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7 de septiembre de 2014
Llámalo XXX. Así funciona la censura interna en el discurso público de Podemos.
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17 de noviembre de 2013
Tras la muerte de Tarzán
Sobre la zoofilia han recaído las
peores acusaciones feministas. Tachados de patriarcales para arriba, herederos
de una mentalidad dominadora de la Naturaleza, los zoófilos quedaron marginados,
en líneas generales, de la revolución sexual sesentayochista. Con todo,
provienen de entonces las pocas leyes permisivas hacia ellos; es el caso la
recién derogada legislación alemana. Los conatos de pederastia, eso sí,
camuflados bajo la cortinilla de la nueva pedagogía, nunca fueron bien vistos
por el grueso de la población, no así por los profesionales de la emancipación
erótico-festiva, quienes siempre vieron en el contacto carnal con los infantes
una liberación de los esquemas educativos freudianos, más que otra cosa (véase Cohn-Bendit). Pero
la hostilidad hacia la zoofilia por parte de las distintas variantes del
feminismo sigue siendo arena de otro costal. Y con razón. Bajo un régimen de producción agraria, los practicantes de esta opción
sexual eran, en su mayor parte, los repudiados, los losers, los neófitos del sistema patriarcal, no menos conchabados
por ello con la misoginia y cosas similares: muchos campesinos reproducían
entonces esta mentalidad de forma distorsionada en sus encuentros con animales;
la
tradicional violación de orangutanes depilados, perfumados y maquillados en
Indonesia y en Tailandia muestra la pervivencia de este espíritu entre algunos
estratos de la clase adinerada, quienes además no tienen ningún interés en el
bienestar del animal, y cometen por ello auténticas salvajadas, a diferencia
del campesino cuyo alimento y cuyo techo dependía —quieras que no— del buen
estado de sus amantes/ganado.
Hablamos en todo momento, que
conste en acta, de la sociedad campesina occidental a mediados del siglo XX;
sobre el resto de sociedades quedan, sí, muchas narraciones mitológicas y
bastantes condenas inquisitoriales, pero también pocas estadísticas fiables. En
los Estados Unidos estudiados por Alfred Kinsey en
1953 mediante un conjunto de 11.000 y pico entrevistas los resultados no
dejan espacio para la duda: entre un 40 y un 50 por 100 de los varones rurales
había tenido once upon a time
encuentros sexuales con animales; en términos totales, un 8 por 100 de la
población varonil americana había catado otra especie, comparado con solo un 3
por 100 de la población femenina. ¿Conclusiones? Parece evidente que las prácticas con animales conformaban un mecanismo
de iniciación en la materia para buena parte de los varones poco duchos en las
arduas labores de la seducción del género opuesto. Estos eran los primeros
pasos (bestiales, si se quiere) de los futuros buenos esposos. Los campesinos
recurrían a los mamíferos más cercanos y mejor dispuestos a falta de algún hommo sapiens sapiens que oficiara el
trabajo más viejo de todos. Recordemos, para los olvidadizos, que las putas
no son tan viejas como parecen, dicho sea de paso: dejando de lado las mujeres
tocadas por los dioses de la Antigüedad, y centrando nuestra atención sobre el
Occidente moderno, la prostitución es un fenómeno más o menos renacentista,
como cuenta muy bien Silvia Federici en Calibán
y la Bruja, coetáneo a los primeros cercamientos de la propiedad comunal
campesina. En Estados Unidos, el fenómeno estuvo circunscrito a las grandes
ciudades, con el bozal siempre presente de la mentalidad puritana, como en
todas partes. En el campo imperaba, mientras tanto, una imagen cercana a los Lonesome Cowboys de Andy Warhol. Un despiporre, vaya.
Con la llegada del siglo XXI, uno
podría esperar que las rencillas entre feministas y zoófilos se hubieran
pulido, cuanto menos, en proporción a la caída en desgracia del campesinado
occidental, cuyo peso relativo respecto del grueso de la población de los
respectivos países de la OCDE ha llegado hasta mínimos históricos. El éxodo rural ha transformado, por la
fuerza, la zoofilia en una opción sexual infrecuente, cuando no distinguida.
Frente a la antigua usanza rural, que tanto gustaba de los esfínteres alocados
de las gallinas decapitadas, o de la indolencia juguetona del ganado vacuno,
que ni siente ni padece el miembro humano, en la última mitad del siglo XX se
ha consolidado un cierto gusto equino.[iii]
Esta fascinación hacia el caballo, cuadrúpedo de porte y nobleza sin par,
retratada con finura en la obra teatral Equus
(Peter Shaffer, 1973), revela de suyo el esnobismo urbanita existente en las novísimas preferencias
zoofílicas. La fascinación, para curiosidad del lector, suele seleccionar a
sus víctimas entre intelectuales de ciudad que nunca han visto un caballo,
salvo en sueños húmedos. En esto también se diferencian del follacabras franquista en el granero, quien solía tener cierto retraso,
comprobado en términos estadísticos: no es un invento de Delibes y sus retratos
costumbristas; estas deficiencias redundan en detrimento de la periclitada
seducción y el anhelado maridaje, reduciendo las posibilidades de procreación y
emparejamiento. Sea como fuere, la rareza del asunto hoy día ha propiciado la
irrupción de presuntas explicaciones científicas, dada la natural tendencia de
los psiquiatras a considerar como enfermedad la anomalía salvaje, la desviación
de la norma, la minoría silenciosa que hasta ayer mismo sostenía —por decirlo
con Fdez. Porta— el Consenso Nacional
Deseante. Sin embargo, cualquier intento de homologar la figura universal
de El Zoófilo se encuentra con las disparidades insalvables entre el Ancien Régime Zoosádico, todavía
presente en aquellos documentos audiovisuales donde —por ejemplo— una mujer
resulta penetrada por un caballo para mayor escarnio de ambos, y Los Nuevos Zoófilos, mejor preparados y
más comprometidos, quienes suelen alternar una relación sentimental monógama
hacia su mascota (tengan en cuenta la atención cuidadosa que ello comporta) con
alguna forma o suerte de militancia en favor de los derechos animales. No
quisiéramos entrar en valoraciones científicas, así que deseamos desde aquí
buena suerte a los expertos, quienes aspiran a comprender las motivaciones y la
psicología de El Zoófilo, unos asuntos que nos resultan bastante extraños, pues
consideramos tal reducción analítica una empresa fallida de antemano, por las
razones que hemos expuesto arriba.
Una vez expuestas estas
diferencias, permitidme recuperar el hilo central de mi argumento: ¿por qué
razón no se produce una alianza más estrecha entre feministas (tanto liberales
como radicales) y zoófilos? Dejando de lado la espinosa cuestión del
consentimiento y del sufrimiento, dando por sentado que los portavoces de los think tanks incurren en equívocos cuando
utilizan el membrete «libre, voluntario y
consentido» para denotar la disposición del animal durante las prácticas
sexuales, concediendo también que los defensores de los derechos animales
reclaman con justicia controles de calidad para evitar la confusión entre
zoofilia y zoosadismo[iv], el
uso de las zonas erógenas con fines dañinos o denigratorios para ambas partes,
y suponiendo que los amantes (de los
animales) son también defensores de
los mismos y de sus intereses, no se entiende el rechazo frontal que ha
suscitado esta opción sexual entre una opinión pública favorable a la
emancipación de las sexualidades divergentes respecto de la norma. La respuesta
a tamaño desencuentro estriba en la composición tanto social como mental de las
organizaciones que monopolizan la causa de la zoofilia. Todavía ancladas en una estrategia de oposición antagónica, gracias una
teoría de los dos mundos (o conmigo o contra mí), estas organizaciones no
saben, no contestan o no quieren convencer a la opinión pública. Sus posiciones
son políticamente refractarias, sus argumentos parecen sacados de Walt Disney
(«Mi gato dice sí quiero»), no saben
jugar la baza —fundamental— del liberalismo permisivo con restricciones
biempensantes, la κοινὴ de las
demandas ciudadanas occidentales durante las últimas décadas.
Veamos el
caso alemán, por ejemplo. A primera vista, la campaña por su legalización
parece un movimiento sociopolítico tan patriarcal como cualquiera compuesto en
su mayoría por varones sin conciencia de género. O con demasiada conciencia,
dirán algunos. Los cabecillas de la ZETA, la principal organización que defiende
esta causa en Alemania, son varones blancos de clase media. Sus comunicados
interpelan a la comunidad en masculino primera persona del plural. Las amantes/mascotas posan muy bien junto a
sus dueños: hembras serviciales —perras casi todas— meneando la colita. Michael
Kiok, el führer de la ZETA, no solo
reconoce a su adversario político en algunas mujeres politizadas, quienes se
presume están preocupadas en exceso, dado su espíritu maternal y demás blablablás, por el bienestar de los
animales, hacia los cuales las hembras siempre tienen una actitud de protección
desmedida; no solo piensa esto Kiok, sino que también tiene mal gusto para
decirlo: «Es más fácil comprender a los animales que, por ejemplo, a la
mujeres». #FacePalm
En suma, las asociaciones
zoofílicas realmente existentes sí son poco/mucho/bastante
patriarcales. En lugar de combatirlos
desde la izquierda, siendo ellos inexistentes en términos políticos, y nosotros
muchos & valientes, la tarea consiste en plantear por qué esta sexualidad
alternativa, con todos los matices históricos realizados, no encuentra los
apoyos que debería. A fin de cuentas estamos hablando de un colectivo de
tolerantes ilustrados cuyo objetivo en última instancia consiste en derribar
las barreras de la sexualidad antropocéntrica. ZETA significa Zoophiles Engagement für Toleranz und
Aufklärung. Esto es: Compromiso
Zoofílico con la Tolerancia y la Ilustración. Con tan nobles siglas, la Toleranz y la Aufklärung, ningún filósofo que reflexione desde su butaca sobre el
asunto puede concluir que la ZETA resulta sospechosa de complicidad con el
patriarcado. En Alemania, sin embargo, todo el espectro ideológico ha
respaldado la prohibición de la zoofilia el pasado mes de febrero. Ahora bien,
¿acaso la permisividad hacia prácticas sexuales distintas a las nuestras (quien
quiera que seamos nosotros) no conforma, junto con la libertad de culto
religioso y la separación de poderes, algo así como el corazón ideológico del
liberalismo? Es más, ¿acaso la defensa de la zoofilia como opción válida no
constituye —en cierto modo— la culminación de las luchas por la liberación
sexual iniciadas en los sesenta?
Piensen en ello.
[i] Para
una cronología de las prácticas sexuales con animales que abarque tanto la
herencia europea como el resto de tradiciones en su conjunto véase Hani
Miletski: "A History of Bestiality" en Andrea M. Beetz & Anthony
L. Podberscek (eds.): Bestiality and
Zoophilia, Purdie University Press, 2005, 1-23.
[ii] Me remito a una suerte de clásico, el Manifiesto Contra-sexual de Beatriz
Preciado, donde la importancia concedida a la enajenación contractual de la
sexualidad no deja lugar a dudas: estamos hablando de acuerdos consentidos por
escrito entre sujetos jurídicos adultos. En el margen del contrato sexual
quedan —entiendo— quienes no saben (y no pueden) leer o escribir. Los animales,
claro. En repetidas ocasiones ha expresado Beatriz Preciado, por cierto,
juicios contra los argumentos anti-especistas de Peter Singer, quien según
muchos habría arruinado su carrera como filósofo ilustrado y moralista seriote cuando puso de moda el tema del heavy petting con animales. Sobre
este punto —me pregunto— ¿también estarán Singer y Preciado en desacuerdo?
[iii]
Esta evolución del gusto hacia seres con cierta carga onírica y esta elevación
del coeficiente intelectual entre los practicantes de la zoofilia, así como la
pertinencia de la distinción entre zoosadismo y zoofilia, pueden documentarse
en Christopher M. Earls & Martin L. Lalumière: "A Case Study of
Preferential Bestiality", Arch. Sex.
Behav, vol.
38, 2009, 605-9.
[iv] Mas sobre la distinction zoofilia/zoosadismo en Colin J. Williams
& Martin S. Weinberg: "Zoophilia in Men: A Study of Sexual Interest in
Animals", Arch. Sex. Behav.,
vol. 32, 2003, 523-535.
6 de noviembre de 2013
Ser blanca y funcionaria
Durante el último cuarto de
siglo, las sucesoras del feminismo más favorecidas por las editoriales
anglosajonas han centrado su agenda política sobre la performatividad del
género. Bajo este ambiguo paraguas experimental se han cobijado muchas
prácticas corporales, desde la inversión sexual paródica hasta el desajuste
hormonal voluntario, en el nombre de impenetrables presunciones ontológicas. Tras
el desplome del socialismo real, apenas ninguna tendencia intelectual adscrita
por defecto a la izquierda, con excepción de la conciencia ecológica y
animalista, ha gozado de mayor atención académica y de mayor actualidad
mediática. Para cerciorarse de la elevada cultura libresca del movimiento basta
con revisar el mínimo común bibliográfico visitado, comentado y revisitado por
sus autores: Hegel o Spinoza, Foucault o Derrida, Lacan o Deleuze, los grandes
filósofos nunca faltan a su cita con el género. Entre la ensalada de
referencias característica de toda Gran Teoría, objetivos políticos mundanos
marcaron, en realidad, la pauta de los escritos. No en balde, la liberalización
de las relaciones personales, en el sentido más comercial del término, y el
reconocimiento de la igualdad de intereses, en el sentido más ilustrado del
término, estuvieron en el horizonte de las guerras culturales que revolvieron
la opinión pública en el Atlántico Norte desde finales de la década de los
ochenta, creando las condiciones de posibilidad para la renovación de los
estudios de género.
En cuanto a la dimensión práctica de la teoría, títulos como el Manifiesto Contrasexual no llaman a engaño: publicado en el año 2002, en el contexto de unas elecciones francesas marcadas por el inesperado sorpasso del Frente Nacional hasta la segunda ronda de las presidenciales, esta recopilación de artículos, precedida por una batería de principios para la construcción de una sociedad utópica, asientan un paradigma de intolerancia feminista como estrategia de provocación, en la venerable tradición del Manifiesto SCUM de Valerie Solanas. Preciado recurre a la parodia como técnica de desencantamiento, utiliza los órganos protésicos como herramientas de desnaturalización y, entre los susodichos axiomas normativos, propone la abolición de todos los derivados del matrimonio liberal regulado por el Estado en un sugerente tour de force, cuya actualidad aumenta por momentos con el triunfo de los socialistas en Francia, que prometen legalizar el matrimonio homosexual. Sus prácticas de género favoritas contienen, sin embargo, un ambivalente componente económico, no exento para nada de consideraciones ideológicas en términos de clase. «Decido conservar mi identidad y tomar testosterona —reconoce con sinceridad en Testo Yonki— sin entrar en un protocolo de cambio de sexo. Esto es un poco como morderle la polla al régimen farmacopornográfico. Esta posición es, por su puesto, un lujo político. De momento puedo permitírmelo porque no tengo que salir a buscar trabajo, porque vivo en una ciudad de más de ocho millones de habitantes, porque soy blanca, porque no espero ser funcionaria»
Por otro lado, estas
limitaciones están presentes en Judith Butler, la pionera cuyas fluctuaciones sintetizan
el ambiente del periodo. Sus señas de identidad sociológica reflejan, de hecho,
el carácter representativo de su persona. De ascendencia familiar alemana y de
herencia intelectual francesa, esta intelectual californiana con pasaporte
norteamericano constituye una muestra de la heterodoxia filosófica propia del
circuito académico del Atlántico Norte. Por otro lado, el estilo que atraviesa
sus escritos, en tercera persona y desapasionado, le garantiza una posición
excéntrica dentro de un género literario como este, tan proclive a la declamación
autobiográfica. Así, Gender in trouble
no es solo el mejor comentario hasta la fecha de la teoría de género francesa,
sino también un formidable ejemplo de solipsismo ideológico, escrito desde
ninguna parte. Con la excepción de la «Posdata final no científica», con una
extensión aproximada de seis páginas, centrada sobre el recurso a determinados
prejuicios culturales en los criterios de atribución sexual de los recién
nacidos, el resto del libro, doscientas y pico páginas de comentario puramente
bibliográfico, ameritan la acusación formulada, desde dentro de la teoría
queer, por las discípulas aventajadas de la clase: Butler no tiene cuerpo. En
caso contrario, ¿dónde están las credenciales de rareza sexual? Las
publicaciones posteriores serán como una toma de tierra en este sentido: en un
sorprendente ejercicio de confesión sincera, nuestra catedrática en identidades
preformativas justificará entonces su preferencia por la negatividad en
términos de un reconfortante determinismo social — «Yo tiendo a pensar que esto
es simplemente lo que ocurre cuando una niña judía con una herencia psíquica
del Holocausto se sienta a leer filosofía a una edad temprana, especialmente si
recurre a la filosofía en circunstancias violentas» —, y detallará su programa
político acudiendo a un vaporoso imaginario humanista, formulado en términos de
dignidad personal y de libertad de elección. «Lo que me motiva políticamente y
lo que quiero alcanzar —concreta en “La cuestión de la transformación social”—
es aquel momento en el cual un sujeto —una persona, un colectivo— afirma su
derecho a una vida habitable en ausencia de una autorización previa, de una
convención clara que lo posibilite.»
¿Qué balance merece este
programa? Sería injusto evaluar los frutos de esta ambiciosa propuesta con tan
poco margen, máxime si tenemos en cuenta la multiplicidad de frentes de batalla
abiertos y la dispersión de los militantes por la causa. Por lo pronto, cabe
constatar que la rápida incorporación de
esta corriente en el circuito comercial del sector servicios no ha ido en
detrimento de sus virtudes definitorias: la pluralidad como bandera y la
despatologización como meta, todo ello aderezado con una estética juvenil
contestataria, propia de la última argamasa contracultural prêt-à-porter. A su vez, el reconocimiento institucional de ciertas
estrellas intelectuales ha producido un provechoso relevo generacional,
caracterizado por un mayor compromiso con la democratización de las prácticas
de género, fomentando el acceso a capas menos favorecidas económicamente, y
buscando alternativas a la divergencia clasista ya destacada por Preciado. En
cuanto a la cristalización de las demandas efectivas, como el reconocimiento
estatal de la legitimidad de más de cinco géneros diferentes, las cosas de
palacio van despacio, pero el contexto juega en favor de la creciente
liberalización de las identidades personales y, en términos comparativos, el
camino recorrido resulta impresionante. Entre la Declaración de Olympique de Gouges, la convención de Seneca Falls y
el sufragio universal en el Atlántico Norte mediaron, respectivamente, medio
siglo o más. Teniendo en cuenta la actual participación en el sistema de
congresos internacionales de las principales teóricas de género, la comparativa
solo puede esperanzar a quienes luchan por traducir en el escenario político
toda la purpurina intelectual de las disidencias de género realmente
existentes.
[Publicado originalmente en Saramago. Octubre 2012.]
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