llanero solitario, firmas individuales sin adscripciones de ningún tipo, ni generacionales ni corporativas. Pero hace unos años todo esto era campo, campaban a sus anchas los cotillones del sector, cualquiera diría que los reseñistas pasaban más tiempo consultando y actualizando las redes sociales que leyendo los libros que un amable cartero había dejado en su buzón, literalmente por la patilla. Atrás quedaba entonces Vicente Luis Mora, convertido hace eones en estandarte de la honestidad porque glosaba brevemente su relación personal con el reseñado antes de valorar sus publicaciones. Atrás quedaba poner las cartas sobre la mesa. Desvelar la inevitable parcialidad de cada selección de novedades. Durante un breve lapso de tiempo arrasaron las denuncias sociológicas, rollo periodismo de investigación conspiranoico, de forma que La medicina de Tongoy y Patrulla de Salvación hicieron el agosto. Mientras tanto, críticos de chaqueta y corbata como Alberto de Santamaría debatían sobre el estado de la crítica, añadiendo un anillo más de reflexión metaliteraria a una discusión que comenzó cuando Juan Malherido descubrió que, si uno escribe desde la ironía, basta con leer en diagonal una novela hasta la página 80 y (el toque del chef) colgar fotos de tías en cueros para canalizar cientos de miles de visitas hasta un blog.

Todo esto es el pasado, por supuesto. Malherido y Tongoy antes molaban, pero ahora están como reformados, salvando las pullas mutuas entre ellos. A falta de nuevos malos de la peli, Patrulla de Salvación tiene poca gente que salvar de la inmundicia literaria que —según ellos— nos cubre hasta la cintura. Los Adisson de Witt, enemigos confesados de las corruptelas y el amiguismo, chaparon el chiringuito porque «los objetivos del blog han sido, al menos, parcialmente cubiertos». La crisis no solo ha llenado nuestras librerías de marketing y accesorios, tacitas de James Joyce en La Central; también ha dejado en números rojos a los sellos que antes fueran señalados con el dedo por haberse gastado el dedo en veinteañeros. Desvelar los premios amañaos, acordarse de la madre del poeta y del editor, desinflar a los jovencitos pretenciosos, reivindicar la literatura de importación frente a los medradores nacionales, fueron objetivos nobles y deportivos de la temporada 2011-2012. Ya no. Intuyendo que este interregno paradisíaco de reseñas a la carta, atención individualizada y entrevistas customizadas no puede durar mucho, cabe preguntarse por el pasado y el presente de una ilusión, la ilusión generacional que tiene entretenidos por igual a periodistas culturales y redactores de libros de texto.

¿Se acuerdan de la generación Harry Potter?

Tampoco hagamos leña del árbol caído. Quizá fuera el intento más bajuno y más fallido de encuadernar a los letraheridos que nacieron entre los 80 y los 90. Pero la estrepitosa recepción de la etiqueta resulta indicativa de un consenso. Muchos críticos piensan sobre los escritores como los antidisturbios sobre los manifestantes: cualquier aglomeración por encima de las veinte personas será notificada y aprobada o disuelta a palos. Sin embargo, la mayoría de los jóvenes escritores que conozco piensan que, salvando bromas como el Nuevo Drama, las generaciones las carga el Diablo. Y tienen razón. Dada la acelerada reposición de ejemplares sobre la mesa de novedades de las librerías, la trinchera donde se juegan las partidas de verdad, resulta prácticamente suicida alinearse con un hastag grupal cuya pronta fecha de caducidad compite en velocidad con la corrupción acelerada con la leche buena. Más llanamente: los encasillamientos generacionales se han mostrado extremadamente valiosos a la hora de distribuir culpas entre justos y pecadores, haciendo que escritores buenísimos fueran acusados por deslices literarios ajenos, pero todavía está por ver si estas simplificadas identidades colectivas incitan a la lectura o, por el contrario, extienden un conocimiento solapado de la literatura, esto es: para juzgar un libro basta con leer la solapa, como dicen los creadores de opinión en Twitter. Lo que está claro es que nadie quiere repetir el mal trago de la Generación Nocilla. Y así tenemos recortadores profesionales como salidos de una plaza de toros, tal que Javier Calvo, cuya buena cintura le ha salvado de las generaciones que buscaban empitonarlo. Y ya van varias.

Ahora que se edita toda junta la Nocilla, la saga de Agustín Fernández Mallo, no resulta gratuito pararse a pensar por qué son tan viejunos nuestros escritores en edad de merecer, por qué practican un storytelling salvajemente costumbrista contra sus mayores, por qué la experimentación interdisciplinar ha caído en desgracia, más allá de los blogs donde los poemitas y las reflexiones jibarizadas andan de la mano. Que cada vez más veinteañeros reivindiquen como sus referentes a narradores castizos de la tradición española quizá solo responda a esa estrategia generacional que consiste en ampararse bajo la protección del abuelo Benet o de la abuela Cela cuando nuestros padres (pongamos, ¿Foster Wallace y Bolaño?) o están muertos o no quieren darnos la paga. También puede ser que las nuevas tecnologías, una vez incorporadas en la vida cotidiana, no ofrezcan las perspectivas de presentismo, fragmentación y conciencia tecnófila expandida, por mucho que insistan los dependientes de ese puestecillo llamado Modernidad; sino todo lo contrario: las novelas de 600 páginas con estructura aristotélica quizá nunca fueran tan necesarias como ahora, justo cuando la errancia en Internet reclama estas píldoras de paciencia y concentración. Claro que también tenemos esa otra lectura, según la cual una vida dañada y alienada vía Whatsapp reclama una sintaxis de encefalograma planito-plano, en conformidad con una adolescencia que ahora llega hasta los 30 años (véase Dirty Thirty, la orgía masiva organizado por los hijos de la casta política). Sea como fuere, algunos juntapalabras noveles se ha revelado contra el postureo modernista, cayendo de este modo en la misma zancadilla que los suplementos de cultura pusieron a los nacidos en los 60 y 70: meter en el mismo saco firmas que deberían juzgarse individualmente, en vez de todas juntas y a bulto.

20 de octubre de 2013

Carlos Taibo: «El realismo es la buena conciencia de los hijos de puta»


Me cito con Carlos Taibo en el Café Comercial aún sabiendo que el nombre del establecimiento quizás choque con la conversación que estamos a punto de mantener. Íbamos a comentar su libro sobre el anarquismo, donde Taibo propone —entre otras cosas— descomercializar a marchas forzadas la economía mundial. Finalmente terminamos hablando de la incidencia del clima sobre nuestra ideología, así que no hubo problemas de concordancia espacio-temporal. Cualquiera podría pensar que éramos unos astrólogos de pacotilla cuestionando una mañana de lunes la equivalencia establecida por algunos entre el sol, el calor y el buen tiempo. Contra el fetichismo del bronceado recordaba mi brillante entrevistado que, según las religiones monoteístas, el Infierno está en pleno agosto siempre. Con razón los habitantes de Oriente Medio no aprecian el fuego eterno de Satán. Y nosotros tampoco.

Carlos Taibo —para quien necesite presentación alguna— es profesor de sociología en la Universidad Autónoma de Madrid, pero todo el mundo sabe quien es por la docena larga de títulos que llevan su nombre en la solapa, los últimos sobre el decrecimiento y el 15-M. Si hubiera unas Olimpiadas para escritores, divididas por géneros y extensión, Taibo sería el Usain Bolt del ensayo. Todavía recuerdo cómo tuve entre mis manos su primer libro sobre el 15-M, apenas unas semanas después de que empezara el movimiento de los indignados, durante la Feria del Libro de 2011. «Menudo máquina está hecho este Carlos», me susurró desde detrás de la barra el vendedor de Catarata, «me factura los temas en un santiamén». Nadie tiene por qué jurarlo. Una antología de pensamiento libertario publicada hará varios años y ahora Repensar la anarquía (Catarata, 2013) ratifican su pericia sobre este tema, uno más entre tantos sobre los cuales Taibo «factura» unos textos cargados de divulgación y ganas de cambiar las cosas.

Entre cafés y recomendaciones bibliográficas, seguidas de un paseo hasta la Gran Vía donde alguien quiso vendernos ciertos asuntos a la llamada de «Mirad, creo que es vuestra, se os ha caído esta sonrisa», vete tú a saber cómo, finalmente terminamos haciendo la entrevista. Aunque no sirva como excusa, yo andaba resfriado ese día y quizá por esa razón busqué trazar puentes entre el pensamiento libertario en el sentido anglosajón (vinculado a cierta noción anarcocapitalista del emprendizaje) y nuestros acratas de toda la vida. Puentes levantados sobre ciertos pasajes del libro: «lo privado no remite ontológicamente a individualismos y egoismos: desde una percepción legítima, una escuela anarquista tiene un carácter privado»; «no cabe descartar que al amparo de [los espacios autónomos] se afiancen la competición y la insolidaridad, con un respeto postrero de las reglas del capitalismo». Puentes que Taibo pudo demoler a golpe de sentido común y precisión conceptual. Más abajo tienen los escombros dejados por semejante trabajo de demolición.



ERNESTO CASTRO. A lo largo del libro presupones una distinción entre libertarios y anarquistas. Con fines meramente clarificatorios, ¿podrías recordarnos en qué consiste?

CARLOS TAIBO. Me interesa subrayar que no pongo mucho acento en la distinción terminológica. Me preocupa mucho más lo que retratan los dos términos. Admito que la distinción terminológica como tal es discutible. Es legítimo que haya mucha gente que considere que anarquista y libertario son sinónimos perfectos. La distinción viene a subrayar que la noción de anarquismo remite a una doctrina establecida, más o menos acuñada, con perfiles precisos, y con un momento concreto de aparición en la historia. El adjetivo libertario a mi entender deja un espacio abierto de prácticas muy dispares, con lo cual no existe esa cosificación ideológico-doctrinal ni existen límites temporales claros. Yo he dicho que en el 15-M hay una vena libertaria, pero nunca diría que hay una vena anarquista, toda vez que esto implicaría un vínculo expreso con una doctrina, lo que, con toda evidencia, no es el caso. O puedo afirmar que Cornelius Castoriadis es un pensador libertario, pero me parece que violentaría un poco la realidad si dijese que es un pensador anarquista, tanto más cuanto que Castoriadis nunca se definió como tal.

Así pues, libertario define un conjunto de prácticas vinculadas con la asamblea, la autogestión, la democracia directa, que son los conceptos que maneja el anarquismo pero que no reclaman claramente un componente ideológico-doctrinal. Por decirlo de manera rápida: hay muchos libertarios que no son anarquistas, aunque cabe suponer que todos los anarquistas son libertarios.

EC. Algo bastante sorprendente para alguien formado en la tradición de filosofía política anglosajona es la ausencia de una discusión sobre el pensamiento libertario en el sentido yanqui del término, que engloba tanto a figuras cruciales de la derecha (Nozick) como de la izquierda (van Parijs). ¿A qué razones responde dejarles de lado?

CT. No sé si soy capaz de seguir el perfil de tu pregunta. La posible contaminación conceptual se deriva del hecho de que en el uso del inglés norteamericano el "libertarian" es un individualista extremo, defensor de la propiedad privada y hostil al Estado porque interpreta que este último es un detractor de impuestos. Entiendo que pueda haber cierta contaminación porque entre nosotros empieza a apreciarse cierto uso similar del adjetivo. Yo no soy quien para negarle a alguien el derecho a utilizar un adjetivo en uno u otro sentido. Lo que quiero subrayar es que el adjetivo libertario tal y como lo hemos manejado aquí históricamente, tal y como yo lo empleo, remite a proyectos comúnmente colectivos o colectivistas que nada tiene que ver con la defensa de la propiedad privada o con el individualismo posesivo. Se sitúan, de resultas, en un ámbito conceptual distinto aunque existan ciertas concomitancias.

En algún momento señalo, con todo, que la discusión relativa al anarquismo individualista tiene su interés. Yo no asumo la perspectiva de la mayoría de los anarquistas colectivistas que dicen: ésos no son anarquistas. Creo que en todo anarquista hay un individualista. Y, si no es así, es que hay algún problema. Lo que ocurre es que ese individualismo se combina eso con estrategias colectivistas, socialistas o lo que fuere. Y en ese sentido lo que estoy afirmando es que desde mi perspectiva hay que considerar en lo que vale la apuesta del anarquismo individualista. Me refiero explícitamente a Stirner, que creo que es un autor mal leído. Sólo se presta atención a la vena individualista y se olvida que no es en ningún modo un autor hostil al tipo de acción colectivista o comunista que reivindicaron muchos de los anarquistas posteriores.

EC. Como bien has dicho, la única diferencia entre los libertarios anglosajones y los nuestros sería esa consideración no peyorativa del individualismo. Así como considerar que una comunidad libertaria posible y deseable debe regirse siguiendo el tipo ideal del contrato original de tal forma que lejos de constituir un nuevo pequeño Estado, cuya estructura nada tiene que ver —pace Hobbes y Rousseau— con la noción de contrato, sea una comunidad de adscripción voluntaria en la cual quienes no están conformes con la voluntad de la mayoría no solo puedan debatir y protestar sino también retirarse de la comunidad política con su dotación equitativa de bienes.

En relación con esto último quisiera preguntarte qué entiendes por una «emancipación generalizada» que no recaiga en la formación de pequeños Estados, como dices en el libro, porque en un determinado momento otorgas un privilegio a lo que sería el anarcosindicalismo frente a los grupos de afinidad. Sin embargo, son estos últimos los que llevan hasta sus últimas consecuencias el principio de las comunidades de adscripción voluntaria, a diferencia del sindicalismo entendido como la defensa de los intereses de asalariados que, en primera instancia, no han elegido con total libertad trabajar o pertenecer a este sector productivo. ¿En qué medida puedes hacer compatible la defensa del principio de adscripción voluntaria y el privilegio concedido al sindicalismo libertario?

CT. Me parece que el nicho orgánico de los grupos de afinidad no remite a la construcción de comunidades sino a una forma de acción. Refleja el designo de reunir a personas que son muy afines y que, por estar de acuerdo en lo principal, actúan. Esos grupos no remiten a la construcción de una comunidad en el sentido de que no aspiran a construir una estructura política, económica y social que implique un cambio de las reglas del juego. Creo que se trata más bien de formas organizativas tradicionales. Y en ese terreno no son muy diferentes del anarcosindicalismo, aunque su perspectiva refleje mucho más los lazos de afinidad, como dice el nombre, que en el caso del anarcosindicalismo, que remite a una lógica laboral que viene más dada por las reglas del juego del sistema y por la necesidad de responder de una determinada manera a las agresiones que llegan de arriba.

No comparo esas dos estructuras por su capacidad de transformación social. Me limito  a decir que en el mundo libertario el anarcosindicalismo tiene hoy, como tuvo en el  pasado, más peso orgánico que los grupos de afinidad. De hecho, la mayor parte de los compañeros anarquistas que conozco no están en un grupo de afinidad. Y sí están en cambio en un sindicato o en un ateneo libertario, figura que remite a una tercera lógica distinta. Lo único que quiero subrayar es que se trata de formas orgánicas distintas, de tal suerte que el anarcosindicalismo tiene más peso que las demás. Y al tener más peso intuyo que es una estructura más fértil en términos de construcción de ese mundo distinto en el que las reglas del juego deben ser diferentes de las del entorno actual.

Cierto es, con todo, que estamos obligados a subrayar que en el propio anarcosindicalismo la manifestación de formas de cultura autogestionaria es mucho más débil de lo que pudiera parecer. Criticamos a los sindicatos mayoritarios porque son incapaces de articular ningún proyecto de este tipo, pero habría que preguntarse cuáles son las dinámicas autogestionarias promovidas por las organizaciones nominalmente anarcosindicalistas. Son prácticamente nulas. Claro es que se puede decir que esas organizaciones son incomparablemente más débiles que los sindicatos mayoritarios y que esa circunstancia limita sus capacidades. Pero aún así me temo que no hay, ni en el caso de los grupos de afinidad ni en el del anarcosindicalismo, elementos sustanciosos  que contribuyan a relacionarnos fluidamente con un proyecto de emancipación y de generación de un mundo diferente desde abajo.

EC. En un pasaje bastante sugestivo del libro vienes a plantear qué sería hoy una utopía. ¿Es más utópico pensar una posible reforma socialista del FMI o una emancipación generalizada respecto del Estado? No llegas a abordar en el libro posibilidades efectivas, utopías reales promovidas —¡ay!— desde instituciones tradicionalmente jerárquicas, solo que puestas ahora en beneficio de un proyecto emancipatorio. Estoy pensando en cosas como la Renta Básica, un ingreso mínimo asegurado por el Estado que lejos de generar mayor dependencia estaría orientado a fortalecer el poder de negociación y la independencia material de todos. ¿Que posición sostienes en relación a estas propuestas?

CT. Suelo decir que la renta básica, vista como una fórmula de transición, me parece respetable. Pero si se plantea como un proyecto que es un fin en si mismo, entiendo que arrastra problemas graves. Hasta donde yo creo entender las cosas, la renta básica implica que una institución jerárquica establezca las reglas del juego. Ello mismo está implícito en tu pregunta. Si el mundo nuevo que se quiere construir se asienta ante todo sobre la idea de autogestión, autogestionar la renta básica me parece extremadamente difícil. Me manifiesto siempre muy receloso a suscribir cualquier tipo de estructura que implique el concurso del conjunto de instituciones y jerarquías realmente existentes, por mucho que el objetivo sea construir fórmulas que tengan la autogestión como elemento central. Creo que hay una contradicción en ello.

En algún momento del libro me refiero a una discusión que tiene cierto relieve en los debates libertarios: la cuestión del periodo de transición. Parece que la mayor parte de los teóricos del anarquismo son hostiles a la idea de que debe haber un periodo de transición. Sostienen, un poco a tono con la discusión anterior, que la correlación estricta entre medios y fines hace que una vez iniciado el supuesto periodo de transición se esté alcanzando ya la etapa final. Me temo que ésa es una posición demasiado rígida. Naturalmente que tiene que haber una fase de transición en la cual fórmulas como la renta básica pueden desempeñar su papel. Cuando yo hablo de decrecimiento, con muchas cautelas sugiero que, dado que el programa correspondiente generará problemas inevitables, una forma de reducir el relieve de esos problemas sería estipular un ingreso mínimo.

Pero, y yendo ya a la cuestión principal sobre la utopía, cada vez me manifiesto más reticente ante las propuestas realistas. El otro día cayó en mis manos una frase de Bernanos, que decía algo así como que el realismo es la buena conciencia de los hijos de puta. Todos los hijos de puta dicen: la realidad es ésta y no podemos sortearla. Y la realidad es aquello en lo que se sustenta su condición de hijos de puta. Cuanto más nos alejemos del crudo realismo, más prudente y "realista", valga la paradoja, será nuestra compostura.

EC. Ahora bien, cuando estamos en una coyuntura donde lo que está en juego no es solo el socialismo o la barbarie, sino la práctica desaparición de buena parte de la flora y la fauna de este planeta, además de poner en jaque el propio sustento material de la existencia humana como especie, ¿no resulta acaso un tanto dogmático considerar, como tú haces, que la izquierda tradicional no sea un polo de debate o discusión? Siempre he pensado que hay ciertos solapamientos, tanto normativos como programáticos, entre posiciones ideológicas muy alejadas. Estoy pensando en la extraña coincidencia entre liberales y teóricos del decrecimiento.

En un libro sobre el asunto tú mismo sostienes que el programa mínimo del decrecimiento consiste en promover tasas de crecimiento del PIB inferiores al 2 por 100. Curiosamente, el modelo de capitalismo librecambista que promueven los liberales, carente de estímulos estatales, tuvo tasas irrisorias para nuestra mentalidad contemporánea, rondando crecimientos del 1 por 100 anual durante el periodo victoriano. Tú mismo sostienes que, lejos de la imagen apocalíptica que delinean los economistas tradicionales, el decrecimiento supondría regresar (en el corto plazo) a los niveles de producción y consumo de los años 60, solo que mejor distribuidos globalmente.

Así pues, durante la mentada fase de transición, aún cuando no queramos incurrir en el más pueril de los pragmatismos electoralistas, ¿no habrá —por así decir— que pactar con un buen número de hijos de puta? ¿No crees que conviene señalar los puntos de confluencia entre posiciones ideológicas que, teniendo un programa de valores y objetivos distintos, finalmente terminan generando resultados bastante similares?

CT. Has utilizado dos verbos distintos, Ernesto. Primero has dicho dialogar y luego pactar. Dialogar, por supuesto. Faltaría más. Yo estoy en diálogo permanente con mucha gente. Aunque creo que no me escuchan mucho. Hablo en varios momentos del libro de la necesidad de dialogar con otras corrientes y tradiciones. A menudo se revela en el mundo libertario un infeliz aislamiento que se asentaría en una hiperlucidez que no conduce a nada. Los hay que son tan puros que al final no hacen nada. Pactar es otra historia distinta. Voy a utilizar un argumento personal. Considero que mi deber cívico consiste en oponerme a determinado tipo de pacto de mínimos que no hace sino reproducir la miseria del orden existente. Ya hay demasiada gente que está por ese tipo de pacto. Si no acierto a apreciar cuáles son las secuelas saludables de esos pactos, me parece evidente que la lógica de las instituciones y del parlamento penetra de manera tan poderosa en la cabeza de muchas gentes que hacen que queden totalmente incapacitadas para luchar en la vida cotidiana. En un momento del libro cito a Ricardo Mella, quien respetaba que la gente votara, le parecía muy bien, pero le preocupaba mucho más saber a qué hacían esas personas los 364 días restantes del año. Y a mi también.

Lo que hay en la trastienda es un problema grave de determinación de objetivos. Cuando Izquierda Unida dice que su macroprograma consiste en buscar una salida social a la crisis, me parece que se está retratando. Hay una dramática incomprensión de todo aquello que va más allá del corto plazo. Pactar con esas posiciones me resulta extremadamente difícil. Todos decimos, por lo demás, que hay que buscar acuerdos, cuanto mayores mejores, pero todos establecemos líneas rojas con quienes no estamos dispuestos a pactar. Y tan lamentable, o tan respetable, es una línea roja como otra. Yo  preguntaría: ¿y con quién vamos a pactar? Hay gente que diría que podríamos incluir a muchos votantes del Partido Popular que son gentes respetables y sensatas. ¿Tenemos que incluir al Partido Socialista en esos pactos? ¿Tenemos que incluir a los sindicatos mayoritarios? Aunque todas las posiciones son respetables, no me queda otra que enunciar la mía: creo en el acuerdo de quienes defienden en todos los órdenes la autogestión desde abajo y son conscientes, en paralelo, de lo que significan la corrosión terminal del capitalismo y el colapso que le sigue.  

Debo agregar que la mayoría de las veces no entro al trapo de estas discusiones. He hecho alguna excepción, sin embargo, con determinadas derivas que afectan al 15-M. Me ha resultado extremadamente molesto escuchar voces que, dentro del movimiento, hablaban de configurar un partido político, rompiendo claramente con las reglas de juego que entiendo se establecieron en su momento. Como testimonio alternativo, cabe elogiar a muchos militantes de partidos que están en el 15-M y que se oponen a la instrumentalización política de éste y defienden que perseveren en su condición de espacio de autonomía y autogestión. Salvo en este debate sobre reglas elementales, mi posición suele ser tan abierta al diálogo como escéptica con respecto a las posibilidades de sacar algo en claro. Soy profundamente escéptico, en particular, en lo que se refiere a modelos como el de Syriza en Grecia. Son una ilusión óptica. Creo que muchos de  los críticos de Syriza empiezan a encontrar mayor eco porque perciben con claridad que hay un proceso de incorporación a las instituciones tradicionales, con el consiguiente rebajamiento de objetivos programáticos, además del abandono sustancial de cualquier radicalidad desde la base. Es algo que hemos vivido muchas veces. Aunque la gente juzge que este debate es nuevo, tiene ya doscientos años.


EC. Y en lugar de valorar el rebajamiento del radicalismo como algo negativo, ¿no habría que juzgar positivamente la voluntad de aglutinar mayorías sobre cierto programa emancipatorio mínimo? Sobre la conversión de las CUP o de Syriza en proyectos políticos de mayor alcance con una dimensión claramente partidista alejada del mutualismo primigenio, ¿acaso son incompatibles ambas dimensiones? ¿Acaso cierto tipo de delegación burocrática no es necesaria mientras trabajamos en una escala pequeña, dado que los problemas de nuestro tiempo precisamente tienen lugar en esferas financieras y ambientales que escapan a cualquier control por parte de organismos de tamaño reducido como los propugnados por el pensamiento libertario de raigambre ecologista?

CT. Me he topado con cierta frecuencia en Facebook con el argumento de las mayorías. Alguien dice: «Lo que tú reivindicas, Carlos, está muy bien, pero es un proyecto de minorías.» La réplica es inmediata: dime cuál es la condición de tu proyecto de mayorías. Me temo que entonces encontrará una justificación plena mi proyecto de minorías. Si para conbigurar un proyecto de mayorías debemos contar inexorablemente con las cúpulas de CCOO y UGT, mejor apagar y marcharse. Un ejemplo de las perversiones de los proyectos de mayorías lo aportaron las manifestaciones contra la guerra de Iraq en 2004. ¿Qué ha quedado de ellas? Absolutamente nada. Hay, por lo demás, una prueba del algodón en lo que respecta a las nuevas formaciones políticas, se llamen Bildu, Sortu, las CUP o Syriza. A saber, ¿qué tipo de proyecto autogestionario defienden? Ninguno, con la parcial excepción de las CUP. Cuando una formación política está en las instituciones pasa ipso facto a abandonar cualquier coqueteo que hubiera podido tener en origen con la autogestión. Yo me pregunto si esto no se debe a alguna ley inexorable. Quién está por la autogestión no está en las instituciones. Cuando me piden que respalde ciertas opciones electorales, me pregunto por qué esas mismas opciones no respaldan con orgullo las prácticas autogestionarias que nacen de abajo. Admito, aun así, que el proyecto de las CUP es el que plantea mayores perspectivas de análisis sugerente. Es cierto que ahí hay una apuesta que nace de la vinculación con la democracia directa en pequeños municipios.

En cuanto a la delegación, en la práctica libertaria hay una prosaica aceptación de alguna forma de aquélla, bien que sometida siempre a reglas muy estrictas. Me importa subrayar que la apuesta libertaria no sólo defiende la democracia directa: reclama una reconfiguración radical de la sociedad que propicie ese escenario. Eso es lo que debería formar parte del proyecto de mayorías. Decrecer, destecnologizar, desurbanizar, descomplejizar. Me temo que el grueso de las instancias llamadas a participar en esas mayorías ni siquiera se plantean estos asuntos. En los programas de la izquierda tradicional, ¿hay algún acercamiento serio a la perspectiva de la desurbanización? ¿Hay algún cuestionamiento de lo que implican las ciudades? ¿Y decrecer? Algunos me preguntan si hay partidos que me invitan a hablar de decrecimiento. Sí, cuando no están en el parlamento. El caso más extremo es acaso el de Equo. Se supone que era una fuerza política que, por su condición de punto de partida, por sus vínculos con la ecología política, estaba llamado a asumir un proyecto de decrecimiento. Nada de eso- Creo que, como quiera que en las últimas elecciones generales el propósito de esa formación política fue atraer electores indecisos entre IU y el PSOE, se estimó que lo del decrecimiento podía hacer daño en la medida en que podía entenderse como un polanteamiento demasiado radical. Si eso hace Equo, ¿qué harán los demás?

La mía no es una actitud de dogmatismo cerril que se niega al diálogo. Quienes creemos que el colapso está a la vuelta de la esquina tenemos que pactar con quienes asumen medidas para que el colapso no llegue o, al menos, se postergue o limite. Las posibilidades de alianza son, entonces, y hoy por hoy, muy reducidas