21 de noviembre de 2013

El Hombre Murciélago tiene coleta y barba del chivo.

Entrevista con Pablo Iglesias.

Buscar un hueco en la agenda de Pablo Iglesias es poca broma. Estamos hablando con una figura pública solicitada de continuo en tertulias de todo pelaje y condición. Todavía ignoramos si la fórmula secreta que tiene oculta Pablo Iglesias para estar en todas las cadenas a la vez es su capacidad de comunicación, arrolladora y electrizante, o la máquina del tiempo que ha tenido que inventar ex profeso para llegar puntual a sus citas con los focos. El caso es que pudimos hacernos con unos minutos de su tiempo para charlar sobre los libros que ha ido sacando este otoño. Y es que, a pesar de haber publicado dos libros propios y dos colectivos con anterioridad, la temporada verano/otoño de 2013 ha sido especialmente caliente para Pablo Iglesias. Un volumen colectivo sobre cine y política, un ejemplar de conversaciones con El Nega, el rapero cuyos artículos en KaosEnLaRed generan verdaderos tsunamis de respuestas, y Maquiavelo ante la gran pantalla —el título habla solo— han jalonado el desembarco en el escaparate de novedades de La Central para Pablo Iglesias. Este pavo está hasta en la sopa.

Mientras esperaba la llegada de Pablo Iglesias a su despacho de la Universidad Complutense, haciendo guardia en la puerta del despacho, custodiando el despacho de Pablo Iglesias como quien custodia a Emilio Botín hecho preso, no podía dejar de pensar que la Facultad de Ciencias Políticas tiene un parecido de familia con Gotham City, la urbe gótica de Tim Burton, no la flashy Chicago de Chris Nolan. Y no son solo los contrafuertes de hormigón armado llenos hasta arriba de grafitis que invariablemente juguetean con los nombres de Hitler y Stalin (¿acaso resultan comparables?). Y no son solo los justicieros enmascarados y los decadentes burócratas existentes entre el profesorado, pues haberlos haylos en cualquier facultad con este recorrido histórico y político. Hay algo rollo Batman en Somosaguas y no sé qué aún. Menos mal que la aparición del entrevistado llega para disipar estas reflexiones errabundas, para hacerme esconder en mi mochila mi ejemplar arrugado del The Economist. Y empezamos poniéndonos formales a hablar sobre Giorgio Agamben.

Después de la entrevista, una hora larga dando la chapa a unas infelices que habían quedado atrapadas entre nosotros y la puerta del despacho (compartido) de Pablo Iglesias, habíamos quedado que yo podría acudir en calidad de oyente a una clase suya para ver qué tal el ambiente, cómo pilota la nave cuando las cámaras están apagadas el hombre de la coleta, la barba del chivo y la camisa con corbata de La Tuerka. Hay que decir que fue una experiencia inolvidable. No tanto por el contenido de la clase, que también tuvo cierta enjundia, cuanto por el método de afrontar dificultades pedagógicas que parecen incurables. Y la cosa estaba mala. Qué motivos ocultos pueden tener unos estudiantes que acuden a un seminario donde toca comentar unos textos (en este caso de Immanuel Wallerstein) sin haber buscado siquiera el nombre del autor en Wikipedia es una cosa que escapa por completo a mi sesera. En un grupo de cincuenta alumnos todavía entiendo la gracia del ignorante disimulado entre muchos, poner cara de listo es algo gratis, pero hacer el viaje de ida hasta Somosaguas para calentar la silla en una asignatura de Licenciatura, sabiendo que ese programa de estudios lleva varios cursos extinto, que la asistencia no es obligatoria y además seréis cuatro monos en el aula, resulta bastante kamikaze.

Ante este percal, ¿qué hace Pablo Iglesias? Enseñar que la curiosidad intelectual es la única virtud que tiene que cultivar el estudiante de humanidades, más allá de los apuntes pasados a limpio y en colores fosforito, que cualquier licenciado en ciencias políticas que carezca de esta virtud puede darse por analfabeto funcional, que él prefiere impartir docencia presencial incluso en asignaturas extintas en lugar de corregir trabajos desde casa y mirar hacia otro mientras la calidad de la formación se deteriora porque hacer lo contrario supondría bailarle el agua a la filosofía de los recortes en educación, que La Academia es mafiosa, los profes vagos y el estudiantado jodidamente infantilizado. Pablo Iglesias haciendo de Gothan City una ciudad limpia y segura, una universidad de exigencia y excelencia y experiencia, esta será la imagen que pienso retener en mi mente cuando Francisco Marhuenda o Alfonso Rojo vuelvan a sugerir que el hombre de la barba del chivo y la camisa con corbata de La Tuerka tiene pocas clases. Disfruten de esta entrevista, contiene unas cuantas lecciones:

ERNESTO CASTRO. Antes de nada una aclaración conceptual. En el libro de Maquiavelo ante la gran pantalla y también en ciertos artículos académicos manejas una noción de verdad política como decisión sobre la vida. Aquí surgen dos cuestiones. La primera de carácter conceptual: ¿por qué utilizas el término verdad y no otro cualquiera?, ¿qué implicaciones tiene vincular estas decisiones vitales con la verdad o la falsedad del mundo político que habitamos? Y la segunda, ¿por qué suscribes esta suerte de concepción decisoria sobre la política cuando tu actividad militante tiene que ver ante todo con la canalización de la opinión pública, la aglutinación de mayorías y el refuerzo del antagonismo, ámbitos ideológicos bastante alejados de la toma de decisiones?

PABLO IGLESIAS TURRIÓN. El concepto de verdad en política arranca como algo que me interesa a partir de los seminarios con Andrea Greppi, que es un profesor de filosofía política cuando yo hice el master allí. Me empezó a interesar desde la discrepancia. De alguna forma me apoyo en Giorgio Agamben y una de sus obras fundamentales que es el homo sacer. El homo sacer es una figura que corresponde al derecho romano que se referiría a esos seres humanos que estarían fuera del derecho. En contraposición al bios, ellos serían el zoe. El equivalente a una planta o un animal al que se le puede dar muerte fuera del derecho. Tiene irrelevancia jurídica el que tú mates una mosca, incluso un ratón o una rata (a lo mejor los animales domésticos ya tienen una cierta protección). Esto se aplicaba a los seres humanos. Existe la figura en el derecho romano que Agamben aplica para comprender algunos fenómenos de la contemporaneidad. En particular el Holocausto: los judíos no son exterminados de una manera jurídica, no son condenados a muerte por ningún tribunal, sino que son tratados como lo que Agamben llama nuda vida.

Esto serviría también para entender la situación de los migrantes. En muchos casos no son sujetos de derecho. El objetivo tampoco consiste en comparar el Holocausto con la situación de los ahogados en Lampedusa, un buen ejemplo de esto mismo, aunque cabría indicar que nunca podemos comparar dos cosas iguales: no cabe establecer una comparación entre un boli bic azul y otro boli bic azul. Es para entender todos esos casos que quedan fuera del derecho que Agamben relaciona a su vez con otra noción latina: la patria potestas. La patria potestas implica el derecho de dar muerte como fundamento de la soberanía. No hay soberanía si no hay una posición de exterioridad con respecto al derecho. En el libro digo que de alguna manera el derecho es la voluntad racionalizada de los vencedores. A diferencia de lo que plantean buena parte de las tradiciones políticas liberales, el derecho tiene que tener una fuente que necesariamente que trasciende la legalidad vigente, lo cual tiene que ver con la noción de poder constituyente. El Tercer Reich es un paradigma de esto mismo. Yo leo a Schmitt a través de Agamben, cuyo decisionismo establece que la voluntad soberana se encarna en el propio Führer. Lo que está diciendo, en términos conceptuales, es la verdad, esa excepcionalidad permanente en el Tercer Reich es la verdad de la política si entendemos ésta como el poder y la soberanía. Esto pretende ser una descripción sostenida sobre la lectura de Schmitt, Agamben, Lenin, el Marqués de Sade o Peter Weiss. Todos tienen en común considerar que la soberanía resulta exterior por completo respecto de las estructuras jurídicas vigentes.

¿Por qué esto no opera en el plano de la ideología? Una cosa es hacer una descripción del poder y otra cosa es intervenir políticamente. Ahí sí que se interviene según unas reglas dadas. Yo no actúo como sujeto soberano cuando intervengo en política porque no tengo poder. En todo caso tengo opiniones y cuando las expreso asume una serie de reglas de juego, igual que el abogado hace con las suyas. Los parámetros de la comunicación política están vinculados en todo caso con los planteamientos gramscianos que describo en el libro cuando planteo la disputa por el sentido común general.

EC. Quizás tergiverse las cosas, pero me parece importante relacionar esta cuestión de la verdad política con el fenómeno de movilización de masas que más has analizado, bien desde la Academia bien desde la misma calle, que es la desobediencia civil realizada por los movimientos antisistema. En tu tesis doctoral consideras mayormente inapropiado el análisis de la desobediencia civil en términos del dinanismo constitucional de los regímenes demoliberales. Y también juzgas algo cínico que autores tipo Habermas o Rawls estipulen la necesidad de la sanción como condición de legitimidad democrática de esta práctica política. La inteligencia de tu análisis, a mi juicio, consiste en entender la desobediencia civil como aquella práctica política que cuestiona la autoridad sin incurrir ni en la legalidad, ni en la clandestinidad, ni en el conflicto armado. Es en marcos jurídicos flexibles, según dices, donde puede y tiene que ejercerse, donde la autoridad permite la movilización ciudadana hasta cierto límite. Y el objetivo, aquí está el núcleo duro de tu análisis, no sería tanto forzar las limitaciones del ordenamiento constitucional cuanto hacer visible el conflicto.

Es aquí donde entra en juego el asunto de la verdad política. Tengo una cita tuya de un texto sobre los tutte bianche donde decías que el objetivo último de la resistencia no violenta activa (una forma de desobediencia social y no solo civil) era «situar el problema político del lado del enemigo que se verá forzado a asumir el papel de único sujeto violento». Una década después, en unas reflexiones sobre Agamben, concluías que su lectura trágica de la lucha desde abajo (y contra el poder) «puede dar la impresión de que la única política real (con aspiraciones soberanas) es precisamente un nuevo suicidio de Antígona». ¿Todavía suscribes ambos enunciados? ¿Aún crees que las movilizaciones ciudadanas solo pueden cuestionar la autoridad en tanto puestas ellas mismas en un estado de excepción, vueltas ellas mismas un homo sacer, haciendo visible la violencia que ellas mismas provocan y convocan ante el poder?

PIT. Para nada. Entendiste perfectamente los argumentos de Rawls y Habermas, quienes decían que los desobedientes civiles serían una suerte de Tribunal Constitucional Informal, lo cual equivale a decir que la desobediencia civil está justificada cuando es el propio poder quien incumple la legalidad y son los desobedientes quienes tratan que restaurar las leyes asumiendo el coste de las sanciones judiciales vigentes. Esto para hacer un discurso está muy bien. Fíjense, las personas que resisten un desahucio están en verdad defendiendo el derecho a la vivienda que está en la Constitución. Como elemento discursivo para la comunicación política es excelente. Pero cualquier actor que haga política utiliza distintas tácticas en función de la circunstancia, de su poder y su análisis. La desobediencia civil, ¿por qué resulta exclusiva de contextos jurídicos flexibles? Vayamos a los ejemplos: en una batalla en Siria parecería completamente ridículo que alguien apareciera con las manos en alto porque no hay espacio para la desobediencia civil, porque en ese contexto te matan.

Luego saltas al contexto actual. ¿Deberíamos llevar la política a estados de excepción? Yo creo que no. Por una cuestión no de principios sino puramente táctica. En el contexto político actual, los de abajo, los movimientos sociales, quien quiera una sociedad más justa no tiene nada que ganar. Entramos en un terreno militar. Yo he dicho que las huelgas de hambre son asunto de militares, gente capaz de morir para dañar las filas enemigas, pues hace falta una disciplina y un desprecio por la vida propio del contexto militar. Aplicar esta lógica a las movilizaciones que tienen lugar ahora (insisto: dejando los principios a un lado) me parece una bonita manera de perder.

Mi planteamiento aquí es bastante pesimista. Creo que, paradojas de la vida, lo único que les queda a los de abajo es la ley y el Estado. Cuando los de abajo no tienen poder militar, cuando los sindicatos se encuentran más desorganizados que nunca, cuando los contrapoderes sociales vienen a ser una promesa futura que no está claro cuando llegará, en la medida en que van disminuyendo los derechos sociales, eso se aleja de la gente. Es mucho más difícil que la gente haga huelga cuando no hay sindicatos o cuando tiene contratos precarios. Son las peores condiciones para formar contrapoderes sociales efectivos, independientemente de las mistificaciones enfermas de quienes dicen: «No, si todo el mundo se concienciará y saldrá a la calle». Eso es una estupidez.

En ese contexto, cuando lo único que les queda a los débiles son las leyes y el poder del Estado, ¿cuál sería el escenario de lucha que nos conviene? La defensa absoluta de la democracia. Incluso de la institucionalidad que queda y continúa siendo democrática. En estos momentos el combate político devenido en enfrentamiento social abierto, teniendo en cuenta que vas a luchar con quien tiene las armas, el dinero y los aparatos ideológicos principales, es como poco un suicidio absurdo.

EC. Retomemos el concepto de los de abajo. Ha sido gracioso que estos últimos veranos la política haya superado en popularidad a la música y en lugar de grandes hits el periodo estival nos haya dejado grandes debates políticos. En 2011 tuvimos el pugilato entre Lapavitsas y Varoufakis sobre permanecer (o no) dentro de la unión monetaria con motivo de la posible victoria de Syriza en los comicios griegos; 2012 fue toda la movida de la prima de riesgo; y 2013 trajo nuevas ideas sobre quién sería el sujeto político antagonista o emancipatorio, una figura que El Nega asociaba con la clase obrera de toda la vida, poniendo especial énfasis en los chonis, los chavs locales de Owen Jones, una apuesta de movilización que tiene aún sus ecos en textos de Victor Lenore, el crítico musical de la plebe. Sobre los de abajo tú mismo indicas que no se trata de una categoría sociológica objetiva sino una herramienta de comunicación cuyo objetivo en última instancia consiste en aglutinar mayorías sociales en torno a demandas conjuntas y proyectos políticos de futuro. ¿No juzgas que expresiones flexibles de este cariz puede servir como coartada retórica para los oportunismos electoralistas más rampantes?

PIT. Por supuesto que sí. Igual que todas las nociones políticas más útiles a lo largo de la historia. Cuando yo hablo de los de abajo en un artículo de opinión (uno totalmente emocional que además aparece en un periódico que pretende ser leído por mucha gente) es como si hablara del pueblo. Éste tiene tantas caras como quieras. Puedes identificarlo con la clase obrera o con el Führer. Pueblo es la palabra que acompaña a la palabra Partido en la formación gobernante en este país: Partido Popular. Son, por decirlo con Ernesto Laclau, significantes vacíos y en disputa. No son categorías para analizar nada. De hecho, los artículos que vienen después del mío tienen infinito mayor valor teórico.

EC. ¿Pero en serio crees que los de abajo es una categoría que está en disputa más allá de la Academia o el gueto político de la izquierda? ¿Más que, por ejemplo, la etiqueta del ciudadano? A título de opinión personal, considero que la idea de pueblo en el sentido latinoamericano del término no resulta  exportable en el Estado español salvo para el caso de los nacionalismos periféricos. Si uno apuesta por un modelo III República, está claro que tiene que manipular identidades colectivas sucedáneas como la ciudadanía, que son las que utilizan los adversarios políticos inmediatos, igual que estamos luchando por significar la democracia desde la izquierda, ¿no crees?

PIT. No hay que hacer ascos a nada. La comunicación política es promiscua por definición. Hay momentos en que la noción de ciudadanía es utilísima. Pero el discurso de los de abajo tiene a mi juicio un matiz que en este momento histórico es maravilloso. A saber: la conciencia que tiene la gente de eso, cómo tiene que ver con nuestra existencia cotidiana. Un trabajador autónomo, un pequeño empresario, un parado o un asalariado, toda esa complejidad difícil de definir en términos sociológicos que es víctima de la crisis tiene clarísimo que ellos están abajo y tiene clarísimo quienes están arriba. Cuando tú preguntas a una señora, «¿Usted cree que tiene intereses en común con Emilio Botín?», salvo que tenga metido en la cabeza esa noción liberal absurda según la cual si Botín va bien tú irás bien, Botín es España y tú también lo eres, la gente entiende a la perfección su posición. Una posición de clase muy ambigua, insisto, que no es una categoría sociológica descriptiva, pero que permite generar identidad.

Me doy cuenta de la efectividad que tienen los medios cuando digo: «En el barrio de Usted no hay desahucios, en el mío sí. ¿Va Usted a decir a mi vecina que no puede pagar la hipoteca que su país es el mismo que el de Emilio Botín o el de Arthur Mas o de ese 0,6 por ciento que tiene ingresos familiares superiores a los 6.000 euros al mes?» Eso lo entiende cualquiera, además de generar una reacción emocional muy bonita que funciona en términos políticos. Por eso creo que los de abajo es un concepto maravilloso. Cuando determinados sectores de la izquierda se empeñan en ponerse como presuntos teóricos (en el rollo: «Te vas a enterar porque yo vengo aquí con el marxismo, a ti lo que te pasa es que no eres marxista, lo que hay que decir es los trabajadores o el proletariado, yo hablo con superioridad teórica respecto a ti») siempre pienso que esta gente cree que ser marxista es tener un retrato de Marx sobre el escritorio de su casa.

Sin echarme flores, quien haya leído mi tesis habrá visto que hay todo un capítulo donde analizo estos asuntos. Pero vamos, una cosa es el problema de la composición de clase, y otra bien distinta el discurso político efectivo. Yo creo que hay que ser promiscuo, en efecto, utilizando el término trabajador cuando toque, pero sin ignorar que estamos hablando con términos estrechos, que dejan fuera muchos sectores de la población, empezando por los estudiantes, que nadie querría regalarlos a la derecha. ¿Acaso un autónomo no es un trabajador? Vaya si lo es. Habla con cualquier autónomo que tiene que pagar sus 280 euros mensuales, que asume todos los riesgos. ¿Vamos a regalarle la pequeña y mediana empresa al adversario cuando se trata de personas que están doblando el espinazo y nada tienen que ver con los malditos rentitas de la COE?

Necesitamos conceptos políticos que nos permitan ampliar el campo de lucha, aquello que cierto tipo de izquierda son incapaces de hacer. Su actividad política consiste en darse golpes en el pecho y/o insultar a los demás cuando dicen: «Esto del feminismo está muy bien, pero lo que cuenta es la contradicción capital/trabajo. Una vez hecha la revolución podremos resolver el problema del racismo. Todo caerá como un catillo de naipes.» Quien así habla viene a ser un perfecto idiota. Esta gente no ha entendido los avances en materia de estudios culturales, cómo categorías que tienen que ver con el color o el género redefinen por completo la noción de clase, no han leído a Franz Fannon. Y luego siguen siendo incapaces de traducir sus precarios diagnósticos en un discurso político de mayorías, que es lo que sirve para ganar. Por mucho que tengas una bandera roja, si careces de misiles y cabezas nucleares habrás de obtener votos. Desde luego que con tu cabeza cuadrada es muy difícil que tengas votos porque la mayoría de la gente te ve como un marciano.

EC. Está claro que determinados comunicadores políticos que en los últimos años han ido consolidando un huequito en nuestras pantallas, como es tu caso o el de Iñigo Errejón, han insistido muchísimo en la cuestión de cómo ganar más allá del dogma y del brindis retórico cara al sol más o menos marxista. Sigo echando en falta, no obstante, la pregunta por el día después. ¿Qué pasa el día después de la toma del palacio de Invierno? ¿Dónde queda la política, en el sentido quizá utópico del término, como toma de decisiones colectivas y solución conjunta de nuestros problemas?

PIT. No quieras saberlo. Porque si de verdad quieres saberlo, no se trata de una discusión teórica entre intelectuales o profesores, hay que acudir a las experiencias históricas concretas: son terribles. La primera de ellas: para construir Estados hacen falta dictaduras. Eso lo entendió perfectamente el señor Lenin. En España el Estado, que luego se puede convertir en Estado del bienestar (esto lo teoriza muy bien Iñigo Errejón), se construye en el marco de una dictadura. Es muy difícil que hagas una serie de cambios duraderos si estás sometido a elecciones cada cuatro años. El debate sobre lo que habría que hacer, cómo gobernar todo el rato siguiendo un horizonte emancipatorio, con todos los respetos: no estoy dispuesto a tenerlo porque estos debates solo podemos tenerlos a la luz de la experiencia histórica. Están muy bien las propuestas que dicen, respecto a las experiencias del comunismo soviético, que eso no era socialismo sino burocracia o degeneración estaliniana, pero ello equivale a decir: «Mi Reino no es de este mundo. Yo querría un mundo donde las flores crecieran en primavera, los hombres fueran hermanos, o como dice la letra de la Internacional...»

EC. Disculpa el corte, pero estaba pensando no tanto acerca del Reino de los Cielos cuanto de ciertas utopías reales. Me parece que en el cambio de milenio tuvo lugar un doble debate, tanto programático como movilizador, del que seguimos bebiendo y dependiendo sin grandes cambios hoy en día. El movimiento antiglobalización puso sobre la mesa interesantes mecanismos de visibilización y de movilización, del mismo modo que la discusión en torno a la Tasa Tobin, la Renta Básica o los Presupuestos Participativos supuso una renovación del andamiaje institucional socialista.

Creo que, gracias a la lección de América Latina, hemos avanzado muchísimo en las cuestiones de la movilización, no así con los detalles del programa, que siguen arrastrando el boom de las utopías reales a finales del siglo pasado. Muchas veces damos por sentado que los gobiernos populistas (en el buen sentido del término) tienen asignadas de antemano un conjunto de medidas, un conjunto de políticas públicas de cajón que tienen que ver, por ejemplo, con la nacionalización de los recursos naturales. Esto resulta evidente en Venezuela, claro, donde la extracción de petróleo viene a ser el sector central del sistema productivo, ¿pero en España? ¿No crees que merezca la pena discutir sobre las utopías reales con capacidad imaginativa y pericia técnica teniendo siempre en mente los ideales y valores de la izquierda?

PIT. La palabra utopía la dejamos mejor fuera. Lo que cabe ahora plantear es un programa de reformas tristemente keynesiano. Digo triste porque ante todo quiero darles la razón a los abogados del decrecimiento, cuyo Reino tampoco parece de este mundo. Claro que, como demuestra Harvey, este mundo nuestro apenas resulta sostenible. Entonces hay dos opciones: o ganas las elecciones y planteas un programa de reformas, o vas a vivir en un pueblo con unas placas de energía solar y, una vez cavado tu propio pozo, dices: «He construido una revolución en mi vida que cualquiera podría replicar». Me parece fantástico. Las ideas se tienen que verificar en la práctica. No es una discusión teórica.

¿Qué es lo que habría que hacer? Lo hemos escrito en algún lugar, que no basta no basta con el marco del Estado-nación, que sería necesario por lo menos una alianza de los Estados del sur de Europa (a poder ser con otros países del Mediterráneo y del Norte de África). ¿Objetivos? Recuperación de la soberanía monetaria, y luego veremos si ello implica que te sales o que te echan del euro; nacionalización o recuperación de sectores estratégicos: los transportes, la electricidad, los medios de comunicación; apostar por las energías verdes y renovables. Esto podría funcionar perfectamente pero entendiendo siempre que, incluso en el marco de una federación de Estados, tienes que ser competitivo en los mercados internacionales con todas las implicaciones que eso tiene.

En Venezuela han podido hacer políticas redistributivas porque tienen un recurso determinante en el mercado mundial que se llama petróleo. Y eso es tristísimo porque el petróleo es una cosa que  contribuye a destruir el mundo. Salvo que plantees el hacer una revolución mundial coronada por una suerte de directorio socialista que pudiera alterar las bases de cómo se mueve el mundo, un sueño que tiene toda la razón, por supuesto, pero que como mucho verá puesta en la práctica tu bisnieto, tú desde luego no.

¿Discutir del programa? Humildemente, hay que decirlo con humildad, la única experiencia reciente que hemos tenido han sido las latinoamericanas, plagadas de contradicciones. No ha dejado de haber corrupción ni en Venezuela, ni en Bolivia, ni en Ecuador. Sigue habiendo ricos y pobres. Sigue habiendo economía del mercado. Date una vuelta por el Country Club en Caracas para constatar cuanto de bien viven los ricos. Incluso puede darse la contradicción de que las políticas públicas de un gobierno socialista beneficien a su propia burguesía, siempre prestas a poner trabas en los humildes intentos que pongas en marcha en vistas a empoderar a las clases populares. Empoderar a las clases populares en la fábrica puede implicar una disminución de la productividad.

Si viene un millonario diciendo que, a cambio de determinas concesiones administrativas, hará cambios que mejoren el funcionamiento productivo, llegar a ciertos acuerdos seguro que será beneficioso para el conjunto de la población, porque está claro que cuando das el poder a los trabajadores ellos quieren ante todo trabajar menos, no tienen en general un compromiso militante que pueda durar más allá de tres semanas. Son contradicciones propias de cualquier proceso de transformación. La política consiste en cabalgar contradicciones permanentemente. Y nunca en esto hay un libro donde un genio te cuente qué receta hay que aplicar.

EC. ¿Cuál crees que sería entonces, vista desde la dichosa montura de contradicciones, la hoja de ruta del debatido proceso constituyente en España? Hace tiempo organizaste una mesa redonda con gente de IU y del PSOE para hablar de una posible exportación del modelo de coalición andaluz a las elecciones generales de 2015. ¿Eres optimista acerca de la capacidad de iniciativa de este posible gobierno de izquierdas?

Hace poco tuvo lugar un debate entre Iñigo Errejón, Isidro López y Brais Fernández sobre cómo iniciar un proceso constituyente. La mayor parte de ellos eran pesimistas acerca de forzar tal proceso desde abajo, teniendo en cuenta la progresiva pauperización de todo el mundo, con el acotamiento de los pequeños recintos de libertad y sin miedo que ello conlleva, viendo también la sobrecarga militante que implica la movilización constante, dispersa y sin apenas frutos en la calle. Casi todos pensaban, que la posibilidad estriba en iniciar el asunto desde arriba, aglutinando esperanzas, ilusiones y demandas en algún símbolo político cuya carta de presentación electoral consista en ofrecerse ante todo como la herramienta del cambio de Régimen. Todo esto desde arriba, señalaba sobre todo Iñigo Errejón, el más pesimista de los tres.

PIT. Estoy de acuerdo aunque reconozco que estamos ante un escenario muy poco bonito.  Claro Iñigo Errejón tiene una experiencia concretísima en Venezuela y ha visto de cerca el proceso. Entonces claro que puede rebasarle por la izquierda todo el mundo. Puede venir un montón de gente diciendo que se trata de un reformista y que nosotros somos en el fondo los verdaderos revolucionarios. Claro, el hecho es que tú y tus amigos sois doce si no queréis vincularos a ningún proceso efectivo. El planteamiento de Iñigo Errejón es correcto.

Con respecto a la mesa redonda entre IU y PSOE, digamos que ese programa estaba planteado porque quería alertar de un peligro. A mi me da la impresión de que cualquier gobierno de coalición entre IU-PSOE, algo bien posible en el futuro, donde Izquierda Unida sea la fuerza minoritaria lo tendrá algo crudo a la hora de modificar las estructuras que definen el papel que desempeña España dentro de la Unión Europea. Esto no quita que fueran a tener buena intención. Seguramente intentarían hacer cosas distintas respecto del gobierno del PP. Pero resulta difícil que cualquier gobierno donde el peso de los votos esté en manos del PSOE pueda llegar si cabe a plantearse la auditoría pública de la deuda, la reindustrialización y el control público de ciertos sectores estratégicos o la nacionalización de la banca.

Claro que en política hay que llegar a acuerdos en la medida de tus fuerzas, lo cual no es una cuestión de principio, sino el primer lema táctico. Algo que les critico a mis amigos de Izquierda Anticapitalista es cuando establecen prohibiciones del tipo «No pactarás». Es una manera de quitarse problemas de encima. Todo se supedita a una lógica inexorable: «Dentro de 50 años nosotros habremos construido los contrapoderes sociales para barrer a toda la casta política». Y entonces acudes a un ayuntamiento, una cosa pequeñita, y analizas las dificultades que tiene que superar un alcalde.

En este contexto es importante aprovechar la oportunidad. Lo de que el PSOE está derrotado y el bipartidismo también muerto no es cierto. Lo decía hace poco Manuel Monereo, una cosa es que el bipartidismo se encuentre visiblemente debilitado, pero hay cierta virtud en las fuerzas opositoras que tiene primero que medirse el términos electorales y puede fracasar perfectamente. Tú puedes hacer un gobierno con la mejor intención del mundo, con todo el respaldo que puedan ofrecer los votos, y sin necesidad de golpe de Estado, tres meses de colapso económico o la incompetencia de los tuyos pueden volverse en su contra hasta el punto de sacar a millones de personas a la calle pidiendo el Retorno de Rajoy.

Uno de los errores de la izquierda es pensar que dentro de un libro está la solución. Convertir en religión el marxismo, la teoría revolucionaria. En política no hay nada en que podamos creer. Implica relacionarte con la realidad y sus contradicciones permanentemente. Respondiendo a la pregunta, ¿serviría un gobierno PSOE-IU teniendo en cuenta que IU sería la fuerza minoritaria?

Creo que no.

EC. Imaginemos entonces distintos contrafácticos. Has dicho muchas veces que estarías dispuesto a postular para el Ministerio del Interior de una hipotética y futurible III República donde Ada Colau fuera la ministra de Vivienda. Sueles utilizar a menudo la figura retórica de acudir tú mismo en persona a esposar a los delincuentes financieros como Botín. La pregunta está clara, ¿acaso modificarías tu forma de afrontar la política desde la posición del soberano? Una cuestión importante que tendrías que afrontar, sobre la cual has expresado opiniones distintas dependiendo de la cadena de TV donde estabas, es el espinoso asunto del monopolio estatal de la violencia. Así, asaeteado por las preguntas de los contertulios en Intereconomía llegaste a declarar que no contemplas que los manifestantes puedan utilizar con legitimidad la fuerza armada. Sin embargo, en alguna presentación de Fort Apache y de la Tuerka has recordado que según cierta tradición resulta en todo punto relevante para la estabilidad de la democracia que los ciudadanos no solo tengan el derecho a portar armas sino también utilizarlas contra...


PIT. Es un enfoque teórico. Intentaba explicar cual es el fundamento constitucional en Estados Unidos para el derecho de los ciudadanos a portar armas. No estaba pensado originalmente para que un propietario dispare su escopeta sobre un afroamericano que está robándole el coche. El origen del derecho de los ciudadanos americanos a portar armas es limitar el poder repartiéndolo entre todos, siguiendo el principio del check & balances por contraposición con la tradición del absolutismo europeo en la que el poder ejecutivo lo controla absolutamente todo. En la tradición norteamericana, formalmente más democrática, ese poder tiene que estar disperso, por eso al sherrif lo elige la gente y no el ejecutivo, no es el prefecto elegido por parte del gobierno en Francia. Nuevamente se trata de un enfoque teórico. De ahí a inferir que estaría diciendo: «Salgamos todos con...»

EC. No, no. Estaba preguntando otra cosa. No tienes por qué pensar en un escenario insurreccional. Me preguntaba si resulta exportable para la izquierda esta idea liberal según la cual las armas no son solo —como bien dices— la garantía material del derecho a la resistencia sino sobre todo una ulterior restricción del poder legislativo cuyo objetivo secundario —no por ello menos crucial— consiste en limitar la capacidad de hacer leyes contra la propiedad privada. Un conjunto de individuos armados no solo suponen el reparto de la violencia sino también una traba para cualquier modificación legislativa que quiera violar sus intereses inmediatos.

PIT. Es absolutamente exportable. En términos teóricos sería crucial para construir una sociedad democrática. En una sociedad democrática la gente no podría delegar todo el poder, tendrían que existir organizaciones de la sociedad civil. Eso existe, claro que sí, sobre todo en la derecha. La Iglesia es un poder que en este país legisla a través, por ejemplo, de lobbies que le dicen al ministro de Educación que tiene que poner en la ley Wert. Un ejemplo reciente: la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo del domingo pasado [27 de Octubre de 2013]. Es impresionante hasta que punto la AVT puede hacer que el gobierno diga una cosa y la contraria a la vez: acatamos la sentencia pero vamos a estar en la manifestación contra la sentencia. En cuanto a un servidor siendo ministro del Interior: lo he dicho muchas veces pero creo que haría un pésimo trabajo por carecer de formación en la materia. Lo haría mucho mejor como director de la televisión pública o trabajando en el discurso del gobierno. Esto dentro de la paja mental del «¿Qué quiero ser yo de mayor?».

Pero claro que hay una distancia kilométrica entre tener el poder ejecutivo y ser soberano en términos absolutos. Es algo que Allende decía a menudo: tenemos los votos, pero el poder no es nuestro. Ahora bien, el poder ejecutivo puede tener una ejecución simbólica poderosa. Melenchon declaró una vez, es algo meramente simbólico pero me gusta mucho, que si llegaba a la presidencia cada vez que los mercados amenazaran a Francia haría desfilar al ejército por los Campos Elíseos. Así recordarán los mercados quien manda. Por mucho que ellos sean los tenedores de deuda, el ejército responde a las órdenes del presidente. Este símbolo es una manera de decir: «Usted, señor tenedor de deuda no es una entidad abstracta, sino que vive en un domicilio, tiene un cuerpo físico, incluso hasta es una nuda vida como me apures, y si te mando cuatro tipos uniformados harás cuanto y como quiera.» De nuevo es un planteamiento teórico, porque el hombre de negocios bien puede decirte que nada, que el ejército es suyo, que son hombres de negocios en última instancia quienes se encuentran en la cúpula militar.

EC. Para terminar, ¿cómo grabarías tú la Resistencia de Madrid durante la Guerra Civil? Este quizá sea el gran tema de los primeros capítulos de Maquiavelo frente a la gran pantalla, donde criticas las narraciones reconciliadoras que intentan maquillar la lucha contra el fascismo como poco menos que un terrible malentendido entre hermanos finalmente reencontrados en la Transición, siguiendo el relato del gemelo malvado y desaparecido de las telenovelas de mediatarde, un desencuentro fratricida a caballo entre el romance en tiempos revueltos y el desarrollo imparable de las tendencias históricas, cuyas consecuencias sobrepasan por completo la agencia de los individuos, no digamos ya su capacidad de comprender. Así pues, sin incurrir en el folclorismo mistificador de un Ken Loach, ¿cómo harías honor a la ambigüedad constitutiva del bando republicano, un mambo yambo político de comienzo a fin, sin obviar el papel de construcción de imaginarios que implica el arte de la imagen en movimiento?

PIT. Hacer cine implica construir mitologías. El hecho de que la guerra civil no esté asociada en los imaginarios populares a la tradición antifascista, siendo el antifascismo el epítome de la democracia en aquél momento, que no esté asociada al progreso o al empoderamiento tiene que ver con el tipo de cine que se ha hecho sobre el conflicto, presentándolo como una suerte de caos o lucha entre hermanos. ¿Por qué me gusta, con todas sus contradicciones, ese contexto de Madrid? Porque fue un momento muy particular en que los históricamente desposeidos, los desgracios de la Historia, los protagonistas pasivos de su desarrollo tuvieron el poder. Estamos ante un Madrid lleno de contradicciones; mi abuelo comentaba que a veces olía a sangre, se cometían crímenes; pero los madrileños estaban intentando en última instancia restaurar el orden. Y para ello se apoyaban en las organizaciones de la clase obrera. Y en última instancia los que más mandaban eran jóvenes de 25 años que provenían de la clase trabajadora y que estaban dispuestos a llevar a cabo un programa de transformación para colocar su pais en una situación mucho mejor.


Ese contexto revolucionario, la imagen de la gente humilde, los habitantes de Vallecas ocupando los grandes hoteles de los ricos, autogestionándolos, y al mismo tiempo intentando dotarse de un gobierno y un ejército fuerte, se trata de un momento de máxima expresión de la democracia. Se identifica la democracia con dejar un papelito en una urna, pero hay mucha más democracia cuando aquella señora que nunca jamás había podido mirar a su patrón a los ojos está sentada en el recibidor del Hotel Palace dando de comer a sus hijos. Es decir, la democracia se produce cuando va a la universidad el hijo de un trabajador, la democracia se produce cuando una mujer se puede licenciar, y eso tiene mucho que ver con el empoderamiento popular que se da en la Guerra Civil. El miedo de los ricos, los que siempre habían mandado. Los avances en el siglo XX están directamente vinculados —como dicen Los Chicos del Maiz— con el cambio de bando del miedo. Si hay derechos sociales, si hay derecho a huelga, si se puede permitir que cualquiera pueda llevar a su familia a un centro educativo o a un hospital, eso es porque los ricos han ido ganando cierto miedo que hace tiempo que parecen haber perdido por completo.

17 de noviembre de 2013

Tras la muerte de Tarzán

¿Hacia una Zoofilia no Patriarcal?
Sobre la zoofilia han recaído las peores acusaciones feministas. Tachados de patriarcales para arriba, herederos de una mentalidad dominadora de la Naturaleza, los zoófilos quedaron marginados, en líneas generales, de la revolución sexual sesentayochista. Con todo, provienen de entonces las pocas leyes permisivas hacia ellos; es el caso la recién derogada legislación alemana. Los conatos de pederastia, eso sí, camuflados bajo la cortinilla de la nueva pedagogía, nunca fueron bien vistos por el grueso de la población, no así por los profesionales de la emancipación erótico-festiva, quienes siempre vieron en el contacto carnal con los infantes una liberación de los esquemas educativos freudianos, más que otra cosa (véase Cohn-Bendit). Pero la hostilidad hacia la zoofilia por parte de las distintas variantes del feminismo sigue siendo arena de otro costal. Y con razón. Bajo un régimen de producción agraria, los practicantes de esta opción sexual eran, en su mayor parte, los repudiados, los losers, los neófitos del sistema patriarcal, no menos conchabados por ello con la misoginia y cosas similares: muchos campesinos reproducían entonces esta mentalidad de forma distorsionada en sus encuentros con animales; la tradicional violación de orangutanes depilados, perfumados y maquillados en Indonesia y en Tailandia muestra la pervivencia de este espíritu entre algunos estratos de la clase adinerada, quienes además no tienen ningún interés en el bienestar del animal, y cometen por ello auténticas salvajadas, a diferencia del campesino cuyo alimento y cuyo techo dependía —quieras que no— del buen estado de sus amantes/ganado.

Hablamos en todo momento, que conste en acta, de la sociedad campesina occidental a mediados del siglo XX; sobre el resto de sociedades quedan, sí, muchas narraciones mitológicas y bastantes condenas inquisitoriales, pero también pocas estadísticas fiables. En los Estados Unidos estudiados por Alfred Kinsey en 1953 mediante un conjunto de 11.000 y pico entrevistas los resultados no dejan espacio para la duda: entre un 40 y un 50 por 100 de los varones rurales había tenido once upon a time encuentros sexuales con animales; en términos totales, un 8 por 100 de la población varonil americana había catado otra especie, comparado con solo un 3 por 100 de la población femenina. ¿Conclusiones? Parece evidente que las prácticas con animales conformaban un mecanismo de iniciación en la materia para buena parte de los varones poco duchos en las arduas labores de la seducción del género opuesto. Estos eran los primeros pasos (bestiales, si se quiere) de los futuros buenos esposos. Los campesinos recurrían a los mamíferos más cercanos y mejor dispuestos a falta de algún hommo sapiens sapiens que oficiara el trabajo más viejo de todos. Recordemos, para los olvidadizos, que las putas no son tan viejas como parecen, dicho sea de paso: dejando de lado las mujeres tocadas por los dioses de la Antigüedad, y centrando nuestra atención sobre el Occidente moderno, la prostitución es un fenómeno más o menos renacentista, como cuenta muy bien Silvia Federici en Calibán y la Bruja, coetáneo a los primeros cercamientos de la propiedad comunal campesina. En Estados Unidos, el fenómeno estuvo circunscrito a las grandes ciudades, con el bozal siempre presente de la mentalidad puritana, como en todas partes. En el campo imperaba, mientras tanto, una imagen cercana a los Lonesome Cowboys de Andy Warhol. Un despiporre, vaya.

La persecución del bestialismo en Occidente, dicho sea de paso, tiene una denominación de origen también renacentista, igualito a la caza de brujas. En el siglo XVII, la Iglesia intenta y fracasa en prohibir la contratación de hombres para el desempeño de las labores de pastoreo, a sabiendas del contubernio de los vaquerizos; quien tenga abuelo bajo la dictadura, aunque sea de oídas, lo sabe. Mejor suerte tuvieron los países protestantes: en 1534, la bestialidad deviene crimen capital en Inglaterra; en 1683, Dinamarca comienza a castigar la sodomía con la hoguera; y así todo el rato.[i] Más adelante, se despenaliza las prácticas sexuales privadas con la irrupción de las revoluciones republicanas, y el Código Napoleónico sienta las bases de los debates actuales: la edad adulta y el consenso mutuo, dicen los liberales desde entonces, son los requisitos legales en materia sexual privada; dos principios que hasta el más queer acepta, ¿me equivoco?[ii] En este repaso sumario del arrejuntarse bestial y su Historia, como en muchas otras cosas, uno puede ver algunos elementos comunes con los feminismos históricos y sus conflictos por la emancipación de distintas sexualidades: primero la persecución de los poderes fácticos y luego permisividad hacia las prácticas privadas, siempre y cuando no perturben la publicidad, fueron las claves del silencio y del cerrojo sexual en ambos casos. Pero ni por esas: la genealogía histórica y las afinidades sociológicas no unirán aquello que los prejuicios políticos y los valores morales separaron. ¿Afortunadamente?, nos preguntamos.

Con la llegada del siglo XXI, uno podría esperar que las rencillas entre feministas y zoófilos se hubieran pulido, cuanto menos, en proporción a la caída en desgracia del campesinado occidental, cuyo peso relativo respecto del grueso de la población de los respectivos países de la OCDE ha llegado hasta mínimos históricos. El éxodo rural ha transformado, por la fuerza, la zoofilia en una opción sexual infrecuente, cuando no distinguida. Frente a la antigua usanza rural, que tanto gustaba de los esfínteres alocados de las gallinas decapitadas, o de la indolencia juguetona del ganado vacuno, que ni siente ni padece el miembro humano, en la última mitad del siglo XX se ha consolidado un cierto gusto equino.[iii] Esta fascinación hacia el caballo, cuadrúpedo de porte y nobleza sin par, retratada con finura en la obra teatral Equus (Peter Shaffer, 1973), revela de suyo el esnobismo urbanita existente en las novísimas preferencias zoofílicas. La fascinación, para curiosidad del lector, suele seleccionar a sus víctimas entre intelectuales de ciudad que nunca han visto un caballo, salvo en sueños húmedos. En esto también se diferencian del follacabras franquista en el granero, quien solía tener cierto retraso, comprobado en términos estadísticos: no es un invento de Delibes y sus retratos costumbristas; estas deficiencias redundan en detrimento de la periclitada seducción y el anhelado maridaje, reduciendo las posibilidades de procreación y emparejamiento. Sea como fuere, la rareza del asunto hoy día ha propiciado la irrupción de presuntas explicaciones científicas, dada la natural tendencia de los psiquiatras a considerar como enfermedad la anomalía salvaje, la desviación de la norma, la minoría silenciosa que hasta ayer mismo sostenía —por decirlo con Fdez. Porta— el Consenso Nacional Deseante. Sin embargo, cualquier intento de homologar la figura universal de El Zoófilo se encuentra con las disparidades insalvables entre el Ancien Régime Zoosádico, todavía presente en aquellos documentos audiovisuales donde —por ejemplo— una mujer resulta penetrada por un caballo para mayor escarnio de ambos, y Los Nuevos Zoófilos, mejor preparados y más comprometidos, quienes suelen alternar una relación sentimental monógama hacia su mascota (tengan en cuenta la atención cuidadosa que ello comporta) con alguna forma o suerte de militancia en favor de los derechos animales. No quisiéramos entrar en valoraciones científicas, así que deseamos desde aquí buena suerte a los expertos, quienes aspiran a comprender las motivaciones y la psicología de El Zoófilo, unos asuntos que nos resultan bastante extraños, pues consideramos tal reducción analítica una empresa fallida de antemano, por las razones que hemos expuesto arriba.

Una vez expuestas estas diferencias, permitidme recuperar el hilo central de mi argumento: ¿por qué razón no se produce una alianza más estrecha entre feministas (tanto liberales como radicales) y zoófilos? Dejando de lado la espinosa cuestión del consentimiento y del sufrimiento, dando por sentado que los portavoces de los think tanks incurren en equívocos cuando utilizan el membrete «libre, voluntario y consentido» para denotar la disposición del animal durante las prácticas sexuales, concediendo también que los defensores de los derechos animales reclaman con justicia controles de calidad para evitar la confusión entre zoofilia y zoosadismo[iv], el uso de las zonas erógenas con fines dañinos o denigratorios para ambas partes, y suponiendo que los amantes (de los animales) son también defensores de los mismos y de sus intereses, no se entiende el rechazo frontal que ha suscitado esta opción sexual entre una opinión pública favorable a la emancipación de las sexualidades divergentes respecto de la norma. La respuesta a tamaño desencuentro estriba en la composición tanto social como mental de las organizaciones que monopolizan la causa de la zoofilia. Todavía ancladas en una estrategia de oposición antagónica, gracias una teoría de los dos mundos (o conmigo o contra mí), estas organizaciones no saben, no contestan o no quieren convencer a la opinión pública. Sus posiciones son políticamente refractarias, sus argumentos parecen sacados de Walt Disney («Mi gato dice sí quiero»), no saben jugar la baza —fundamental— del liberalismo permisivo con restricciones biempensantes, la κοινὴ de las demandas ciudadanas occidentales durante las últimas décadas. 

Veamos el caso alemán, por ejemplo. A primera vista, la campaña por su legalización parece un movimiento sociopolítico tan patriarcal como cualquiera compuesto en su mayoría por varones sin conciencia de género. O con demasiada conciencia, dirán algunos. Los cabecillas de la ZETA, la principal organización que defiende esta causa en Alemania, son varones blancos de clase media. Sus comunicados interpelan a la comunidad en masculino primera persona del plural. Las amantes/mascotas posan muy bien junto a sus dueños: hembras serviciales —perras casi todas— meneando la colita. Michael Kiok, el führer de la ZETA, no solo reconoce a su adversario político en algunas mujeres politizadas, quienes se presume están preocupadas en exceso, dado su espíritu maternal y demás blablablás, por el bienestar de los animales, hacia los cuales las hembras siempre tienen una actitud de protección desmedida; no solo piensa esto Kiok, sino que también tiene mal gusto para decirlo: «Es más fácil comprender a los animales que, por ejemplo, a la mujeres». #FacePalm

En suma, las asociaciones zoofílicas realmente existentes sí son poco/mucho/bastante patriarcales. En lugar de combatirlos desde la izquierda, siendo ellos inexistentes en términos políticos, y nosotros muchos & valientes, la tarea consiste en plantear por qué esta sexualidad alternativa, con todos los matices históricos realizados, no encuentra los apoyos que debería. A fin de cuentas estamos hablando de un colectivo de tolerantes ilustrados cuyo objetivo en última instancia consiste en derribar las barreras de la sexualidad antropocéntrica. ZETA significa Zoophiles Engagement für Toleranz und Aufklärung. Esto es: Compromiso Zoofílico con la Tolerancia y la Ilustración. Con tan nobles siglas, la Toleranz y la Aufklärung, ningún filósofo que reflexione desde su butaca sobre el asunto puede concluir que la ZETA resulta sospechosa de complicidad con el patriarcado. En Alemania, sin embargo, todo el espectro ideológico ha respaldado la prohibición de la zoofilia el pasado mes de febrero. Ahora bien, ¿acaso la permisividad hacia prácticas sexuales distintas a las nuestras (quien quiera que seamos nosotros) no conforma, junto con la libertad de culto religioso y la separación de poderes, algo así como el corazón ideológico del liberalismo? Es más, ¿acaso la defensa de la zoofilia como opción válida no constituye —en cierto modo— la culminación de las luchas por la liberación sexual iniciadas en los sesenta?

Piensen en ello.



[i] Para una cronología de las prácticas sexuales con animales que abarque tanto la herencia europea como el resto de tradiciones en su conjunto véase Hani Miletski: "A History of Bestiality" en Andrea M. Beetz & Anthony L. Podberscek (eds.): Bestiality and Zoophilia, Purdie University Press, 2005, 1-23.
[ii] Me remito a una suerte de clásico, el Manifiesto Contra-sexual de Beatriz Preciado, donde la importancia concedida a la enajenación contractual de la sexualidad no deja lugar a dudas: estamos hablando de acuerdos consentidos por escrito entre sujetos jurídicos adultos. En el margen del contrato sexual quedan —entiendo— quienes no saben (y no pueden) leer o escribir. Los animales, claro. En repetidas ocasiones ha expresado Beatriz Preciado, por cierto, juicios contra los argumentos anti-especistas de Peter Singer, quien según muchos habría arruinado su carrera como filósofo ilustrado y moralista seriote cuando puso de moda el tema del heavy petting con animales. Sobre este punto —me pregunto— ¿también estarán Singer y Preciado en desacuerdo?
[iii] Esta evolución del gusto hacia seres con cierta carga onírica y esta elevación del coeficiente intelectual entre los practicantes de la zoofilia, así como la pertinencia de la distinción entre zoosadismo y zoofilia, pueden documentarse en Christopher M. Earls & Martin L. Lalumière: "A Case Study of Preferential Bestiality", Arch. Sex. Behav, vol. 38, 2009, 605-9.
[iv] Mas sobre la distinction zoofilia/zoosadismo en Colin J. Williams & Martin S. Weinberg: "Zoophilia in Men: A Study of Sexual Interest in Animals", Arch. Sex. Behav., vol. 32, 2003, 523-535.

16 de noviembre de 2013

La simplicidad enmascarada

No suele haber mucha variedad estilística en los ensayos sobre fenómenos artísticos contemporáneos. Invariablemente tenemos que calzarnos o bien volúmenes de teoría en vena o bien catálogos de curiosidades periodísticas. Paradojas de la vida, los primeros suscitan en general un entusiasmo estudiantil por aquello que nunca llegaremos a entender; los segundos aburren más que una sesión plenaria del Consejo Europeo. Viene siendo algo propio de los libros sobre el presente inmediato el oscilar de continuo entre una descripción actualizada que nada tiene que aportar salvo listas de nombres y una teoría incrustada sub speciae aeternitatis sobre los mismos ejemplos de siempre. Parece que información novedosa y capacidad de teorización son monopolio exclusivo de las monografías sobre el pasado, ese país lejano donde las restricciones de información y los sesgos hacen que todo nombre en latín sea dicho como la primera vez. ¿Estamos condenados entonces a vagar sin rumbo entre El tiburón de 12 millones de dólares, la investigación hecha por John Thompson contra Sothebys, y Ojos abatidos, la lección de jerga y teoría francesa escrita por Martin Jay?

La reciente traducción de El complejo arte-arquitectura permite ver las limitaciones de semejante dicotomía en tanto que el libro de Hal Foster parece resumir los defectos habituales de ambos enfoques sin la suerte de heredar también sus virtudes. A primera vista cualquiera diría que estamos ante un sesudo ensayo teórico como parece indicar el modesto (a la par que selecto) volumen de nombres propios que maneja Foster, una docena entre arquitectos y artistas plásticos vinculados, según dice el propio, con aquello de levantar edificios. Conforme seguimos leyendo nuestro ejemplar hallamos que Foster reflexiona sobre cuestiones arquitectónicas mediante un conjunto de artículos desconectados entre sí cuyo contenido mantiene a veces una relación distante con el propósito inicial: seis de once capítulos se dedican a informan (sin profundizar demasiado) sobre la existencia de figuras individuales que cualquiera interesado debería conocer a esta altura; la mitad del libro versa sobre artistas sin conexión evidente con la arquitectura como son Flavin o McCall (tampoco contribuye mucho a la causa que Foster mencione el tamaño enorme que requieren sus proyecciones en la oscuridad para justificar la conexión de este último artista con la arquitectura en general); y para terminar en algún sitio, los apuntes mínimos de teoría andan dispersos entre paréntesis («Es un giro curioso que, en tanto que muchos artistas ya no recurren a la naturaleza inspirada del dibujo, muchos arquitectos insisten en hacerlo. Han aprovechado la vieja leyenda del artista como visionario creador de imágenes», señala el ensayista para hablar de la obsesión de Norman Foster hacia sus bocetos manuales.)



Es verdad que el término complex que aparece en el título sugiere una lectura política del estrellato arquitectónico contemporáneo que hace aparición unas cuantas veces en el texto, como cuando Foster denuncia la equivalencia que establecen los ideólogos de la obscenidad monumental entre la transparencia de los materiales de construcción, cristal sobre todo, y la transparencia de las instituciones alojadas dentro de tales edificios. Sobre las cúpulas de Norman Foster escribe en tono irónico: «una reunión política se convierte en una diversión para los espectadores; un distinguido museo en una maravillosa exposición de si mismo en el British Museum». Resulta curioso, no obstante, que Foster nunca vaya más allá de criticar esta suerte de retórica abultada, que apenas aparezcan en su discurso palabras como gentrificación que tal vez hubieran permitido explicar el boom de museos y rascacielos con cierta pretensión artística. Foster desempeña aquí el papel del crítico artístico que disciplina a los artistas en su excéntrica ignorancia sin llegar nunca a ofrecer el saber que podría explicar la situación. Supongo que también son gajes de descuidar los avances recientes en análisis urbanístico.

Publicado originalmente en A*Desk. 15 de Noviembre de 2013. 

6 de noviembre de 2013

Ser blanca y funcionaria

Durante el último cuarto de siglo, las sucesoras del feminismo más favorecidas por las editoriales anglosajonas han centrado su agenda política sobre la performatividad del género. Bajo este ambiguo paraguas experimental se han cobijado muchas prácticas corporales, desde la inversión sexual paródica hasta el desajuste hormonal voluntario, en el nombre de impenetrables presunciones ontológicas. Tras el desplome del socialismo real, apenas ninguna tendencia intelectual adscrita por defecto a la izquierda, con excepción de la conciencia ecológica y animalista, ha gozado de mayor atención académica y de mayor actualidad mediática. Para cerciorarse de la elevada cultura libresca del movimiento basta con revisar el mínimo común bibliográfico visitado, comentado y revisitado por sus autores: Hegel o Spinoza, Foucault o Derrida, Lacan o Deleuze, los grandes filósofos nunca faltan a su cita con el género. Entre la ensalada de referencias característica de toda Gran Teoría, objetivos políticos mundanos marcaron, en realidad, la pauta de los escritos. No en balde, la liberalización de las relaciones personales, en el sentido más comercial del término, y el reconocimiento de la igualdad de intereses, en el sentido más ilustrado del término, estuvieron en el horizonte de las guerras culturales que revolvieron la opinión pública en el Atlántico Norte desde finales de la década de los ochenta, creando las condiciones de posibilidad para la renovación de los estudios de género.

En cuanto a la dimensión práctica de la teoría, títulos como el Manifiesto Contrasexual no llaman a engaño: publicado en el año 2002, en el contexto de unas elecciones francesas marcadas por el inesperado sorpasso del Frente Nacional hasta la segunda ronda de las presidenciales, esta recopilación de artículos, precedida por una batería de principios para la construcción de una sociedad utópica, asientan un paradigma de intolerancia feminista como estrategia de provocación, en la venerable tradición del Manifiesto SCUM de Valerie Solanas. Preciado recurre a la parodia como técnica de desencantamiento, utiliza los órganos protésicos como herramientas de desnaturalización y, entre los susodichos axiomas normativos, propone la abolición de todos los derivados del matrimonio liberal regulado por el Estado en un sugerente tour de force, cuya actualidad aumenta por momentos con el triunfo de los socialistas en Francia, que prometen legalizar el matrimonio homosexual. Sus prácticas de género favoritas contienen, sin embargo, un ambivalente componente económico, no exento para nada de consideraciones ideológicas en términos de clase. «Decido conservar mi identidad y tomar testosterona —reconoce con sinceridad en Testo Yonki— sin entrar en un protocolo de cambio de sexo. Esto es un poco como morderle la polla al régimen farmacopornográfico. Esta posición es, por su puesto, un lujo político. De momento puedo permitírmelo porque no tengo que salir a buscar trabajo, porque vivo en una ciudad de más de ocho millones de habitantes, porque soy blanca, porque no espero ser funcionaria»
Por otro lado, estas limitaciones están presentes en Judith Butler, la pionera cuyas fluctuaciones sintetizan el ambiente del periodo. Sus señas de identidad sociológica reflejan, de hecho, el carácter representativo de su persona. De ascendencia familiar alemana y de herencia intelectual francesa, esta intelectual californiana con pasaporte norteamericano constituye una muestra de la heterodoxia filosófica propia del circuito académico del Atlántico Norte. Por otro lado, el estilo que atraviesa sus escritos, en tercera persona y desapasionado, le garantiza una posición excéntrica dentro de un género literario como este, tan proclive a la declamación autobiográfica. Así, Gender in trouble no es solo el mejor comentario hasta la fecha de la teoría de género francesa, sino también un formidable ejemplo de solipsismo ideológico, escrito desde ninguna parte. Con la excepción de la «Posdata final no científica», con una extensión aproximada de seis páginas, centrada sobre el recurso a determinados prejuicios culturales en los criterios de atribución sexual de los recién nacidos, el resto del libro, doscientas y pico páginas de comentario puramente bibliográfico, ameritan la acusación formulada, desde dentro de la teoría queer, por las discípulas aventajadas de la clase: Butler no tiene cuerpo. En caso contrario, ¿dónde están las credenciales de rareza sexual? Las publicaciones posteriores serán como una toma de tierra en este sentido: en un sorprendente ejercicio de confesión sincera, nuestra catedrática en identidades preformativas justificará entonces su preferencia por la negatividad en términos de un reconfortante determinismo social — «Yo tiendo a pensar que esto es simplemente lo que ocurre cuando una niña judía con una herencia psíquica del Holocausto se sienta a leer filosofía a una edad temprana, especialmente si recurre a la filosofía en circunstancias violentas» —, y detallará su programa político acudiendo a un vaporoso imaginario humanista, formulado en términos de dignidad personal y de libertad de elección. «Lo que me motiva políticamente y lo que quiero alcanzar —concreta en “La cuestión de la transformación social”— es aquel momento en el cual un sujeto —una persona, un colectivo— afirma su derecho a una vida habitable en ausencia de una autorización previa, de una convención clara que lo posibilite.»
¿Qué balance merece este programa? Sería injusto evaluar los frutos de esta ambiciosa propuesta con tan poco margen, máxime si tenemos en cuenta la multiplicidad de frentes de batalla abiertos y la dispersión de los militantes por la causa. Por lo pronto, cabe constatar  que la rápida incorporación de esta corriente en el circuito comercial del sector servicios no ha ido en detrimento de sus virtudes definitorias: la pluralidad como bandera y la despatologización como meta, todo ello aderezado con una estética juvenil contestataria, propia de la última argamasa contracultural prêt-à-porter. A su vez, el reconocimiento institucional de ciertas estrellas intelectuales ha producido un provechoso relevo generacional, caracterizado por un mayor compromiso con la democratización de las prácticas de género, fomentando el acceso a capas menos favorecidas económicamente, y buscando alternativas a la divergencia clasista ya destacada por Preciado. En cuanto a la cristalización de las demandas efectivas, como el reconocimiento estatal de la legitimidad de más de cinco géneros diferentes, las cosas de palacio van despacio, pero el contexto juega en favor de la creciente liberalización de las identidades personales y, en términos comparativos, el camino recorrido resulta impresionante. Entre la Declaración de Olympique de Gouges, la convención de Seneca Falls y el sufragio universal en el Atlántico Norte mediaron, respectivamente, medio siglo o más. Teniendo en cuenta la actual participación en el sistema de congresos internacionales de las principales teóricas de género, la comparativa solo puede esperanzar a quienes luchan por traducir en el escenario político toda la purpurina intelectual de las disidencias de género realmente existentes.

[Publicado originalmente en Saramago. Octubre 2012.]

2 de noviembre de 2013

El extraño caso de Manuel Jabois

Cómo conseguir seguidores en FAES y en Lavapiés
y no morir en el intento. 

Manuel Jabois es sinónimo de controversia. Dejando de lado a sus followers, que a juzgar por las ventas de sus libros deben ser legión, el columnista de El Mundo tiene dividida a la opinión pública entre quienes piensan que está hecho un facha de armas tomar y quienes le denuncian por bolchevique. Un tuit suyo habla de hecho sobre una eventual quedada entre ambas tribus, ambas facciones de detractores. «Va a ser como un partido entre discapacitados y golpistas», indicaba cuando por el mes era de mayo.

Cuando hace la calor, en el arranque de agosto de 2013, escribí a Jabois porque buscaba hacerle algunas preguntas sobre su último libro, Manu, una crónica de la paternidad escrita en primera persona, algo así como la consumación del periodismo gonzo: tener un hijo para contarlo. Las semanas pasaron, sin embargo, tras el verano vino el otoño, Manuel no contestaba o me daba largas. Tenía entendido que estaba tratando con un auténtico rockstar del periodismo, una profesión donde la velocidad viene a ser el equivalente futbolístico a distinguir la camiseta de tu equipo, a tener una raqueta para darle a la bola de tenis, así que tampoco insistí demasiado en el tema. En nuestro camino de se interpuso una bandeja de salida que no se la salta ni la CIA, el demonio maligno de la técnica que vuelve a la carga, se come tus deberes y manda muchos mails fantasma, pero finalmente conseguimos entendernos.

Hay que decir que lentos para algunas cosas somos ambos. La entrevista me la envió a finales de septiembre. La he mantenido en una situación macerada por razones externas a mi voluntad. Disfrutad, no obstante, de este vino añejo.

Jugando la banda aparte.

El carácter anfibio de Jabois, esa capacidad de cosechar seguidores tanto en FAES como en Lavapiés, puede ilustrarse mencionando simplemente quién edita sus textos. A un lado del ring está Pedro Jota, el periodista más molesto que han tenido la mala suerte de padecer los gobiernos de España desde la Transición; su periódico ha hecho más por la caída de los ídolos, por el descrédito de la casta política que quince asambleas del 15-M. Ayer fue Felipe González y los GAL. Hoy Mariano Rajoy y el caso Bárcenas. En la esquina opuesta tenemos Pepitas de Calabaza, el sello donde Jabois publica sus libritos, cuya línea editorial claramente libertaria, un referente dentro de la izquierda contracultural, ecologista y anti-Estado, que seguro que consultan los haters de Orbyt.es.

Que por el monte corran las sardinas, tralará, que Manuel Jabois figure en un catálogo que incluya títulos como La abolición del trabajo, autores como Lewis Mumford o Miguel Amorós, que los extremos en política puedan llegar a tocarse o que Pedro Jota sea el nuevo antisistema solo puede resultar sorprendente para los ideólogos cegados y con carrera de partido por delante. Como me responde Jabois a la pregunta: este jugar a varias bandas, ¿cómo se lleva? «Yo juego en mi banda, como mis compañeros de El Mundo, que son cada uno de su padre y de su madre. Escribo sin organizar el universo por militancias, menos aún colectivas. Tanto a Pepitas de Calabaza como a mi periódico les importa por encima de la ideología, la calidad. Ser bueno es una idea brillante, un programa electoral magnífico para ir por la vida.»

Siguiendo esta misma línea de razonamiento, Jabois también desdeña el autoanálisis ideológico, esa manía de encuadrarse uno mismo bajo una bandera prestada, esa voluntad de apuntarse voluntario a los comprometidos por la Causa, tan próxima muchas veces del dogmatismo y las ganas de tener la verdad a toda costa, dando conejo por liebre en la argumentación normativa. En sus propias palabras: «No me veo a mí mismo ideológicamente —quiero decir que no me estudio— porque aunque de vez en cuando expreso claramente mis ideas, o me burle de ellas y de las de otros cuando se van a extremos, no creo que lo que yo piense sea mejor que el que piensa lo contrario.»

La clave del éxito —me susura Jabois por lo bajini— el truco que tiene para escribir a diario, facturar un libro cada dos años, tener tiempo para hacer performances (véase su paso por el festival Primera Persona), recibir premios y perder trenes —como cuenta en Manu— sin perder el juicio en el intento, es bien sencilla: «Me cuesta escribir para mi». Wikiquotes nos informa que la cita «Un escritor es alguien para quien escribir es más difícil que para los demás» la escribió —suponemos que con esfuerzo— Thomas Mann. Tomando por evidente que escribir consiste en entregarse a los demás, exhibirse hasta el límite de la alteración del orden público, hacer algo casi delictivo, Jabois confiesa que Manu «es un libro escrito para mi con el que certifico un fracaso: solo he podido hacerlo teniendo la certeza de que lo leerían otros». En cuanto al motor inmóvil de esta pasión (¿acaso lo dudaban?) es la vanidad pura y dura.

Sobre la paternidad escribe Jabois: «Es un acto egoísta, supongo que como todo, y un ejercicio de vanidad el convertirla en un libro para llevarlo a otras casas». ¿Y el propio libro? «Un dietario fácil», declara, «escrito de una manera muy rápida para que de alguna manera quede por escrito algo que no devorará la humanidad». Con escritores así, ¿quién quiere críticos?

«La ficción me seduce como una milf.»

Hablamos de su prole, Manuel Jabois Junior. Los medios que leerá (¿conseguirá interrumpir Jeff Bezos la sangría actual de la prensa?), el mundo en qué vivirá (llegar a la mayoría de edad en 2030, dadas las expectativas ecológicas de este siglo, no suena muy bonito que digamos), el himno de fútbol que coreará (no hay discusión: el Alá Madrid, dice el padre). Manuel Jabois El Viejo es optimista (aunque el optimismo, como reza un chiste de la tercera temporada de Homeland, consista muchas veces en saltar desde un rascacielos repitiendo hasta dar con el suelo: «Todo va bien por el momento»). El hijo de Jabois leerá en digital, claro. «Pero me gustaría que reservase los momentos más aristocráticos del mes para darse un homenaje con alguna vieja publicación de papel que haya ofrecido resistencia.» Saludos desde el pasado a los resistentes.

También hablamos de su novela. El columnista ha anunciado varias veces su esperada y demorada aparición narrativa en sociedad. Antes de fichar por El Mundo, Jabois estuvo colaborando para distintas publicaciones periódicas, haciendo crónicas personales y comentarios de actualidad; Irse a Madrid (Pepitas de Calabaza, 2011) recopila algunas columnas suyas. En todas ellas transpira una cadencia estilística que parece encorsetada por los límites de la realidad, está llamando a la puerta de la ficción y reclama mayor amplitud de posibilidades narrativas. No obstante, Jabois no suelta prenda. Pero sí sentencia: «La ficción me seduce como una milf: siempre estoy pensando en ellas pero nunca me atrevo a invitarlas a una copa».



Esta conversación iba a tratar en principio sobre la paternidad. Que conste que yo quería ensalzar la figura paterna moderna, ese producto de marketing que Cesar Rendueles tan bien diseccionó en cierto artículo, para el cual están destinados los anuncios rositas. Pero Jabois es más rústico. Contempla «la paternidad en el siglo XXI como en la Antigüedad: un señor despejando espermatozoides y trayendo bisontes a casa para que el retoño crezca.» Quizá sea gracias a la descripción de los elementos contextuales del embarazo que Manu ha sido celebrado como uno de los libros mejor escritos desde la paternidad, a la altura de su homólogo por parte de madre, Nueve Lunas de Gabriela Wiener. Pues estamos ante una narración donde la profesión del padre ocupa casi todo el texto, señalando su posición periférica, la importancia de ganarse la vida y provide for the family, como diría Walter White. Lean la entrevista completa por Zeus antes de llamarle heteropatriarcal por esto último.

[Entrevista]

Ernesto Castro: Antes del verano apareció Manu, un libro sobre un escritor que tiene un hijo. Tú mismo eres el personaje principal de una historia donde tu profesión de periodista llega a cobrar mayor protagonismo incluso que el embarazo o el parto de tu mujer. En España se han escrito algunas novelas geniales sobre la maternidad, como Nueve Lunas de Gabriela Wiener, pero Manu quizá sea un ejemplar primerizo de un formato todavía sin explorar: el relato en primera persona del devenir padre de individuos irónicamente patriarcales y hasta viriles. Dime, ¿ves posibilidades comerciales en el género? Manu desde luego se vende como churros. Algunas preguntas habituales, solo para hacer canon del tema: ¿cuales son tus referentes literarios?, ¿cómo hallas la paternidad en el siglo XXI? Y aún más importante, ¿cuando sacas tu opera prima de ficción? Por las páginas Manu ronda tu esperada y demorada aparición narrativa en sociedad. ¿Te has puesto manos a la obra con ello? 

Manuel Jabois: No creo que sea un género en sí mismo más allá que un dietario fácil, escrito de manera muy rápida para que de alguna manera quede por escrito algo que no devorará la humanidad, pero sí espero que un par de generaciones familiares que vengan detrás de mí. Es un acto egoísta, supongo que como todo, y un ejercicio de vanidad el convertirlo en libro para llevarlo a otras casas. Me cuesta escribir para mí, pero este libro es un libro escrito para mí con el que certifico un fracaso: sólo he podido hacerlo teniendo la certeza de que lo leerían otros. En cuanto a la paternidad, la veo en el XXI como en la antigüedad: un señor despejando espermatozoides y trayendo bisontes a casa para que el retoño crezca. La ficción me seduce como una milf: siempre estoy pensando en ellas pero nunca me atrevo a invitarlas a una copa.

EC: Y otro interrogante convencional: ¿cómo ves el mundo (en minúscula) que heredarán tus hijos? Quiero decir, en 2030, cuando Manuel Jabois Jr. alcance la mayoría de edad, la tasa desempleo juvenil no estará —espero— en el 60%, pero las cuestiones migratorias y ambientales seguirán sobre la mesa, asuntos públicos que no visitas a menudo en tus múltiples columnas de opinión, por cierto. ¿Hay vida periodística inteligente más allá de Bárcenas & co.? Y al filo de esto último, ¿alguna profecía sobre los periódicos que consultará Manuel Jabois Jr.? Ya sabemos su equipo de fútbol, el Real Madrid. Pero todavía ignoramos si Jeff Bezos o alguien así parará la sangría actual de la prensa. Para cuando la décima del Real, ¿seguirán vivos los diarios en papel, esa especie en peligro de extinción, o la Tierra será cosa de los bloggeros? 

MJ: Soy optimista. Mi hijo conocerá un mundo mejor que el mío de la misma manera que yo, desde luego, he conocido un mundo mejor que el de mi padre. Leerá en tableta, indiscutiblemente (si la tableta llega y no se inventa nada nuevo), pero me gustaría que reservase los momentos más aristocráticos del mes para darse un homenaje con alguna vieja publicación de papel que haya ofrecido resistencia. En el futuro habrá blogueros, periodistas y hasta zapateros. Los oficios permanecen y mejoran como oficio, no sé ya si como medio de vida.

EC: Hablando del presente y del futuro, hace poco estuviste invitado en la última edición del primera persona, un festival interdisciplinar donde la literatura comparte espacio con la cultura urbana y la música popular (este año trajeron a unas punkrockers octogenarias y feministas que son la hostia: The Raincoats). Y allí estabas tú, en tierra hostil, rodeado de cubiletes y pelotas del Barça, contando una historia sobre una noche que estabas borracho, si no recuerdo mal. Me encantó. ¿Consideras profundizar en el performance como formato creativo en el futuro? Eres bueno, tío, de veras. 

MJ: No, en absoluto. Mi exhibición es en el folio y me parece suficiente. Encima de un escenario yo lo único que hago es el ridículo. Luego puedo hacerlo con peor o mejor estilo, pero el rídiculo totalmente. Te lo aseguro. Vi las caras de ese público y mientras aplaudían y reían pensaban exactamente lo mismo que yo.

EC: Manu es el segundo volumen que sacas con Pepitas de Calabaza, según su página web, "una editorial con menos proyección que un cinexin", conocida por sus libros de crónicas (este noviembre publican Alpinismo Bisexual de Simón Elías Barasoain con un epílogo tuyo), pero cuya linea editorial se encuentra orientada sobre todo hacia el anarquismo y la contracultura. Entre autores como Lewis Mumford o Miguel Amorós y títulos como La abolición del trabajo, los cuales  suscitarán seguro la sospecha de tus compañeros de El Mundo, se hallan dos libros tuyos. Este jugar a varias bandas, ¿cómo se lleva? 

MJ: Yo juego en mi banda, como mis compañeros de El Mundo, que son cada uno de su padre y de su madre. Escribo sin organizar el universo por militancias, menos aún colectivas. Tanto a Pepitas de Calabaza como a mi periódico les importa por encima de la ideología, la calidad. Ser bueno es una idea brillante, un programa electoral magnífico para ir por la vida. No hablo de mí, naturalmente. Aunque con algún artículo lo piense, como diría Manquiña.

EC: En Twitter decías hace unos meses: "Tengo que presentar a los que me llaman facha y a los que me llaman bolchevique. Va a ser como un partido entre discapacitados y golpistas." A caballo entre la toma del Palacio de Invierno y el golpe de Estado del 36, ¿hay alguna posición ideológica intermedia que puedas decir tuya? Como columnista respondón eres insuperable, como tantos otros retratistas de costumbres cortesanas que habitan las páginas de El Mundo, pero muchos nos preguntamos qué ideología concreta o que principios distributivos secundas más allá de estar a la contra de los poderosos, de los corruptos, de los ineptos y del gobierno.

MJ: Yo escribo una columna casi todos los días de la semana y desde hace mucho tiempo. Es imposible, leyéndome, que alguien no sepa qué pienso de la sanidad y educación pública, de los nacionalismos o del aborto, por poner tres ejemplos que mucha gente ansiosa utiliza para meter a alguien en el rebaño. No me veo a mí mismo ideológicamente –quiero decir que no me estudio- porque aunque de vez en cuando expreso claramente mis ideas, o me burle de ellas y de las de otros cuando se van a extremos, no creo que lo que yo piense sea mejor que el que piensa lo contrario. Salvo los límites del sentido común, claro. La defensa del débil o reconocer que al Madrid le perjudican los árbitros son cosas que no pueden estar nunca en un debate público por obvias.