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10 de noviembre de 2014

La ciencia como lucha de clases.


La última semana de octubre la revista Nature publicó una lista de los 100 artículos científicos más citados de todos los tiempos. La lista, hecha a partir de la base de datos de Thompson Reuters, sorprende en primer lugar por el número de artículos indexados: 58 millones. Según una analogía muy plástica, si se imprimieran y se amontonaran las portadas de cada uno de los artículos indexados, la pila resultante tendría la altura del Kilimanjaro. Poca cosa si tenemos en cuenta que el montón quiere abarcar toda la investigación científica realizada por la especie humana desde el comienzo de los tiempos, o mejor dicho, desde que se descubrió el llamado paper, esa constante ontológica universal. En realidad solo abarca hasta 1900, primer año del que Thompson Reuters tiene noticia de la emisión de papers, y desde entonces hasta 2002, según una estimación de la revista Population Today, han vivido sobre la Tierra unos 9.8015 millones de personas, con lo que tocamos a 0’06 artículos per capita, lo que demuestra hasta qué punto la investigación científica tiene tanta popularidad mundial y secular como la pelota vasca fuera del País Vasco.
      La segunda sorpresa es la desigual distribución de las citas. En la investigación científica, igual que en el capitalismo de amiguetes políticamente promiscuos, todos somos iguales, pero unos más que otros. La mayoría de los artículos, 25 millones, carecen de toda cita. Son el proletariado del saber. 18 millones tienen entre 1 y 9 citas. Se creen clase media pero apenas llegan a fin de mes. La verdadera clase media son los 13 millones que tienen entre 10 y 99. Y entre los ricos, el millón que tiene entre 100 y 999 parece pobre al lado de los 14.000 privilegiados (el 0’0002%) que tienen entre 1.000 y 9.999, dejando a un ladolos 148 on top of the world con más de 10.000 referencias. Como Nature no revela sus microdatos, tenemos que hacer una estimación sobre la distribución de la “riqueza” dentro de cada “clase social del saber” si queremos sacar una cifra que pueda grabarse en una pancarta o enunciarse en una campaña electoral. Como va de suyo que queremos hacerlo, ahí lo llevas: basta suponer una distribución homogénea dentro de cada grupo para determinar que hay una casta del saber formada por el 24% más rico que concentra el 93% de la riqueza. ¿Y qué pasa con el 76% restante? ¡Cita básica universal ya! Etcétera.
      Ahora en serio, la distribución es muy poco meritocrática si atendemos a los criterios de relevancia científica tradicionales, esto es, heredados del positivismo lógico. Las teorías sintéticas, coherentes y predictivas brillan por su ausencia en los puestos más altos de un Top 100 dominado por campos como la Density Functional Theory (DFT) o la bioinformática, que básicamente facilitan el manejo de datos a los físicos y biólogos. En palabras de Peter Moore, profesor emérito de química por la universidad de Yale, “si lo que quieres son citas, si inventas un método que facilite o posibilite que la gente haga los experimentos que desea, llegarás mucho más lejos que, digamos, si descubres el secreto del universo”. La escala que hay entre un paper de clase media alta (80 citas) y el artículo de Watson y Crick sobre la estructura del ADN (5.207 citas) es la misma que hay entre este texto fundacional y el número uno de la tabla, Protein measurement with the folin phenol reagent (305.148 citas), donde Lowry y cia describen un método de 1951 para cuantificar las proteínas que, según los expertos, está ahora mismo desfasado. Igual que el método expuesto por Bradford y cia en el artículo de 1977 que tiene la medalla de bronce de este raro podio: 155.530 citas a un texto caduco.
      Ya que la ciencia avanza descartando como imperfecto el conocimiento del presente, es una buena noticia que los artículos más citados de la historia reciente de la investigación científica estén anticuados porque eso quiere decir que el citacionismo, la tentación de hacer de la bibliografía una celebración estratégica de las autoridades, no ha cegado la búsqueda en última instancia de la verdad en ciertos campos. El saber científico, igual que la Biblia, no necesita de pasajes entre comillas, de notas a pie de página o de nombres con apellidos, basta con aprender a resolver problemas concretos para ser capaz de reproducir personalmente los descubrimientos que han realizado otros. El volumen de publicaciones científicas, imposible de asimilar por cualquier humano, y la falta de correspondencia que hay entre los artículos más referidos y los más interesantes (Lowry reconoció públicamente que su best quoted de 1951 era en verdad una birria de artículo) demuestra las limitaciones estructurales de ciertos índices de impacto, así como las ventajas del peer review sobre un sistema de publicaciones científicas sin barreras de entrada y solo juicios de calidad a posteriori.
            En términos kuhnianos, estamos ante el triunfo de la ciencia normal sobre la revolucionaria, de los burócratas del conocimiento sobre los genios creativos, del programa de investigación sobre la hipótesis arriesgada. Pero tampoco exageremos: ni los burócratas son tan inútiles —lo demuestra la biografía de Feynman, una de las personas más capaces que ha tenido el siglo XX, habiendo destacado en campos como la percusión brasileña o la etología de las hormigas, cuya principal contribución a la física de partículas son unos diagramas de aspecto infantil, casi unos garabatos, que permiten visualizar y simplificar increíblemente las operaciones— ni los genios son tan necesarios —véase el atascamiento en que se encuentran las disciplinas sin disciplina de las humanidades, indisciplina recientemente contrastada en un análisis del impacto de las revistas de prestigio sobre su propio campo, donde se evidencia hasta qué punto Internet no ha cambiado los patrones de cita (y por tanto de lectura) de los llamados investigadores de humanidades desde 1995, a diferencia de lo que ha pasado en matemáticas o en economía, con la apertura de espacios como arXiv.org, ni entonces ni ahora los humanistas consultan sus propias publicaciones académicas. Cada genio en su casa y la ciencia en la de todos.
[Publicado originalmente en eldiario.es. 8 de noviembre de 2014.]

29 de octubre de 2014

Invitados #8: Richard Feynman, ¡Feynman cerdo machista!

         Algunos años después de dar unas lecciones a los estudiantes de primer curso de Caltech (que fueron publicadas con el título de Feynman Lectures of Physics) recibí una larga carta de un grupo feminista. En ella me acusaban de prejuicios contra las mujeres, a causa de dos historias: la primera era un análisis de las sutilezas de la noción de velocidad, en la cual intervenían una conductora que era detenida por un agente de tráfico. Discutían sobre la velocidad a la que circulaba, y yo ponía en boca de la conductora objeciones válidas a las definiciones de velocidad que daba el agente. La carta decía que yo hacía parecer estúpida a la conductora.
         La otra historia objeto de sus críticas estaba referida por el gran astrónomo Arthur Eddington, quien acababa de averiguar que las estrellas obtienen su energía por combustión atómica de hidrógeno, mediante una reacción nuclear que produce helio. Eddington refería la forma en que, en la noche siguiente a su descubrimiento estaba sentado en un barco con su novia. Ella dijo: «¡Mira qué hermosas brillan las estrellas!», a lo cual él había replicado, «Sí, y ahora mismo soy el único hombre en el mundo que sabe la causa de que brillen». Eddington estaba describiendo una clase maravillosa de soledad, la que se tiene cuando se hace un descubrimiento.
       La carta sostenía que yo afirmaba que las mujeres son incapaces de comprender las reacciones nucleares.
           Imaginé que carecía de objeto tratar de responder con detalle a sus acusaciones, por lo que les respondí con una breve carta donde les decía, «¡Venga, hombre, no fastidies!».
            Inútil decir, aquello no funcionó demasiado bien. Me llegó otra carta: «Su respuesta a nuestra carta del 29 de septiembre resulta insatisfactoria…» bla, bla, bla. La segunda carta advertía que de no revisar el editor las cosas que ellas objetaban, íbamos a tener dificultades.
            Hice caso omiso de la carta y olvidé el asunto.
         Más o menos un año después, la Asociación Americana de Docentes de Física me concedió un premio por escribir aquellos libros, y me pidió que hablase en su congreso de San Francisco. Como Joan, mi hermana, vivía en Palo Alto, a cosa de una hora de coche, pasé la noche en su casa y fuimos juntos al Congreso.
          Al acercarnos a la sala donde debía pronunciar mi charla, nos encontramos gente repartiendo octavillas entre todos los que entraban. Joan y yo cogimos una cada uno y le echamos una ojeada. El lo alto decían «UNA PROTESTA». Seguidamente ofrecían citas de las cartas que me habían enviado, y mi respuesta (completa). Para terminar se decía en grandes letras «¡FEYNMAN, CERDO MACHISTA!».
            Joan se detuvo súbitamente y dio la vuelta apresuradamente: «Son muy interesantes», le dijo a la manifestante. «¡Me gustaría tener algunas más!»
            Le conté lo sucedido mientras entrábamos en la sala.
      En la parte delantera de la sala, cerca del estrado, se encontraban dos mujeres muy prominentes en la Asociación de Docentes. Una de ellas tenía a su cargo los asuntos femeninos dentro de la organización, y la otra era Fay Ajzenberg, una profesora de física que yo conocía, de Pennsylvania. Me ven bajar hacia el estrado acompañado de una mujer que lleva un puñado de octavillas y me habla. Fay se dirige a ella y le dice «¿Sabía usted que el Profesor Feynman tiene una hermana a quien animó a estudiar física y ha llegado a doctorarse en física?».
«Desde luego que lo sé», respondió Joan. «¡Esa hermana soy yo!»
Fay y su asociada me explicaron que las manifestantes eran un grupo —irónicamente, dirigido por un hombre— que no se cansaban de perturbar cuantas reuniones tenían lugar en Berkeley. «Nos sentamos una a cada lado de usted para hacer ver nuestra solidaridad, y justamente antes de que vaya a hablar, yo pronunciaré unas palabras para acallar a las manifestantes», ofreció Fay.
Dado que antes de intervenir yo habría otro orador, tuve tiempo para pensar algo que decir. Le agradecí a Fay su ofrecimiento, pero lo decliné.
En cuanto me puse en pie para hablar, media docena de manifestantes avanzaron hasta la delantera del salón de actos y desfilaron justo al pie del estado, agitando en alto sus letreros y salmodiando. «¡Feynman, cerdo machista! ¡Feynman, cerdo machista!».
Comencé mi alocución diciendo a las manifestantes «Lamento que la brevedad de mi respuesta a la carta de ustedes las haya hecho venir innecesariamente. Hay lugares más serios a los que dirigir la atención para mejorar la situación de las mujeres en la física que estos errores relativamente triviales —si así es como quieren llamarlos— en un libro de texto. Pero, después de todo, tal vez haya sido buena cosa que hayan venido. Pues las mujeres son efectivamente víctimas de prejuicios y discriminación en física, y hoy, la presencia de ustedes aquí nos recuerdan a todos tales dificultades y la necesidad de ponerles remedio».
Las manifestantes se miraron unas a las otras. Los cartelones que alzaban empezaron a bajar lentamente, como las velas al amainar el viento.
Proseguí: «A pesar de que la Asociación Americana de Docentes de Física me haya concedido un premio por enseñar, he de confesar que no sé hacerlo. Nada, pues, tengo que decir sobre enseñanza. Quisiera en cambio hablar de algo que resultará especialmente interesante para las mujeres que me están escuchando: me gustaría exponer la estructura del protón».
Las manifestantes bajaron sus letreros y salieron. Mis anfitriones me contaron después que jamás el hombre aquel y su grupo de protesta había sido vencido tan fácilmente.
(He descubierto recientemente una transcripción de mi discuros, y lo que dije al principio no parece ni de lejos tan dramático como yo lo recuerdo. ¡Lo que recuerdo haber dicho es mucho más maravilloso que lo que dije en realidad!)
Después de mi intervención, algunas de las manifestantes volvieron a la carga para presionarme sobre la historia de la conductora. «¿Por qué una conductora?», insistían. «Está usted dando a entender que todas las mujeres son malas conductoras».
«Pero la mujer hace parecer idiota al agente», dije yo «¿Por qué no les preocupa a ustedes la policía?»
«¡Porque eso es lo que es de esperar de un policía!», dijo una de ellas. «¡Son todos unos cerdos!»
«Pero es que debería importarles», dije yo. «En la historieta del libro olvidé decir que se trataba de una agente».