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13 de junio de 2014

La bandera para quien la trabaja

Con motivo del triunfo de la selección española en el Mundial de 2010, algunos intelectuales políticamente correctos hasta el punto de convertirse en aguafiestas chupacirios subrayaron la prostitución ideológica que conllevaba colgar de tu balcón una tela roja y amarilla después de tantas décadas jugando a ser apátridas, como si necesitase mucha semiótica entender que bajo ese signo los hunos mataron a los hotros en una guerra lejana. El contexto global también cambia: cuando España obtuvo su primera Eurocopa ante la URSS, después de haberse cancelado la final de la edición anterior (1960) por cosas de la Guerra Fría, los periódicos franquistas titularon sobre el triunfo de la división azul atlética (los jugadores vistieron la segunda equipación, color marino oscuro); en Sudáfrica, sin embargo, muchos celebraron el Holanda 0 – España 1 como una suerte de justicia poética, la Spaanse Furie que acuñaron los flamencos para designar el saqueo de los tercios en Malinas y Amberes, caída sobre una potencia colonial especialmente despiadada con los nativos del continente.
La sensación de restitutio ad integrorum sigue siendo válida hoy, que España vuelve a jugar contra Holanda, por mucho que señalemos la diplomacia manirrota que tenemos con los Tirano Banderas de Guinea Ecuatorial o el Sahara Occidental. Cuando la verdadera injusticia, los marginados de la burbuja urbanística y la inflación que comporta todo Mundial, acampan a pocos metros de los estadios, hablar de ajustes de cuentas entre imperios europeos quizá suene a frivolidad simplemente porque lo es.
Pero el deporte es cuestión de presencia. Como si un franquista sociológico no pudiera disfrutar sin culpa con las victorias del Real Madrid porque érase una vez que fue republicano y ¿sabíais que lo fundaron unos catalanes? La historia importa un comino en términos futbolísticos. Estos aguafiestas chupacirios son los mismos que exigirán la tricolor cuando hayamos ganado el referéndum republicano (#lol) y nos recordarán que el púrpura simboliza a los comuneros, ignorando que Padilla, Bravo y Maldonado eran unos legitimistas que estuvieron tanteando como reina a Juana I de Castilla (Juana la loca, aclaremos: el equivalente de los defensores actuales de Froilán) y que los estandartes son propiedad —como dice el Roto— de quien quiera agitarlos.
Y de quien pueda ante todo fabricarlos.
El principal fabricante de banderitas rojigualdas españolas se llama José Luis Díaz Sosas, un inmigrante uruguayo que vino sin papeles y se aventuró en el sector textil hace ahora treinta años. El reportaje que nos dio a conocer a semejante personaje, propietario de una colección personal de 150 corbatas amarillas y rojas, no explica cómo consiguió hacerse de la noche a la mañana proveedor exclusivo de la Exposición Universal de Sevilla y de los Juegos Olímpicos de Barcelona, así como reparador del cacho de textil que ondea en la plaza de Colón; cabe sospechar lo peor. El caso es que este working class hero, esta versión patria de Carlos Slim, denuncia la competencia desleal de los chinos, que venden peor producto a menor precio, como si los asiáticos recién llegados debieran rendirle lealtad o pleitesía a quien sin riesgo se hace rico, monopolio mediante, gracias a las bobadas del Estado nación.
Ahora más que nunca: ¡exprópiese!
Los filósofos de la extrema izquierda suelen atribuir mucha importancia al antagonismo y nunca demasiada a la gestión de lo común. Cuando se habla de fútbol y política quizás pensamos de inmediato en la retransmisión televisiva de una final de la Copa del Rey donde se silencia el abucheo de las hinchadas del Atletic y del Barça para poner a todo volumen un playback de la Marcha Real. Pero no pasa de anécdota grotesca. Política es también la fusión de los Ministerios de Cultura, Educación y Deportes, viva imagen del concepto de formación que maneja nuestro gobierno.
Entiéndame. Nada que objetar a la preeminencia de los deportistas sobre —pongamos— los poetas; Jaime Siles tiene mucho que aprender de Rafa Nadal en materia de esfuerzo y modestia. Aunque esa es otra: ¿en qué momento se convirtió el deporte en fuente de excelencia moral? No solo exigimos que Àlex Fàbregas gane sus partidos de jockey sobre hierba, sino que sienta los colores y disfrute con nosotros; Andrés Iniesta es ejemplar no tanto por sus pases cuanto por las pintas que tiene de no haber roto un plato. Por eso me gusta el ciclismo, porque suspender los detectores normativos y disfrutar de ascensos imposibles es siempre grato en medio de tanta hipocresía no reconocida.
Pero ya puestos a unificar ministerios, ¿por qué no el de Asuntos Exteriores? A fin de cuentas, este Reino carece de exterior, no tiene relaciones internacionales salvando los chanchulleos del campechano con los golfos del petróleo. La sola idea del pan y el circo empieza a sonar bien cuando la alternativa son exposiciones de artistas actuales: de la Primera Bienal Hispanoamericana (1954) a The Real Royal Trip (2003), de Franco a Aznar, los gobiernos de derechas se han legitimado cara a la galería atlántica mostrando su complicidad con la trasgresión ingenuamente vanguardista. Demos gracias a la Selección y a Mariano, cuyo paladar aldeano nos ahorra diariamente el esperpento de la revolución artística subvencionada.
¿Y el de Interior? Todavía recuerdo cuando desalojaron a los indignados de plaza Catalunya alegando que buscaban adecentar el terreno para los fastos del deporte patrio. Manuel Vázquez Montalbán exageraba cuando sostenía que el Barça era el ejército desarmado de Cataluña. Manifestación desmedida donde las haya de su mala conciencia charnega. Recuerden que a los trabajadores andaluces emigrados a la periferia de Barcelona algunos los llamaban batallones de ocupación permanente. La jerga militar causaba estragos. Pero el caso es que La Liga tiene mucho de guerra civil a varias bandas. Y la selección de unidad de destino en lo triunfal. Porque cuando pierde, como hacía antes, muchos cantan con los Chikos del Maiz: “no quiero ser español, español / quiero ser egipcio”.

Moraleja: sigan comprando banderitas en los chinos.

[Publicado originalmente en El Estado Mental. 13 de junio de 2014.]

15 de febrero de 2014

A capella en los Goya (del arte).

Resulta difícil tomarse en serio los premios a la cultura española cuando su concesión se sostiene sobre un viejo principio mimético: yo también me tiro, si todos lo hacen, por un puente. A falta de una cultura oficial del Estado, bueno pinta el puenting mediático sin red de Holanda 0 - España 1, asumiendo que esto no es Francia o Reino Unido, que por muchas poesías que reciten nuestros políticos (¿recuerdan los piropos de José María Aznar a Rafael Alberti?) los poetas patrios jamás ostentarán medallitas de caballero templario o membresía vitalicia en la Cámara Alta del Parlamento. Ministerio de Educación, Cultura y Deportes se llama nuestro invento, el marco de la marca España para cuadrar la raqueta de Rafa Nadal y los gotelés de Miquel Barceló sobre un mismo escudo de armas, aceptando que eso que los cursis llaman Cultura de la Transición, montarte chamizos artísticos provinciales y la maldición de cuartos, no termina siendo rentable mientras la roja lo gane todo.

Bajo este marco están los Goya, una gala cuyo quid estriba en premiar cosas que nadie ha visto en cines, pero que todos damos por malas y caras. Dando por descontado también la naturaleza deplorable del evento, la necesidad de emascular a los advenedizos del mundillo audiovisual que aprovechan sus veintidós segundos para recalcar demandas sectoriales, hacer brindis en nombre de la progresía y poner las cejas bajo los focos, quizá debiéramos mirarnos en el espejo del cuarto de baño, nosotros partícipes de esa industria cultural llamada arte, y formularnos el lema de Media Markt con interrogante: ¿yo no soy tonto? O mejor dicho: ¿estás dispuesto a perderte el espectáculo pantagruélico del año? Esta es la pregunta lanzada por Miguel Cereceda, presidente del Instituto de Arte Contemporáneo (IAC) y principal promotor de los Reconocimientos Arte Contemporáneo (RAC), unos premios que quizá debieran volverse a bautizar como Buñuel para subrayar el amor de este don Quijote hacia aquél, su Amadís de Gaula.

Algunos comparan esta atlética imitación con la parábola del patito feo, el complejo de inferioridad del hermano pequeño que finalmente consigue el cuarto del mayor cuando éste se va a la universidad, pero yo creo que viene más al pelo un pasaje del Rey Lear, ya saben: un loco guiando a un ciego hasta el borde de un abismo que no está ahí porque todo es ficción, una mentira entre un padre y un hijo. La polémica de los RAC llevaba desatada desde la selección de los candidatos, cuyos nombres puestos en ristra sonaban como esos chistes donde un francés, un alemán y un español entran en un bar. La lista llegaba a incluir, variando según la versión que tuvieras entre manos, a un premio Velázquez de 72 años (Antoni Muntadas) en la sección de artista revelación. Aquello que parecía broma devino en realidad efectiva cuando Joao Fernandes recogió el galardón para Cildo Meireles, el artista brasileño premiado (a sus 66 años) por una exposición retrospectiva en el MNCARS. Si esto se considera productor cultural emergente latinoamericano, ¿dónde estarán los sumergidos?

Si Eminem confirmó en la batalla de gallos final de 8 Millas (Curtis Hanson, 2002) que la mejor ofensiva dialéctica consiste en insultarte hasta dejar mudo al oponente, ser tu peor enemigo como condición de posibilidad de volverte invulnerable, Cereceda pronunció una proclama impecable, quemando las naves de su particular aventura platónica en Siracusa, serrando la rama de su cargo al grito de «No es tiempo para galas». Magritte siempre presente en nuestros corazones. El hombre que hace escasos minutos esbozaba una sonrisa mientras contaba a cámara la enésima milonga sobre la fiesta del arte, la persona que había vendido el aspecto lúdico del evento parecía entonces convertido en su aguafiestas número uno, el enemigo público del gintonic posterior. Nada de citar el Homo ludens de Huizinga y las cuatro paridas teóricas que todos sabemos de memoria, sino a reclamar impuestos menores sobre el consumo de cultura se puso Cereceda. Haciendo ejercicio de una retórica militante que ni Pablo Iglesias, les pisó el elemento de discrepancia a todos los que decían venir por obligación hacia su galerista o solo para probar el canapé, cuando en verdad se morían de ganas de figurar delante del photocall con el puño zurdo en ristre, esa contradicción preformativa que tantos vítores cosecha siempre.
 Se tocaron niveles esdrújulos de certeza, para que negarlo, cuando las artes fueron tachadas de «factor de cohesión entre pueblos, un genuino lenguaje universal»; intuyo que Cereceda apelaba entonces a un concepto ampliado de Bildung que abarca desde los Globetrotters y su foreign basketball policy en Corea del Norte hasta el pobre artista urbano que estuvo dos horas y media encima del escenario del MNCARS sumando capas de brocha gorda a su mural en blanco y negro, una alegoría poderosa sobre la infancia, el amor y el horror vacui hecha a base de rodillo. Toda batalla merece su Guernica y cuando el grafitero finalizó el suyo, Topacio Fresh todavía estaba allí, como el dinosaurio de Monterroso, a diferencia de un público primero aletargado, después revoltoso y finalmente ausente durante la pausa musical repartida entre un pianista y un aprendiz de Santana con muchas tablas que pisar por delante. El problema de los mejunjes de elevada graduación, avisaba el nada traidor Peio H. Riaño, son las resacas que a menudo anticipan.

Los Goya del arte tenían el debate servido. Algunos mencionaron de pasada la extraña división de los galardones entre género neutro y solo para mujeres, cuando una traducción de los premios que concede la industria fílmica, apegada ella a estructuras narrativas del tipo «chico conoce a chica», hubiera requerido dividir a los premiados por géneros, los que sean, con todos los quebraderos y múltiplos de diez que ello supone en una tribuna de la queer theory como es el MNCARS. Así nos hubiéramos ahorrado, decían algunos tuiteros, los agravios categóricos y comparativos que dimanan de amalgamar en una sola gala varios mecanismos distintos de votación y hasta tres instituciones que posaban en el mural, sumados los patrocinadores financieros. Si me pidieran resumir el resultado en un enunciado, diría que el verdadero retrato luminoso del mundo del arte tuvo lugar cuando el primer premiado de la noche, el coleccionista Jaime Sordo (también llamado Mister Cerdo por Pieter Vermeersch), detalló el futuro que todas las noches sueña para sus nietas: una gestionará el patrimonio familiar heredado, otra tendrá puesto de mando en alguna institución museística, la última hará trapis con cuadros que valen mucho. El problema de reconocer a los coleccionistas en el mundo del arte, que sería idéntico a reconocer a los recaudadores de impuestos o a los dueños de Filmin en los Goya, es que la gente que mueve pasta tiene unos sueños de casta, máxime si forma parte del 1% on top of the world, tremendamente monótonos.

Entre los patrocinadores del acontecimiento figuraba, junto a la habitual conjunción de seguros de todo tipo y marcas de coches, una corporación llamada Taxo, cuyos múltiples negocios recuerdan al idioma analítico de John Wilkins y anunciaban, en su abigarrada acumulación de menesteres, el encuentro entre discursos opuestos que tendría lugar sobre el escenario. Allí donde Taxo se dedica a Startups, Franquicias, Periciales, Patentes, Mobiliario, Licencias, Empresas, Farmacias, Maquinaria, Caligrafías, Inventarios, Embarcaciones, Aeronaves, Intangibles, Pruebas Genéticas y —last but not least— Arte, las personas que subieron a la palestra hablaron de la Constitución, Hannah Arendt, Jacques Rancière, Pablo Picasso y Gustave Flaubert, entre invocaciones a la transparencia, el feminismo de la igualdad y también el de la diferencia. Hasta fueron mentados los policías que abrían fuego sobre inmigrantes exhaustos, todo ello cruzado con los asertos sobre San Valentín y morirse del hambre como ejecución estética que Topacio Fresh y compañía, chivos expiatorios del mundillo artístico, entresacaron procelosamente de las tarjetas de cartón que el malévolo guionista había escrito, seguro que para reírse desde casa a pierna suelta. ¿Por qué llamamos ‘gente vieja’ a los viejos y sin embargo a los jóvenes nunca se les pone el ‘gente’ delante?, se preguntaba en un momento la presentadora; cruzo los dedos por que fuera improvisadamente.