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7 de marzo de 2014

El pianista que rompió tus bragas

Ríase Usted de Justin Bieber o Nikki Sixx;[i] los músicos actuales quizá mojen mucho el churro, sin duda gracias a la aparente superioridad concedida por la posición del escenario, pero nadie lo hace como lo hacía en época Franz Liszt, el primer pianista en llevarse el auditorio hasta el orgasmo y más allá. Hasta finales del siglo xviii el arrebato sonoro tenía sobre todo una dimensión religiosa, más que nada porque las óperas y las piezas orquestales respetaban muchísimo el calendario de santos, y la música de cámara —algo más laica— tenía el mismo valor y función un cráneo de jabalí sobre el marco de una puerta: elemento puramente decorativo. Sea como fuere, la popularidad de la música estaba limitada a parroquias y entornos cortesanos. No será hasta el fichaje de Händel por la Reina de Inglaterra en el mercado de invierno de 1710 que se abrió la veda del compositor masivamente querido. Y pagado: a su muerte, el autor de Agripina había ahorrado 20.000 de las antiguas libras, lo que ahora mismo equivale a varias veces el patrimonio de David Bisbal; una bicoca frente a las cifras que más tarde verán estrellas como Haydn o Rossini en una sola gira por las islas del Norte. Haydn y Rossini, por cierto, solo comparten (musicalmente hablando) las cantidades que amasaron. Una comparación entre ambos compositores ofrece ciertas pistas sobre el cambio que —nadie sabe cómo— tuvo lugar durante las Guerras Napoleónicas en materia de hábitos musicales:

(α) Marzo de 1808. Haydn cumple 76 años. El príncipe von Trauttmansdorff organiza una gala de honor en Viena. El maestro dirige La Creación, su oratorio. Tras el preludio orquestal y un recitativo sucinto aparece el coro diciendo: «Y el espíritu de Dios recorrió / la superficie de las aguas. / Y Dios dijo: Hágase la luz. / Y la luz se hizo.» El pasaje arranca pianisimo hasta la segunda ‘luz’, momento que la orquesta aprovecha para irrumpir en fortissimo, que es como recibir un manotazo después de un escalofrío. En aquella ocasión el público se arrancó en aplausos, según cuenta el Allgemeine Musikalische Zeitung, mientras Haydn «con lágrimas rodando por sus pálidas mejillas y como abrumado por las más violentas emociones, alzó sus tembloroso brazos al Cielo, como si elevara una plegaria al Padre de la Armonía.»

(β) Otoño de 1822. Rossini visita Viena. La misma revista musical informa: «Fue realmente suficiente y más que suficiente. Toda la interpretación fue como una orgía idólatra; todo el mundo actuaba como si le hubiera picado una tarántula; los chillidos y alaridos de ‘viva’ y ‘forza’ no pararon en ningún momento». Y Lord Byron corrige: «la gente lo siguió por todas partes, lo coronó, le cortó mechones de pelo como recuerdo, lo aclamó, le dedicó sonetos y lo festejó, y lo inmortalizó mucho más que a ningún emperador.» Y Stendhal concluye: «Ligero, animado, divertido, nunca pesado, pero rara vez sublime, Rossini parece haber venido a este mundo con el propósito de conjurar visiones de extático deleite en el alma común del Hombre Corriente

            Aquí entra en juego Liszt, el primer virtuoso en ganarse a la burguesía tocando el piano. A diferencia de Mozart, ese wannabe de aristócrata y cortesano biempagao,[ii] Liszt tocó ante todo tipo de públicos y tenía un trato cercano con las clases altas, se dirigía a ellas como si fuera su familia. Una anécdota de Tim Blanning mostrará el grado de reciprocidad: «Cuando se marchó de Berlín en 1842, lo hizo a bordo de un carruaje de seis caballos blancos, acompañado por una procesión de treinta coches de caballos y una guardia de honor de estudiantes, mientras el rey Federico Guillermo IV y la reina lo despedían desde el palacio real.» Viajaba además con un pasaporte expedido por las autoridades austriacas que por única patria, condición o categoría social declaraba: Celebritate sua sat notus (“De sobras conocido por su fama”). Y se alojaba en los hoteles de Paris bajo el registro de músico-filósofo en camino de la duda a la verdad. En la cima de su fama, hacia 1845, corrió el rumor de que se había prometido a la reina de España, a la sazón una teenager que había creado el ducado de Pianozares ex profeso para el pianista con los mejores dedos a este lado del Dnieper. Descuiden: en peores enredos estaba metida nuestra Isabel, hecha mayor de edad con trece años a golpe de decreto real, todo para evitar la mala sombra de los carlistas, y luego prometida en matrimonio a un Borbón primo suyo. Cuestión de genética, supongo.
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            Tanto monta la condesa de Pauline Plater, quien —ante la pregunta por el top tres de pianistas que hubieran tocado en su mansión— dijo que los mejores sin duda son Hillier, Chopin y Liszt: el primero sería el mejor amigo, el segundo el mejor marido y el tercero el mejor amante. El virtuosismo instrumental no parecía figurar entre los criterios de juicio de la condesa. Tampoco diríase que fuera el caso de las jóvenes (y entradas en años) que reclamaban la atención de nuestro músico, a pesar de que hubiera tomado órdenes menores y la gente le llamara ‘el abate’ Liszt. Algunas llevaban bordada su litografía de 1846 (obra de Kriehuber) en la ropa más inhóspita, en las prendas más insospechadas. Fue Heine quien, ante este clima de opinión, inventó la palabra ‘Lisztomanía’ para referirse a «¡Un frenesí incomparable en la historia del frenesí!». Preguntada por esta contradicción religiosa (¿acaso el entusiasmo de las lisztómanas ha decaído desde la ordenación como sacerdote de su caballero de los pentagramas y de las teclas?), Judith Gauthier estuvo tajante: «¡Al contrario, las excita más! ¡Es la atracción por el fruto prohibido!». Y sigue: «¿Era un santo? Le mostraban una veneración tan extraordinaria... ¡sobre todo las mujeres! Corrían hacia él, prácticamente se arrollidaban, le besaban las manos y le miraban la cara con éxtasis en los ojos.»
            Liszt parecía —no bromeo— un demonio tocando su instrumento. Su predecesor inmediato fue Paganini, sobre quien decían las malas lenguas que debía su técnica a un homicidio. Así se explicaba que su trayectoria como intérprete hubiera despegado tarde, cuando lo normal era ser un prodigio famoso y virtuoso desde niño, hasta el punto que la ausencia de genio y alcanzar objetivos mediante el esfuerzo —la propia idea de ascenso social— resultaba sospechosa en plena Restauración. Asesinó a una amada y estuvo veinte años en la cárcel, se rumoreaba de Paganini. Tampoco faltaba quien sospechase que la cuerda de sol de su violín estaba hecha a partir del intestino de la muerta —quien haya visto la serie Hannibal sabrá que tal cosa resulta factible (y hasta de buen gusto). En el caso de Lizst, el público exclamó ‘milagro’ durante su primer concierto público, hacia 1824, unos dicen que porque tocaba dabuten y otros que era tan pequeño (unos 12 años) que no se le veía y el piano parecía tocarse solo.
Paganini no parece haberse percatado del cambiazo:
su violín es ahora una pala y la plebe que acompaña
sus notas con sogas y cacerolas lleva el gorro frigio.
¿Mera coincidencia con la Revolución Francesa?
            Liszt y Paganini parecían demonios, en definitiva, porque su inadecuación respecto de una sociedad estamental encarnaba una variante peculiar del Diablo. Hay tantos ángeles caídos como países. Es habitual señalar (y Jankélevitch lo repite en un librito delicioso[iii]) que nuestro músico encarna el comienzo del nacionalismo o de la peculiaridad folclórica en la música clásica, sobre todo en virtud de su Rapsodias Húngaras que, junto con sus escritos sobre los cíngaros, que vienen a tener una noción de patria donde la clave no está en la identidad fortificada o prevenida del exterior, no tanto en las fronteras cuanto en el nomadismo (aquí Jankélevitch reproduce los prejuicios franceses favorables a la movilidad sin raigambre de las estepas por encima del Danubio, algo que ahora mismo nadie puede celebrar con semejante entusiasmo y atletismo filosófico) pero también debería señalarse que Liszt rompe con aquella (presunta) Ilustración monolítica sobre todo cuando aborda en su Sinfonía Fausto (op. 108) la figura del satanismo, entonces confundida en los principados protestantes alemanes con la melancolía (la Iglesia ofrecía a los exorcistas consejos prácticos para distinguir entre ambas facetas de la genialidad, entre la posesión y la malafollá, por ejemplo en el Rituale Romanium de 1614, así que seguro que había problemas de distinción entre los católicos), pero la clave está aquí: ante las ilusiones sensibles del Satán latino (cuya acechanza continúa invariable desde tiempos de San Agustín); ante la naturaleza desafiante del Lucifer británico (puesto de moda por los románticos y vinculado con Prometeo en el famoso instante del Paraíso Perdido donde Milton escribe: «Better to reign in Hell than to serve in Heav’n»); ante estos modelos aparece el símbolo de la burguesía alemana, Mefistófeles el marchante de espíritus y destinos exitosos. Ante quien Fausto toma una decisión errada, cuyo significado ideológico no resulta difícil de digerir, como indica Cesar Rendueles:

Para mí fue un descubrimiento importante entender que el cuidado podía ser una fuente de realización personal, y no sólo de sometimiento. Es algo que mi generación, la primera educada completamente en el hiperconsumismo, ha entendido tarde y mal. Nos ha pasado un poco lo que al Fausto de Goethe. Ya sabes, Fausto busca satisfacer su ambición con conocimiento, sexo, experiencias vitales, transformando el mundo… Pero nada, sigue igual de insatisfecho. Dan ganas de gritarle: «Tío, cómprate un perro



[i] Por si todavía quedara alguna, el bajista de Mötley Crüe despeja todas dudas que pueda haber sobre la falta de morbo o la presunta carencia de erotismo más de la mtv: «En los comienzos del grupo juntábamos monedas para comprar un burrito de huevo en Noogles. Mordíamos el extremo y nos frotábamos la polla con la carne picada caliente para que nuestras novias no notaran el olor al coño de otras chicas. Nos tirábamos a cualquiera lo bastante idiota o borracha como para meterse en la furgoneta de Tommy Lee
[ii] Contra una opinión bastante difundida, la miseria económica de Mozart no se debían a la falta de trabajo (o a las deudas de juego. La parte del león se la llevó el costear los tratamientos para la enfermedad de su esposa); lo que trajo su ruina fue el éxodo masivo de nobles a raíz del asedio de Viena que los turcos iniciaron en 1787. Basta con echar un vistazo a los suscriptores de los conciertos benéficos de Mozart, un formato de patrocinio entonces recurridísimo: de 176 personas, el 50% pertenecen a la alta nobleza, el 42% a la baja y solo un 8% a la burguesía. Vaya esto como refutación (aunque sea parcial) del papel que, según algunos mistagogos, tuvo la burguesía en el desarrollo de las artes: hasta finales del XIX, ese papel brilla por su ausencia. 
[iii] La colección de ensayos Liszt: rapsodia e improvisación resulta deliciosa —a mi juicio— en su segunda parte, donde el francés escribe cosas bien dichas, en lugar de marcarse filigranas de múltiples referencias y confusión conceptual a cascoporro (Jankèlevitch es un filósofo de las distancias cortas, más certero cuanto más concreto, pero también un creador de aforismos dentro del ensayo extenso, un prosista que cuenta las sílabas del párrafo y pondera el sentido de la reflexión a partir de su eco); oigamos cómo suena:

La improvisación musical la mayoría de las veces solo improvisa fingiendo que lo hace o como forma de hablar; en el lugar de la conversación académica que reserva al público la obra acabada, inmaculada, increada y pone entre paréntesis el laborioso devenir, el improvisador coloca, a modo de juego, un malentendido sobre la propia sinceridad de esa génesis: la operación se ha convertido en un elemento del opus, el tiempo aparece entonces como un prolongamiento de la obra, por más que sea una obra a la que su latencia convierte en imprecisa, difluyente, atmosférica; de ahí el equívoco de un impromptu que parece salir de golpe y que progresa como si buscara su camino ante nuestros ojos cuando incluso sus tanteos están determinados de antemano por ficción e idealizados por el artificio de una reconstrucción retrospectiva: una música oral, hecha para no ser ejecutada nunca dos veces seguidas del mismo modo, se convierte en música escrita. La improvisación es la aproximación profesada; la propia vacilación engendra en el oyente una simpatía agradecida por ese proceder imperfecto, errante, aproximativo y jalonado de fracasos que se supone que es el de la vida. «Quasi improvvisando», leemos un poco en todas partes en las obras de piano de Liszt.


[Publicado originalmente en Paco Perro. 5 de marzo de 2014.]

25 de febrero de 2014

Viejo, sordo y fucker.

Convengamos que lo que da grima de la música clásica es su público efectivo, una caterva de abuelos con sonotone y señoras de marqués que llevan tiempo siendo inquilinos correosos en esa pensión que por cuatro duros llaman alta cultura española. Por mucho que desde BCN quieran venderle Richard Strauss a la juventud, el hecho es que las charlas en las pausas musicales del Auditorio Nacional continúan versando principalmente sobre reumatismo y dolencias varias del pasar de las eras. Nuestros mayores dictan con sus gustos la programación (naturalmente conservadora) de las salas de conciertos; por encima de ellos pasa el siglo XX sin haberles dejado ningún rasguño plebeyo. Son peores que los hipsters, pues su postureo se remonta hasta la noche de los tiempos y exigen a ritmo de valls ruso nombres de alemanes muertos que no sabrían —dado el caso— deletrear. Son los que, cuando no están dando palmas, tosen de forma mimética o se suenan la nariz, los que dicen amar George Bizet pero no recuerdan otro título que Carmen, los mismos que el pasado domingo por la mañana acogieron en Madrid con notable tibieza y a destiempo a John Adams.
      John Coolidge Adams (1947) es un compositor formidable, según muchos el mejor de nuestro tiempo, la persona que incorporó en el minimal el espíritu de la música plebeya yanqui, una suerte de Walt Whitman de la tonalidad perdida y luego recobrada, quien escribiera sobre pentagramas sucesos de nuestro tiempo como la reunión entre Mao y Nixon (Nixon in China) o el secuestro terrorista del Acchile Lauro (The Death of Killinghoffer), y ahora está por vez primera en España demostrando públicamente —entre otros ítems— su perfecto castellano. Menciónese la formidable capacidad de dirección orquestal que proyecta, esa forma peculiar de doblar las rodillas como un bailarín de regatón; John Adams lleva el ritmo en la cintura, no solo en la batuta, y agradece atlético los aplausos con la mirada puesta en algún lugar cercano, y la garganta veteada de arrugas mientras palmetea los quitamiedos del escenario con gesto de «Esto está hecho», y sus gafas de Harry Potter volviéndose imponentes por efecto de los focos. Sus gestos son eléctricos y su mirada, cálida es decir poco.
John Adams toma el micro y dice ‘Ahorita’. Explica qué viene luego, después de interpretar con solvencia la obertura en mi mayor del Fidelio (Op. 72c), una pieza rara para empezar: la única ópera que compuso Beethoven, a la que fue sumando hasta cuatro oberturas distintas, genuina work in progress dentro del repertorio compositivo del maestro; la primera versión está justamente truncada y olvidada, la tercera se considera la mejor, pues funciona como elemento expresivo independiente, y la segunda me parece la más adecuada cara a los motivos románticos del libreto, aunque no contenga los ecos de trompeta de Florestán como otras y sea despreciada por los intérpretes contemporáneos porque incurre en silencios incómodos de flauta travesera y clarinete sobre chelo, pero de todas las variantes posibles va John Adams y elige la cuarta —ortodoxa y rococó donde las haya— a modo de carta de recomendación y presentación en sociedad beethovenita.
Este gesto de respeto hacia la decisión (quizá fallida) del maestro muestra mejor que mil palabras el carácter de lo que venía ‘Ahorita’, pero John Adams hizo bien explicando en público los orígenes de su Absolute Jest, una composición que desde el mismo titulo tiene ecos (inconsciente o deliberados) de David Foster Wallace; esta ‘Broma Absoluta’ de 2010 comparte con aquella, la ‘Infinita’ literaria de 1996, algo más que etimología: en ambos casos las referencias cruzadas y las citas cobran protagonismo. En el caso de Adams, el intertexto sonoro proviene de los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven, que el americano samplea dejando fuera los instantes de gravedad apelmazada y haciendo suyos los gráciles scherzos, reforzando la concepción que tenemos de Beethoven como sumo virtuoso y —voy a tirarme a la piscina— neobarroco avant la lettre que abofetea sin piedad el romanticismo papanata de sus seguidores. John Adams llama al Attacca Quartet, quienes responden a la convocatoria y suben al escenario llegados desde Nueva York, prestos a tocar a modo de ilustración unos pasajes del Opus 131 y del 135, para que veamos los madrileños cómo pilotaba el abuelo Ludwig van (sordo, viejo y fucker) hacia 1826. La gracia está en que los cuartetos originales tienen extractos propios y extraños (la Missa Solemnis, por ejemplo) puesto que todo lo que no es tradición es plagio y esto del apropiacionismo no lo inventaron los posmodernos sino que viene de lejos, como poco desde Stravinski extractando una commedia dudosamente atribuida a Pergolesi y que parece escrita por van Wassenaer, Monza, Gallo y quizás Parisotti, un trabajo colectivo hecho entre varios siglos que culmina con el estreno de Pulcinella, motivo de inspiración citacionista para John Adams.
      Fue una delicia la ejecución de Absolute Jest. Estaba sentado cerquísima del escenario, en 3ª fila, con medio teatro vacío por culpa del hambre y las ganas de comer, los precios ciertamente prohibitivos sobre los asientos y la publicidad deficiente de la institución, sumados al concepto equivocado que tienen acerca de su casta los ricos: tanto monta que la opera sea el arte plebeyo por excelencia, que las composiciones sinfónicas suelan remover nuestros sentimientos elementales, que algunos libretos encarnen los enredos del populacho mejor que cualquier telenovela (Betty, la fea es un aburrido tratado académico junto a las tórridas batallas amorosas de Rossini), los ricos dirán que los músicos muertos les hablan a ellos. Perfecto. Desde mi modesta localidad apenas podía atisbar los rostros de algunos intérpretes (atriles y partituras se interponen en mi ángulo de visión) pero tampoco parecía importarme demasiado, pues los miembros de la orquesta nacional suelen poner cara de poker; se caracterizan por tener gestos funcionales y funcionariales mientras realizan entre aburridos y eficientes su trabajo, como restando mentalmente los minutos que quedan para finalizar la jornada laboral, así que mi atención estaba puesta sobre los recién llegados, el cuarteto neoyorquino.
      A la derecha, el violista Luke Fleming tocaba con la nariz respingona encendida de varios colores, sus ojos estaban ora nostálgicos ora infantiles, ora de pura locura saliendo de sus cuencas, culminando cada intervención de su instrumento con aspavientos teatrales que ni el miliciano de Robert Capa y cerrando ipso facto los ojos para seguir las notas con ladeos de cabeza y sonrisas ahogadas, pues su boca estaba a punto de arrancarse tarareando; a la izquierda, la violinista Amy Schroeder parecía una sargento cuando, durante las secciones difíciles de la partitura, fruncía toda la cara y exhibía los músculos del antebrazo derecho al mismo tiempo que apretaba ambos labios en una 'o' cerrada, que no entren moscas ante todo, y mientras tanto todos los tendones y las venas subían a marcarse en la epidermis del cuello; a la violinista Keiko Tokunaga y al chelista Andrew Yee no pude verles más que los pies, firmes y en su sitio.
      Dichosa localización proletaria: la próxima vez me costeo un asiento bueno, vendo un ojo de la cara y les describo lo que pueda verse con ayuda del otro. Hasta entonces, si no nos vemos, tengan mis buenos días, buenas tardes y buenas noches.