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5 de agosto de 2014

Colorín Colorado #11: Politikon.

Hablamos con Kiko Llaneras, Jorge San Miguel y Pablo Simón de Politikon, el blog colectivo de análisis y debate político basado en la evidencia que acaba de publicar La urna rota (Debate, 2014). Un libro que analiza los problemas del modelo español desde un enfoque institucional y comparatista poco visto en los medios de comunicación y propaganda. Según Politikon, por ejemplo, el principal problema de la clase política en España no sería la famosa puerta giratoria entre el sector público y el privado. Una puerta que en realidad no gira tanto como parece, igual que la percepción de la corrupción como nimiedad o problema / traición o bagatela obedece a retornos cíclicos de la opinión pública a determinados arquetipos escatológicos sin demasiada correlación con la realidad efectiva y presente del chanchulleo.  

No: según Politikon el principal problema sistémico sería la falta de separación entre carrera política y administrativa, el hecho de que la mayoría de nuestros políticos tengan asegurado un puesto calentito en la administración por si acaso pierden las elecciones, lo que sumado al fenómeno de las camarillas de coleguitas, lobos bajo piel de cordero, termina reforzando conductas impostadamente mediocres, aunque algunos apenas sientan la obligación de fingir estupidez y fidelidad ante sus superiores, porque seguramente sean tontos y leales de suyo, como demuestra la literatura universal desde Yo, Claudio hasta el frenillo de Mariano Rajoy.

La urna rota dixit: «una práctica habitual entre criminales y catedráticos de universidad para transmitir la idea de que uno es inofensivo y leal al jefe es la de fingir incompetencia o estupidez. No es una idea carente de ejemplos históricos. Del emperador Claudio (que accedió al trono con casi cincuenta añis tras ser asesinado Calígula por su guardia pretoriana) se decía que sobrevivió a la alta tasa de mortalidad de su familia gracias a su tartamudez y otros impedimentos. Suetonio cuenta que el propio emperador así lo reconocía.»

Más temas: Pablo Simón cuenta el cuento de la ley D’Hont. Una ley incomprendida. Sabed, niños: la ley D’Hont no tiene la culpa de todo; ni siquiera —palabrita del niño Jesús— de que Maléfica perdiera sus alas; tampoco se esconde bajo la cama o en el armario; la ley D’Hont son, en realidad, los padres. Mejor dicho: las circunscripciones con menos de diez escaños donde salen excesivamente representados los partidos mayoritarios. Hay alternativas, por supuesto.

Aún más temas: Jorge San Miguel matiza sus declaraciones sobre Podemos, cuyas primarias calificaba de «pantomima» y cuya organización, según decía justo después de las elecciones en un artículo para Jot Down, «responde a una operación clásica de asalto por parte de una camarilla» que «puede recoger los frutos del maximalismo sin pagar las consecuencias de ser fieles a sus principios o bien tener que renunciar a ellos».

Y aún más: Kiko Llaneras y Jorge San Miguel comentan su posición en la interesante polémica intelectual que mantiene Politikon por entregas (una, dos, tres, cuatro) con las personas que suscriben el manifiesto ecologista Última llamada, cuyo interés por el medio ambiente sí parecen compartir Kilo Llaneras y Jorge San Miguel, igualmente preocupados por la sostenibilidad de nuestro modelo productivo aunque no suscriban la retórica general del manifiesto, una jeremiada negacionista de los avances objetivos del sistema capitalista durante los últimos 250 años. Que haberlos haylos.

La urna rota dixit: «¿Tienen derecho los ciudadanos a exigir políticas que van en contra de sus intereses objetivos pero les gratifican ideológicamente? ¿No son siempre preferibles las políticas menos costosas, en tanto que permiten que los ciudadanos dispongan de un porcentaje mayor de renta para perseguir sus propios fines individuales? ¿Qué grado de oposición ciudadana a una política técnicamente sólida pero impopular se precisa para desestimarla? Al margen de la opinión de cada uno, ninguna de estas preguntas tiene una respuesta obvia, y eso es lo que hace del análisis de políticas públicas un campo polémico y apasionante.»

Escucha el programa aquí.
En abierto hasta el 18 de agosto.

10 de mayo de 2013

Y tú más, babuino



Cuando en cambio se nos dice que a los ciudadanos españoles se les prohibirá a partir de ahora alquilar sus viviendas a turistas con el objetivo nada disimulado de proteger al lobby hotelero, lo que se le está pidiendo en realidad a los ciudadanos españoles es caridad. ¿Por qué? Porque con esa medida se está obligando a esos ciudadanos a entregar parte de su dinero (el que dejan de ganar con la prohibición del alquiler turístico) a un monopolio de empresarios incompetentes cuyos beneficios se han desplomado durante los últimos años por la competencia natural de cientos de miles de pequeños emprendedores mucho más ágiles y eficaces ¡en su propio sector! que ellos. 

Adosados buenos en el West Baltimore
que Stringer Bell podría haber arrendado.
 Damn you, Mariano.

Hay de todo en la viña de Jot Down. Gente a la izquierda de El Diario y gente a la derecha de El Mundo. Multitud de posiciones  ideológicas. Incluso dentro de la misma persona. Publicadas allí, las palabras de apertura —copiadas de «El mono eres tú»— las firma Cristian Campos. Campos es un provocador de mucho cuidado. Merece la pena detenerse en su escrito. La curiosidad de Campos por la divulgación científica es digna de nota. Su pensamiento político también resulta bastante peculiar. Digamos que se ciñe como un calcetín a la palabra escrita del liberalismo. Hoy eso suena a antisistema. Y por eso se ha ganado mi admiración. Pensar que la situación económica se soluciona dando mayor libertad a los agentes privados —full stop—  es siempre entrañable. Arena de otro costal son las ideas-fuerza que moviliza el articulista cuando califica el Reino de España como «el más europeo de los países africanos». O el elitismo lingüístico que muestra en su caricatura del político andaluz Diego Valderas. Los dialectos de la Península Ibérica suenan a swahili ante el cuidado castellano camposiano —qué duda cabe— pero machacar algunos miles de palabras contra un indefenso tuit parece —por lo generoso— un palizón innecesario de los de cinco contra uno. Siendo la extensión algo taaan importante, estimado Cristian, ¿por qué no te metes con alguien de tu tamaño? Tan grande es la falta de piedad, tan inmensa la ausencia de caridad, tan monumental la insuficiencia de compasión, del siempre solidario Cristian Campos.

Diego Valderas abre la boca
y habla un Lenguaje Ignoto.

Igual de amplia parece, me temo, su ignorancia sobre la socialdemocracia. Don Mariano es un socialista, según dice, porque mantiene las duplicidades administrativas, rescata el sector bancario, rechaza la dación en pago y sitúa el Reino «en los puestos más altos de la lista de países europeos con mayor presión fiscal y en los más bajos de las listas que miden los índices de libertad económica, por debajo incluso de decenas de repúblicas bananeras tercermundistas gobernadas por caciques despóticos de los que ya no se ven ni en los tebeos». Guau, that’s passion! Dejando de lado las lanzadas contra el moro muerto «del español corrupto, parásito, inculto, vago y bueno para nada», acusaciones manidas que componen la retórica habitual del periodista bien indignado, podemos aplicar el principio de caridad interpretativa —con la venia de su señoría— sobre la larga lista de agravios comparativos, cometidos todos ellos por la casta popular gobernante, y su inopinado socialismo de mercado, que Campos disecciona en su artículo. En suma, Hispañistán tiene los impuestos de la izquierda y las prestaciones de la derecha, los parados desde abajo y los corruptos desde arriba. Vale, ¿ha oído usted hablar de las políticas neoliberales? Cristian Campos —alias El Perdonavidas— no quiere entrar en materia. El neoliberalismo genera en él «la risa floja». ¿Igual de graciosa fue la deuda pública yanqui en aumento bajo el gobierno de Ronald Reagan? ¿Y las personas puestas de patitas en la calle durante los alocados eighties tatcherianos? Los neoliberales no son solo fantasmas de sábana blanca inventados por la izquierda para alejar los malos espíritus. Esta gente tiene unos patrones de conducta muy definidos. Sus políticas suelen concurrir en los mismos desastres. No por más socialistas serán peores gobernantes, vaya. 


El joven y alocado Mariano Rajoy,
el primero por la izquierda, en su época
camp hipster, se ha quedado sin entrada
para el Primavera Sound, y decide alistarse
con los guerrilleros socialdemócratas.

Y tampoco vale decir con los carrillos llenos de retórica que liberalismo de verdad de la buena solo hay uno, sin necesidad de sufijos, y no cincuenta-y-uno. El iPhone Five no se llama neoiPhone Four, de acuerdo. Sin embargo, yo cuento cuanto menos tres tipos de liberales. Las diferencias entre ellos no son solo cuestión de aplicaciones. Arrancando con las Cortes de Cádiz y terminando por el Partido Popular la historia es un relato de decadencia suma, I know & you know tenemos como poco: (i) el liberalismo del XIX, enemigo del sufragio universal masculino, gran baluarte de la monarquía constitucional, con el añadido de la libertad de empresa; (ii) el liberalismo inscrito en la piedra de los manuales de economía austriaca y de los artículos de filosofía política anglosajona que tanto viene a inflamar nuestro corazón que por momentos parece abrirse camino cual Alien (Ridley Scott, 1979) a través de nuestras costillas individualistas y pequeñoburguesas; (iii) el mal bautizado neoliberalismo, que queda mejor pintado como neocon, pues resulta que los amigos de la privatización y de la desregulación son ¡tatatachán! los tradicionalistas de toda la vida (los tories, los democris, los populis y tutti quanti), esto es: los otrora adversarios electorales de los partidos liberales desaparecidos ante la llegada de la democracia como un ladrón en medio de la noche oscura de entre-guerras que vino a huerfanar a todos los capitalistas de Occidente hasta que ¡tatatachán! con los camisas pardas toparon. Pero éstas son las miserias de otros, ¿no es cierto, querido Juan March?

La americana del liberalismo está estrecha 
de manga y de hombro, Mr. March: tome nota.

En fin, que si vamos de finos analistas políticos, y andamos con sutiles distinciones, como hace Cristian Campos, no tiene mucho sentido el llamar a las cosas con el nombre del adversario, solo por joder. Esta mala costumbre se cobra sus víctimas, por supuesto. A las hipérboles «¡Sociata, bribon!» & «¡Canalla neocon!» suelen seguir los insultos «Pero, ¡serás populista!» & «Habló, ¡el imperialista!» para terminar con la reductio ad hitlerum «Y tú más, ¡totalitario!» & «Anda que tú, ¡fascista!». Bajo el fuego cruzado de la artillería, una vez despejado el campo de batalla, la única baja notable —por ambas partes— termina siendo la inteligencia estafada del lector. Más vale ahorrarse desde un inicio, por tanto, las declaraciones de Amor-Odio entre determinadas tradiciones políticas, como son los eurocons (à la Merkel) y los eurosocios (à la Hollande), que siempre han estado más enemistados de palabra que —a la hora de la verdad— en el paso a la acción, gracias a su compromiso con la Unión. Claro que acabo de inventarme estos vocablos, ¿algún problema? Pues ya sabes: «rebota/ rebota/ que tu culo explota», condenado socialdemócrata.

TALANTE, ante todo. 
He dicho.