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10 de enero de 2015

¿Hay precariedad en el mundo del arte? Charla en AKME 2014.

Buenos días,

ya sé que lo habitual y lo educado en estos casos es agradecer la invitación de los organizadores y la concurrencia del público que hoy nos regala su presencia y espero que también su atención. Ya sé que los tratados de retórica clásica recomiendan arrancar con una captatio benevolentiae que aparente un vínculo especial ilusorio entre nosotros. Ya sé que no tengo por qué hablar del dinero que cuesta que yo esté aquí delante de vosotros. Pero no quiero engañaros. Yo estoy aquí, entre otras cosas, porque me han pagado. Porque me han pagado dos billetes de avión, una noche de hotel y unos honorarios. El coste total bruto son 518,48 euros (240 de honorarios; 278,48 del avión y del hotel).

Milton Friedman, el economista de la Escuela de Chicago que, entre otras cosas, defendió el Impuesto Negativo sobre la Renta, el antepasado monetarista de la Renta Mínima Garantizada que ahora mismo forma parte del programa económico de Podemos, y esto lo digo para que luego nadie me acuse de citar a autores que no son de izquierdas, Friedman —como digo— cobraba la entrada a sus conferencias a precio de mercado, esto es, trasladaba a la concurrencia los costes de producción y su margen de beneficio como buen empresario de las ideas que era. Igual que Schopenhauer, por cierto, cuando siendo un simple Privatdozent, un mero profesor particular que cobraba por horas a sus estudiantes, quiso y no pudo arrebatarle su audiencia masiva a Hegel, a la sazón funcionario de la Humboldt berlinesa, olvidando que en los estudios, como en todo, la Voluntad cuenta menos que el Estado. Los argumentos de Friedman son los siguientes:


La pregunta que quisiera haceros es: ¿cuántos de vosotros estaríais dispuestos a correr por cuenta propia con los gastos de este evento? Suponiendo que los costes se dividieran entre las 24 personas que había en la sala al comienzo de esta ponencia, aunque a estas alturas ya se habrán marchado los descontentos y los indignados, suponiendo que no hubiera costes adicionales ni de localización ni de transacción, que los organizadores fueran todos voluntarios y que el edificio estuviera amortizado, ¿cuántos de vosotros pagaríais 22 euros por asistir a una conferencia, no digo esta en concreto, que puede ser una mierda, sino cualquiera entre todas las pronunciadas y por pronunciar? ¿Quién se gastaría 22 euros en una conferencia?

¿Podéis levantar la mano?

Cesar Rendueles, el autor de Sociofobia, piensa que el hecho de que ninguno de vosotros haya levantado la mano, pero que tampoco nadie se haya levantado y se haya ido, el hecho de que me sigáis regalando —como ya he dicho— vuestra presencia y espero que también vuestra atención, y que por tanto estéis concediendo cierta importancia (intelectual, masoquista o bufonesca) a lo que estoy diciendo, lejos de ser un argumento contra la financiación autonómica de estas jornadas, contra el hecho de que —vosotros también— estéis siendo subvencionados por unos contribuyentes que no están presentes ahora mismo, un tema fiscal para nada baladí en una región foral como Euskal Herría, según Rendueles todo esto no es un argumento en contra de este subsidio público nuestro, sino más bien a favor. Precisamente porque el mercado no representa fielmente nuestros intereses, ya sea porque tengamos preferencias superiores no reveladas en la conducta atomizada de compraventa (en nuestro caso: la conducta atomizada de levantar la mano), ya sea porque los precios no contengan toda la información relevante y aseguren por tanto el fetichismo de la mercancía (“Todo necio confunde valor y precio”, que diría Antonio Machado), el caso es que tiene que haber un mecanismo independiente que destine recursos a externalidades positivas como las palabras que ahora mismo salen por mi boca. El ejemplo predilecto de Rendueles está en verso:

“Te pongo un ejemplo: yo soy muy mal lector de poesía. Si mi juicio sobre la poesía se dirime por la cantidad de libros de poesía que compro al año o por la cantidad de poesía que leo en internet, será que no me interesa nada la poesía. Pero si me preguntan, si me pregunta alguien: ¿cree usted que debe apoyarse la poesía o la música clásica? Pues sí, sí que lo creo aunque yo no la lea, aunque yo no vaya nunca a un concierto de música clásica. Y es una distinción esencial, el que haya un proceso deliberativo o confiemos solo en la preferencia revelada en el mercado o en la red.” (Lo dice a partir del minuto 5:20 de esta entrevista, cuyo vídeo no puedo colgar aquí supongo que por una cuestión de derechos.)

Ahora bien, ¿qué interés puede tener la poesía para una asamblea soberana cuyos integrantes no leen poesía, pero piensan que hemos de mantener a los poetas a costa de todos, suponiendo que los poemas estén para ser leídos (sospecho que hay controversia sobre este último punto)? Slavoj Zizek suele poner el ejemplo de Niehls Bohr, el premio Nobel de física que colgó en la puerta de su despacho una herradura con los extremos hacia arriba porque había oído que el artilugio seguía dando suerte aunque uno no crea en ella, para ilustrar cómo funciona la falsa conciencia de la realidad: creemos que la poesía sigue siendo interesante aunque a nadie le interese, emocionante aunque a nadie le emocione, importante aunque a nadie le importe. ¿De verdad lo creemos?

Yo creo que no.

Cuando le conté a una amiga (y aquí utilizo la palabra “amiga” en el sentido de los trovadores provenzales) que hoy tenía que hablar de la precariedad económica del arte, me contestó: “¿Y por qué no hablas de su precariedad intelectual? Hace años que no se piensa nada nuevo.” Me sorprendió esta respuesta viniendo de una licenciada en Historia del arte que está trabajando de camarera en el extranjero, una persona que en principio tiene ideas pero no el dinero para llevarlas a cabo, y yo pensaba además que el principal problema del mundo del arte era el exceso de teoría, la ridícula posición de mistagogos que han asumido los comisarios desde finales de los años ochenta, la proliferación de testaferros que se creen filósofos porque trabajan en la lucrativa profesión de rellenar los catálogos de los amigotes con citas de Jacques Derrida y analogías con Marcel Duchamp, cuando en verdad las ideas, en este mundo nuestro, son solo el envoltorio del Kinder Huevo, una suerte de noblesse oblige entre productores y consumidores, un encantamiento de serpientes; pero en el fondo tuve que darle la razón a mi cara amiga.


En el tiempo que he invertido en preparar esta conferencia he leído cuanto he podido sobre la precariedad en el mundo del arte y he llegado a la intuición de que el tema está más o menos estancado desde hace una década. El concepto de lo precario se empieza a poner de moda en 2004 con el Musée precaire de Thomas Hirshhorn, una exhibición temporal de obras maestras del Pompidou en un edificio improvisado sobre un solar de Aubervilliers, la banlieue parisina preferida por Guy Debord y Juan Goytisolo, que solían frecuentar juntos una tasca de republicanos españoles exiliados a mediados de los 50, y que apenas un año después de que Hirshhorn desmontara el campamento fue escenario de unos disturbios, causados por la muerte de varios jóvenes musulmanes a manos de la policía, que llevaron a la quema de hasta 10.000 coches en toda Francia, lo que me lleva a pensar que tal vez (solo tal vez) los vecinos de Aubervilliers tienen y tenían más urgencia de otras cosas que no son arte, máxime teniendo en cuenta el papel gentrificador que tienen los museos. ¡Pero qué voy a contar, queridos bilbainos, que no sepáis vosotros! Desde entonces, desde el 2004, el debate sobre la precariedad ha estado orbitando sobre dos posiciones:

(i) los pensadores tipo Gerard Vilar, que en su artículo “Filosofía de la precaridad” se entretiene en establecer unas distinciones conceptuales absolutamente trilladas entre el archivo y la enciclopedia con motivo de la última Bienal de Venecia, además de dictaminar —el burro delante paque no se espante— que sin filosofía no habría historia del arte y para terminar se contradice al indicar primero que la precariedad no es una condición ontológica sino económica y luego decir que Marina Abramovic, una artista cuya fundación se dedica a explotar el trabajo de voluntarios cualificados, es ella misma una precaria; (ii) los activistas tipo Luis Navarro, que promueven la formación de una marea de la cultura que defienda el derecho de los ciudadanos a acceder libremente a los contenidos y el derecho de los agentes a ser justamente remunerados, pero luego se pasan el tiempo discutiendo sobre si el color de la marea debe ser el gris, como lo son nuestras expectativas de trabajo, o el rojo, como se barajaba en una asamblea celebrada en mayo de 2013 en el Reina Sofía, que quedó en agua de borrajas. (Pregunta zen para más tarde: ¿cuál es el color de la cultura?)


Yo quisiera hablar hoy desde una tercera posición: la del freelance escéptico. Freelance, por cierto, es una palabra cuya historia tiene su gracia. La primera acepción que conozco aparece en Ivanhoe, la novela de Walter Scott de 1819, ambientada en pleno siglo XIII inglés, que cuenta la historia de un caballero que ha regresado de las cruzadas bautizado en castellano como el “Desdichado”, que Walter Scott traduce por “Disinherited one” cuando en verdad quiere decir “Unfortunate”, quien termina vinculado a Ricardo Corazón de León y Robin de Locksley (o sea, Robin Hood) contra Juan sin Tierra, en una historia con referencias a la conquista de los normandos sobre los anglosajones y a los orígenes míticos del procomún ecologista en Gran Bretaña, La carta de los bosques de 1215 con sus artículos sobre la explotación comunal de la madera y los animales salvajes, en medio de lo cual aparecen dos veces los malditos Free Lances; José Joaquín de Mora, el primer traductor de Ivanhoe al castellano, un liberal exiliado en Londres tras la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis en España, máximo exponente del neoclasicismo en su polémica contra el romántico Juan Nicolás Böhl de Faber, tradujo “freelance” por “hombre libre”, cuando en verdad significa “mercenario”, que es lo que yo quiero ser hoy: un mercenario del escepticismo. Pues en el “Diálogo en vez de prólogo” que antepone Mora a su traducción de Ivanhoe, la voz del traductor señala lo siguiente:

“[El autor] no es un cansado declamador que amontona frases ranflonas para inculcar los principios de moral que todo el mundo sabe: sino, un retratista consumado que nos ofrece la imagen del traidor, del perfido, del mal amigo, para que nos llenemos de horror al mirarla y nos astengamos de seguir sus huellas”

A lo que su interlocutor replica: “estos estrangeros tienen al diablo en el cuerpo”. Pues bien, querido público, dejadme que encarne al diablo por unos minutos.

Cuando Arantza Lauzirika, la organizadora principal de estas jornadas, me dijo que este año tanto la temática como el presupuesto estarían, en comparación con ediciones anteriores, en la más absoluta precariedad, pensé en lo afortunada que debe ser la clase social de los ponentes, en comparación con el resto de la especie humana, para juzgar que volar en avión, alojarse en hoteles y cobrar por pensar es una situación precaria, como si tener todo esto y mucho más fuera lo normal. Lo normal es el Turco Mecánico, el sistema de crowdworking de Amazon cuyo nombre remite al autómata de Wolfgang von Kempelen que supuestamente jugaba al ajedrez, pero que en verdad tenía a un enano debajo de la mesa, como Charles Chaplin entre los engranajes haciendo todo el trabajo, y que para Walter Benjamin encarnaba la relación entre el materialismo histórico y la teología, que “es pequeña y fea, y no ha de dejarse ver en absoluto”, igual que hoy medio millón de personas de todo el mundo, pero sobre todo mujeres yanquis y varones hindúes, realizan trabajos repetitivos como etiquetar fotografías o resolver captchas, tareas mecánicas donde los humanos ayudan a las máquinas a ser más humanas, por las que apenas cobran unos poquitos céntimos. La mayor parte de los turcos cobra entre uno y cinco euros a la semana.


Cinco euros es el presupuesto que tienen los artistas que participan en la exposición que se inaugura esta tarde, amadrinada por Cabello y Carceller, quienes ya montaron una muestra colectiva en la galería Off Limits de Madrid titulada Presupuesto: 6 euros en 2010 y supongo que seguirán repitiendo el experimento hasta que termine la crisis o se vayan aproximando asintóticamente al número cero, como la tortuga que persigue Aquiles, lo que resulta infinitamente más probable. Como todo esto parte de la idea de Isidoro Valcárcel Medina de montar una exposición en el Reina Sofía por 1.000 pesetas (¡1.000 de las antiguas y anheladas pesetas!) quisiera recordar la opinión de Valcárcel Medina sobre los quejicas y los llorones del arte: “Los que os quejáis de la crisis porque os limita la expresión, ¡así como suena!, tal vez tenéis poco que expresar”. Así se expresa este Premio Nacional de Artes Plásticas que no vive del arte, sino para él, en una carta a una joven artista que, en homenaje a Rainer María Rilke, ha publicado la editorial Con Tinta Me Tienes, donde luego dice:

“Estás algo asustada, me dices, por el abismo abierto entre la verdad, que tú crees representar, y la mentira, que avala el ambiente artístico que te rodea. Pero, dime: ¿cómo es posible que sepas cuál es la verdad? El mundo del arte se distingue precisamente por carecer de certezas. Es como el de la ciencia, que sólo está seguro de que más tarde o más temprano su descubrimiento será desvirtuado.”


Volviendo al Turco Mecánico de Amazon, desde un punto de vista artístico es interesante la iniciativa del bloguero que ofreció cincuenta centavos a quien le enviase un selfi con una declaración escrita sobre por qué trabaja como un turco, una iniciativa que quiso visibilizar a los enanos de la teología amazona con los mismos instrumentos de oferta y de demanda de trabajo flexible que la caracterizan, como si la visibilidad tuviera propiedades curativas, cuando en realidad algunos declaran hacer el turco para matar el tiempo, para entretenerse un rato, y además resulta que esta estética del compromiso a demanda (pensemos en los miles de fariseos que se han tirado un cubo de agua helada encima este verano por una enfermedad minoritaria; no hubo ice bucket challenge para el SIDA, la tuberculosis o la malaria), este cinismo del capataz mediático que cabalga las paradojas del sistema, figura que yo mismo encarno al venir hasta aquí en avión, es algo muy viejo. En España tenemos a Santiago Sierra; en Bulgaria tienen esto:


Lo interesante de la recepción del vídeo en España es que la mayor parte de las revistas hipsters, cuyos articulistas suelen estar en contra de la política reducida a gestos y fotitos cara a la galería, tradujeron la primera parte de la declaración (“Mi nombre es Vurban Todorov. No tengo ninguna causa. Reto a todo el mundo y me rocío de mierda a mi salud”) pero se olvidaron de la segunda parte (“Ha sido un duro golpe contra la democracia búlgara. ¡No hay cultura!”), quizás porque a los hipsters no les interesa qué pasa en Bulgaria, igual que a nadie le interesaba qué pasaba en Ucrania hasta que pasó. No es cierto que no haya cultura, como dice Vurban Todorov; su grabación cumple los estándares de rareza que hoy reclaman los museos de todo el mundo para colocar algo en una pedestal y llamarlo arte. Lo que no hay, en un mundo tan complejo y dominado por la conducta estratégica como el nuestro, es una moral entendida como un conjunto de disposiciones racionalmente asentadas sobre qué hay que hacer en cada caso. Sabemos lo que es culto, pero no lo que es bueno.


Veamos un ejemplo de genuina aporía moral motivada por una conducta estratégica. Gólgota picnic es una pieza de teatro de Rodrigo García sobre la crucifixión en clave absurda donde los actores terminan desnudos y embadurnados de pintura sobre panes de hamburguesa. Este verano tuvo que cancelarse el estreno de la pieza en muchos teatros de Polonia debido a las manifestaciones, los exorcismos y las acciones legales de ciertos grupos católicos, entre ellos el partido Ley y Libertad que apeló al artículo 196 de la Constitución, donde se detalla claramente una condena de hasta dos años por blasfemia. Unas semanas antes la pieza se había cancelado en Montpellier, donde Rodrigo García es director del centro nacional dramático, en apoyo a la huelga de los intermitentes del espectáculo, que estaban peleando su peculiar derecho a cobrar el paro entre una producción dramática y la siguiente. En realidad estaban luchando por las prestaciones de un 10%, aproximadamente 11.000 intermitentes, que son los que peligraban por las reformas de Manuel Valls. Este es un ejemplo de conducta estratégica, la solidaridad gremial contra los recortes neoliberales: no entramos a valorar las alternativas o los argumentos del adversario salvo que promuevan inequívocamente los intereses actuales de los nuestros. ¿Pero quienes son los nuestros? Rodrigo García escribió una carta donde decía que se sentía como una mierda por apoyar a una huelga que no tenía en cuenta los intereses del público y del equipo de Gólgota Picnic, españoles, italianos y portugueses, a los que sus Estados no protegen cuando no tienen trabajo. Un intermitente llamado Franck Ferrara le contestó lo siguiente:

“Porque yo también me siento como una mierda. Como una mierda cuando debo aceptar el hacer una mala figuración a dos horas en coche de mi casa sin que me paguen la gasolina. Como una mierda cuando tengo que sonreír para ver si encuentro un papel que nunca encuentro porque siempre es demasiado tarde. Como una mierda cuando doy talleres a chavales que se la sopla y que consideran el teatro como una buena razón para saltarse las clases, aunque sepa que yo empecé en el teatro como ellos. Como una mierda cuando mi familia me pregunta por qué no soy ya una estrella, por qué no salgo en la televisión, porque no hago cine. Como una mierda cuando les respondo que no quiero volverme comercial y se ríen en mi cara mientras me dicen que hoy todo el mundo lo hace. Como una mierda cuando los espectáculos que monto con mis compañeros no hacen gira porque no llegan por acá o se pasan por allá. Como una mierda cuando llamo diez veces a un director para que acepte leer mi pobre dossier, como una mierda cuando entiendo que le importa un carajo mi trabajo y se cree que es mi padre. Como una mierda cuando comprendo que ese mismo director está cogido por los huevos y que sus subvenciones se ven reducidas año tras año. Como una mierda cuando aplaudía en la huelga con lágrimas en los ojos sabiendo que ese será el único modo de hacer avanzar las cosas, porque hoy, en este país, sólo las estúpidas demostraciones de fuerza logran cambiar las cosas. Como una mierda cuando he leído tu carta y me he dicho: tiene razón, ¿qué estamos haciendo?”

A esto me refiero cuando hablo de aporía moral.

A estas alturas de la ponencia habrá quien piense que este es un ejemplo perfecto de la impostura del ponente de letras, que promete hablar de una cosa y luego habla de otra, como pasó en el precedente inmediato de estas jornadas, el VIII Simposio Internacional organizado por la Asociación Catalana de Críticos de Arte, donde prácticamente todos los participantes ignoraron el título del evento, que era “Crítica de arte en el mundo global. Arte y Precariedad”, y se dedicaron a hacer publicidad de lo suyo (Carolyn Christov-Bakagiev habló de su dirección de dOCUMENTA; Albert Serra de su película sobre Hitler y Goethe; Dora García de su obra Klau Match; Antoni Llena sobre su trayectoria profesional) y los pocos que tocaron el tema o bien hablaron en términos formales (Bice Curiger atribuyó la precariedad al estilo barroco) o bien mostraron un entusiasmo infundado hacia el compromiso pedagógico (Francesco Jodice sostuvo literalmente que “el arte tiene que educar para la revolución”), pero no os preocupéis, que yo hace tres años que no creo en la revolución y mucho menos en los revolucionarios (en los monaguillos de la revolución artística cotidiana) como Enrique Vila-Matas, cuyo retrato de este mundillo, Kasel no invita a la lógica, es en verdad un libro sobre creerse el centro del mundo y quererse follar a las becarias. La Sección Madrid, un colectivo de agitprop anarquista surgido al calor del 15M, que en su manifiesto fundacional reclamaba, entre otras cosas, la “quema inmediata de todo local empleado para el culto de deidades imaginadas”, lo que supongo incluye también bienales, museos y ferias, está curiosamente de acuerdo con Vila-Matas:


La noche del 1 de septiembre de 2011, hace ahora tres años, me detuvo la policía en Madrid por pintar un grafiti que rezaba “Tú Botín / Mi Crisis” (un juego de palabras mazo rebelde & mazo creativo) en la fachada de la sucursal del Banco Santander en Embajadores, una plaza que todo el mundo sabe que es el lugar desde donde salen las cundas a por una papelina en la Cañada Real, en la venerable tradición del “colocarse” de Tierno Galván en adelante. Fue de hecho un drogadicto que estaba fumando papel de aluminio en las escaleras del metro el que me avisó de que un coche patrulla me estaba siguiendo. Yo había cometido el error de salir a pintar con la mochila llena de pegatinas de Juventud Sin Futuro, una antología de artículos de León Trotski editada por Público, un ejemplar de biblioteca de La economía del socialismo factible de Alec Nove y otros libros hiperbólicamente anticapitalistas que por aquel entonces leía, en lo que ridículamente llamábamos algunos el #otoñokaliente del 15M, así que cuando eché a correr con toda aquella carga a la espalda, en mi huida ante la sirena de la patrulla, les resultó muy sencillo a la pareja de maderos pillarme. Me cayeron 1.500 € por manchar la Villa Histórica de Madrid.
Aquí termina mi experiencia con la revolución. Y aquí empieza la de dOCUMENTA, cuyo presupuesto prácticamente se ha multiplicado por tres en los últimos veinte años y cuya última edición, dirigida por la kamarada komisaria Christov-Bakagiev, contó con el patrocinio de entidades como el Deutsche Bank, Finnazgruppe y Vokswagen, además de los fondos del gobierno alemán, lo que les ha permitido tener sedes de la muestra en hasta cuatro ciudades: Kasel (Alemania), Kabul (Afganistán), El Cairo (Egipto) y Banff (Canadá). A pesar de las pedanterías contra la “economía logocéntrica” y a favor de la “apertureidad heideggeriana” que caracterizan a la kamarada komisaria Christov-Bakagiev, en Kasel la entrada diaria costaba 20 euros, el pase de dos días 35 pavos y el bono para todo el año, la oferta más popular entre los nativos, 100 cachirulos de nada. En Kabul, en un Afganistán todavía ocupado por los Estados Unidos donde las analogías con Alemania después de 1945 cayeron como una sobrada de analfabetos, nuestra estimada kamarada komisaria se marcó un discursito sobre la praxeología del como si de Hans Vaihinger que pasará por derecho propio a la historia universal de la infamia: “Si actúas como si no hubiera conflicto —como si no hubiera una ocupación y un sistema de seguridad increíble— de hecho puedes interferir, interrumpir y cambiar la realidad mediante la imaginación.” Eso díselo a la población negra de Ferguson.

O a los currantes del mundo del arte de mi generación. En 2010, según datos del Ministerio de Educación, se licenciaron en España 1.943 estudiantes de Bellas artes y 1.076 de Historia del arte, de los cuales ahora mismo están afiliados a la seguridad social el 53,2% y el 47,2% respectivamente, casi cinco puntos de diferencia que demuestran, en términos relativos y meramente laborales, que Hegel tenía razón: el arte es historia. Pero no toda la Galia está ocupada por los romanos; un pequeño pueblo resiste ante el fiero invasor: hace un año, en esta universidad, la diferencia era favorable a Bellas artes. Y en términos totales la ventaja es de cuatro a uno, 100 afiliados a la seguridad social licenciados en Bellas artes versus solo 25 de Historia del arte. Así que, mal por Hegel. (Nota bene: hemos tomado los índices de la seguridad social no porque resulten exhaustivos, ya que dejan fuera toda la economía informal, sino porque hasta cierto punto son rotundos, pero deben completarse con índices adicionales. Los colores de la gráfica, como es obvio, los he elegido yo.)



Ahora en serio, es vergonzoso que más de la mitad de una generación de licenciados, que ahora tienen más de 26 años y no se benefician por tanto de la cobertura de sus padres, carezcan de la seguridad social, pero más vergonzosos son los puestos de trabajo que encuentran los “afortunados” de mi generación. La precarización, que Guy Standing define como la adaptación de las expectativas vitales a un empleo mudable para el cual uno está más formado de lo necesario, no es un problema coyuntural que podamos solucionar fusilando a los banqueros: en la Italia del año 2000, con una tasa de paro del 4%, se calcula que un 40% de los licenciados curraba en empleos que no requerían formación superior; es un problema de titulitis wannabe: en Alemania, nuestro modelo a seguir en todo salvo en lo bueno, solo un 36% de los bachilleres ingresan en la universidad, no porque las tasas sean muy elevadas, no porque haya una prueba de acceso chunga, sino porque hay alternativas como la Fachhochschule, una suerte de Escuela Técnica Superior mejorada; en España todo el mundo sabe que un electricista promedio encuentra más ofertas de trabajo que un graduado promedio en ADE o Derecho, y sin embargo el electricista promedio prefiere malgastar sus ahorros promedio en que sus vástagos promedio se matriculen en carreras promedio, todo por una noción de promoción social como para señoritos, los estudios como marca de estatus. Con el plan Bolonia, la subida de tasas y las bufonadas sobre la universidad de las empresas este sainete español no hace sino proseguir su función, como señala Miguel Morey en “Nacimos griegos”:

“¿cuántos de nuestros cargos académicos sobrevivirían en una empresa cualquiera, una que tuviera el mismo número de trabajadores a su cargo? La respuesta parece evidente, y a mi entender no los desmerece en absoluto, al contrario, pero sí marca la distancia que media entre suscribir un credo y llegar a alcanzar la mínima decencia requerida para poder denominarse practicante.”

La única advertencia que quiero por tanto lanzar a las generaciones venideras es: “Si queréis encontrar trabajo no os matriculéis en la universidad.” O incluso: “No os matriculéis en la universidad, solamente encontraréis trabajo”.

Muchas gracias,

18 de diciembre de 2014.
UPV/EHU. Bilbao.

29 de julio de 2013

Still Death

Las Jornadas contra Franco.
María de los Ángeles: Always Franco
Más allá de la pelea tuitera, con Hermann Tertsch y los Bucaneros enviándose misivas amorosas desde lejos, las Jornadas contra Franco tuvieron cierta virtud expositiva. La exposición de las Jornadas mostraba, entre otras cosas, un sucinto resumen de los repertorios creativos utilizados por los artistas comprometidos de nuestro tiempo. Mejor dicho, de hace 40 años. Entre tanta performance, como las divertidísimas —pese a ser obvias— encarnaciones guiñolescas del generalísimo realizadas por Rómulo Bañares, se echa en falta una apuesta más arriesgada en cuanto a soportes se refiere. Por más que Francesc Torres se esfuerce en realizar un retrato naif del franquismo, el público curtido en mil batallas no podrá sino reconocer el trazo de las caricaturas medio infantiloides de Pablo Picasso, por no hablar la inmensa tradición de dibujantes desde Hermano Lobo hasta Mongolia, pasado por El Jueves. Solo algunos trabajos documentales, a la sombra del archivo didi-hubermaniano y de la memoria histórica zapateril, tal que Adios gracias de Etcétera (multicopia del acta de defunción de 1975) o Transición ficticia de Nuria Güell (sobre la muerte de seis maquis), permiten descubrir que no vivimos —para asombro del espectador— en 1978. Quizá hubiera sido entonces momento de organizar las Jornadas. La iniciativa llega tarde —vaya— pero llega. Y como se ufanan los seguidores del Rayo Vallecano, tiene lugar en un gran barrio. El detonante del asunto ha sido el juicio contra Eugenio Merino, conocido por sus estatuas a tamaño 1/1 sobre famosos situados en condiciones ridículas, en la mejor estela de Maurizio Cattelan et tutti quanti, herederos de la mordacidad humorística mediterránea. En las últimas entregas de ARCO, mientras el festival madrileño seguía en su peculiar caída libre hacia el abismo del business as usual, las piezas de Merino han brillado, como la estrella polar, con luz propia. Cuan luchador de wrestling, el escultor se ha ganado el cinturón de los pesos pesados otorgado por la asociación de reporteros dicharacheros metidos a periodistas culturales. Yo mismo, por ejemplo, he acudido a la feria desde pequeño, no solo para escuchar los piropos que regalan las galeristas a los hijos de, sino también por el espectáculo, la fanfarria, y Merino ha sido la última montaña rusa de este parque de atracciones. Desde la aparición del smartphone, nada ha simplificado tanto la vida de los suplementos culturales como las fotos, en plena portada y a todo color, de los Merino: Franco en una nevera, Castro zombificado, Bush meditando, Hirst que se suicida. Sin embargo, esta última entrega (¡maldición!) nos hemos quedado sin nuestro rancho. No hubo Merino alguno en ARCO 2013. La Fundación Francisco Franco ha llevado a los tribunales la caricatura del caudillo presentada en suciedad la edición anterior. And the rest is silence: la Plataforma de Artistas Antifascistas, pendientes de la resolución del juicio, organizan las Jornadas en apoyo de Merino; el presidente de la Fundación, un hortera de pantalón hasta los sobacos, se presenta en Vallecas notario mediantey vuelve a casa con cajas destempladas; la fiscalía desestima la demanda, tras apenas media hora de juicio, «ateniendo a los usos sociales actuales», anteponiendo la libertad de expresión del artista plástico, y quedando visto para sentencia el caso. Eugenio Merino esboza una amplia sonrisa ante las cámaras. La Fundación, desairada y deshonrada, está dispuesta a llegar hasta el Tribunal Supremo. ¿Será posible?

Eugenio Merino: Punching.




Si la noción del engagement artístico tuviera sentido ahora, cosa que dudo, dada la vigente ausencia de compromiso artístico hacia cualquier programa político que trascienda la crítica del statu quo (un carromato que resulta fácil y barato de abordar), artista comprometido sería, sin duda, Eugenio Merino. Si Always Franco removió las aguas del pantano, mostrando la complicidad del presidente del IFEMA, José María Álvarez del Manzano, con los fantasmas del franquismo y con sus enterradores, la última escultura del artista, Punching, expuesta en las Jornadas, constituye un feliz ajuste de cuentas con el pasado, una revisión histórica en formato artístico equiparable, en todo caso, a Malditos Bastardos. Gesto igual, otro dictador: allí donde Tarantino dispara sobre el cuerpo de Hitler, tiroteado en la película hasta extremos propios de Sonny Corleone, la cabeza de Don Francisco, las gafas rotas y un ojo morao, hace las veces de saco de boxeo, en el caso de Merino. Menos efectistas son los Democracia, cuyo cartel Franco Assassin, con el rótulo escrito sobre la tipografía paramilitar de los Freikorps, marca tendencia entre el agit-prop de la muestra. Mismas dimensiones, idéntica iconografía y distintas asociaciones encontramos en Franco por Pollock de Ramón González Echevarría. En esta ocasión, dejando de lado los blablabas sobre la abstracción pictórica como mancillamiento y rompimiento de la imagen realista propia de los retratos burgueses, una retórica gastada bastante poco de moda, ningún estudiante de primero de carrera ignora el vínculo interesante del cuadro. ¿A saber? El contubernio del expresionismo abstracto con la CIA, figura tutelar de la Segunda Restauración Borbónica (1975 - ). En esta línea (apropiación simbólica, revisionismo histórico) se encuentra tanto el cartel publicitario como la intervención de Noaz en el arranque de la exposición. En ambos casos, las flechas del haz fascista terminan clavadas en el cráneo privilegiado del generalísimo, inversión simbólica del imaginario falangista digna de Kiss. Igual agua baila el cachondo --nunca mejor dicho-- de Juan Pérez Agirregoikoa. Su Arriiiiiiiiiba España se apropia del saludo fascista para mayor escarnio del personal. A partir de ahora, levantar el brazo será sinónimo de erección; una asociación varonil que lleva el stamp of approval del Ausente José Antonio, aka el Primo de Rivera. Menos acertado se encuentra un dibujo anónimo, realizado sobre DIN-A2, donde se representa la genealogía de los poderes fácticos ibéricos, presidentes, reyezuelos y banqueros brotando como ramitas del féretro del caudillo. El error, a mi juicio, estriba en vincular el proyecto franquista con la UE, como hace el dibujante, engarzando la bandera rojigualda con las tricolores francesa y alemana, ocupando simbólicamente la posición que —en puridad— ocuparon en verdad el Papado y los Estados Unidos, genuinas amistades del fascismo en el mundo hispano, una afinidad electiva que, intuyo y espero, la estupidez de la Troika no llegará a borrar.

El generalísimo, europeista, no tenía un pelo.

Y mucho menos en materia estética. El régimen, que hasta en las bellas artes se confesaba católico & apostólico & romano, más dado a las obras públicas que a la ilustración (¿pa'qué?) del pueblo, se granjeó amistades duraderas entre los juntaladrillos. Y de esos cementos estas crisis. Esta impronta monumental del franquismo encuentra una radiografía —austera, mas exacta— en la Arquitectura española de Domenec: tres paneles en B/N sobre la planta y el alzado de ciertos edificios memorables del momento, tal que el Campo de Concentración de Castuera (1939), la Cárcel de Carabanchel (1944) o el Valle de los Caídos (1940-58), una antología de construcciones, harto variadas entre sí, que tienen en común el haber sido levantadas con mano de obra republicana, instalada bajo rejas y sometida a trabajos forzosos. Y hablando de instalaciones, ¿qué pensamos de Santiago Sierra? Capaz de disputar el starring mediático a Merino, la novia de esta boda, Sierra se ha puesto de punta en blanco y ha llenado de cucarachas una vitrina, en cuyo interior vemos un plano inclinado donde figura el apellido del agraviado, FRANCO, rodeado de excreciones insectiles. Tranquilos: entre insectos y seres humanos media un cristal antiestornudos. Así puede hacer la broma el artista, sin necesidad de mancharse las manos, como acostumbra casi siempre Sierra, mezclando obviedades con guiños de complicidad. No será santo de mi devoción, pero desde luego epatará a los epatados, como comprenderán, indignando a los indignados: los asustabuelas siempre encuentran a los pequeñoburgueses, para mayor regocijo del respetable, echando mano de su pistola conservadora. Que así sea, pues. Arena de otro costal es la instalación de Rubén Santiago en el cuarto de baño. A puerta cerrada —se llama así— ofrece como papel del culo unos periódicos guillotinados de la semana posterior a la muerte de Franco. (Me he dado cuenta, por cierto, que predomina sobre todo el ABC. Un diario famoso entre los izquierdistas que hacen de vientre por sus grapas. Mala elección para garantizar una higiene indolora del trasero. Doy fe, de veras.)
Encuentros de Pamplona.
Si hubiera un hemiciclo de visibilidad, sentado en el lado opuesto de Santiago Sierra —junto a Rubén Santiago— estaría Isidro Valcárcel Medina, presunto maestro putativo de tantos artistas españoles, cuya participación en las Jornadas —para variar— solo pudo ser rara de cojones: un altavoz situado en el pórtico de entrada a la galería que reproduce una conversación ininteligible entre el Maestro y un interlocutor no identificado. A saber qué rumiaba IVM. Mi paciencia es finita; y mis oídos, nada finos. Ahora bien, si un servidor hubiera tenido la oportunidad y el placer de charlar con IVM, habría sacado sin duda el asunto de los Encuentros de Pamplona, esa lavada de facha —nunca mejor dicho— del tardofranquismo. Resulta sospechoso que nadie cuestione la finalidad y la función del evento en cuestión, la posición de los creadores más experimentales durante el periodo de Transición, teniendo en cuenta la celebración de la efeméride, presente de manera incontestable en todos nuestros museos nacionales, empezando por el MNCARS. Estaría bien hablar con IVM sobre esto.


Carlos Garaicoa: Y Jesús dijo a Lázaro.
Pace IVM, el ejemplar más refinado de las Jornadas viene firmado por Carlos Garaicoa. Su proyecto de plaza pública con estatua (titulado Y Jesús dijo a Lázaro) claro que sienta un precedente —a mi juicio— en cuanto a pertinencia política y sutileza estética, combinadas de forma armónica. Me parece además una propuesta satisfactoria para terminar con la presencia del franquismo en nuestros parques y jardines: en lugar de retirar la figura ecuestre del caudillo, la solución final preferida por el entusiasta insurgente profesional, tal y como vimos en Bagdad en 2003; un modelo reciclado hasta la saciedad por los restauradores de todas las coronas españolas, quienes prefieren ante todo cementar la memoria, hacer borrón y cuenta nueva con el Ancien Régime, como si aquí pasar, no hubiera pasado nada, y el ciudadano tuviera que circular sin rencores sobre un espacio público hormigonado, sin fisuras de ningún tipo; en lugar de esta mandanga lotófaga —como digo— Garaicoa propone algo más radical, verdaderamente antifascista, que consiste en decapitar la figura a caballo, dejar allí mismo los restos del generalísimo y, por si fuera poco, montar una cinta transportadora para la óptima circulación —ahora sí— de variadas cabezas posibles, todas ellas adornadas con alguna suerte de pájaro sobre la frente, como si fueran los sushis y los sashimis de un restaurante japonés. Todo mola mogollón, salvo el título. Es el único pero, Garaicoa. Debería llamarse esta pieza In memoriam Schumpeter, a modo de homenaje del economista austriaco, un liberal de tomo y lomo, cierto, que tuvo el ingenio de teorizar sobre la democracia elitista, un modelo parlamentario donde los costes de entrada, la tendencia endogámica y los impedimentos partitocráticos son tan elevados, como sucede hoy en España, que solo se presentan a las elecciones la misma casta, cuyos miembros capitales circulan, como las cabezas de Don Francisco, conforme caen en descrédito, en una suerte de estrategia gatopardiana. Que cambie todo para que todo quede igual —todo sea dicho— es un lema viejo. Ya estaba en boca del Ministro de Asuntos Exteriores, José Félix de Lequerica, quien explicaba en 1945 como sigue los principios del Movimiento:

Estamos dispuestos a dar todo lo que tenemos para continuar en el poder. Vamos a tener que hacer sacrificios y los haremos sin vacilar. Si es necesario disolver la falange, la disolveremos. Incluso acabaremos con Franco si es necesario. Lo importante es preservar el fundamento del gobierno —sus miembros no importan. El fundamento del gobierno es el Ejército

Recuerden estas palabras cuando los militares egipcios campen a sus anchas, como hacen ahora, haciendo y deshaciendo gobiernos a su voluntad, mientras se escucha de fondo el aplauso cerrado de las feministas bienpensantes y los ordoliberales. Por los sucesos de entonces (y de ahora) resulta crucial repetir las palabras que Chevy Chase, cómico fundador del Saturday Night Live, estuvo pronunciando durante doce meses, con motivo de la muerte del dictador: «Generalisimo Francisco Franco is still dead». Vida queda (still live) llaman los ingleses a nuestra naturaleza muerta. Algo similar es, para nosotros, el imaginario franquista mancillado. Todo un bodegón, fantasmas incluidos, lleno de objetos inanimados. Que no tengan alma no quiere decir —ojo— que no tengan poder sobre el presente. La influencia del franquismo sigue siendo alargada. Su fundador, por el contrario, está muerto y enterrado. ¿Volverá como el zombi de Stalin en los Simpsons? Una cosa está clara: en vistas a alcanzar la plusmarca del no-muerto que —solo por joder— más tiempo ha aguantado la respiración, Don Francisco todavía tiene tiempo para desbancar a su predecesor, Tomás de Torquemada, famoso en el mundo entero porque lleva sin respirar desde 1498, como bromeaba Chevy Chase en los 70s. Hasta la segunda venida se mantiene, por tanto, nuestro dictador en posición horizontal. Y lleva así desde noviembre de 1975: horizontal y tieso. No están así sus herederos, vivitos y coleantes, empoderaos hasta la fecha. El estado médico del franquismo es estable. Su estado político, inmejorable. Convertidos en anatema para políticos y señoras mayores, los muertos que España mata, ya murieran calientes en la cama o en fosa común, gozan de muy buena salud. Que se lo digan —ya era hora— a Andreu Nin. Están hechos unos necrófilos los políticos advenedizos y los artistas engagés. No habrá tribunal que interrumpe la necesaria profanación de tumbas.


Y yo digo: enhorabuena.


Publicado originalmente en SalonKritik. 20 de julio de 2013.