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15 de febrero de 2015

La estética de ISIS.

Hace una semana que ISIS quemó vivo a Muadh al Kasasbeh, un piloto jordano que los terroristas islámicos habían hecho prisionero a finales del pasado mes de diciembre y que al parecer querían intercambiar por Sajida al Rishawi, una yihadista kamikaze fallida que llevaba presa en Jordania desde 2006 y que fue inmediatamente ahorcada en represalia. Ignoramos si las ejecuciones son públicas en Jordania; imaginamos que por muy públicas que fueran nunca llegarían a alcanzar la publicidad que le ha brindado Fox News a ISIS al publicar en su página web el vídeo íntegro de la quema. Por no editar, no han editado ni los títulos de crédito en los que se invita a matar a otros pilotos que han participado en los bombardeos contra ISIS facilitando la dirección de sus hogares a través de Google Earth.
Partiendo del común rechazo moral que todos sentimos (o deberíamos sentir) hacia la pena de muerte, especialmente en sus formas más crueles y arbitrarias, el debate que ha suscitado el vídeo ha discurrido por los cauces de la ética periodística (¿dónde termina la información y comienza la morbosidad o el enaltecimiento?), de las comparaciones históricas aberrantes (ISIS ha quemado a un jordano; ¿cuántas negros ha quemado EEUU?) y de la hipocresía en las redes sociales (¿por qué Youtube y Facebook son tan puritanos para prohibir este video y permitir tropecientos similares sobre —digamos— la Guerra de Vietnam?) dejando a un lado lo que a mi juicio es el aspecto más notable del vídeo: su estética. Ponerse a analizar la estética del terrorismo no es ninguna frivolidad, aunque se hayan soltado muchas frivolidades sobre ella, como lo que dijo Karlheinz Stockhausen de que el 11S fue una Gesamkunstwerk wagneriana. No lo fue, por la misma razón que la destrucción de la Casa Blanca en Mars Attack! (Tim Burton, 1996) tampoco lo es. Una obra de arte total se mide por el artificio de su apariencia, no por su grado de realidad. En este sentido la caída de las torres gemelas tiene el mismo valor que un anuncio de Caprabo: puramente documental. Pero el caso es que el terror es un estado mental, una amenaza potencial concretable de tanto en cuanto, y nunca está de más analizar su apariencia fantasmal.
No hace falta decir que el vídeo de ISIS no es recomendable que lo vean las personas especialmente sensibles, no tanto porque sea violento o morboso, sino precisamente porque no lo es en absoluto. Los que quieran ver una snuff movie realmente indignante y vomitiva, más les vale revisar los clásicos del género (3 Guys 1 Hammer, por ejemplo) pues aquí ISIS no nos ofrece la típica imagen que obliga a cerrar los ojos, permitiendo que uno se reafirme en su papel de espectador comprometido, bienpensante y de izquierdas. Lejos del formato canónico de la grabación de un solo plano de duración, donde la mala calidad constituye una garantía de realismo documental en bruto, ISIS nos regala 22 minutos de puro arte, que hasta podrían llegar a ganar un premio en la sección de cortos de algún festival de cine hipster. No en balde tiene un montaje trepidante, una banda sonora edificante, un desarrollo de personajes coherente y una narrativa que, sin recurrir al truco del cliffhanger, deja a la espera de nuevas entregas. Como un capítulo piloto de la HBO.
No es ninguna frivolidad, insisto, señalar la influencia de Steven Spielberg en la primera parte del corto, donde ISIS reconstruye los orígenes del reinado de Jordania con una grabación delirante de caballos y tanques luchando en el mismo campo de combate, que parece referirse a la intervención de los anglosajones en la región después de la Primera Guerra Mundial. Por no hablar la gamefication o ludificación que presenta la segunda parte, donde unas infografías muy similares a las del Call of Duty ilustran una entrevista a al Kasasbeh sobre las fuerzas aéreas anti-ISIS, durante la cual la imagen del piloto jordano se encarna y virtualiza como si fuera un personaje de Assassins Creed. ¿Y qué decir de la tercera parte, la ejecución, que pretende mostrar la zozobra anímica de al Kasasbeh con unas técnicas de montaje psicótico directamente saqueadas de la serie Homeland? La ficción vuelve a verse superada por la realidad en lo que ésta tiene de artificio, de socaliña, de embeleco.
Esto no quiere decir que la guerra civil sirio-iraquí no haya tenido lugar, a diferencia de lo que pensaba Jean Baudrillard, que negaba la realidad sustantiva de la primera guerra del Golfo en base a su retransmisión en vivo y en directo. La conversión del conflicto militar en un producto de consumo, el fetichismo de la mercancía televisiva no oblitera la realidad efectiva de las personas que están sufriendo. Puede ser que los aviadores americanos experimenten los bombardeos en Siria como un mundo virtual perfectamente circunscrito a la cabina de control remoto de su drone, pero el caso de al Kasasbeh demuestra que esta no es la suerte de los pilotos jordanos, que se juegan la vida en un trabajo de dudosa catadura moral. Y digo bien: las imágenes más impactantes del vídeo no corresponden a la quema del piloto (todos los días se emiten en horario infantil escenas mucho más gores) sino al material de archivo que rescatan los terroristas sobre las desfiguraciones y las muertes civiles que son el daño colateral de cada día en este tipo de bombardeos indiscriminados.
A estas alturas del conflicto uno duda si seguir llamado terroristas a los militares de ISIS, por muy despreciables que sean desde un punto de vista moral, toda vez que el objetivo de su último vídeo es apartarse de la estética del terror que practicaron durante sus primeros meses de reconocimiento mediático internacional y sentar las bases de un ritual de Estado. Según cierta tradición libertaria, la única diferencia entre una banda de criminales y el gobierno son sus rituales, y en este campo ISIS ha demostrado su superioridad respecto del gobierno iraquí, que colgó a Saddam Hussein de una soga, y del reinado jordano, que ha hecho lo propio con al Rishawi. Como sucede con los documentales norcoreanos, donde los desfiles militares estilo asiático se dan la mano con las críticas a la sociedad de consumo que podría haber firmado un miembro de la Escuela de Frankfurt, el objetivo del vídeo de ISIS no es atemorizar sino dejar boquiabierto. Compárese con elblogdelnarco.net y adviértase la diferencia. Afortunadamente, contra lo afirmado por Ludwig Wittgenstein en el Tractatus, ética y estética no son ni mucho menos la misma cosa.
 Decía Michel Foucault en Vigilar y castigar que la función del castigo en el Ancien Régime era restablecer el cuerpo místico del rey, que había sido violado por el crimen y que volvía a su orden natural mediante la penitencia pública del condenado. Una concepción expositiva y retributiva de la justicia que comparten los nuevos antiguos regímenes de Oriente Medio, que van desde los wahabíes sauditas hasta los duodecimanos iraníes, pasando por ISIS, cuya principal innovación en este campo es su viralidad internauta. Nunca fue más cierto lo de que todo documento de cultura lo es al mismo tiempo de barbarie que cuando la estética convierte a la barbarie en un fenómeno de masas. No en balde, fascismo y fascinante comparten algo más que etimología. Cabe esperar que llegue a nivel global ese momento, que según Lynn Hunt tuvo lugar en Europa a mitad del siglo XVIII, en que la gente se canse de ver ejecuciones por streaming, pero hasta entonces solo podemos constatar la victoria estética de los terroristas y hacer como Leoncio en La república de Platón:
“cuando subía desde el Pireo por la parte de fuera de la muralla norte, se dio cuenta de que yacían en el suelo unos cadáveres junto al verdugo, y por un lado le apetecía verlos, pero por otro también sentía aversión y se echaba atrás; durante un tiempo estuvo luchando y cubriéndose el rostro, pero finalmente, vencido por su apetencia, abriendo de par en par los ojos echó a correr hacia los cadáveres y dijo: “¡Mirad, desgraciados, saciaos con este hermoso espectáculo!”.”

[Publicado originalmente en El Estado Mental. 13 de febrero de 2015.]

27 de junio de 2014

Cuatro notas para la presentación del libro de mi padre.

1. Incipit parodia. Me interesa la distinción entre el prologuista y el telonero. El orden de aparición contiene en ambos casos una jerarquía implícita. Anticiparse en un caso significa presentar tus respetos, y en el otro es sinónimo de alcanzar cierta fama prestada. El telonero prepara; el prologuista justifica. Uno calienta el banquillo; otro llama la atención. Yo he sido telonero de mi padre varias veces. En segundo de carrera organicé un cineforum en la facultad de filosofía de la UAM y le invité a que hablara sobre la estética de Stalker, la película de Andrei Tarkovski que íbamos a proyectar esa misma tarde. Cometí el error de repasar sus últimas publicaciones y presentarle como el profesor Castro de estética ante un auditorio que conocía al dedillo nuestro árbol genealógico y estuvieron toda la proyección bromeando sobre aquella parábola del padre y del hijo que, una vez que estaban juntos, se comportaron como perfectos desconocidos.
Se trataba de Edipo Rey, por supuesto.

2. La casa de citas. La presentación de un libro seguramente sea el acto social más gratuito que conozco: unos cuantos amigos glosando las virtudes de un ejemplar que la mayoría del auditorio —incluido alguno de los presentadores— no ha leído. Mucho saber solapado: sacado de la solapa. Una exhibición de egolatría a la que los lectores asisten para constatar la diferencia entre el autor y su obra. Por mala que sea, siempre será mejor que su artífice en el momento patético del baño de multitudes. Por suerte, el fetiche del cuerpo presente o las ganas de tener una firma o simplemente las buenas formas de un público con mucho tiempo libre evitan que aquello se convierta —por lo normal— en una devolución masiva de ejemplares. Mi próximo libro lo presentaré con los guantes puestos. Sobre un ring. Con el editor en la esquina opuesta.
Dentro del género de las presentaciones, la más intrigante a la que he asistido fue la de un libro de mi padre —no diré cual— donde el editor se dedicó a elogiar los aspectos formales del ejemplar durante veinte minutos: que si tenía n centímetros de margen derecho para tomar notas, que si la página no reflectaba la luz del sol porque el papel era x, etcétera. Cómo se nota que era una editorial universitaria. Ni siquiera llevaron ejemplares para vender en la presentación. La contratapa mencionaba un dato importante: el número de notas a pie de página. En todos los libros de mi padre hay como mínimo el doble de notas que de páginas.
Lo que me recuerda la reflexión de Hannah Arendt sobre la obsesión que tenía Walter Benjamín de componer un libro a partir de citas: ¿cómo puede ser posible que alguien con una capacidad estilística tan poderosa sienta la necesidad de fortificar sus juicios tras unas referencias a la autoridad que no necesita ni reconoce? El desafío que tiene que afrontar mi padre sería escribir un libro sin citas.
Arte y política en la era de la estafa global son 178 páginas, 400 notas y dos portadas. Si le quitas la contratapa parece el libro blanco de Fernando Castro. Pero no es justo que solo figure su nombre en la portada, pues aquí aparecen todos los filósofos, sociólogos y críticos culturales de referencia para escribir sobre el presente. Unos dirán que la abundancia de referencias, esa obsesión por respaldar y fortificar ideas propias tras las ajenas solo revela una valentía deficiente. La conversión del profesor de filosofía en un perpetuo Dj residente que siempre termina pinchando los mismos temas de siempre (Zizek, Negri y Baudrillard) como forma de hacer tiempo hasta que aparezcan pensadores más originales que samplear.
Otros hablarán del Agamben de la crítica cultural, capaz de atrapar el Zeitgeist de nuestro tiempo a través de la conjunción de pensadores y productos culturales de distinta procedencia, ignorando en todo momento las divisiones escolásticas y las discusiones normativas, aspirando a captar una suerte de mínimo común denominado por saturación de ocurrencias y recurrencias, mostrando con honestidad el origen de esta o aquella idea. Pues nadie piensa ahora desde la estufa de Descartes. O como dice algún crítico amigo de la familia:
A mi me pagan por copiar las citas de Fernando en mis catálogos.
Mi posición está a caballo entre ambos juicios. Por un lado he visto a las mejores mentes de cualquier generación destruidas por los índices bibliográficos y por otro lado considero que el camino del exceso libresco conduce al palacio del discurso propio. Leibniz dixit: un poquito de filosofía convierte a los crédulos en ateos; un mucho confirma la idea de Dios a los modernos.

3. Quien a hierro mata. «Las fábulas del neoliberalismo son una mezcla de andanzas y de traspiés, que combinan el desmentido tras la torpeza mayúscula o la amarga toma de conciencia de que el mensaje "no ha llegado" cuando la derrota impone su cruda ley. La narrativización de la acción política suscita un torrente de comentarios (una tendencia a la sobreinterpretación o "hiperglosia") mientras la inflación de historias arruina la credibilidad del narrador. El hombre político contemporáneo ha desbordado el paradigma del "chaquetero", consciente de que defraudar, dar la espalda a los compromisos y sacar el mejor partido de las circunstancias es, en buena medida, un comportamiento reprobable pero normativo. Aunque da la impresión de que el hombre político es una especie de corcho capaz de flotar incluso atravesando las peores circunstancias, también es manifiesto que el crédito dura poco en este terreno, como le ha pasado al hiper-mediático Obama que ya comenzaba a ser un "pato cojo" a mitad de su primer mandato; ese fracaso no debe achacarse, como es habitual, a un defecto de marketing sino precisamente a los excesos del marketing político: el que apuesta por el espectáculo perecerá por el espectáculo.»

4. I would prefer. Una vez escuché cómo una galerista decía: “Te presento a Fernando Castro, el Carlos Boyero del arte”. La analogía es y no es válida. Lo es en tanto que Boyero reconoció que su intifada contra Pedro Almodóvar se parece a la de mi padre contra Miquel Barceló. Ambas comparten las mismas ganas de ajustar cuentas con los mimados de la Transición, miembros egregios de la generación tapón de los 80, abuelos cebolletas de la cultura de la ceja, cuyo reconocimiento internacional tiene que ver con la promoción por parte de nuestras instituciones culturales del estereotipo: pintura abstracta + cine castizo = tipical spanish. No obstante, mi padre critica la vanguardia de pacotilla desde una apreciación de partida del riesgo formal que brilla por su ausencia en el paladar clasicista de Boyero.
      Como buen adorniano, mi padre denuncia el presente desde el pesimismo de quien sabe que resulta imposible hurtarse de participar en el sistema que uno critica. ¿Contradicción? Ya será para menos: quienes reclaman, por ejemplo, que dimita del patronato del Reina Sofía por sus divergencias respecto de algunas decisiones tomadas por el director del Museo son cómplices en última instancia de la gestión de las instituciones culturales según el modelo de los cuarteles, pues entienden que uno solo debe estar allí donde reine la comodidad, no donde la fricción y el disenso sea un factor de mejora. Sueñan con una comunidad donde la autocrítica no cumpla ninguna función porque todo estará bien.
      Se engañan. 

9 de agosto de 2013

El Día Más Largo Del Año

El solsticio de Marc O’Callghan.

I

Hoy es el solsticio de verano. Los habitantes del Mediterráneo Occidental se preparan para hacer cosas a escroto lleno: saltar hogueras, tirar petardos y things like that. En el ínterin nos citamos Marc O’Callaghan y un servidor. Basta decir, para ahorrarnos las presentaciones, que O’Callaghan es el veinteañero menos petulante que conozco en el panorama creativo barcelonés. Rara avis la suya, por cierto. Figuro que será tentador el incurrir en patinazos de autosuficiencia cuando acabas de participar en el Sónar, has realizado una estancia en la MittelCatalunya (Eclíptica, Castelltallat, Barcelona) y en Google aparecen cosas como «local under star» cuando tecleas alguno de tus pseudónimos. Para añadir mayor grado de dificultad a la comedida modestia del artista, sus creaciones están cargadas hasta las trancas de referencias paganas. En su página web aparece sentado en la posición del loto haciendo (nada más y nada menos que) la V de Mister Spock. Háganse a la idea: ¿cuántos illuminati perdonavidas conocen incapaces de deletrear los nombres de sus deidades preferidas? O’Callaghan, profundo conocedor de estas tradiciones, a diferencia de los mentados illuminati, no se tira a la piscina así como así. Durante nuestra entrevista, los barrigazos teológicos fueron marca de la casa, no culpa del invitado. Entre cervezas y arroces melosos, los nombres propios fueron escasos, pero bien atados. O’Callaghan habla bien sobre masonería, sobre teosofía y sobre la madre del cordero. Ante referencias de este cariz, en otro contexto y con otro interlocutor, yo hubiera arqueado de forma inevitable las cejas, mensajeras de una burla tan apropiada como inminente. En este caso, tomo notas en mi cuaderno. Perdona, ¿cómo se escribe eso?

Ge, U, E, Ene, O, Ene— deletrea para mi O’Callaghan.


II

Desde 2009 O’Callaghan ha sentado sobre sus rodillas el género del dibujo, ha descubierto su amargura, ha injuriado papeles y paredes por partes iguales. Hablamos de forma figurada del proceso creativo que ha llevado a este antiguo estudiante de Bellas Artes a la consolidación en el mundillo underground barcelonés. Y más allá de éste, tienen su blog. Allí cuelga desde hace tiempo ilustraciones que luego terminan impresas en fanzines o sobre murales; hay quien se ha lanzado a tatuarse los bichos alados de O’Callaghan, claro. Sus figuras rosa fosforito pueden encontrarse por igual en salones del comic como en las paredes de su mancomunidad; esto último todavía no ha sucedido, salvo por alguna extensión del templo en alguna azotea privada, pero O’Callaghan me aseguró que tomaría en consideración el formato creativo grafitero en el futuro. Y es que la lascivia que transmiten las calaveras y los demonios de O’Callaghan resulta muy (pero que muy) apropiada para el espacio público de esta ciudad mediterráneamente habitada. Ingenio a la hora de explotar el espacio no falta en sus composiciones, quizá en exceso abigarradas, pero nunca dispuestas de modo impropio. Algo de caos nunca viene mal. Véase, por ejemplo, la conversión de un enchufe en una vagina que tiene lugar en La construcción de un templo (2011-12): una demonia nos ofrece su toma de contacto gracias a la ingeniosa (no tenemos otra palabra) transformación de un cuarto de estudiante en un lugar de peregrinaje. Un poco más allá, en el techo de la habitación, aparece Mercurio crucificado, con una bombilla por todo pene. Para quien no conozca la pieza, estamos hablando de cuatro paredes pintadas siguiendo ciertos arquetipos del zodiaco, conforme a la siguiente dialéctica de los cuatro elementos naturales: la pared norte estaría dedicada a Saturno y a Apolo (fuego), la pared oeste a Marte (tierra), la pared sur a Venus y a Diana (agua) y la pared este a Júpiter (aire). Pero dejemos que el propio artista se explique:

La Construcción del Templo fue un proceso pictórico que llevé a cabo en la que fue mi habitación durante un año, en un piso de alquiler compartido entre cuatro personas. Los motivos están generados a partir de proyectar imágenes de pinturas de artistas reconocidos del pasado encima de la pared, resiguiendo de forma muy sintética con el pincel las partes que me interesaban —sobretodo las anatomías— y añadiendo partes de mi cosecha —como cabezas de perro o cráneos—.

Solo por rebajar el discurso esotérico, que tantas embolias genera en un cerebro cerrilmente materialista como el mío, O’Callaghan nos arranca una sonrisa cuando confiesa que, durante la realización de la pieza, apenas tuvo otro alimento material que no fueran espaguetis y salchichas crudas Campofrío; en este preciso instante estamos comiendo una paella con brócoli; nos relamemos cuan cabras del Infierno pensando en tiempos peores. Meanwhile, no puedo dejar de asociar el trazo figurativo de O’Callaghan con las composiciones minimalistas de Haring: el mismo horror vacui de La Mare De Totes Les Idolatries, la geometría de El Último Día o el cachondeo de λόγος σπερματικός se pueden encontrar en los contornos a tiza trazados en el metro por el grafitero y artista neoyorquino. A la tradición del dibujo de ficción poco añade O’Callaghan que no estuviera allí: el componente orgiástico, la saturación de las figuras, los motivos religiosos, la tendencia falofórica, el enfoque satírico; alguien diría que hasta la crítica social está presente en tanto bicho dando por culo, pero nosotros no hilamos tan lejos o tan profundo. Hay un detalle nuevo, sin embargo, en la producción última de O’Callaghan. Durante los primeros años, las revelacions automàtiques, nombre que utiliza el artista para hablar de sus dibujos, pudieron aspirar a ser hypes o memes de la blogosfera; la inclusión reciente de figuras geométricas, por el contrario, aleja su creación de los intérpretes facilones. Que pierdan toda esperanza quienes quieran comprender de un solo vistazo el significado de Orgía Pre-Olímpica o de The Tower of Song, por ejemplo. Hablando de curiosidades ininteligibles, me gusta muy mucho la deriva intimista que tienen algunas de las producciones abstractas recientes de O’Callaghan: curioseando en su muro de FB, descubro que tiene la manía de llenar su casa de sigilos, relaciones lineales entre palabras del alfabeto y secuencias numéricas cuya combinación tiene como resultado iconos en zigzag, situados en lugares íntimos, con títulos como En contubernio (sobre la cama), Ficción (en el marco de la puerta) o La heroína del trabajo (ante el escritorio). Salvo por los tatuajes que lleva su novia —en el antebrazo de Clara (De lo que no se puede hablar es mejor callarse), en la pierna de Clara (Llenguatge)—, los sigilos están hechos de cinta de carrocero y apenas duran unos días sobre la pared. Firmes y quietos solo aguantan unos días. El carácter efímero de la materia informe resultante constituye, sin duda, el aspecto más cuco de la obra de O’Callaghan. Ahora bien, ¿estamos los críticos de arte a la altura de lo cuco como categoría estética?, me pregunto con la boca llena de arroz integral.

III

Ernesto Castro (EC). Perdona la impertinencia pero, querido Marc, ¿qué maldito espacio idiomático habitas? Te licenciaste con una lectura de Jean Baudrillard alucinante (en el doble sentido de la palabra) donde apareces recitando frases de Cultura y Simulacro en el orden que te viene en gana (Sentido Del Abismo El, 2011). Tienes plegarias escritas en el idioma imaginario de Hugo Ball. A primera vista, este idioma fonético parece el tuyo propio. Sin embargo, casi todas las letras de Coagul están en catalán. También tienes cosas en full spanish, como Semanario Químico (2011), pero son minoría. Con esa cara de bueno que tienes, ¿no serás un patriota en lo musical?

Marc O’Callaghan (MOC). No és tant per patriotisme com per encaix estètic. El català és la meva llengua materna i és la llengua en la que penso i conceptualitzo en el més profund de la meva consciència, però apart d’això trobo que encaixa força amb l’aura “folk” de Coàgul. Les coses en full spanish en un principi van ser fetes pensant en el públic hispanoparlant a qui el segell que ho editava distribuïa principalment, però aquesta és una idea a la que ja no trobo gaire sentit. De la mateixa manera que per a una escultura potser és més adequat el ferro que la fusta, independentment de si el públic viu en cases de ferro o de fusta, per a Coàgul veig més adequat el català que el castellà, independentment del que parlin els seus oients. També penso que el fet de ser una llengua minoritària i controversial li afegeix un plus de raresa i caràcter propis. Encara que ara m’obliguis a contestar-te en català, en lo personal sóc pro-bilingüisme i pro-pragmatisme idiomàtic a tope.



EC. ¿Es el catalán oficial una lengua viejuna? Algunos amigos me comentan que hay un abismo entre el idioma oficial de los Països (llámalo X) y los exabruptos guturales de la calle, ¿es eso cierto? También me ha contado un pajarito que Céline en catalán suena como Mallarmé en castellano, esto es: un rollazo léxico y rítmico supino. Siendo Coagul un proyecto musical neofolk que pretende elevar la capacidad de escucha del público letrado que participa en los Juegos Florales, ¿no estará quizás un poco anticuado, un poco mayor para quinquis de La Meseta como yo? Dime, ¿te gusta el vocabulario apolillado?

MOC. Suposo que sí que és una llengua envellida, però precisament per això manté certes fórmules pintoresques que gaudeixo fent servir en el context coagulatori. Tinc la sensació que al pronunciar certes coses més aviat dures en català, aquestes adquireixen un punt sardònic, com d’humor trapella que m’agrada. Això de la diferència amb el llenguatge de carrer és cert en el cas de les zones més xarneguitzades, com Barcelona o les afores de les altres ciutats, però a la mínima que explores l’interior et pots arribar a sorprendre de com es manté el català originari. A Torelló els quinquis et vacil·len en català, i en un que és més dur i hostil que el de la tele. Pels quinquis de La Meseta sí que sonarà tot plegat antiquat i aliè, però sou precisament vosaltres als qui més us pot fascinar l’estranyesa del català utilitzat a com a vehicle d’agitació psíquica en un context com el d’un projecte de música industrial. Més que a un anglosaxó a qui totes les llengües romàniques li sonin iguals. Concloent: sí que m’agrada el vocabulari arnat, m’entusiasma!

EC. Y para terminar, ¿cómo se deletrea Guénon? Ge, U, E, Ene, O, Ene, ¿me equivoco? Vale, ¿qué te cuentas sobre él?

MOC. René Guénon, incansable explorador dels mons suprasensibles i estricte estudiós del simbolisme primordial i esotèric comú a totes les tradicions. De gran importància històrica són els seus estudis publicats en articles o llibres cap a la primera meitat del segle XX, sobretot per haver acotat amb gran rigor i perspicàcia una ciència que malauradament moltes vegades és presa del xarlatanerisme i l’ambigüitat dels venedors de bagatel·les. A mi personalment m’ha influenciat molt en el coneixement dels símbols eterns i m’ha ajudat a aclarir-me en tota la qüestió esotèrica. Diguéssim que la seva lectura m’ha aguditzat l’ull per a distingir lo genuí de lo fal·laç en aquests àmbits. Més enllà d’aquestes qüestions pràctiques en la vida personal, també ha estat una alta font d’inspiració per a Coàgul. Algunes de les seves anàlisis m’han encès la llumeta per a fer cançons-símbol, com les dues cançons de Janitor, que són la Mà de la Justícia i la Mà de la Benedicció. En aquest cas, la contraposició d’aquests dos símbols antagònics però complementaris (situats conscientment un a cada cara del cassette) m’ha portat a anar poc a poc explotant la idea de concebre els discs com a totalitat microcòsmica, com per exemple que les dues cares dels cassettes funcionin com a vies per arribar a estats oposats, o fer equivaldre set cançons d’un CD amb els set dies de la setmana i els seus corresponents planetaris. En quant a Guénon, no em puc considerar ni molt menys el seu deixeble ni el seu seguidor, ja que el que jo acabo fent no té res a veure amb el que ell consideraria que s’hauria de fer, però sí que és un tità que des de les ombres del passat il·lumina a Coàgul en el camp dels referents nuclears.



Publicado originalmente en A*Desk. 29 de julio de 2013.